La gran obra maestra hondureña
que iba a demostrarle al mundo que aquí también se hace cine. ¿El resultado?
Una cascada de mediocridad generada por IA que parece hecha por un becario con
insomnio y tres tutoriales de YouTube mal vistos. Pero empecemos por el
principio, que ya me hierve la sangre. Esto no es una película, es una
declaración de guerra contra el talento. Honduras, en su infinita sabiduría de
país que colecciona fracasos como otros coleccionan estampitas, ha decidido que
lo mejor para celebrar su identidad es encargarle una animación a una
computadora. Porque, claro, ¿para qué pagarles a animadores reales si puedes
tener a ChatGPT haciendo movimientos toscos por dos pesos? La pereza y la
desidia no son defectos aquí, son el método de producción. Y luego salen los de
siempre con sus trajecitos de ejecutivos, dándose golpes de pecho como si
hubieran inventado la rueda. Por favor, si esto lo ve Miyazaki, se autoinduce
un coma para no tener que compartir planeta con semejante esperpento.
Hablemos de lo visual, ya que
estamos. Los personajes tienen ojos de pez muerto, miradas que no miran nada,
como si supieran que están atrapados en un bodrio y quisieran suicidarse
digitalmente. La animación es tosca, rígida, sin fluidez, la clase de cosa que
da vergüenza ajena hasta en los cortos de estudiantes de primero. Pero ojo, que
aquí no hay estudiantes, aquí hay “empresarios visionarios” que creen que la
inteligencia artificial sustituye el talento. Y las voces, Dios mío, las voces.
Parecen locuciones de un GPS chino mal traducido, monótonas, sin alma, sin
matices. Pero es que Honduras no tiene industria de doblaje, ¿qué iba a tener?
¿Actores profesionales? Ja. Los mismos que doblan esto son probablemente los
primos de los productores que les tocó el papel por nepotismo y falta de
vergüenza. ¿Que si contrataron a alguien con formación? No me hagas reír. Esto
es más falso que un billete de 3 pesos.
Y luego quieren venderla como
“identidad nacional”. Pero, ¿identidad de qué? ¿La de los mayas? Porque les
informo, ya que les gusta tanto la IA pero no les gusta leer, que Honduras no
es solo Copán. Hay lencas, garífunas, misquitos, negros de habla inglesa, una
diversidad enorme. Pero no, ellos creen que la identidad hondureña cabe en un
sitio turístico y en un par de estatuas de piedra. Y encima lo hacen con
animación robótica, diálogos de pena y una música que parece puesta al azar,
como si el ingeniero de sonido hubiera estado tomando trago mientras mezclaba.
Porque la banda sonora, no me hagan hablar: pelea con los diálogos, tapa las
voces, no hay un segundo donde realmente acompañe. Es como poner una lavadora
de fondo y decir que es arte sonoro. Pero bueno, seguro los críticos de
Tegucigalpa ya la compararon con Studio Ghibli. Me faltó esa joyita para reírme
una semana entera.
Lo más indignante, con permiso de
lo demás, es la estrategia de distribución. Forzar a niños de escuelas a ver
esta porquería, como si fuera un acto patriótico. Porque claro, los niños
aplauden cualquier cosa que se mueva y tenga colores brillantes. Aplauden a un
payaso borracho si les da globos. Aplauden a un influencer pedorro si les
enseña un baile. ¿Eso significa que hay que tomar al público infantil por
imbécil? Pues eso es exactamente lo que hacen los banqueros Goldstein y toda
esa élite sionista-liberal que financia estas aberraciones. Para ellos el
hondureño de a pie es un retrasado mental que no diferencia una obra de arte de
un video de TikTok. Y esta película es la prueba número 447 de esa teoría. Te
toman por idiota, te dan vergüenza en 3D y encima quieren que les aplaudas.
Pues yo aplaudo, pero con una mano en la cara. De la vergüenza.
Ya circula por redes sociales
como meme, por supuesto. En Facebook hay gente diciendo “como hondureño no
apoyemos esto”, “me da vergüenza ajena”, “esto es un insulto a los animadores”.
Y tienen razón. Pero el daño ya está hecho. Honduras volvió a quedar como el
cenicero de Centroamérica, el país que cuando intenta algo internacional,
termina siendo el hazmerreír. Cualquier día de estos van a poner “Copán la
leyenda” en escuelas de cine como ejemplo de lo que jamás se debe hacer: cómo
no usar IA, cómo no prostituir tu patrimonio, cómo no insultar a tu público. Y
mientras tanto, el talento real, los animadores hondureños con ganas de
trabajar, se tienen que ir del país porque aquí prefieren ahorrar unos pesos
generando todo con algoritmos cutres. Pero no importa, los productores ya
facturaron, los políticos ya se tomaron la foto, los niños ya cumplieron con la
cuota de “cultura” y Honduras sigue siendo ese agujero negro donde el arte
viene a morir.
Maldita sea. Esto es más triste
que ver a un perro con tres patas intentando subir una escalera. Pero el perro
al menos tiene alma. Esto no. Esto es una hondureñada más que pasará a la
historia como la prueba definitiva de que aquí el que avisa no es traidor:
somos el país donde hasta las leyendas se vuelven vergüenza internacional. Si
alguien quiere defenderla, que lo haga. Pero que no espere que yo le llame
cinéfilo. Yo le llamaré otra cosa: parte del problema. Fin del comunicado.