Si existe algún lugar en el
planeta donde la retórica de los derechos humanos haya alcanzado su máxima
expresión de cinismo e inutilidad, ese lugar es Honduras. No es que el sistema
haya fallado parcialmente, ni que presente deficiencias corregibles, ni que
requiera más recursos o mayor voluntad política. Es que ha fracasado
estrepitosamente, de manera sistemática, durante décadas, con un costo humano
que solo puede describirse como masacre institucionalizada. Más de sesenta
defensores de derechos humanos asesinados entre dos mil veinte y dos mil
veinticinco. Noventa y siete por ciento de impunidad en crímenes contra quienes
defienden derechos. Noventa y cinco por ciento de femicidios sin resolver. Y
sobre estas cifras, como una burla final, se alza todo el aparato formal de la
protección internacional: planes nacionales, fiscalías especiales, mecanismos
de protección, comisionados, secretarías, oficinas, informes, recomendaciones,
y un flujo constante de dólares que alimenta una industria del fracaso que nadie
se atreve a cerrar.
La impunidad no es un defecto
técnico del sistema hondureño. Es su esencia. Es el mecanismo mediante el cual
el poder real, ese que opera en las sombras del narcotráfico, la corrupción
política y la extracción violenta de recursos, mantiene el control territorial
y social. Y frente a este mecanismo, los derechos humanos han demostrado ser no
solo inútiles sino activamente perversos: proporcionan una cobertura
legitimadora que permite al Estado continuar asesinando impunemente mientras
finge someterse a estándares internacionales. La Fiscalía Especial de Derechos
Humanos, con sus dieciocho fiscales para todo el país en dos mil diecisiete, no
es una institución deficiente.
Es una institución diseñada para
la inoperancia, para la apariencia de acción sin la acción misma. El
Comisionado Nacional de Derechos Humanos, al que el Congreso intentó destituir
cuando se atrevió a funcionar, no es una víctima de la política. Es evidencia
de que cualquier intento genuino de protección será neutralizado por el sistema
que se supone debe controlar. La Secretaría de Derechos Humanos, descrita por
observadores internacionales como existente únicamente para la fotografía, no
es una exageración crítica. Es una descripción literal de una oficina que gasta
recursos, emite comunicados, organiza eventos, y entrega exactamente cero
protecciones efectivas a quienes la necesitan.
El Mecanismo Nacional de
Protección para Defensores de Derechos Humanos es quizás el ejemplo más obsceno
de este teatro. Financiado con cooperación internacional, equipado con personal
técnico, dotado de protocolos y procedimientos, y completamente ineficaz. Se
reúne la mitad de las veces previsto. Sus analistas desconocen los territorios
de riesgo donde operan los defensores. Carece de intérpretes para comunidades
indígenas. Y sus protegidos mueren con una regularidad que sugiere que la
protección no es fallida, sino inexistente. Cuando una persona bajo medidas
cautelares de la Comisión Interamericana es asesinada, no estamos ante un error
operativo. Estamos ante la demostración contundente de que el aparato estatal
no está configurado para proteger, sino para simular protección mientras se
permite el asesinato. Es una farsa cruel, montada con dinero internacional,
ejecutada por funcionarios locales, y pagada con la vida de quienes confiaron
en ella.
La Comisión Interamericana de
Derechos Humanos mantiene a Honduras bajo observación especial desde dos mil
nueve. Dieciséis años. Dieciséis años de informes, visitas in loco, audiencias,
recomendaciones, resoluciones. Dieciséis años de documentación meticulosa que
describe las mismas violaciones, los mismos patrones de impunidad, los mismos
asesinatos sistemáticos. Y en cada informe, con una paciencia que ya raya en la
complicidad institucional, se registra que el Estado no cumplió, que la
impunidad persiste, que se requiere voluntad política. Y se vuelve a empezar.
No porque haya esperanza de cambio, sino porque el sistema está diseñado para
perpetuarse a sí mismo. Los informes justifican la existencia de la Comisión.
Las recomendaciones justifican la próxima ronda de financiamiento. La
observación especial justifica los salarios de los técnicos, los viajes de los
delegados, las conferencias de los expertos. Es una industria del fracaso donde
el producto es la documentación del desastre, no la solución del desastre. Y
mientras esta industria opera, los defensores siguen muriendo.
El año dos mil veintitrés fue
particularmente ilustrativo. La administración pública ejecutó apenas el
treinta y uno por ciento del presupuesto aprobado para derechos humanos.
Treinta y uno por ciento. El resto se evaporó en algún lugar entre las transferencias
bancarias y la burocracia que nunca llega al territorio. Las organizaciones de
la sociedad civil, con una honestidad que ya parece ingenuidad, señalaron que
esta desconexión ocurrió pese a la inversión de la cooperación internacional.
Pese a la inversión. Como si millones de dólares en capacitaciones,
equipamiento, asistencia técnica y misiones de observación fueran garantía de
algo más que buenas intenciones archivadas. La cooperación internacional
invirtió. El Estado hondureño recibió. La impunidad siguió operando al noventa
y siete por ciento. Todos cumplieron su papel. Todos cobraron. Solo los muertos
no cobraron nada.
Y aquí reside el cinismo más
profundo. Honduras tiene todas las instituciones que el sistema internacional
exige. Cumple formalmente con todos los requisitos. Participa en todos los
foros. Firma todos los convenios. Presenta todos los informes. Y en el territorio
real, donde la violencia opera con la certeza de quien sabe que no habrá
consecuencias, nada cambia. Es como tener un hospital con fachada imponente,
personal en batas blancas, y ningún medicamento ni cirujano dentro. Pero la
fachada sirve. La fachada permite mantener las relaciones diplomáticas, acceder
a fondos, participar en foros donde se habla de avances y buenas prácticas. La
fachada es el producto. Los derechos humanos son el marketing. Y el marketing
funciona perfectamente mientras nadie revise el interior del edificio.
Pero el verdadero rostro de este
fracaso se reveló con cruel precisión en febrero de dos mil veintiséis, cuando
el nuevo gobierno de Honduras eligió su primera batalla diplomática: defender
los derechos humanos de los pandilleros frente a El Salvador. Mientras el
ministro de Seguridad, Gerson Velásquez, salía en televisión nacional a
explicar por qué el modelo Bukele no era replicable porque violaba derechos
humanos, en las calles de su propio país los pandilleros seguían con su labor
sistemática de exterminio infantil. No era ninguna metáfora. Era matemática
pura: cincuenta menores asesinados en cincuenta días de dos mil veintiséis.
Treinta y tres en enero, veinte en lo que iba de febrero. Un promedio de un
niño muerto por día, mientras el ministro explicaba que Honduras respetaba los
derechos humanos de los criminales con más celo que su vecino.
El presidente Bukele, con esa
mezcla de cinismo y precisión que lo caracteriza, no tardó en responder.
Compartió el video del ministro hondureño y escribió lo que cualquier ciudadano
de a pie ya sabía: "Escuchar al nuevo ministro de Seguridad defender los
'derechos humanos' de los criminales, es triste, de verdad. Miles de hondureños
morirán por culpa de estas personas". Fue el 15 de febrero de dos mil
veintiséis. Para entonces, en Honduras ya llevaban veinte menores asesinados en
lo que iba de mes. La profecía de Bukele no era ninguna advertencia vacua, era
la constatación. El ministro Velásquez, en su entrevista del 12 de febrero,
había explicado con orgullo seudo-académico que El Salvador tenía "control
político completo de la institucionalidad que permite hacer reformas inclusive
que van en contra de los derechos humanos". Honduras, en cambio, tenía
estándares más altos. Honduras no capturaba a nadie sin orden judicial.
Honduras no hacía redadas masivas. Honduras respetaba los procedimientos. Y
mientras tanto, el 25 de febrero, la policía capturaba a un líder pandillero
dedicado específicamente a matar niños. No a extorsionar. No a traficar. A
matar niños. Esa era la especialización criminal que el sistema de derechos
humanos hondureño protegía con tanto celo.
El contraste entre el discurso
diplomático y la realidad de sangre no podía ser más obsceno. En El Salvador,
Bukele había reducido la tasa de homicidios a 1.3 por cada cien mil habitantes,
la más baja de su historia. En Honduras, la tasa seguía en veintitrés
homicidios por cada cien mil, y eso contando solo los casos registrados, no los
que nunca llegan a denunciarse porque el denunciante termina en una fosa. Pero
lo peor no era la cifra. Era la naturaleza de la violencia. Mientras el
ministro Velásquez hablaba de las diferencias territoriales y la necesidad de
respetar procedimientos, en barrios como Rivera Hernández de San Pedro Sula la
Mara Salvatrucha ya no operaba como pandilla callejera. Operaba como gobierno
paralelo, como corporación criminal exitosa, como dueña absoluta del
territorio. Los vecinos lo sabían. "Ahora estamos más seguros porque aquí
ya gobierna la Mara Salvatrucha", decían sin ironía. Porque al menos bajo
el dominio pandillero la extorsión tenía reglas, los homicidios eran
selectivos, y la violencia era predecible. El Estado, con toda su parafernalia
de derechos humanos, no ofrecía ni siquiera eso. Ofrecía ausencia total,
impunidad completa, y la garantía de que, si un pandillero decidía matar a un
niño, nadie lo detendría antes, nadie lo castigaría después.
El estado de excepción que
Xiomara Castro intentó imitar de Bukele fracasó estrepitosamente. No porque
careciera de buenas intenciones, sino porque carecía de la voluntad real de
confrontar el poder criminal. En dos años de régimen de excepción, Honduras
registró cuarenta y ocho masacres con doscientas veinte víctimas, incluyendo la
peor matanza en una prisión femenina de la historia reciente de América Latina:
cuarenta y seis mujeres asesinadas en la cárcel de Támara en junio de dos mil
veintitrés.
El régimen se renovó veinticuatro
veces y finalizó el 26 de enero de dos mil veintiséis, un día antes de que
Asfura asumiera la presidencia. Su legado: setenta mil detenciones sin detalle
de cuántas estaban ligadas a pandillas ni cuántas derivaron en condenas,
novecientas veinticuatro quejas por abusos policiales, investigaciones por
desapariciones forzadas, denuncias de tortura, y las pandillas más fuertes que
nunca. Porque mientras el Estado jugaba a las redadas espectaculares, la MS-13
consolidaba su hegemonía criminal, eliminaba a sus rivales de la Barrio 18, y
transformaba la extorsión callejera en administración profesional de
territorios. "Ahora usted puede caminar aquí tranquilo", decía un
taxista de Rivera Hernández. "Los pandilleros ya no se ven. Tienen cámaras
de vigilancia en las colonias. Tienen todo controlado desde un centro de mando,
pero ya de una forma más profesional". Esa era la seguridad que el modelo
hondureño de respeto a derechos humanos había construido: la seguridad de la
pandilla corporativa, del criminal que ya no necesita matar en la calle porque
tiene el monopolio del territorio.
Y en medio de este paisaje de
dominio criminal total, el nuevo gobierno de Asfura eligió su primera batalla
diplomática: defender los derechos humanos de los pandilleros frente a Bukele.
No elegir confrontar el narcotráfico, que según fuentes militares ya no es
separable de las pandillas. No elegir desmantelar las estructuras de extorsión
que asfixian la economía popular. No elegir proteger a los cincuenta menores
asesinados en cincuenta días.
Elegir criticar a El Salvador por
no ser lo suficientemente respetuoso de los derechos humanos de los criminales.
Esa fue la prioridad. Esa fue la declaración de principios del nuevo gobierno.
Mientras tanto, en la colonia Providencia de San Pedro Sula, capturaban a Yensi
Gabriela, implicada en crímenes de niños en el norte del país. En Chamelecón,
el Ministerio Público anunciaba capturas de pandilleros de la 18. En todo el
territorio nacional, la maquinaria de muerte infantil seguía operando con la
eficiencia de quien sabe que el sistema de justicia es un teatro, que los
derechos humanos terminan siendo un escudo protector, y que la impunidad es el
único derecho realmente garantizado.
La crítica a Bukele, desde luego,
vino envuelta en una superioridad moral seudo-incontestable pero tambien en el
tono habitual de quienes siempre encuentran el “pero” perfecto. El modelo
salvadoreño ha tenido, desde el primer día, detractores, críticos y opositores
de toda laya. Se le ha señalado, cuestionado y diseccionado hasta el cansancio.
Y, sin embargo, hay un detalle incómodo que nadie ha logrado borrar: produjo un
resultado tangible que la gente común pudo ver y sentir. La posibilidad,
elemental, casi primitiva, de caminar por la calle sin la certeza estadística
de que podías no volver.
Porque una cosa es el debate de
sobremesa y otra el miedo cotidiano. En El Salvador, el experimento fue
polémico, discutido, atacado. Pero los números cambiaron y la percepción en las
calles también. Eso, guste o no, pesa.
En Honduras, en cambio, el modelo
exquisitamente respetuoso en el discurso producía otro tipo de resultados
“tangibles”: cincuenta menores asesinados en cincuenta días, líderes
pandilleros concentrados en perfeccionar la industria del terror, y un ministro
de Seguridad explicando en televisión, con seudo peso académico, por qué no se
podía hacer lo que hizo El Salvador porque eso vulneraría los derechos humanos
de no se sabe exactamente quién.
Así que sí, el modelo salvadoreño
tiene críticos. Siempre los tuvo. Lo curioso es que, hasta ahora, ninguno ha
conseguido ofrecer algo que funcione mejor. Y en contextos donde la alternativa
es enterrar niños, la discusión teórica empieza a sonar un poco hueca.
La crítica sobre los organismos
internacionales cobrando en dólares mientras nada cambia no es ningún
resentimiento populachero. Es la descripción precisa de la arquitectura de la
impunidad que permanece rentable hasta hoy. Honduras recibe millones en cooperación
vinculada a derechos humanos. Esos millones financian oficinas, vehículos,
salarios, viajes, conferencias, publicaciones. Financian el simulacro. Y el
simulacro permite al Estado mantener la ficción de que algo se está haciendo,
que hay avances, que la cooperación funciona. Mientras tanto, la impunidad
real, la que protege a los asesinos de defensores, la que garantiza que el
noventa y siete por ciento de los crímenes contra quienes defienden derechos
quede sin sanción, esa impunidad opera intacta. Porque no es un fallo del
sistema. Es el sistema. Y el sistema paga bien a quienes lo mantienen, en
lempiras para los locales, en dólares para los internacionales, en vidas para
las víctimas.
Bajo el dogma invocado de los
derechos humanos, terminan sacrificados miles de personas: niños, mujeres,
ancianos, gente trabajadora, la gente de a pie que sale cada mañana a sostener
a su familia. En ese altar retórico se acumulan vidas reales. Estados que
aprendieron a dominar el lenguaje sin encarnar su contenido. Organismos
internacionales que prefieren la continuidad del diálogo antes que la
confrontación incómoda que implicaría admitir que dieciséis años de observación
especial pueden ser, en realidad, dieciséis años de fracaso institucionalizado.
Técnicos de cooperación que celebran indicadores de proceso porque los
indicadores de resultado arruinarían demasiadas presentaciones.
Es la suma de actores
construyendo una opereta impecable: música hermosa, escenografía pulida,
discursos afinados. Y, sin embargo, al caer el telón, los defensores siguen
muertos, las mujeres siguen siendo asesinadas con impunidad obstinada, los
niños siguen cayendo bajo la violencia de pandillas que conocen mejor el
territorio que cualquier burócrata. Ministros repitiendo su retórica vacua
desde estudios con aire acondicionado, sin haber pisado un barrio sitiado. Y el
único aplauso viene de delegaciones que ya calculan la próxima ronda de
financiamiento, satisfechas de que la obra continúe, aunque el público, el de
verdad, lleve años pagando la entrada con sangre.
La vida en Honduras sigue siendo
un infierno para quienes defienden hasta el más mínimo derecho; para quienes
son mujeres, para quienes son niños, para quienes son pobres, para quienes se
atreven a incomodar el estercolero de país que tenemos. Y lo seguirá siendo
mientras los derechos humanos funcionen como lo que son hoy: un dogma cómodo
para quienes lo predican desde la distancia, un negocio rentable para quienes
lo administran desde oficinas climatizadas y una promesa sistemáticamente
incumplida para quienes la necesitan en el territorio.
Después de años de informes,
observación internacional y cooperación millonaria, cuesta seguir repitiendo
que el problema es de aplicación y no de resultados. Porque cuando un discurso
acumula más de una década y media sin alterar la realidad que describe, deja de
ser una esperanza fallida y empieza a parecer una herramienta inútil en la
práctica. No en teoría, no en manuales, no en conferencias: en el país real.
En Honduras, los derechos humanos
han sido absorbidos por una maquinaria de legitimación que los convierte en su
opuesto: en la retórica que permite la impunidad, en la institucionalidad que
disfraza la violencia, en la cooperación que financia la ficción de que algo
cambia mientras todo permanece igual.
Y lo peor, lo verdaderamente
cínico, es que todos los involucrados lo saben. Los funcionarios que firman
planes nacionales que nadie ejecuta. Los técnicos internacionales que redactan
informes de avance que nadie lee fuera de sus propios círculos. Los diplomáticos
que celebran acuerdos de cooperación como si fueran victorias históricas. Los
ministros que hablan de principios abstractos mientras los muertos tienen
nombres y edades.
Todos saben. Pero el espectáculo
debe continuar. Porque si se detuviera, si alguien dijera en voz alta que
dieciséis años de observación especial y cincuenta menores asesinados en
cincuenta días conducen al mismo punto muerto, entonces aparecería la pregunta
prohibida: dónde fueron a parar los millones.
Y nadie quiere hacer esa
pregunta. Es más cómodo seguir produciendo informes sobre voluntad política y
espacios de diálogo, mientras en los cementerios y en las fosas las lápidas se
multiplican con una regularidad que ya ni siquiera escandaliza: apenas confirma
que la maquinaria sigue funcionando exactamente como fue diseñada.
El fracaso de los derechos humanos en Honduras no es un fracaso parcial, ni un fracaso en construcción, ni un fracaso que pueda atribuirse a la falta de recursos o a la complejidad del contexto. Es un fracaso total, sistemático, institucionalizado, y rentable para todos los involucrados excepto para quienes mueren esperando la protección que nunca llega. Es el fracaso de una idea en apariencia noble convertida en industria del simulacro, en maquinaria de legitimación de la violencia, en negocio redondo para burócratas internacionales y funcionarios locales que han aprendido a bailar el vals de la cooperación mientras el país se desangra.
Y mientras este vals vampírico
continúe, mientras nadie se atreva a declarar oficialmente que el emperador
está desnudo, que la protección no existe, que la impunidad es el verdadero
sistema de gobierno, los derechos humanos seguirán siendo lo que son hoy en
Honduras: la mentira más cara de América Central, el escudo de los asesinos de
niños, y la burla final de quienes mueren creyendo que alguien, en alguna
oficina climatizada de Tegucigalpa o Ginebra, realmente les importa.
Fuente:
- "Situación de los derechos humanos en Honduras" - Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)
- "95% de femicidios en Honduras quedan en la impunidad" - Criterio.hn
- "Al menos 50 menores de edad han sido asesinados en Honduras en lo que va de 2026" - La Tribuna
- "Fiscalía de Derechos Humanos cuenta con 18 fiscales para todo el país" - La Tribuna
- "Congreso Nacional de Honduras intenta destituir al Comisionado Nacional de Derechos Humanos" - Criterio.hn
- "En Honduras, derechos humanos son solo para la fotografía" - Criterio.hn
- "CIDH condena asesinato de defensor de derechos humanos en Honduras" - CIDH
- "Ministro de Seguridad: El modelo Bukele no es replicable en Honduras" - El Heraldo
- "Bukele responde al ministro de Seguridad de Honduras: 'Miles de hondureños morirán por culpa de estas personas'" - La Prensa Gráfica
- "Capturan a líder de estructura pandillera dedicada a matar niños en SPS" - La Tribuna
- "Ahora estamos más seguros porque aquí ya gobierna la Mara Salvatrucha, dicen vecinos de Rivera Hernández" - La Tribuna
- "El estado de excepción en Honduras fracasó: 48 masacres y 220 víctimas en dos años" - La Tribuna
- "Honduras: Investigar masacre en cárcel de mujeres" - Human Rights Watch