Hay una película que circula por internet como si fuera algo nuevo, como si fuera una revelación, como si finalmente alguien hubiera tenido el valor de decir "la verdad". Se llama Citizen Vigilante, la última obra de Uwe Boll, y hay gente, mucha gente en los comentarios de redes sociales, en foros, en grupos de WhatsApp, que la está recibiendo como si fuera un manual de vida. Como si fuera una fantasía por fin realizada. Como si fuera la historia de alguien que hace lo que todos deberían hacer, pero no se atreven. Y lo peor es que esa gente, esos latinos que la están compartiendo con emojis de fuego y frases de "al fin alguien dice las cosas como son", no parecen entender algo fundamental: ya hubo un Citizen Vigilante en la vida real. Y no fue un héroe. Fue un asesino serial racista llamado Joseph Paul Franklin, que también usaba el nombre James Clayton Vaughn Jr., y que entre 1977 y 1980 mató a entre ocho y veinte personas por su mero aspecto. No por lo que habían hecho. No porque fueran criminales que la justicia no pudiera tocar. Porque eran negras. Porque eran judías. Porque eran parejas interraciales. Porque eran lo que él, en su delirio, llamaba "degenerados". Franklin se veía a sí mismo como un guerrero en una cruzada racial. Se creía el brazo armado de una causa superior. Se creía el limpiador de una sociedad podrida. Y lo que hacía, según su propio razonamiento, era exactamente lo que el personaje de Citizen Vigilante hace en la película: matar a quienes consideraba indeseables, a quienes consideraba que manchaban el orden natural de las cosas. La diferencia es que Franklin no actuaba en una ciudad europea sin nombre con una banda sonora épica y primeros planos dramáticos. Actuaba en estacionamientos de supermercados, en aceras, en sinagogas incendiadas, en los balcones de hoteles desde donde disparaba con un rifle. Y sus víctimas no eran violadores condenados que el sistema protegía por alguna debilidad burocrática. Eran personas comunes. Eran personas que caminaban por la calle. Eran personas que besaban a alguien de otro color. Eran personas que entraban a una sinagoga. Franklin les disparaba en la cara y luego se iba a la siguiente ciudad, convencido de que estaba salvando su utopía gringa.
Y aquí viene lo que debería hacer
reflexionar a quienes hoy aplauden la película de Uwe Boll: Franklin no fue
celebrado por la sociedad en general. Su figura encontró admiración únicamente
dentro de un reducido círculo de identitarios blancos y otros grupos
extremistas que intentaron convertirlo en un símbolo. Fuera de esos sectores
marginales, sus actos fueron ampliamente condenados.
Esto también pone en perspectiva el absurdo de quienes pretenden glorificar historias como Citizen Vigilante. En la vida real, la inmensa mayoría de las personas no celebraría a alguien que asesina a personas inocentes, independientemente de la justificación que se intente construir en una obra de ficción. Presentar a una familia como si fuera el "villano" para legitimar su asesinato puede servir como recurso narrativo, pero no cambia el hecho de que ese tipo de violencia sería rechazado por la sociedad fuera de los círculos extremistas. William Pierce, el supremacista blanco más influyente de su generación, el fundador del National Alliance, el autor de Los Diarios de Turner, le dedicó una novela entera. La novela Hunter fue publicada en 1989, nueve años después de la captura de Franklin. Hunter es, en esencia, Citizen Vigilante pero con más páginas, con más teoría racial, con más justificación filosófica. Sigue a un personaje llamado Oscar Yeager, un excombatiente de Vietnam que decide que la única forma de salvar a la raza blanca es asesinar sistemáticamente a personas interraciales, a judíos, a activistas, a cualquiera que represente la "degeneración" del mundo moderno. Yeager no es un villano en la novela. Es el protagonista. Es el héroe. Es el hombre de acción que hace lo que otros solo piensan. William Pierce fue un físico que abandonó la ciencia para dedicarse a construir y difundir una ideología supremacista., le dedicó esa novela a Joseph Paul Franklin como un homenaje. Como diciendo: este es el modelo. Este es el camino. Franklin, para Pierce, no era un psicópata. Era un pionero. Era el primer soldado de una guerra racial que vendría después. Y Hunter era el manual para que otros siguieran sus pasos.
La película de Uwe Boll no menciona a Franklin. No menciona a Pierce. No menciona Hunter. Pero está bebiendo de la misma fuente. El personaje de Michael Sanders, el exoficial del ejército estadounidense que se convierte en justiciero en una ciudad europea, es Oscar Yeager con otro nombre. Es Franklin con mejor iluminación. Es la misma fantasía de que un hombre blanco, armado y convencido de su propia rectitud moral, puede y debe matar a quienes considera enemigos de su civilización. La película lo presenta como algo inevitable, como algo necesario, como la única respuesta posible cuando el sistema falla. Y eso es exactamente lo que Franklin se creía. Eso es exactamente lo que Pierce predicaba. La única diferencia es que Boll tiene la desfachatez de presentarlo como entretenimiento, como un thriller de acción, como algo que deberías ver y compartir y aplaudir. Y hay gente que lo está haciendo. Hay gente que está viendo esta película y sintiéndose identificada, sintiéndose representada, sintiéndose finalmente comprendida. Y esos son los mismos que luego comparten memes de "Occidente se está muriendo" y "Europa ya no es Europa" sin entender que lo que están pidiendo, lo que están deseando, ya se hizo. Y fue un desastre. Y fue un crimen. Y fue la obra de un asesino serial que murió en el corredor de la muerte como lo que era: un asesino serial, no un mártir, no un héroe, no un salvador.
La realidad contra la ficción. Esa es la comparación que hay que hacer. En la ficción de Citizen Vigilante, el protagonista mata criminales que el sistema protege y la gente aplaude. En la realidad de Joseph Paul Franklin, el asesino mató a personas inocentes que caminaban por la calle y la gente que lo aplaudió fueron supremacistas blancos, neonazis y los cinco trastornados que todavía hoy lo consideran un guerrero racial. En la ficción, el justiciero es un hombre de acción limpia y precisa, casi quirúrgica, que solo toca a los verdaderamente culpables. En la realidad, Franklin disparaba indiscriminadamente contra parejas que salían del cine, contra niños que jugaban en la calle, contra cualquiera que su ojo racista considerara objetivo válido. En la ficción, la violencia es presentada como la única solución posible cuando las instituciones fallan. En la realidad, la violencia de Franklin no solucionó nada. No detuvo la inmigración. No purificó ninguna raza. No salvó Occidente. Solo dejó cadáveres, familias destrozadas y una mancha en la historia de un país que ya tiene demasiadas manchas. Y en la ficción de Hunter, Oscar Yeager muere como un héroe trágico, como un mártir de una causa mayor. En la realidad, Joseph Paul Franklin fue ejecutado en Missouri el 20 de noviembre de 2013, después de décadas en el corredor de la muerte, y su muerte no provocó ninguna revolución racial. No despertó a las masas. No inspiró un movimiento. Solo confirmó lo que siempre fue: un asesino serial racista que mató gente inocente por su mero aspecto y que terminó como terminan todos los asesinos seriales: olvidado por la mayoría, recordado solo por los trastornados que todavía creen que con figuras así defienden algo.
Y esos trastornados son los que hoy están romantizando Citizen Vigilante. Son los mismos que en los años ochenta leían Hunter como si fuera un texto sagrado. Son los mismos que ahora comparten clips de la película en TikTok con música épica y subtítulos dramáticos. Son los mismos que en Europa y en América Latina están construyendo una narrativa de que Occidente necesita salvadores solitarios, hombres de acción que hagan lo que el sistema no se atreve a hacer. Y necesitan entender algo: esos salvadores solitarios ya existieron. Y fueron un desastre. Y fueron asesinos. Y fueron la vergüenza de cualquier causa que intentaran representar. Franklin no salvó a nadie. Pierce no construyó nada. Hunter no es un manual de resistencia; es una novela de odio escrita por un hombre que pasó su vida en un bunker ideológico, predicando a los convertidos, construyendo una fantasía de purificación racial que nunca se materializó y que, cada vez que alguien intentó materializarla, terminó en sangre y en vergüenza. Citizen Vigilante no es una película valiente. Es Hunter con presupuesto de cine B y un actor caído en desgracia. Es la misma basura ideológica, la misma fantasía de limpieza, el mismo delirio de que la violencia individual puede reemplazar a la política colectiva.
Y eso es lo que más rabia da. Porque los problemas reales de Europa, los problemas reales de cualquier sociedad, no se resuelven con justicieros trastornados. No se resuelven con hombres armados que deciden, en su propia cabeza, quién vive y quién muere. Se resuelven con organización. Se resuelven con política. Se resuelven con comunidades que se juntan, que analizan, que presionan, que construyen alternativas. Las soluciones están en el colectivo, en la discusión, en la movilización, en entender de dónde vienen los problemas sociales y cómo atacarlos en sus raíces. No en la fantasía de un Dexter solitario, de un hombre blanco con un arma y una lista de enemigos. Esa fantasía no es política. Es una patología. Es la excusa de quienes no tienen la paciencia ni la capacidad de construir algo real, así que prefieren soñar con destruir algo imaginario. Y esos sueños, cuando se vuelven reales, se parecen a Joseph Paul Franklin. Se parecen a un hombre que recorrió Estados Unidos disparando a gente por su color de piel, convencido de que estaba en una cruzada. Se parecen a un incendiario de sinagogas. Se parecen a un asesino de parejas interraciales. No se parecen en nada a Michael Sanders, el personaje utópico de Uwe Boll, que mata solo a los verdaderamente culpables y nunca comete un error y es aplaudido por la gente común. Ese personaje no existe. Nunca existió. Y la gente que cree que podría existir, que se siente identificada con él, que lo comparte como si fuera un modelo a seguir, está bebiendo del mismo pozo que bebieron Franklin y Pierce. Está repitiendo la misma fantasía que ya demostró ser letal. Y lo está haciendo sin saberlo, o peor, sabiéndolo y no importándole.
A los latinos que están compartiendo esta película, que están romantizando esta figura, que están diciendo "al fin alguien dice las cosas como son", les digo esto: ya hubo un Citizen Vigilante. Se llamó Joseph Paul Franklin. También James Clayton Vaughn Jr. También "The Racist Killer". Y mató a gente inocente por su aspecto. Y fue admirado por William Pierce. Y Pierce le escribió Hunter, que es básicamente la versión literaria de la película que ustedes están aplaudiendo. Y Franklin no salvó a Occidente. No detuvo a nadie. No construyó nada. Solo mató. Y murió. Y quedó en el basurero de la historia, junto con Pierce y su novela vacua y todos los perturbados emocionales que todavía creen que con asesinos seriales se defiende una civilización. Eso es lo que están romantizando. Eso es lo que están pidiendo. Eso es lo que creen que Europa necesita: un montón de Franklins sueltos, matando gente por su aspecto, convencidos de que están en una cruzada. Y la verdad es que eso no es una solución. Eso es una enfermedad. Eso es el final de cualquier posibilidad real de cambio. Eso es el camino hacia el basurero de la historia, donde ya están Franklin, Pierce, Hunter y todos los que creyeron que con sangre se construye algo duradero.
Las soluciones no están ahí.
Nunca estuvieron ahí. Y quienes digan lo contrario, o no saben de lo que
hablan, o lo saben y les da igual. Y a los que les da igual, no hay mucho que
decirles. Pero a los que todavía pueden escuchar, a los que todavía no se han
perdido del todo en la fantasía del justiciero solitario, les digo: lean la
historia de Joseph Paul Franklin. Lean Hunter si tienen estómago, para entender
de dónde viene esta basura. Y luego miren Citizen Vigilante y vean si no es
exactamente lo mismo, solo que con mejor producción y peor actuación. Porque lo
es. Y reconocerlo es el primer paso para no caer en la misma trampa que cayeron
otros antes. Una trampa que ya demostró, con sangre real, con cadáveres reales,
con familias reales destrozadas, que no lleva a ninguna parte. Que solo lleva
al corredor de la muerte, a la ejecución, al olvido, y a que un puñado de
trastornados siga romantizando tu nombre mientras el mundo real sigue adelante,
construyendo otras cosas, con otras personas, de otra manera. Una manera que no
pasa por el cañón de un rifle ni por la fantasía de un hombre blanco convencido
de que es el último defensor de algo que nunca existió como él se lo imaginaba.
Fuente:
- Boll, Uwe – Citizen Vigilante (2026). Producido por Uwe Boll y Boris Veličan. Borvel Film y Event Film Distribution.
- Pierce, William Luther – Hunter (1989). National Vanguard Books, Estados Unidos. Dedicado a Joseph Paul Franklin. Reeditado por Barricade Books en 1996.
- Franklin, Joseph Paul (James Clayton Vaughn Jr.) – “The Racist Killer”. Asesino en serie activo 1977–1980. Ejecutado en el Estado de Missouri, 20 de noviembre de 2013.