Para entender el estado actual de
violencia, corrupción, extorsiones y ese omnipresente poder que los clanes del
norte de México ejercen como si fueran señores feudales del siglo XXI, hay que
remontarse a treinta años atrás. Pero no, no hace falta hacerse un máster en
criminología ni leer los informes de la ONU. Basta con sentarse, echar un
vistazo a las hemerotecas, y darse cuenta de que el diablo, como siempre, está
en los detalles. Y en los detalles, querido lector, siempre aparecen las mismas
caras. ¿Acaso alguien cree que el narcotráfico nació de la nada, como un hongo
después de la lluvia? Claro que no. El hongo necesitaba un abono especial, y
ese abono se llamó “estrechas relaciones con el vecino del norte”.
Jesús Esquivel, ese lúcido
escritor que parece haberle cogido el pulso al monstruo, nos lo cuenta en su
libro «La CIA, Camarena y Caro Quintero». Y lo cuenta con tal lujo de detalles
que uno se queda con la sensación de estar leyendo el guion de una película de
gángsters de Scorsese, pero con más corrupción y menos glamour. Esquivel
desnuda las relaciones entre el Estado mexicano, las mafias de Guadalajara, la
DEA y la CIA. ¿Resultado? Una telaraña tan enredada que ni el mismísimo
Spiderman podría salir de ella sin mancharse las manos. Porque, ustedes saben,
cuando la policía y los narcos se sientan en la misma mesa, las víctimas
siempre son los de siempre. Y el ejemplo más recordado y nauseabundo es el de
los 43 estudiantes de Ayotzinapa, esos chicos que fueron entregados al matadero
como si fueran ganado. ¿Se imaginan ustedes que esto hubiera pasado en Cuba,
Irán o Venezuela? ¡Anda, claro! La polvareda mundial hubiera sido de
proporciones colosales. Sanciones, amenazas militares, y la santísima trinidad
ONU-EEUU-OTAN montando un número de circo. Pero como pasó en México, pues...
silencio. O casi. Como diría el refrán: “Dime de qué presumes y te diré de qué
careces”.
Esquivel no se anda con rodeos.
Dice, y no sin razón, que “la Agencia Central de Inteligencia (CIA) auspició la
consolidación del cártel de Guadalajara en los años ochenta, en contubernio con
altos funcionarios de seguridad del Estado mexicano”. Vamos, lo que viene
siendo una joint venture entre el Tío Sam y los señores de la droga. Pero, ¿por
qué? ¿Acaso a la CIA le faltaba trabajo con la guerra fría, la carrera espacial
y todo eso? Pues no. Resulta que, según Esquivel, el pastel se cocinó poco
después del triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua, en 1979. La CIA,
viendo que los comunistas se les colaban por el patio trasero, decidió que la
mejor manera de combatirlos era montar una guerra sucia con los contras, un
grupo de mercenarios que recibían entrenamiento y armas. ¿Y cómo se financiaba
todo esto? Pues con droga, por supuesto. ¿Dónde se entrenaban los mercenarios?
Pues en el rancho del capo más capo de todos los capos: Rafael Caro Quintero.
Esto, querido lector, es como si
Don Corleone hubiera financiado al ejército gringo. La lógica es impecable:
primero creas un monstruo, luego le das un permiso de circulación, y cuando el
monstruo se come a los tuyos, te pones las manos en la cabeza y finges
sorpresa. ¿Acaso no es la historia de cualquier película de terror? El problema
es que aquí no hay guionistas, ni final feliz, ni segundas partes. Ronald
Reagan, el presidente que nos vendió la idea del “American Way of Life”, ordenó
a la CIA “evitar la influencia soviética en Centroamérica” y se valió de todos
los medios, incluyendo a los narcos, para lograrlo. Como decía Maquiavelo: “El
fin justifica los medios”. Y vaya que lo justificaron. Pero, claro, luego nos
sorprendemos de que México sea un polvorín.
Ahora bien, si hay un episodio
que destila por todos sus poros la esencia de este embrollo, es el caso del
agente de la DEA Enrique Camarena. Secuestrado, torturado y asesinado en
febrero de 1985. Durante décadas, nos contaron que Caro Quintero lo había matado
por venganza, porque Camarena había descubierto un rancho donde había toneladas
de marihuana. Bonita historia, ¿verdad? Como un western de serie B. Pero
Esquivel, con la paciencia de un arqueólogo y el olfato de un periodista de
raza, desmonta el cuento. Y no lo hace con teorías conspirativas, sino con
documentos confidenciales y entrevistas a gente que sabe de qué habla: Phil
Jordan, exdirector del Centro de Inteligencia de El Paso; Héctor Berrellez,
exagente de la DEA; y Tosh Plumlee, un ex piloto que trabajó para agencias
federales.
¿Qué dicen estos señores? Pues
que Camarena no fue víctima de un capo, sino de su propio descubrimiento: se
topó con la conexión de la CIA en el negocio del narco. Y por eso lo mataron.
¿Y quién lo mató? Pues según Berrellez, un grupo de policías mexicanos al
servicio de los narcos lo llevó a una casa del cuñado del ex presidente Luis
Echeverría, Rubén Zuno Arce. Allí, mientras el pobre Camarena era torturado, se
daban cita altos representantes del Estado mexicano, como los Secretarios de
Gobernación y Defensa, y un tal Félix Ismael Rodríguez, alias “el Gato”, un
cubano anticastrista que trabajaba para la CIA y que ya había participado en la
invasión de Bahía de Cochinos y en la captura del Ché Guevara. Vamos, el mismo
que viste y calza. ¿Y la DEA? Pues la DEA, en lugar de investigar a los suyos,
se dedicó a montar una cortina de humo.
Pero lo mejor de todo es que,
para completar la farsa, la DEA secuestró a un médico, Álvarez Machain, que
supuestamente había mantenido vivo a Camarena durante las torturas. La versión
oficial decía que los agentes de la DEA actuaron por su cuenta, en un arrebato
de justicia callejera. Pero Esquivel lo aclara: no fue un capricho de la DEA,
fue una orden directa de la Casa Blanca. ¿Se dan cuenta, queridos lectores? El
Tío Sam, el campeón de la legalidad internacional, dando órdenes para
secuestrar a un médico en suelo mexicano. Si esto lo oyen en la tele, no se lo
crean, porque la realidad siempre supera a la ficción. Como dijo alguien con
más sabiduría que yo: “Quien busca la verdad, se arriesga a encontrarla y a que
le ardan los ojos”.
La nada “pulcra” y “edificante”
DEA, la que presume de ser la agencia antidroga más poderosa del mundo, resulta
que es la mayor traficante del continente. ¿Ironía? No, simple lógica. Como la
mafia que persigue al ladrón de mafias, la DEA ha estado tan metida en el fango
como los propios narcos. Phil Jordan, ese valiente que se atrevió a decir la
verdad, asegura que “la CIA mandó secuestrar y torturar a Camarena y, cuando lo
mataron, nos hicieron creer que fue Caro Quintero para tapar las ilegalidades
que estaban haciendo en México”. Y, claro, la DEA no se ha quedado callada. Han
intentado desacreditar a Jordan y a Berrellez, pero ellos no se arredran:
“Tenemos muchas pruebas para fundamentar lo que denunciamos”. Pero, amigos
míos, la verdad es como el fuego: quema, pero también ilumina. Y en este caso,
la luz es tan cegadora que uno se pregunta cuántas veces más tendrá que pasar
esto antes de que alguien haga algo.
Ustedes saben, la
narco-democracia mexicana es un oxímoron que suena a chiste malo. Por un lado,
la corrupción y el crimen organizado son sus señas de identidad; por otro, los
ciudadanos siguen votando, pagando impuestos y viendo cómo los jóvenes desaparecen
sin que nadie dé explicaciones. Es como estar en un barco que se hunde y, en
lugar de tapar las vías de agua, el capitán se dedica a cambiar la bandera.
Pero, ¿qué se puede esperar de un sistema que se basa en un modelo
político-económico de extorsión? El neoliberalismo, ese señor tan bien trajeado
que siempre te cobra por adelantado, ha sido el compinche perfecto del
narcotráfico. Y mientras Washington marcaba el ritmo, los narcos se enriquecían
y el Estado mexicano se convertía en un pasillo de carne para sus intereses.
El caso de los 43 estudiantes
desaparecidos es la punta del iceberg, la herida abierta que no cicatriza. Fue
un acto de barbarie que ni siquiera las películas de Tarantino se atreverían a
mostrar. Y, sin embargo, aquí estamos, hablando de ello con la misma
naturalidad con la que hablamos del clima. ¿Cómo hemos llegado a esto? Pues
porque, como decía el poeta latino Juvenal, “¿Quién vigila a los vigilantes?”
(Quis custodiet ipsos custodes?). Si los policías son los que entregan a los
estudiantes, si los políticos se sientan a la mesa con los narcos, y si la CIA
y la DEA son las que ponen los ingredientes para el banquete, entonces el
problema no es de unos pocos, sino de todo el sistema. Es como la ley de la
selva, pero con más corbata y menos honor.
Así que, querido lector, cuando
veas en las noticias sobre violencia en México, no te dejes engañar por los
titulares sensacionalistas. Detrás de cada cadáver, de cada desaparición, hay
una historia de intereses ocultos, de acuerdos bajo la mesa y de una
complicidad que viene de muy lejos. Es fácil señalar a los narcos, a los
sicarios, a los gobiernos locales. Pero, ¿y el vecino del norte? ¿Y las
agencias de inteligencia que financiaron el monstruo mientras se lavaban las
manos? ¿Y los políticos que se beneficiaron de ello?
Esquivel nos da las claves, pero
la cerradura la tenemos que abrir nosotros. Como dijo el sabio: “El que siembra
vientos, recoge tempestades”. Y México, el país de las tempestades, lleva
décadas cosechando lo que sembró con la ayuda de unos cuantos que no tenían
nada que perder. Al final, la lección es simple: la historia siempre se repite,
pero nunca aprendemos. Y mientras tanto, el narco sigue su camino, imparable,
como un río de sangre que arrastra todo a su paso.
Como diría mi abuela: “Dios los
cría y ellos se juntan”. Y aquí, el diablo, la CIA, la DEA y el narco se han
juntado tan bien que ya no sabemos quién es quién. Lo único seguro es que todos
ellos siguen en el negocio, y nosotros seguimos pagando el precio. ¿Acaso
alguien cree que esto va a cambiar? Pues, como siempre, la respuesta está en el
viento. O, mejor dicho, en el polvo de los caminos del norte, donde los clanes
gobiernan y la muerte es moneda corriente.
Volviendo a lo nuestro: no se
sorprendan si mañana el nuevo héroe de la patria resulta ser un narcotraficante
con traje de Armani y discurso populista. Después de todo, la historia no es
más que una sucesión de cínicos que se disfrazan de salvadores. Y nosotros, los
espectadores de esta tragicomedia, solo podemos mirar, aplaudir a ratos y, si
acaso, recordar que “el infierno está empedrado de buenas intenciones”. O de
malas, según se mire.
Así que ya saben: la próxima vez
que hablen de narcotráfico, piensen en la CIA, en la DEA, en los políticos y en
todos aquellos que, sin hacer ruido, han estado moviendo los hilos desde que el
mundo es mundo. O, al menos, desde que Reagan decidió que el fin justificaba
los medios. Y el fin, para ellos, era el poder. El resto, queridos lectores, es
solo humo de la buena marihuana que nunca llegó a quemarse.
Fuente:
- Esquivel, Jesús. La CIA, Camarena y Caro Quintero. México: Grijalbo, 2013.
- Jordan, Phil. Testimonio sobre el caso Camarena (Entrevista en Proceso). México: Revista Proceso / Comunicación e Información, S.A. de C.V., 2013
- Berrellez, Héctor. Declaraciones sobre el secuestro y asesinato de Enrique Camarena (Entrevista en Fox News). Nueva York: Fox News Network, 2013.
- Plumlee, Robert Tosh. Testimonio sobre el transporte de drogas por encargo de la CIA (Entrevista en Proceso). México: Revista Proceso / Comunicación e Información, S.A. de C.V., 2013.
- Corte de Distrito de los Estados Unidos. United States of America v. Rubén Zuno Arce (Expediente judicial CR-90-0154). Los Ángeles: Tribunal de Distrito para el Distrito Central de California, 1990.
- Rodríguez, Félix Ismael. Perfil biográfico y participación en operaciones encubiertas de la CIA. Washington D.C.: Archivos de Seguridad Nacional (National Security Archive), 1961-1985.
- Agencia Central de Inteligencia (CIA). Informes desclasificados sobre el financiamiento de la Contra nicaragüense a través del narcotráfico. Washington D.C.: Archivos Nacionales de Estados Unidos (NARA), década de 1980.