Después de varias lecturas y de
llegar finalmente al libro The Great Famine and Genocide in Iran, del
investigador Mohammad Gholi Majd, uno no puede evitar quedarse entre atónito e
indignado. El propio autor relata cómo se topó con algo que parece casi una
broma macabra de la historia: un episodio de muerte masiva en Irán
prácticamente borrado de la narrativa dominante, pese a la magnitud de la
tragedia.
Según su investigación, durante
los años de la Persian Famine of 1917–1919, en pleno marco de la Primera Guerra
Mundial, la población iraní sufrió una catástrofe demográfica que algunas
estimaciones sitúan en millones de muertos. Lo interesante no es solo la
hambruna en sí, más bien el muro de silencio que la rodea. Majd describe cómo
gran parte de la historiografía dominante, especialmente la producida en
círculos académicos anglosajones, reaccionó con una mezcla de escepticismo y
condescendencia: básicamente, si la investigación no nace en sus archivos o no
pasa por su filtro interpretativo, entonces debe ser “dudosa”.
La ironía es deliciosa. Durante
décadas, esa misma academia se presentó como árbitro universal de la verdad
histórica. Como si la historia del mundo tuviera una aduana intelectual en
Londres o en Washington, y todo relato que no pase por ahí quedara automáticamente
degradado a sospecha.
Sin embargo, Majd hizo algo
bastante incómodo: ir a los propios archivos británicos y estadounidenses. Y lo
que encontró allí, informes diplomáticos, correspondencia militar, documentos oficiales,
desmonta buena parte de la narrativa cómoda que se había repetido durante casi
un siglo. Es decir, el problema no era la falta de fuentes, más bien la falta
de voluntad de mirarlas.
En el mundo hispanohablante la
situación es todavía más absurda. Sobre la hambruna iraní casi no existe
bibliografía accesible ni presencia en manuales escolares. Es como si ese
episodio hubiese sido barrido debajo de la alfombra de la historia global. Y
eso que hablamos de una catástrofe humana de proporciones gigantescas.
Aquí aparece una pregunta
incómoda: ¿cuántos otros episodios históricos han quedado enterrados bajo ese
mismo mecanismo de silenciamiento selectivo? Porque, aparentemente, algunos
genocidios merecen museos, conmemoraciones, monumentos y días internacionales
de memoria… mientras que otros ni siquiera consiguen una nota al pie.
El asedio histórico contra Irán
por parte de las potencias occidentales es un capítulo largo y bastante oscuro.
Pero también hay algo que merece destacarse: la persistencia del pueblo iraní.
Pocas naciones han atravesado tantos episodios de presión externa,
intervenciones y catástrofes sin desaparecer del mapa político o cultural.
Y tal vez por eso mismo conviene
hablar de esto. No para convertir la historia en propaganda inversa, más bien
para abrir una pequeña ventana donde antes solo había silencio. Porque la
memoria histórica, cuando deja de ser monopolio de unas pocas academias
autoproclamadas universales, suele volverse bastante más incómoda.
La Gran Hambruna de 1917-1919 en
Irán no fue una catástrofe natural ni un lamentable accidente de la historia:
fue el genocidio más cínico, planificado y posteriormente ocultado bajo
toneladas de silencio diplomático y academicismo servil del siglo XX. Mientras
Europa se desangraba en las trincheras de la Gran Guerra, Londres encontró en
la neutralidad persa una oportunidad única para llevar a cabo un exterminio
demográfico que eliminó entre ocho y diez millones de almas, una cifra que
oscila entre el cuarenta y el cincuenta por ciento de una población de
dieciocho a veinte millones, superando con creces las ocho millones y media de
muertes en combate de todos los beligerantes de la Primera Guerra Mundial
combinados. Irán, que no había declarado guerra a nadie, sufrió pérdidas
proporcionalmente superiores a cualquier nación combatiente, comparable en su
magnitud relativa a los genocidios que el siglo XX posteriormente documentaría
con horror, pero que curiosamente nunca ocupó un lugar en los libros de texto ni
en las ceremonias de conmemoración occidentales. Comparada con la hambruna de
Bengala de 1943, que eliminó entre tres y cinco millones de una población de
trescientos millones, la devastación persa fue proporcionalmente mucho peor,
una proporción de muerte que solo encuentra paralelo en las peores atrocidades
del siglo.
Las fuentes existen, claro que
sí, aunque Londres haya hecho todo lo posible por enterrarlas bajo
clasificaciones de "confidencial" o directamente destruirlas en los
sótanos de Hanslope Park, donde reposan los documentos más incómodos del Foreign
Office: las pruebas de la eliminación sistemática de enemigos coloniales en
Malaya, el conocimiento explícito de torturas y asesinatos de los Mau Mau en
Kenia, y con toda probabilidad los registros directos sobre cómo se organizó la
hambruna persa. La justificación oficial para mantener estos papeles ocultos
durante décadas resulta tan obscena como el crimen mismo: eran simplemente
"embarazosos" para el gobierno de Su Majestad. Un eufemismo que
resume perfectamente la ética Anglo-imperial: lo que no se puede negar, se
oculta; lo que no se puede ocultar, se trivializa; y lo que no se puede
trivializar, se atribuye a la naturaleza, al clima, o a la supuesta
incompetencia de los nativos.
Los testimonios que sobrevivieron
al bloqueo documental británico provienen de observadores que Londres no pudo
controlar: diplomáticos estadounidenses como Murray, que estimó que un tercio
de la población había desaparecido, una cifra que el propio autor considera
conservadora frente a la realidad de ocho a diez millones; informes de la Liga
de Naciones que documentaban la devastación causada por invasiones, pillaje y
hambruna; y las memorias de oficiales británicos que, con la arrogancia típica
de la raza superior, describían los cadáveres amontonándose en las calles de
Teherán mientras sus tropas se llevaban los últimos sacos de grano. La
población de la capital colapsó de quinientos mil a doscientos mil habitantes
en cuestión de años, e Irán no recuperaría sus niveles prebélicos hasta los
años cincuenta, una generación después, cuando la memoria del genocidio ya
había sido convenientemente borrada de la conciencia internacional.
La ocupación de Irán durante la
Primera Guerra Mundial siguió un guion de conquista por fases que habría
enorgullecido a cualquier manual de imperialismo del siglo XIX. Entre 1914 y
1917, Rusia se adueñó del norte mientras Gran Bretaña consolidaba su control
sobre el sur, el oeste y el este, una división que recordaba demasiado a los
acuerdos secretos que repartían el mundo entre potencias coloniales. La
Revolución Rusa de 1917, lejos de aliviar la presión sobre Persia, permitió la
expansión británica hacia el vacío dejado por el colapso zarista, y para 1918
Londres ejercía el control total sobre Oriente Medio, con Irán convertido en un
feudo militar donde las decisiones de vida o muerte dependían de oficiales
británicos en sus clubes de oficiales.
La posguerra trajo el fracaso del
Convenio Anglo-Persa, una entente petrolera anglo-americana que consolidó el
monopolio británico, y el golpe de estado de 1921 que instaló a Reza Shah en
una dictadura cuya función principal, durante los dieciséis años de su reinado
efectivo y los cincuenta y cuatro años de existencia de la dinastía que fundó,
sería la de mantener oculta la memoria de la hambruna bajo capas de
nacionalismo oficialista y censura implacable. Reza Shah abdicó en 1941 bajo
presión anglo-soviética, muriendo en el exilio tres años después, pero su hijo
Mohammad Reza continuó la labor de silenciamiento durante otros treinta y siete
años hasta la Revolución de 1979, completando más de medio siglo de olvido
institucionalizado. Ochenta años de encubrimiento, sí, pero repartidos entre
dos tiranos y dos generaciones de complicidad académica occidental.
El mecanismo del genocidio no
requería campos de concentración ni fusilamientos masivos, aunque estos también
abundaron en forma de "castigos" a tribus rebeldes y masacres de
kurdos. Bastaba con una combinación letal de compras masivas de grano, bloqueo
de importaciones y estrangulamiento financiero. Los británicos adquirieron más
de quinientas mil toneladas de cereales para abastecer a sus tropas en
Mesopotamia, Rusia y agotando las reservas fundamentales que las comunidades
locales mantenían para años de sequía. el grano escaseó, Londres bloqueó
sistemáticamente las importaciones desde la India, Mesopotamia y Estados
Unidos, impidiendo que barcos con ayuda humanitaria descargaran en puertos
persas como Bushehr, una decisión que no admite interpretación benigna: era una
política deliberada de privación. La estrangulación financiera completó el
círculo: la retención de ingresos aduaneros, subsidios irregulares pagados en
libras esterlinas depreciadas, y la negativa a entregar ocho millones de libras
en regalías petroleras que Irán había ganado legítimamente, dejaron al gobierno
persa sin recursos para importar alimentos ni para organizar un socorro mínimo.
Los rusos, por supuesto, hicieron
lo suyo durante su retirada desordenada, saqueando lo que podían llevarse, pero
la diferencia sustancial radica en que Moscú no controlaba el aparato
internacional de justificación y encubrimiento que Londres desplegó con
maestría. Los británicos, en una pirueta propagandística que habría sorprendido
incluso a Goebbels, culparon a los rusos, a los turcos y a los propios iraníes
de acaparamiento, construyendo una narrativa donde las víctimas eran
responsables de su propia muerte. Cuando las confiscaciones rusas cesaron con
la Revolución, la hambruna continuó en zonas bajo control exclusivamente
británico, un detalle incómodo que los historiadores oficiales preferirían
ignorar.
La exclusión de Irán de la
Conferencia de Versalles no fue un olvido burocrático, más bien una condena
deliberada. Los británicos bloquearon la participación persa mediante presiones
directas sobre Wilson y los delegados estadounidenses, mientras Curzon instruía
personalmente a sus contactos para que el presidente norteamericano ni siquiera
recibiera a la delegación iraní. Cuando los persas, desesperados, publicaron un
documento de reclamaciones en 1919, el resultado fue una pieza maestra de
autoboicot diplomático que mezclaba verdades incómodas con exageraciones
absurdas, reclamaciones territoriales imposibles y, lo más escandaloso, una
casi total exoneración de Gran Bretaña. El documento culpaba exclusivamente a
Rusia, Turquía y Alemania de la hambruna, omitiendo cualquier referencia a las
compras británicas de grano, al bloqueo de importaciones, a la retención de
regalías petroleras. Incluso atribuía al gobierno persa gastos millonarios en
ayuda humanitaria que nunca existieron, cuando en realidad los ministros
acaparaban grano para especular mientras la población moría en las calles.
Francis White, el diplomático estadounidense que recibió el documento, lo
calificó de "pista falsa" diseñada para desacreditar las legítimas
reclamaciones persas, una conclusión que solo puede interpretarse como la
evidencia de que alguien en Teherán, comprado o coaccionado por Londres,
sabotearía deliberadamente la causa nacional.
El encubrimiento académico
posterior resultó igualmente sofisticado. Julian Bharier elaboró en 1968 un
modelo demográfico de "proyección hacia atrás" basado en el Handbook
on Iran de 1919 del Foreign Office, un documento que convenientemente omitía
cualquier referencia a la Gran Hambruna. El resultado fue una construcción
estadística que, al ignorar la pérdida de ocho a diez millones de personas,
producía cifras de crecimiento poblacional risiblemente bajas y completamente
inconsistentes con los datos de urbanización y emigración disponibles. Bharier
ajustó arbitrariamente las cifras del censo oficial de 1956 y descartó las
tasas oficiales de crecimiento en favor de suposiciones personales, generando
resultados que chocaban frontalmente con las estimaciones de la Legación
Americana. La ironía perversa es que los datos de Bharier resultan más útiles
precisamente para el período posterior a la hambruna, porque fueron generados
retrospectivamente desde 1956, excluyendo así el intervalo del genocidio, lo
que explica su coincidencia con estimaciones de Caldwell y Sykes que situaban
la población en torno a diez millones en 1919. En 1976, Gad G. Gilbar ya había
señalado las inconsistencias flagrantes de este modelo, pero la academia
occidental, siempre servil ante los intereses establecidos, prefirió ignorar
las observaciones.
El caso de Willem Floor resulta
particularmente revelador de cómo funciona el aparato de negación académica. En
una revisión marcadamente tendenciosa, Floor reafirmó el modelo defectuoso de
Bharier y adoptó un tono burlón frente al trabajo documental de Gholi Majd,
quien había reconstruido la hambruna a partir de archivos estadounidenses
desclasificados. Floor minimizó deliberadamente la devastación causada por la
ocupación británica, llegando incluso a negar la existencia misma de la
hambruna, y cometió el error burdo de afirmar que el caviar era haram para
justificar la privación de este alimento en el norte de Irán, cuando no existe
ninguna fatwa chiita que lo prohíba. Se trataba de simple rumorología rusa que
Gran Bretaña supo explotar para encubrir el saqueo de recursos. La crítica de
Floor a Majd por no emplear fuentes británicas resulta especialmente cínica
precisamente porque esas fuentes omiten sistemáticamente la hambruna, mientras
que el uso de archivos estadounidenses no solo es razonable y además
imprescindible considerando la neutralidad de Estados Unidos en ese período y
sus documentados intentos por aliviar el hambre en Irán, a diferencia de los
británicos, cuyos "esfuerzos de socorro" consistían en emplear a dos
mil personas en la construcción de carreteras mientras setenta mil morían de
inanición en Hamadán solamente.
La metodología del genocidio
británico en Irán no difiere sustancialmente de la aplicada en la hambruna
irlandesa de 1845 a 1852, donde las políticas de Londres diezmaron a una cuarta
parte de la población mientras se construía el mito de la "hambruna de la
patata" para ocultar que la escasez era deliberada, el resultado de una
política de exportación de alimentos desde una tierra que producía suficiente
para alimentar a su población. Tim Pat Coogan documentó este complot en su obra
El Complot de la Hambruna, cuya difusión en Estados Unidos fue activamente
obstaculizada cuando la embajada británica en Dublín le negó la visa al autor.
La verdad es siempre el primer enemigo del Imperio, y su supresión una
especialidad de casa.
En Irán, la maquinaria de
destrucción funcionó con precisión industrial. Los británicos formaron los
South Persia Rifles bajo el mando de Percy Sykes, una fuerza mercenaria
financiada y comandada por oficiales británicos que "castigaba"
tribus rebeldes mediante la destrucción sistemática de cultivos y ganado, una
política de tierra quemada que combinaba el terror militar con la privación
alimentaria. Sykes marchó triunfalmente por ciudades que ya no tenían población
que alimentar, celebrando banquetes con sus oficiales rusos mientras a pocas
calles de distancia las mujeres colapsaban en las panaderías y los cadáveres se
amontonaban en las morgues. En el norte, Dunsterville organizó las compras de
grano para sus fuerzas con una eficiencia que contrastaba con su incapacidad
para distribuir una sola ración de socorro entre la población civil. Cuando el
gobierno iraní intentó bloquear las ventas de grano, arrestando a contratistas
persas que colaboraban con los ocupantes, Dunsterville intervino personalmente para
liberarlos, demostrando quién ejercía la soberanía real en territorio persa.
La apreciación del kran, la
moneda iraní, duplicó su valor entre 1914 y 1918, pasando de 8,75 centavos de
dólar a 19 centavos, no por una especie de fortaleza económica, más bien por la
demanda masiva de plata generada por las compras británicas de alimentos y la
presencia de más de cien mil tropas rusas que también absorbían metales
preciosos. Esta apreciación artificial, celebrada por algunos economistas como
signo de estabilidad, en realidad destruyó el comercio exterior, reduciéndolo
en más de un tercio durante la guerra y en la mitad para 1918, e incentivó el
acaparamiento de granos por parte de terratenientes, incluido el propio Ahmad
Shah, quien prefirió especular con el trigo a precios de hambruna antes que
vender a comisiones de socorro. El resultado fue una "hambruna de
dinero" paralela a la hambruna de alimentos, donde la escasez de
circulante monetaria impedía incluso las transacciones comerciales básicas.
Las descripciones contemporáneas
del horror resultan tan detalladas como insoportables. Francis White, viajando
de Bagdad a Teherán en abril de 1918, documentó niños convertidos en esqueletos
ambulantes, gente comiendo hierba, alfalfa o granos recogidos del estiércol
animal, y casos de canibalismo en Hamadán que las autoridades británicas
preferirían atribuir a la "barbarie oriental" antes que a sus propias
políticas de privación. Addison Southard, en Kasr-i-Shirin, observó a aldeanos
luchando por frijoles tirados al polvo, personas alimentándose de estiércol y
hierba, y moribundos cuyos ojos eran devorados por moscas mientras aún
respiraban. El general Dunsterville, con la desconexión psicopática típica de
la clase imperial, describía la "apatía oriental" de los persas que
morían de hambre en Hamadán, culpándolos por no mostrar suficiente iniciativa
para sobrevivir a una política británica diseñada precisamente para
eliminarlos.
En Azerbaiyán, la hambruna
persistió hasta 1919, dos años después de la retirada rusa, precisamente porque
los británicos continuaron comprando y exportando grano hacia Bakú mientras la
población local se consumía. Cuando evacuaron posiciones, destruyeron
sistemáticamente los excedentes de alimentos para que no cayeran en "manos
enemigas", una práctica que el texto califica con toda justicia como
crimen de guerra y genocidio. En Gilán, la ocupación británica de junio-julio
de 1918 transformó una región que no sufría hambruna local en un campo de
exterminio mediante la exportación de arroz, sandías, caviar y miel hacia Bakú,
agotando las reservas locales a pesar de los decretos del gobierno iraní
prohibiendo tales exportaciones. El gobierno persa, por supuesto, carecía de
medios para hacer cumplir sus propias leyes en territorio ocupado.
El esfuerzo de socorro
estadounidense, organizado por Caldwell y financiado con cuatrocientos treinta
y cinco mil dólares iniciales, alimentó a treinta mil personas semanales en
Teherán y nueve mil diarias en otras ciudades, una cifra que contrasta vergonzosamente
con el esfuerzo de los británicos de mil raciones diarias en la capital. Los
misioneros estadounidenses construyeron carreteras, organizaron cocinas
públicas, supervisaron censos que revelaban la verdadera magnitud de la
miseria, y algunos, como Douglas, murieron de tifoidea en el intento.
Estudiantes de secundaria persas ayudaron en estos censos, redactando artículos
que alababan a los "farangees" como "ángeles" en
comparación con la indiferencia de la nobleza musulmana local, una división de
clase que los británicos supieron explotar para presentar su ocupación como
liberación de la tiranía nativa.
La comunidad judía persa,
estimada en cincuenta mil personas con quince mil muriendo de inanición solo en
Hamadán, recibió ayuda específica del Comité Conjunto Judío estadounidense,
distribuyendo cuarenta y cinco mil dólares entre 1918 y 1919. Los británicos,
por su parte, utilizaron los fondos de "socorro" principalmente para
financiar la construcción de infraestructura militar y el empleo de
trabajadores en proyectos que beneficiaban directamente a sus fuerzas de
ocupación, una distinción que resume perfectamente la diferencia entre
colonialismo humanitario y genuina asistencia humanitaria.
La retención de las regalías
petroleras de la Anglo-Persian Oil Company constituye quizás el episodio más
cínico de toda la operación. Entre 1913 y 1919, la APOC acumuló ganancias
gigantescas, con activos excedentes de seis millones de libras en 1919 y gastos
de capital de treinta y dos millones entre 1921 y 1923 pagados íntegramente con
utilidades. Irán tenía derecho a al menos ocho millones de libras, unos
cuarenta millones de dólares, varias veces el presupuesto anual del gobierno
persa en ese período. El pago real recibido: trescientas veinticinco mil libras
en 1913-1914, y cero después de 1914. El pretexto utilizado para retener estas
sumas fue el supuesto daño al oleoducto causado por tribus en 1915, estimado
por la compañía en cuatrocientas mil libras pero revelado posteriormente por el
Banco Mundial en 1952 como apenas veinte mil libras, cien mil dólares. Mientras
retenía este dinero, la APOC expandía su infraestructura, construía una
refinería en Abadán, una planta en Adén, perforaba en Khanikin, y suministraba
combustible a precios subsidiados a la Royal Navy y a las fuerzas en
Mesopotamia. El gobierno iraní quedó así sin recursos para importar alimentos
en medio de la peor hambruna de su historia, una decisión empresarial que el
texto califica sin ambigüedad como crimen contra la humanidad.
La persistencia de la hambruna
hasta 1919, a pesar de una excelente cosecha en 1918, demuestra que el desastre
no era meteorológico, más bien sistémico. Los precios se mantuvieron altos
debido al acaparamiento de terratenientes y la especulación, mientras que la
lentitud en la recuperación se debió a la pérdida de animales de transporte,
destruidos por las tropas británicas o consumidos por una población
desesperada. En Shiraz, el otoño de 1918 combinó hambruna, gripe española y
cólera en un mes que mató a diez mil personas, una quinta parte de la población
local, mientras los británicos registraban una tasa de mortalidad del dos por
ciento comparada con el dieciocho por ciento entre los persas, una diferencia
atribuible exclusivamente a mejor alimentación y atención médica. Sykes, con la
desfachatez del conquistador, atribuía la diferencia a la superioridad racial
británica, ignorando que sus propias tropas disponían de alimentos precisamente
porque se los habían quitado a la población local.
El golpe de estado de 1921,
financiado y organizado por Londres, instaló a Reza Pahlavi en el poder
precisamente pgarantizar que la memoria de la hambruna quedara
sepultada.Durante sesenta años de dictadura, primero del padre y luego del
hijo, la historia oficial iraní ignoró sistemáticamente el genocidio, mientras
la academia occidental, cómplice o simplemente indiferente, reproducía modelos
demográficos que minimizaban la pérdida poblacional. El golpe de 1953, que
restauró al Shah tras un breve interludio democrático, completó el círculo de
control británico sobre la narrativa histórica persa. Solo la Revolución
Islámica de 1979 permitió el inicio de una reevaluación, aunque los sesgos
académicos establecidos durante décadas de dominación anglo-sajona en los
departamentos de historia occidentales continúan resistiendo la evidencia
documental.
El paralelo con las sanciones
modernas contra Irán resulta inquietantemente explícito en el texto: la
privación de recursos como arma de política exterior, la justificación
humanitaria que oculta objetivos geopolíticos, la responsabilización de las
víctimas por su propio sufrimiento. Entre 1917 y 1919, Londres perfeccionó una
técnica de dominación que sigue aplicándose hoy: crear una crisis humanitaria,
negar la responsabilidad en ella, y luego exigir concesiones políticas a cambio
de aliviar parcialmente un sufrimiento que uno mismo ha causado. La Gran
Hambruna no fue un accidente histórico sino un laboratorio de técnicas de
control poblacional que el Imperio Británico, y sus sucesores estadounidenses,
han aplicado sistemáticamente desde entonces.
La destrucción de archivos, la
clasificación de documentos "embarazosos", la financiación de
historiadores serviles que reproducen narrativas exoneradoras, la negación de
visados a investigadores incómodos, constituyen todos elementos de un mismo
aparato de negación histórica que funciona con la misma eficiencia que hace un
siglo. La diferencia radica solo en que hoy disponemos de suficientes fuentes
alternativas, como los archivos estadounidenses desclasificados que Gholi Majd
utilizó para reconstruir la verdad, para desafiar el consenso oficial. Pero la
batalla por la memoria continúa, y los intereses establecidos siguen
invirtiendo recursos considerables en mantener sepultados crímenes que, de ser
reconocidos, destruirían definitivamente cualquier pretensión de legitimidad
moral de la política occidental en Oriente Medio.
Irán entre 1917 y 1919 fue, en
palabras del mayor Donohoe, una "tierra de desolación y muerte", pero
también fue, y sigue siendo, un territorio de resistencia contra el olvido
impuesto. La recuperación demográfica tardó cuarenta años, la recuperación de
la memoria histórica ha tomado un siglo, y la justicia, como siempre en el
sistema internacional diseñado por los vencedores, constante y esquiva. Lo que
el Imperio Británico logró en esos dos años fue no solo eliminar a la mitad de
la población de un país soberano, sino demostrar que tal eliminación podía
realizarse, ocultarse y negarse sistemáticamente, estableciendo un precedente
que ha condicionado la historia del siglo XX y XXI. La Gran Hambruna de Persia
no es una anomalía del pasado imperial, más bien su revelación más clara: la
civilización y el progreso como máscaras del exterminio planificado, la
pulcritud diplomática como herramienta del genocidio, y la academia como
guardiana voluntaria de los crímenes de quienes financian sus cátedras.
Fuente:
- Majd, Mohammad Gholi. The Great Famine & Genocide in Iran: 1917–1919. University Press of America, 2013.
- Donohoe, Major M. H. With the Persian Expedition. Edward Arnold, 1919.
- Cobain, Ian; Bowcott, Owen; Norton-Taylor, Richard. “Britain destroyed records of colonial crimes.” The Guardian, 2012.
- Walton, Calder. Empire of Secrets: British Intelligence, the Cold War, and the Twilight of Empire. Overlook Press, 2013.
- Coogan, Tim Pat. The Famine Plot: England’s Role in Ireland’s Greatest Tragedy. Palgrave Macmillan, 2012.
- Bharier, Julien. “A Note on the Population of Iran, 1900–1966.” Population Studies, 1968.
- Amani, Mehdi. “La population de l’Iran.” Population, 1972.
- Floor, Willem. Review of The Great Famine and Genocide in Persia, 1917–1919. Iranian Studies, 2005.