No se trata de un simple cambio
de socios comerciales ni de una reorientación de la política exterior. La
cuestión es más grave y más honda: se trata de cortar el vínculo de
subordinación que nos ata a Estados Unidos como referente civilizacional.
Durante dos siglos, América Latina ha vivido en un extraño letargo, mirando
hacia el norte como el faro de la modernidad, la democracia y el progreso,
mientras el resto del mundo, Vietnam, Irán, Rusia, China, buena parte de
África, entendía hace décadas lo que nosotros apenas empezamos a susurrar: que
el modelo anglosajón, en su esencia imperial y depredadora, no es un faro, es
un incendio. La diferencia radical entre esos pueblos y el nuestro no es ya
solo geográfica ni económica; es, ante todo, una diferencia de espíritu, de
diagnóstico y, sobre todo, de élites. Porque el problema de América Latina no
es el pueblo, que siempre supo desconfiar del gigante del norte, son sus clases
dirigentes, esa élite criolla que, desde la independencia, ha actuado como
traductora y cómplice de la barbarie anglosajona dentro de nuestras propias
fronteras.
Para comprender esta anomalía,
por qué Latinoamérica parece vivir en otro planeta mientras el mundo se rearma
contra la hegemonía estadounidense, es necesario un análisis profundo de
nuestra condición colonial interna. El filósofo boliviano Franz Hinkelammert,
entre otros, ha señalado que el capitalismo anglosajón no es solo un sistema
económico, es una cosmovisión totalitaria que se presenta como el único
horizonte posible de la historia. Esa cosmovisión encontró en nuestras élites
criollas sus mejores misioneros. A diferencia de las élites vietnamitas, que
supieron articular el confucianismo, el budismo y el marxismo en una
resistencia nacional, o de las élites iraníes, que refundaron su identidad en
el rechazo al Occidente decadente, nuestras élites criollas abrazaron la
imitación como forma de existencia. No hubo allí una apropiación crítica de la
modernidad, como intentaron los independentistas del siglo XIX, hubo una
sujeción vergonzante: primero al colonialismo britanico, luego al liberalismo
francés, y finalmente al imperio estadounidense. Cada cambio de amo fue vivido
como una actualización necesaria, nunca como una derrota.
La psicología de esta élite es la
del colonizado que se cree superior a su propio pueblo porque ha aprendido a
hablar en la lengua del dominador. José Carlos Mariátegui ya lo diagnosticó en
sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana: nuestra
intelectualidad ha sido siempre una intelectualidad trasplantada, que lee su
realidad a través de lentes fabricados en Harvard, la Sorbona o la Universidad
de Chicago. El resultado es una forma de esquizofrenia colectiva: mientras el
ciudadano común desconfía de las intervenciones estadounidenses, recuerda los
golpes, las dictaduras, las escuelas de las Américas, el Plan Cóndor, la élite
criolla sigue discutiendo si el libre comercio es la única salvación o si la
democracia liberal es el fin de la historia. Esa élite no ha entendido lo que
el resto del mundo entendió: que la barbarie anglosajona no es un accidente, un
exceso ocasional, es la esencia misma del proyecto estadounidense.
Tomemos un ejemplo paradigmático:
La Doctrina Monroe, esa "América para los americanos" que era, en
verdad, "América para Estados Unidos". Mientras Simón Bolívar ya
señalaba en la Carta de Jamaica que los Estados Unidos parecían destinados a
plagar la América de miserias en nombre de la libertad, nuestras élites
criollas del siglo XXI siguen repitiendo los mantras de la OEA y la Alianza del
Pacífico como si no hubiera pasado nada. ¿Qué habría pensado Bolívar de ver a
presidentes latinoamericanos compitiendo por ser el primero en recibir órdenes
de Washington? Él soñó con una gran patria unida para hacer frente a cualquier
potencia extranjera; sus herederos criollos fragmentaron el continente y lo
entregaron pieza por pieza.
Mientras tanto, en la otra orilla
del mundo, Vietnam no solo derrotó militarmente a Estados Unidos, también
construyó después un modelo económico que combina centralismo democrático con
apertura al mercado, sin rendir pleitesía cultural a Occidente. Irán, bajo el
lema "ni Occidente ni Oriente, la República Islámica", demostró que
es posible articular una modernidad técnica sin asumir la decadencia moral del
norte. China, por su parte, ha logrado la hazaña más notable del último medio
siglo: salir del subdesarrollo sin pasar por la estación de la democracia
liberal estadounidense, demostrando así que el camino anglosajón no es el
único, ni siquiera el mejor. Rusia, pese a todos sus problemas, ha sabido
reconstruir un orgullo nacional que no depende del visto bueno de Washington. Y
en África, desde los movimientos panafricanistas hasta las nuevas oleadas de
expulsión de las potencias coloniales, se respira un aire de dignidad
recuperada que en América Latina parece un lujo inalcanzable.
¿Por qué esta diferencia? La
respuesta no es económica, va más allá: la élite criolla latinoamericana nunca
hizo el duelo por la muerte de su propio proyecto civilizatorio. La
independencia fue, para ella, un cambio de gestión, una revolución del espíritu.
El pensador peruano Augusto Salazar Bondy, en su obra ¿Existe una filosofía de
nuestra América?, denunció que nuestra filosofía ha sido una filosofía de la
subordinación, una reflexión que siempre llega tarde, que siempre está
comentando a los europeos o a los norteamericanos en lugar de pensar desde
nuestra propia herida. Esa ausencia de pensamiento propio es el caldo de
cultivo perfecto para que el referente estadounidense se instale como un
sustituto de nuestra alma. La élite criolla no cree en sí misma, por eso cree
en el norte. No tiene proyecto propio, por eso copia el ajeno. No se atreve a
imaginar un destino diferente, por eso se aferra al único que conoce, aunque
ese destino sea la servidumbre.
Ahora bien, sería injusto decir
que en América Latina no ha habido voces que hayan entendido esto. Las hubo y
muy potentes, pero fueron continuamente neutralizadas por la alianza entre la
élite criolla y el poder estadounidense. Augusto César Sandino es el arquetipo:
un hombre que entendió que la lucha contra el imperio era una lucha
existencial, que no admitía medias tintas. Sandino no solo combatió a los
marines en la selva; también combatió a la élite nicaragüense que los había
invitado. Por eso fue asesinado, y por eso su pensamiento, que es un
pensamiento de la dignidad radical, sigue siendo peligroso para nuestras
élites. Algo similar ocurrió con el Che Guevara: su llamado a crear "uno,
dos, muchos Vietnam" era una invitación a romper el cerco psicológico que
nos tiene cautivos. Pero la élite criolla prefirió convertir su rostro en una
camiseta de marca, vaciando su mensaje de contenido subversivo y
transformándolo en un ícono de consumo más.
Este mecanismo de neutralización
es clave. La élite criolla no combate las ideas anticoloniales; las digiere,
las estetiza, las convierte en mercancía. Así, la memoria de Sandino se reduce
a una estatua y un billete, la del Che a un póster en la habitación de un
adolescente de clase media, la de la Teología de la Liberación a un recuerdo de
museo para sociólogos aburridos. De esta forma, la energía revolucionaria se
disipa sin llegar a tocar las estructuras de poder. El resultado es un
continente que ha tenido profetas, pero no discípulos, mártires, pero no
instituciones, rabia, pero no un proyecto.
Frente a esta historia de
servidumbre y neutralización, la ruptura civilizacional que propongo no es un
lujo intelectual, es una necesidad existencial. Cortar con Estados Unidos como
referente significa, en primer lugar, un acto de descolonización filosófica:
aprender a leer el mundo desde nuestros propios problemas, con nuestras propias
categorías, sin pedir autorización a las academias del norte. Significa
reconocer que la democracia liberal estadounidense no es un modelo a imitar, es
una forma de dominación que debemos superar. Significa entender que el
individualismo posesivo, el consumismo sin límites y la destrucción ecológica
que vienen del norte no son el progreso, son la barbarie.
En segundo lugar, esta ruptura
implica un giro radical en la formación de nuestras élites. Necesitamos una
nueva generación de dirigentes que no hayan pasado por Harvard ni por la
Universidad de Georgetown, o que, habiendo pasado, hayan aprendido a desaprender.
Necesitamos intelectuales que se atrevan a pensar desde el Sur global, que
dialoguen con sus pares en Yakarta, Lagos o Hanoi, no solo con sus colegas en
Nueva York. Necesitamos una élite que entienda que la soberanía no es un
concepto abstracto, es una práctica cotidiana que se ejerce eligiendo qué
libros leer, qué teorías estudiar, qué alianzas forjar.
El ejemplo de otros pueblos es
aleccionador. Vietnam no construyó su victoria solo con fusiles; la construyó
con una élite que estudió a Sun Tzu y a Marx, y también su propia historia
milenaria de resistencia contra los chinos, los mongoles y los franceses. Irán
no se levantó solo con el petróleo; se levantó con una élite clerical que supo
articular la tradición chiita con el discurso antiimperialista. China no ha
llegado a ser potencia mundial solo con su ejército; lo ha hecho con una élite
que estudia incansablemente, que viaja, que aprende de los errores ajenos, pero
que nunca abandona la convicción de que su destino lo escriben ellos mismos. En
todos estos casos, la élite no fue una simple traductora de los intereses
extranjeros, fue una vanguardia orgánicamente ligada a su pueblo. Esa es la
diferencia.
América Latina, en cambio, ha
producido una élite trasplantada, una clase dirigente que se siente más cómoda
en Miami que en su propia tierra, que habla inglés con sus hijos y español con
el servicio, que mira el mundo desde la ventanilla de un avión y no desde el
barro de su propia realidad. Esa élite no puede liderar ningún proceso de
emancipación porque ella misma es el obstáculo. Por eso, la ruptura
civilizacional no puede venir de arriba; tendrá que venir de abajo, o no
vendrá. Tendrá que ser el pueblo, con sus movimientos sociales, sus
intelectuales orgánicos, sus liderazgos territoriales, el que fuerce el cambio.
Y tendrá que ser un cambio profundo, que no se conforme con cambiar un socio
comercial por otro, que cuestione el propio fundamento de la subordinación.
No se trata, claro está, de caer
en un nacionalismo cerrado ni en una idealización ingenua de los propios
defectos. Se trata de aprender a mirar el mundo con ojos propios, de dejar de
ser espectadores de una historia que otros escriben para convertirnos en
autores de la nuestra. El referente estadounidense se ha agotado. Su sueño
americano es hoy una pesadilla de desigualdad, violencia y crisis ecológica. Su
democracia es un simulacro cada vez más evidente. Su cultura es un producto de
masas vacío y homogeneizante. Seguir mirando hacia allá no es solo un error de
juicio; es una forma de masoquismo histórico.
El mundo que viene será multipolar o no será. América Latina tiene los recursos, la historia y el coraje para ser un protagonista de ese nuevo orden, pero para eso necesita deshacerse de su lastre principal: esa élite criolla que, desde la independencia, ha actuado como el caballo de Troya del imperio dentro de nuestras fronteras. Necesita un nuevo pacto social que forme a sus dirigentes en el amor a lo propio y no en la admiración por lo ajeno. Necesita, en fin, un renacimiento filosófico que nos devuelva la confianza en nuestra propia capacidad de pensar el mundo y transformarlo. La barbarie anglosajona ya fue diagnosticada y combatida en otros continentes. Ahora nos toca a nosotros. Ya es tarde. Más tarde aún será si seguimos mirando hacia el norte esperando que nos devuelvan la dignidad que ellos mismos nos robaron. Basta de imitación. Basta de servidumbre. Basta de élites que nos venden al mejor postor. Es hora de que América Latina deje de ser el patio trasero del imperio occidental para convertirse en lo que siempre debió ser: un jardín soberano, diverso y rebelde, que florece a pesar de todo y contra todos.
Fuente:
- Franz Hinkelammert – Totalitarismo del mercado. El mercado capitalista como ser supremo (Akal, 2018).
- José Carlos Mariátegui – Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928).
- Augusto Salazar Bondy – ¿Existe una filosofía de nuestra América? (1968).
- Simón Bolívar – “Carta de Jamaica” (1815).
- Augusto César Sandino – Manifiestos y escritos políticos (1927-1933).
- Ernesto “Che” Guevara – Mensaje a la Tricontinental (1967) (crear “uno, dos, muchos Vietnam”).
- Vietnam: Documentos sobre la guerra de resistencia y la política Đổi Mới (1986 en adelante).
- Irán: Historia de la Revolución Islámica (1979) y el lema “Ni Occidente ni Oriente”.
- China: Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) y estudios sobre su modelo de desarrollo no occidental.