HBO ha logrado algo que parecía
improbable en el universo de Juego de Tronos: contar una historia donde la luz
no sea un error, más bien la propuesta central. El Caballero de los Siete
Reinos no es simplemente una obra previa ni una serie derivada más; es una
declaración de principios sobre lo que puede ser la fantasía cuando decide
mirar hacia otro lado, lejos de los tronos y las conspiraciones de palacio.
Desde su primer episodio, la serie establece que su verdadera batalla no se
librará con dragones ni ejércitos de muertos, más bien en la tensión cotidiana
entre mantenerse fiel a uno mismo o doblegarse ante la crueldad de un mundo que
premia la astucia sobre la decencia.
Lo primero que impacta es su
tono, ese matiz difícil de definir que mezcla la picaresca castellana del
Lazarillo con la melancolía de las películas del oeste. Sí, suena extraño, pero
aquí estamos: espadas en lugar de pistolas, polvo de caminos en lugar de
desiertos, y un protagonista que llega a cada escena con la ingenuidad
peligrosa de quien todavía cree que la palabra dada tiene más valor que el
acero. Ser Duncan el Alto es, en esencia, un Quijote sin locura, pero con la
misma terquedad; un gigante que aún no ha aprendido a ocupar su espacio en un
mundo diseñado para hacerlo sentir pequeño. Y junto a él, Egg, ese niño rapado
que es más viejo que cualquier adulto de la corte, su acompañante astuto:
sangre azul que aprende de la calle, inteligencia que equilibra la torpeza, el
cerebro que la espada necesita para no convertirse en mero instrumento de
muerte.
La relación entre ambos es el
corazón de toda la serie, esa dinámica que no necesita ningún espectáculo para
ser épica y memorable. Los encuentros bajo un árbol compartiendo un trozo de
pan dicen más sobre el alma de esta historia que cualquier torneo o duelo a
muerte. Es en esos silencios, en esas conversaciones que van de lo cotidiano a
lo trascendental sin pedir consentimiento, donde la serie encuentra su voz
propia. Porque aquí la fantasía no está en lo mágico, aunque el universo de
Martin siempre la tenga a mano, más bien en la posibilidad de que alguien pueda
ser genuinamente bueno sin que eso signifique ser tonto, en que la nobleza
pueda ser un acto diario y no un título heredado. Cuando Duncan habla con los
árboles o con los caballos, cuando le confiesa a un rey que encuentra sabiduría
en la corteza de un roble, no estamos ante la escena pintoresca de un ingenuo;
estamos ante la propuesta radical de que otra forma de existir es posible,
incluso en Poniente.
El humor mordaz, ese que hiere
más de lo que afirma, que dice verdades a media voz envueltas en aparentes
bromas, funciona como contrapeso perfecto a la seriedad del viaje. No es
comedia de carcajada, más bien esa ironía que desarma antes de que uno note que
le han quitado la defensa. La serie entiende que reírse de la adversidad no es
minimizarla, más bien sobrevivirla con la dignidad intacta. Y cuando el momento
lo demanda, como en el extraordinario episodio del juicio de los siete, la
serie demuestra que puede tensar la cuerda hasta el límite sin romperla. Esa
secuencia, donde Duncan debe defender su honor contra un príncipe cruel en un
torneo que es en realidad un juicio sobre el alma de la caballería misma, es de
lo mejor que se ha visto en el género: cruda, real, desesperadamente humana,
sin necesidad de magia para hacer sentir el peso de cada golpe.
Lo que hace especial a esta serie
es precisamente lo que no hace. No necesita que aparezca un hechicero o un
monstruo volador para que sintamos que estamos ante una fantasía. La fantasía
aquí es ética, no metafísica. Es la fantasía de que un hombre común, sin linaje
ni fortuna, pueda convertirse en la medida moral de su mundo simplemente por
negarse a mirar hacia otro lado cuando la injusticia ocurre frente a él. Cuando
el público salta al campo para castigar al príncipe que ha cometido un acto
sucio, cuando la comunidad reclama su derecho a juzgar a los poderosos, la
serie toca algo profundo sobre el sentido de la justicia que trasciende la
ficción medieval y habla de nuestros días con una claridad incómoda.
La música, completamente separada
de los temas conocidos de Juego de Tronos, encuentra su propio lenguaje para
acompañar esta historia más íntima. La fotografía, naturalista y sin
artificios, deja que los bosques y los caminos polvorientos respiren. Todo
sirve a una narrativa que entiende que la épica no está en la escala, más bien
en las decisiones. Cada episodio, con su duración contenida de apenas media
hora, se consume como un bocado perfecto, sin relleno, sin concesiones a la
espectacularidad gratuita.
En tiempos donde la ficción
parece competir por quién es más oscura, más cínica o más desesperanzada, El
Caballero de los Siete Reinos llega como una respuesta necesaria. No es ninguna
ingenuidad lo que propone, más bien estar firme ante la adversidad. No es negar
la existencia del mal, sino afirmar la posibilidad de enfrentarlo sin
convertirse en él. Duncan y Egg son luz, sí, pero una luz que se gana con
esfuerzo, que se alimenta de cada pequeño acto de decencia en un mundo que
constantemente ofrece atajos para la crueldad. Ver a un hombre construirse sin
perder su esencia, ver cómo su influencia transforma a quienes lo rodean no por
imposición, más bien por el ejemplo, es un regalo que no sabíamos que
necesitábamos.
Esta es, sin duda, una de las
mejores obras que ha dado el universo de Martin, y posiblemente de lo más
destacado del año en televisión. No porque reinvente el género, sino porque lo
regresa a sus raíces más honestas: la historia de gente común que, sin buscarlo,
se vuelve extraordinaria simplemente por negarse a ser menos de lo que deberían
ser. Una joya pequeña, sí, pero de las que brillan con luz propia mucho tiempo
después de que termina la última imagen.