El euroatlantismo, o como quiera
que se quiera denominar a esa corriente geopolítica que amalgama los intereses
de la OTAN, la Unión Europea y la extensión de la influencia anglosajona sobre
el globo, ha llegado a Honduras. No ha llegado con tanques ni con buques de
guerra, que sería lo más burdo y detectable, sino que ha llegado de manera
sutil, envolviendo las cúpulas de poder con una red de intereses que poco o
nada tienen que ver con el bienestar del pueblo hondureño. Este proceso, que
parecía sacado de una novela de espionaje de la Guerra Fría, se ha ido
cocinando a fuego lento en los últimos meses, y hoy, en este año 2026, ya es
una realidad tan palpable que resulta insultante que los gobernantes pretendan
ocultarlo bajo discursos técnicos de cooperación agrícola o seguridad
fronteriza. Lo que estamos presenciando es una invasión mental, una ocupación
de las élites que han decidido, por voluntad propia o por presión extranjera,
alinearse acríticamente con las directrices del bloque occidental, y esto merece
un análisis profundo y sin concesiones.
Para entender este fenómeno, hay
que partir de la naturaleza misma de las élites hondureñas. Históricamente, los
sectores que han detentado el poder económico y político en mi país han sido el
extremo más rancio de las oligarquías latinoamericanas. No son simples
conservadores; son una derecha liberal profundamente anglófila, que ha mirado
siempre hacia el norte con una devoción casi religiosa, replicando modelos de
consumo y pensamiento sin cuestionarlos jamás. Sin embargo, lo que estamos
viendo ahora va un paso más allá. Esta oligarquía, tradicionalmente sumisa a
Washington, ahora se ha hibridado con el euroatlantismo más beligerante,
dejándose invadir mentalmente por las narrativas de una UE que actúa como brazo
político de la OTAN. No es una colonización geográfica, sino una colonización
del pensamiento, que ya empieza a permear nuestras instituciones y que,
sospecho, no tardará en enquistarse aún más en nuestras Fuerzas Armadas, las
cuales, aunque ya son históricamente una extensión de los intereses estadounidenses
en la región, podrían volverse un instrumento aún más peligroso si se integran
plenamente en esta nueva dinámica de hostilidad hacia el resto del mundo.
Los prolegómenos de esta invasión
atlantista comenzaron a notarse desde que Nasry Asfura asumió el mando. De
manera discreta, pero no tanto, comenzaron a izarse banderas de Ucrania en
distintos puntos del país, no con la profusión ostentosa de los países
europeos, pero sí con una insistencia que resultaba, cuando menos, inusual.
¿Qué interés podría tener Honduras en un conflicto a miles de kilómetros de
distancia? La respuesta, evidentemente, no era orgánica. De repente, y esto sí
que fue extraño, comenzaron a llegar a San Pedro Sula, mi ciudad, una serie de
influencers y figuras mediáticas vinculadas al espacio ucraniano, pero que no
eran ucranianos de a pie, sino nacidos en Europa occidental o Estados Unidos.
¿Qué hacían estos personajes en nuestra ciudad, en nuestro país, dando charlas
y obteniendo cobertura de la clase política local? La casualidad resultaba
demasiado clamorosa, demasiado orquestada como para ser un fenómeno espontáneo.
Alguien con dos dedos de frente tenía que notar que ahí había una agenda
oculta, un movimiento de fichas geopolítico que precedía a la acción principal.
Y entonces, ocurrió el golpe de
efecto: el presidente Asfura realizó el histórico viaje a Ucrania, siendo el
primer mandatario hondureño en pisar suelo ucraniano en toda nuestra historia.
Es cierto que este acto tiene un matiz histórico innegable, pero no nos dejemos
engañar por la pompa diplomática. Honduras jamás ha destacado por una política
exterior propia y soberana; siempre ha sido un actor secundario que sigue las
corrientes marcadas por los grandes poderes. Este viaje no fue una iniciativa
autónoma, sino un mandado, un encargo directo de los anglosajones y de las
presiones de la Unión Europea. La justificación oficial fue endeble desde el
principio: primero se habló de temas agrícolas, de fertilizantes y de
cooperación técnica, pero rápidamente el discurso mutó hacia la compra de
drones de vigilancia para la seguridad fronteriza. Esta voltereta es, cuanto
menos, sospechosa. ¿Cómo es posible que en cuestión de semanas se pase de la
agricultura a la seguridad militar? La mentira es tan burda que ofende la
inteligencia del pueblo hondureño. No hay amenazas fronterizas que justifiquen
esa adquisición concreta, y si acaso estos drones se utilizaran para algo,
sería para espiar al vecino Nicaragua, país que mantiene fuertes relaciones con
Rusia y que, por ende, es un blanco de los intereses atlantistas en la región.
El propósito real de este
acercamiento es más profundo y más perverso: están buscando establecer en
Honduras una narrativa beligerante, un marco caduco de la Guerra Fría que nos
enfrente al pueblo ruso, al pueblo chino y a todas aquellas naciones que conforman
el bloque de los BRICS. Quieren sembrar desconfianza y odio hacia todo aquel
que no se alinee con los dictados de Washington y Bruselas. En este contexto de
manipulación informativa, aparece en escena la figura de Érika Reija, una
periodista española que trabaja para RTVE, que es, como bien sabemos, una
extensión de la OTAN en el espectro mediático español. Esta mujer fue traída a
Honduras para participar en eventos sobre desinformación, pero su discurso fue
el mismo panfleto trasnochado que se difunde en los círculos europeos: habló de
los mercenarios de Wagner, de los supuestos vínculos de Putin con el ascenso de
Donald Trump en 2016 y de la amenaza rusa en el ciberespacio. Todas esas
narrativas ya han sido desmontadas una y otra vez, pero aquí, en nuestra
tierra, se atrevieron a vendérnoslas como novedades, tratándonos como si
fuéramos ignorantes que no consumimos información global. Por supuesto, este
intento de lavado de cerebro no pasó desapercibido para la ciudadanía. En las
redes sociales, en Facebook e Instagram, la gente se burló abiertamente de esta
mujer y de los cuatro energúmenos occidentaloides que la rodeaban, esos
enfermos de mal gusto que fungen como comparsas del periodista local que los
trajo. Pero más allá de la burla, la gravedad del asunto es mayúscula.
No hay que engañarse acerca de
quién mueve los hilos. La Unión Europea y Estados Unidos están presionando
activamente para que estos cávulas y crápulas tengan espacio en nuestros medios
de comunicación, y lamentablemente, el ecosistema mediático hondureño está
secuestrado. Un 95% de nuestros medios se presta dócilmente a difundir esta
propaganda pro-yanki, pro-OTAN y pro-UE, atacando todo lo que tenga un matiz
antiimperialista o que simplemente no se alinee con sus intereses. Es un
secuestro de la narrativa nacional. Nunca antes en la historia reciente de
Honduras habíamos visto una movilización tan activa de la política exterior, y
no es porque de repente hayamos despertado al mundo, sino porque los amos del
norte así lo han exigido. Están utilizando a mi país como un tablero más en su
lucha global contra Rusia, China y el resto de los países que se atreven a
desafiar el orden unipolar. Y todo esto, mientras el gobierno hondureño y sus
lacayos mediáticos nos toman el pelo, nos ven la cara de tontos, haciéndonos
creer que estos movimientos responden a una soberanía que, claramente, ha sido
vendida al mejor postor atlantista. La resistencia está en el pueblo, en las
redes, en la conciencia de quienes no compramos este cuento, pero la batalla
por la narrativa apenas comienza y las élites ya han tomado partido por el
bloque anglo-imperialista.