Los ingleses han sido conocidos
durante siglos por su habilidad para envolver sus intereses imperiales con la
seda de la virtud. Son maestros del doble discurso: hablan de democracia
mientras sostienen dictaduras aliadas, predican derechos humanos mientras
apuntalan guerras económicas, y se proclaman defensores del “orden
internacional” mientras desestabilizan regiones enteras cuando conviene a su
agenda.
El truco ha funcionado tantas
veces que ya forma parte de su identidad política. Han repetido tanto la
narrativa de su “civilización” que incluso ellos mismos la creen. Esa mezcla de
superioridad moral autopercibida y pragmatismo sin escrúpulos ha sido una
herramienta central del poder británico durante siglos.
En América Latina y en buena
parte del Sur Global, sabemos bien cómo funciona ese juego: se nos vigila, se
nos sermonea, se nos evalúa moralmente… pero quienes reparten las lecciones
fueron precisamente quienes construyeron su riqueza saqueando continentes
enteros.
Durante tres siglos, las naciones
latinoamericanas no solo navegamos entre imperios: fuimos el tablero donde
ellos jugaban ajedrez mientras nosotros éramos las piezas. Y mientras nos
enredábamos en debates internos, Inglaterra avanzaba con su estilo preferido:
una mezcla de guante blanco y puñal escondido. Nos clavaban deudas que parecían
favores, manejaban nuestras aduanas como si fuesen propias, metían mano en
gobiernos ajenos con la misma soltura con que sirven té, financiaban facciones
políticas como quien alimenta mascotas exóticas y tiraban de los hilos de
nuestras economías sin despeinarse. Y, por supuesto, siempre envueltos en su
eterna cantaleta de falsa corrección moral.
Cuando algún país intentó
resistirse, fue tratado de “peligro”, “inestable”, “salvaje” o “amenaza para la
civilización”. La receta de propaganda británica era tan simple como efectiva:
crear monstruos para justificar intervenciones. Lo hicieron en África, en Asia,
en Medio Oriente, y también aquí.
Los ejemplos sobran: inventaron
historias de atrocidades, promovieron rumores de barbarie, difundieron relatos
de “niños mutilados” o pueblos “inhumanos” para legitimar sus propias
intervenciones. Lo mismo que hoy se repite en los medios occidentales cuando un
país del Sur Global decide construir una política exterior independiente o
desafiar intereses anglosajones.
El Sur Global aprendió, con
siglos de atraso pero a un costo incalculable, que la narrativa británica del
“juego limpio” casi nunca fue más que un barniz. Las potencias que aún se
proclaman árbitros de la civilización fueron también las que llenaron océanos
de esclavos, dividieron continentes con regla y tinta, y dejaron tras de sí
cicatrices económicas que perduran hasta hoy.
Y sin embargo, Londres continúa comportándose como si pudiéramos ser engañados con los mismos trucos de siempre. Cada vez que un país latinoamericano protege su soberanía energética, tecnológica o monetaria, aparece la maquinaria de prensa inglesa hablando de “autoritarismo”, “retroceso democrático”, “amenaza regional” o “crisis humanitaria inminente”.
Las tácticas no han cambiado:
exageraciones, alarmismo, expertos cuidadosamente seleccionados, editoriales
moralizantes desde periódicos que nunca aplican esos estándares a sus propios
aliados.
Pero el Sur Global ya no es el
del siglo XIX. Ya no somos repúblicas recién nacidas, dispersas, fáciles de
manipular. Hoy existe una conciencia política más amplia, una memoria histórica
más clara y una creciente desconfianza hacia los discursos moralistas que
vienen del Norte. Cada vez más países están rompiendo con la dependencia
financiera, diversificando alianzas y rechazando la tutela cultural e
informativa de las antiguas potencias.
Por eso ya no funciona la vieja
táctica británica de dividir a los pueblos del Sur Global entre “civilizados” y
“peligrosos”, entre “gobiernos malos” y “poblaciones buenas”. Sabemos que esas
categorías son fabricadas según la conveniencia del momento, no según los
principios.
La idea de que Inglaterra, o
cualquier potencia heredera del colonialismo, sea árbitro moral del mundo es
cada día más risible. Sus editoriales pueden seguir sermoneando; sus
diplomáticos, regañando; sus think tanks, advirtiendo de catástrofes que nunca ocurren.
Pero lo que encuentran en América Latina y el Sur Global no es sumisión, sino
una mezcla creciente de indiferencia, ironía y rechazo.
Si de verdad quieren evitar un conflicto mayor
con el Sur Global, que se ahorren las campañas de miedo y los relatos rancios
de atrocidades que alguna vez usaron como pretexto para invadir países. Ese
truco ya no impresiona a nadie. La salida es mucho más sencilla, y más amarga
para ellos, : aceptar que el mundo dejó de girar alrededor de Londres hace
mucho, y que sus “órdenes” ya no pasan de ser eco viejo de un imperio que no
existe.