El Partido Nacional y la producción estructural de la miseria en Honduras
diciembre 13, 2025El 15 de septiembre de 2021,
Honduras cumplía 200 años. Doscientos años. Y con ello se consumaba algo
realmente único en la historia del mundo: un país que jamás, hasta ese momento,
había sido gobernado por un partido o una ideología de carácter socialista, de
izquierdas, ni siquiera por una propuesta reformista. Nada. Honduras ha sido
gobernada por los mismos actores de siempre: una alternancia entre un partido
liberal y otro nacional, y sin embargo, el que consolidó los 200 años de
independencia en el poder fue básicamente un tirano, vinculado al narcotráfico
y sostenido por la esfera anglo-sionista.
Cuando se lo explicas a
extranjeros que apenas saben ubicar a Honduras en el mapa, europeos del Este
que vivieron el comunismo y dictaduras militares, sudamericanos que ignoran
Centroamérica o incluso asiáticos, la reacción es siempre la misma:
incredulidad. Según la narrativa liberal occidental, un país que jamás fue
gobernado por la izquierda, que nunca se “desacopló” del llamado Occidente
colectivo y que siguió obedientemente el manual económico y político dominante,
debería ser un caso de éxito.
Honduras es la prueba empírica de
que ese relato es un mito. No padeció guerras civiles masivas como sus vecinos
en los años ochenta, no colapsó en la anarquía extrema de Haití ni enfrentó
catástrofes históricas excepcionales. Y, sin embargo, hasta finales de 2021 era
el segundo país más pobre de América y uno de los más empobrecidos de todo el
hemisferio occidental.
La estabilidad política relativa
no ha garantizado bienestar. Golpes de Estado y dictaduras militares han sido
episodios puntuales en un país que, a pesar de ello, se mantiene en la
precariedad. Mientras El Salvador construye hoy uno de los ejemplos de seguridad
más sólidos de la región, Costa Rica sostiene un amplio estado social con buena
calidad de vida, y Nicaragua es percibida como relativamente estable, Honduras
se ha convertido en el exportador de miseria de América Latina. La pregunta es
inevitable: ¿cómo puede un país con estabilidad y sin grandes catástrofes
estructurales mantener niveles tan dramáticos de pobreza y desigualdad?
Desde la instauración formal de
la democracia hondureña en la década de los ochentas, el Partido Nacional de
Honduras se ha mostrado, con entusiasmo cercano al fanatismo, como promotor de
todas las recetas neoliberales. Ha sido uno de los principales gestores del
orden político, económico y simbólico que estructura la vida social del país.
No se trata simplemente de un partido que haya gobernado mal, ni de una
acumulación de escándalos aislados o errores administrativos. Lo que se
observa, con la distancia que da el tiempo y la acumulación de evidencias, es
la consolidación de un proyecto histórico que ha hecho de la miseria una
condición funcional del sistema.
El Partido Nacional se presenta
como conservador, de derecha, defensor de la vida y de valores familiares. Pero
basta mirar un poco más allá del discurso: cuando el capital lo exige, destruye
cementerios ancestrales, ignora la integridad de su propio pueblo y sacrifica
la memoria histórica por conveniencia económica. Honduras no es conservadora:
es un país donde los vicios, alcoholismo, drogas, desesperanza, proliferan, y
donde la moralidad emerge únicamente para reforzar tabúes seleccionados. El
resto, todo lo demás, se mercantiliza, se despoja y se devasta.
En ese contexto, el Partido
Nacional ha convertido la miseria en su recurso político más valioso. La
pobreza se administra, la precariedad se normaliza, la migración se convierte
en escape funcional, y la seguridad no garantiza bienestar sino obediencia. La
supuesta derecha y conservadurismo son puras máscaras: moral selectiva para los
pobres, disciplina simbólica para las masas, mientras la estructura real del
país se deteriora.
Así, comprender la historia
reciente de Honduras es comprender la historia del Partido Nacional: su control
del Estado, su estrategia de acumulación, su alianza con intereses externos y
su administración de la miseria como instrumento de poder. Porque si hay algo
que esta historia demuestra es que en Honduras la pobreza no es un accidente,
sino una construcción política. Y el Partido Nacional es, desde hace décadas,
su arquitecto principal.
Se debe entender que la pobreza
persistente, la precariedad laboral, la migración masiva, la dependencia de las
remesas y la normalización de la violencia no son anomalías ni fracasos
inesperados. Son resultados coherentes de un modelo de acumulación y control
social promovido, defendido y administrado por el Partido Nacional durante
décadas. Bajo el discurso del orden, la modernización y la estabilidad, se
consolidó una estructura económica que concentra riqueza, expulsa población y
debilita cualquier posibilidad real de movilidad social.
Desde los años noventa, con la
profundización de las políticas de apertura económica y ajuste estructural,
Honduras fue integrada de manera subordinada al mercado global. El Partido
Nacional fue el principal impulsor de este viraje, y no solo lo implementó: lo
convirtió en identidad política. La atracción de inversión extranjera, la
expansión de la maquila, la privatización parcial de servicios y la reducción
sistemática del Estado social fueron presentadas como inevitables, técnicas,
casi naturales. En realidad, implicaron una reorganización profunda de las
relaciones entre capital y trabajo, donde la fuerza laboral quedó desprotegida
y fragmentada.
El empleo que se generó fue
mayoritariamente precario: bajos salarios, alta rotación, ausencia de derechos
y nula capacidad de acumulación para las mayorías. El trabajo dejó de ser un
mecanismo de integración social para convertirse en mera subsistencia. Se
consolidó una economía donde incluso quienes trabajan siguen siendo pobres,
fenómeno que no es accidental, sino estructural. Al garantizar condiciones
óptimas para el capital, mano de obra barata, sindicatos debilitados,
legislación flexible, el Partido Nacional aseguró rentabilidad para unos pocos
mientras bloqueaba cualquier transformación redistributiva. La pobreza se
volvió normal, administrable y, sobre todo, políticamente útil.
Cuando este modelo comenzó a
mostrar sus límites evidentes, el discurso oficial no giró hacia la corrección
estructural, sino hacia la culpabilización individual. El desempleo, la
informalidad y la exclusión dejaron de ser problemas colectivos para convertirse
en fallas personales. La figura del emprendedor reemplazó al trabajador con
derechos. Esta narrativa no solo oculta las causas profundas de la miseria,
sino que cumple una función ideológica clave: desplaza la responsabilidad del
sistema hacia el individuo y legitima la precariedad como destino.
La consecuencia más visible de
este orden es la migración masiva. Honduras se convirtió en un país expulsor
porque no ofrece condiciones materiales de vida digna a amplios sectores
sociales. La dependencia extrema de las remesas, que hoy sostienen tanto la
economía nacional como la supervivencia cotidiana de millones de hogares, es
una prueba contundente del fracaso estructural del modelo. No es desarrollo que
un país sobreviva gracias al trabajo precarizado de su población en el
extranjero. Es la externalización del colapso social.
Las remesas funcionan como
amortiguador: evitan una crisis abierta, pero permiten la continuidad del
sistema sin reformas profundas. Mientras la subsistencia dependa del exterior,
el Estado puede seguir eludiendo su responsabilidad histórica. La migración
deja de ser tragedia individual para convertirse en válvula funcional de un
modelo incapaz de integrar a su propio pueblo.
Este orden económico se sostuvo
políticamente mediante la captura sistemática del Estado. La corrupción que
atravesó todas las administraciones nacionalistas desde los años noventa no fue
una desviación del sistema, sino uno de sus mecanismos de reproducción. El
desvío de fondos públicos, el financiamiento ilegal de campañas, las redes
clientelares y la apropiación privada de lo público responden a una misma
lógica: el uso del Estado como instrumento de acumulación y control.
Casos como el saqueo del
Instituto Hondureño de Seguridad Social, el uso de recursos públicos para
campañas políticas, las estructuras offshore y la vinculación directa de altos
dirigentes nacionalistas con el narcotráfico no solo evidencian corrupción. Revelan
una fusión entre poder político, capital ilícito y aparato estatal, donde la
legalidad se subordina a la preservación del orden dominante.
La seguridad fue el otro gran
pilar de este proyecto. Frente a las consecuencias sociales de la exclusión,
violencia, crimen, descomposición comunitaria, el Partido Nacional no apostó
por reconstruir tejido social, sino por militarizar el conflicto. La seguridad
fue redefinida como orden, y el orden como obediencia. Barrios empobrecidos se
transformaron en territorios sospechosos; la juventud precarizada, en amenaza
permanente.
Durante el gobierno de Juan
Orlando Hernández, esta lógica alcanzó su expresión más autoritaria. Se
construyó un relato triunfalista alrededor de la reducción de homicidios,
presentada como logro histórico. Sin embargo, incluso en su mejor momento
estadístico, Honduras seguía siendo uno de los países más violentos de la
región y de su propia historia reciente. La comparación regional terminó por
desnudar el vacío del discurso: no hubo transformación estructural, solo
contención parcial, frágil y dependiente de la fuerza. Se confundió silencio
con paz.
La creación de la Policía Militar
del Orden Público simboliza este modelo. Presentada como respuesta técnica,
operó como una fuerza profundamente politizada, leal al proyecto del PNH y a la
figura presidencial. Funcionó como guardia pretoriana moderna: intimidó la
protesta, custodió procesos electorales cuestionados y aseguró gobernabilidad
en un contexto de exclusión creciente. Cuando la economía no integra, la fuerza
contiene.
Este proceso vino acompañado de
la entronización del estamento militar en la vida civil, alineado con intereses
externos, particularmente los de Estados Unidos. La estabilidad que se
garantizaba no era la del bienestar social, sino la de un enclave funcional
dentro del orden geopolítico regional. Estas estructuras no desaparecen: quedan
latentes, disponibles para ser reactivadas cuando los intereses estratégicos lo
demanden.
En el plano económico, cuando el
modelo mostró signos evidentes de agotamiento, no se replanteó: se radicalizó.
Las sedes, vendidas como innovación futurista, prometieron convertir a Honduras
en una especie de Wakanda centroamericana. El lenguaje rozó la mitología. En la
práctica, se trató de enclaves desconectados del país, cesión de soberanía y
profundización de la desigualdad territorial. No fue ruptura con el
neoliberalismo, sino su expresión más cruda.
Este proyecto se sostiene también
sobre una base electoral construida en la precariedad. El Partido Nacional
obtiene gran parte de su caudal en las zonas rurales más empobrecidas, donde el
Estado aparece de forma intermitente y clientelar. La pobreza se convierte en
capital político. La miseria no se combate: se administra. Cuanto mayor es la
vulnerabilidad, mayor es la capacidad de control.
Todo esto desmonta otro de los
grandes mitos del partido: su supuesta identidad como derecha conservadora,
defensora de valores familiares y tradición. Honduras no es una sociedad
conservadora en el sentido material del término. No conserva tejido social, no
conserva bienestar, no conserva dignidad. El Partido Nacional no conserva nada.
Cuando el capital lo exige, destruye cementerios ancestrales ya sean católicos,
comunidades garífunas o territorios comunitarios, memorias culturales y la
integridad de su propio pueblo sin reparo alguno.
El conservadurismo solo aparece
cuando se trata de tabúes morales, no cuando se trata de proteger la vida
concreta. Los vicios sociales, alcoholismo, drogas, descomposición, son
rampantes, no como fallas morales individuales, sino como síntomas de una sociedad
devastada. ¿Conservador de qué puede ser un proyecto que mercantiliza todo y
desintegra todo?
La alianza con iglesias
evangélicas y el uso de la moral como poder blando cumplen una función precisa:
disciplinar simbólicamente mientras el orden material se descompone. En ese
marco se inscribe también la cercanía con Israel y la adopción de modelos de
seguridad centrados en vigilancia, inteligencia y control poblacional. La
ideología se vuelve instrumental: moral para los pobres, mercado para los
poderosos, represión para los que sobran.
El resultado histórico de este
proceso es un país profundamente desigual, dependiente, militarizado y expulsor
de población. Un país donde el crecimiento no se traduce en bienestar, donde el
trabajo no garantiza dignidad y donde la miseria no es un error del sistema,
sino su condición de funcionamiento.
Más que fracasar en su promesa de
desarrollo, el Partido Nacional cumplió con coherencia su función histórica. No
gobernó para erradicar la miseria, sino para producirla, gestionarla y
reproducirla. En ese sentido profundo, estructural y social, la miseria
hondureña no es un accidente: es una construcción política sostenida en el
tiempo.
Ese es, quizás, su legado más
consistente.
Fuentes:
Partido Nacional cumple 122 años
bajo sombra de acusaciones por narcotráfico y corrupción de sus máximos líderes
– Criterio.hn
Partido Nacional mantiene vivas
sus esperanzas de volver al poder – Criterio.hn
Partido Nacional de Honduras –
Wikipedia
Porfirio Lobo – Wikipedia
One Party, Many Crimes: The Case
of Honduras’ National Party – Insight Crime
The Crisis Of Neoliberalism In
Honduras – Countercurrents.org
National Party of Honduras –
Grokipedia
Socioeconomic Conditions –
EveryCRSReport.com
Hondurans vote in presidential
election marked by fraud accusations – Reuters
Asfura holds slim lead… backed by
Trump – Reuters
Honduras recibe dividida la
liberación de Juan Orlando Hernández – El País
Honduras vota en estado de
excepción – El País
Honduran voters to judge record…
first left-wing president – Le Monde
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