En el ocaso de enero de 2026, el
Departamento de Justicia de Estados Unidos desencadenó sobre la opinión pública
mundial una catarata documental de más de tres millones de páginas relacionadas
con la investigación contra Jeffrey Epstein, el financiero fallecido en 2019
acusado de tráfico sexual de menores. Entre correos electrónicos, fotografías
degradantes, testimonios de víctimas y diagramas de complicidades, emergió no
solo la anatomía de una red de explotación infantil transnacional, también la
radiografía moral de una élite global que, desde sus islas privadas y sus
mansiones de Manhattan, ha dictado durante décadas los parámetros de lo que en
América Latina se sigue llamando, con estremecedora ingenuidad, el "mundo
civilizado".
La hipótesis que aquí se sostiene
es que existe una continuidad fundamental entre el horror revelado en los
archivos Epstein y la persistencia, en el imaginario latinoamericano, de
Estados Unidos y el mundo anglosajón como referente civilizacional supremo.
Esta continuidad no es casual: ambas dimensiones, la barbarie ritualizada de
las élites globales y la admiración colonial de las élites latinoamericanas,
comparten una matriz de poder que Aníbal Quijano identificó acertadamente como
la colonialidad del poder, es decir, la proyección histórica del colonialismo
en las formas contemporáneas de dominación. La América Latina que contempla
hacia el norte buscando modelos de desarrollo, democracia y modernidad está,
paradójicamente, contemplando un reflejo podrido que muestra, en su superficie
aparentemente pulida de libertades constitucionales y prosperidad económica,
las mismas prácticas de violencia extrema que localmente se atribuyen
exclusivamente a las "pandillas" o a la "barbarie" propia
del subdesarrollo.
Los documentos liberados en 2026
revelan un universo de corrupción moral que desafía cualquier retórica sobre la
"civilización occidental". Entre los correos electrónicos de Epstein
figuran intercambios con secretarios de comercio, ex primeros ministros,
magnates tecnológicos y asesores presidenciales, todos ellos correspondiendo
con deferencia a un hombre condenado por prostitución infantil. Un email de
noviembre de 2012 muestra al actual secretario de Comercio estadounidense,
Howard Lutnick, coordinando visitas a la isla privada de Epstein con su yate de
188 pies, mientras otro correo del mismo período registra a Elon Musk
preguntando cuál sería la "fiesta más salvaje" en la isla. La banalidad
de estos intercambios, la planificación de excursiones caribeñas entre galletas
y champagne, cobra dimensiones de pesadilla cuando se contrasta con los
testimonios de víctimas que describieron, en declaraciones al FBI, cómo eran
"presentadas" a estos hombres como mercancía sexual disponible, con
Ghislaine Maxwell actuando como directora de recursos humanos de un aparato de
violación industrializada.
Pero es en los márgenes de estos
documentos donde aparecen las sombras más lúgubres. Aunque el Departamento de
Justicia se ha apresurado a descalificar como "infundadas y
sensacionalistas" ciertas alegaciones, las referencias a fiestas en yates
con comportamientos repulsivos y las alusiones a prácticas canibalísticas han
reavivado el caso de Gabriela Rico Jiménez, la modelo mexicana que en agosto de
2009, a sus 21 años, fue detenida fuera del hotel Fiesta Inn de Monterrey tras
asistir a un evento de modelaje de élite, gritando histéricamente que "se
comieron a una persona" y que ella buscaba libertad. Rico Jiménez nunca
más fue vista en público; sus acusaciones de canibalismo ritual entre la élite
global, desestimadas entonces como delirios de una mente perturbada, adquieren
hoy, tras las revelaciones Epstein, una resonancia perturbadora que ni la
policía mexicana ni los medios han explicado satisfactoriamente. La
coincidencia temporal, su desaparición en 2009, la muerte de Epstein en 2019,
las revelaciones de 2026, sugiere no una conspiración fantasiosa, más bien la
existencia de una cultura de impunidad que permite que ciertas prácticas,
documentadas o no, permanezcan en el umbral de lo visible.
Esta cultura de impunidad tiene
su correlato, inesperado para el sentido común eurocéntrico, en las prácticas
rituales de las pandillas centroamericanas que tanto horrorizan a la opinión
pública latinoamericana. En junio de 2024, el presidente salvadoreño Nayib
Bukele describió en una entrevista con Tucker Carlson cómo las pandillas MS-13
y Barrio 18 habían evolucionado hacia prácticas satánicas, documentando la
existencia de altares, sacrificios humanos y casos específicos donde
pandilleros veteranos se negaron a asesinar bebés porque "la bestia había
exigido un bebé". El relato de Bukele , que incluye el testimonio de un
asesino múltiple que abandonó la pandilla al no poder tolerar el sacrificio
infantil, revela una composición
ritualística que no es privativa del "subdesarrollo" latinoamericano,
pues responde a dinámicas de poder y transgresión extremas compartidas
transnacionalmente. La pregunta incómoda que emerge es: ¿qué diferencia de base
existe entre el pandillero que sacrifica un bebé para "la bestia" y
el financiero de Wall Street que, según los documentos de 2026, coordinaba la
"producción" de niñas menores de edad para su consumo sexual
sistemático, ambos operando bajo códigos de lealtad grupal, jerarquías de poder
y desprecio radical por la vida humana desechable?
La respuesta convencional, que
una cosa es la criminalidad callejera y otra la conducta de personas
"educadas”, colapsa ante la evidencia de que Epstein y su círculo no eran
simples degenerados individuales, eran participantes en una red que incluía a
jueces, fiscales, agentes del FBI y políticos de primer nivel que, durante dos
décadas, activamente impidieron su enjuiciamiento. El borrador de una acusación
federal de 2007 que nunca se presentó, revelado en 2026, muestra que la
fiscalía tenía evidencia suficiente para procesar a Epstein y tres cómplices
por conspiración para reclutar menores de 18 años para "conducta lasciva",
pero optó en cambio por un acuerdo de no procesamiento que le permitió al
financiero cumplir una sentencia de 13 meses en instalaciones de mínima
seguridad. Esta impunidad de base , donde el crimen organizado viste traje de
seda y habla por correo electrónico cifrado,
es la verdadera marca de la "civilización" que América Latina
ha mirado con admiración desde el siglo XIX.
La genealogía intelectual de esta
admiración es bien conocida. Desde Lorenzo de Zavala hasta Domingo Faustino
Sarmiento, pasando por el arielismo de Rodó y la reverencia de Borges, el
pensamiento latinoamericano ha oscilado entre la crítica frontal al imperialismo
norteamericano y la secreta, a veces vergonzante, admiración por su eficiencia
institucional, su prosperidad material y su supuesta "modernidad". Lo
que los nuevos archivos Epstein revelan es que esta modernidad ha sido siempre,
en parte, una fachada para prácticas de poder que no son aberraciones, al
contrario, son constitutivas de ciertas formas de acumulación capitalista y
dominación geopolítica. El mismo Larry Summers, ex secretario del Tesoro y
presidente de Harvard, aparece en los correos de 2026 intercambiando chismes
con Epstein sobre la supuesta adicción a la cocaína de Donald Trump y
calificando al expresidente de "mentalmente enfermo", mientras
mantenía correspondencia fluida con un convicto sexual que operaba una red de
tráfico infantil. La elite intelectual y económica que en América Latina se
toma como modelo de "desarrollo" está, literalmente, en
correspondencia con la depravación.
Esta constatación obliga a
repensar la dicotomía civilización/barbarie que ha definido el pensamiento
latinoamericano desde Sarmiento. Si la civilización es el espacio de la ley, la
institucionalidad y el progreso, y la barbarie el reino de la violencia irracional
y el ritual primitivo, entonces los archivos Epstein demuestran que ambas
categorías coexisten no como opuestos, más bien como complementos en el corazón
del sistema mundial. La isla de Epstein, con sus cámaras ocultas, sus registros
sistemáticos de abuso, sus códigos de silencio protegidos por fortunas millonarias,
no es una selva salvaje, es una máquina sofisticada de explotación que opera
con la precisión de un banco de inversión. La barbarie, lejos de ser el
excedente premoderno que la civilización debe superar, es su motor oculto, su
forma de reproducirse a través del sacrificio ritual de las vidas de niñas y
niños que, como las víctimas de las pandillas salvadoreñas, son tratados como
carne de consumo para satisfacer apetitos que el "desarrollo" no
canaliza, al contrario, exacerba.
La persistencia del referente
civilizacional estadounidense en América Latina, a pesar de estas revelaciones,
no puede explicarse meramente por el falseamiento ideológico o la "falsa
conciencia". Es, más bien, un efecto de la colonialidad del saber descrita
por Quijano y Lander: el orden epistémico mundial está dispuesto de tal manera
que la producción de verdad, la investigación periodística, la investigación
académica, la elaboración de políticas públicas, depende de centros de poder
situados precisamente en los espacios donde opera la impunidad epsteiniana.
Cuando un latinoamericano promedio consume noticias sobre Estados Unidos, lo
hace a través de cadenas de medios que están financieramente vinculadas a los
mismos círculos, Wexner, Tisch, Gates, que aparecen en la libreta negra de
Epstein. La "civilización" que se admira es, en buena medida, la
capacidad de ocultar estos vínculos bajo la retórica del emprendimiento, la
innovación tecnológica y el liderazgo democrático.
El contraste entre la indignación
ritual que produce la noticia de un sacrificio infantil en una pandilla
centroamericana y la curiosa normalización con que se reciben las revelaciones
sobre la isla Epstein revela el funcionamiento de lo que podríamos llamar una
economía política de la atención moral. Los crímenes cometidos en los márgenes
del sistema, visibles y brutalmente explícitos, no solo son clasificados como
“barbarie”, también son utilizados para confirmar una narrativa más amplia: la
de países presentados como atrasados, incapaces de autogobernarse, espacios
fallidos que requerirían tutela, vigilancia o corrección externa. No se juzga
únicamente el crimen, se juzga a la sociedad entera, reducida a un pueblito
marginal, a una cloaca moral que explica, y casi justifica, su lugar
subordinado en el orden global.
Los crímenes de las élites, en
cambio, cuando estallan en el corazón del mundo desarrollado, son
cuidadosamente despojados de cualquier lectura de fondo: ofuscados por
abogados, acuerdos de confidencialidad y silencios institucionales, se
transforman en “escándalos” pasajeros, anomalías incómodas que no contaminan la
imagen de madurez, racionalidad y superioridad civilizatoria que esos países se
atribuyen. Cuando se describen los rituales satánicos de las maras, no se
construye solo un enemigo interno, además se crea un reflejo conveniente para
reafirmar la idea de una región inherentemente disfuncional; cuando se revela
que el secretario de Comercio de Estados Unidos se codeaba con un traficante de
niños, el relato se apresura a hablar de un “error de juicio”, un desliz
individual que no pone en duda ni la adultez moral del país ni la legitimidad
del sistema que lo produce.
Esta asimetría es lo que permite
que, incluso en 2026, después de tres millones de páginas de evidencia
documental sobre la depravación de la élite anglosajona, los latinoamericanos
sigan viendo en Estados Unidos un horizonte de modernidad a alcanzar. Es como
si el reflejo, a pesar de estar roto y manchado de sangre, siguiera devolviendo
la imagen deseada. La pregunta política urgente es cómo romper este hechizo
epistémico, cómo construir un referente civilizacional propio que no dependa de
la proyección idealizada de un norte que, como muestran los archivos, está tan
sumido en la barbarie ritual como cualquier otra parte del mundo, solo que con mejores
relaciones públicas.
La tarea es doblemente difícil
porque la colonialidad del poder opera también en el interior de las sociedades
latinoamericanas, reproduciendo divisiones de clase y raza que hacen que las
élites locales se identifiquen más con Epstein, con su cosmopolitismo, su
riqueza, su capacidad de transgredir impunemente, que con las víctimas de sus
propias pandillas. El joven latinoamericano que emigra hacia el norte buscando
"oportunidades" está, sin saberlo, migrando hacia el epicentro de una
forma de poder que consume vidas de manera tan sistemática como las maras de
las que huyó, solo que la escala y la sofisticación de la operación le hacen
invisible su naturaleza predadora.
Los archivos Epstein de 2026
ofrecen, finalmente, una oportunidad de desencantamiento. No se trata de caer
en la simetría fácil que equipara todos los crímenes y niega diferencias
históricas, es reconocer que la "civilización occidental liberal" ha
sido siempre un proyecto incompleto, contradictorio y violento, y que el lugar
de América Latina en el sistema mundial no debe definirse por su proximidad o
lejanía a un modelo norteamericano que, bajo la superficie pulida de sus
instituciones, alberga las mismas oscuridades que se atribuyen al
"atraso" del sur. El verdadero referente civilizacional debe
construirse desde la crítica radical de estas complicidades, desde la
solidaridad con las víctimas , sean las niñas de la isla Epstein o los niños
sacrificados en los altares de las pandillas,
y desde la comprensión de que la barbarie no es el otro del desarrollo,
es su condición de posibilidad oculta.
En este sentido, la desaparición
de Gabriela Rico Jiménez funciona como metáfora inquietante de lo que le sucede
a América Latina cuando intenta nombrar las verdades incómodas del poder
global: es silenciada, desaparecida, convertida en locura descartable.
Recuperar su voz, y con ella la capacidad de ver sin anteojeras el reflejo
podrido que nos devuelve la imagen del "mundo civilizado", es la
tarea intelectual y política más urgente de nuestro tiempo. Los archivos están
ahí, tres millones de páginas que gritan la verdad que Rico Jiménez intentó
articular en aquella noche de agosto de 2009: que detrás del brillo de la
civilización occidental hay un apetito voraz que consume personas, y que este
apetito no es una excepción, es la regla de un sistema que solo podremos
superar cuando dejemos de admirarlo ciegamente.
Fuentes:
- Jeffrey Epstein Files: Phase 1-4 — Departamento de Justicia de Estados Unidos
- "US justice department releases first batch of Jeffrey Epstein files" — The Guardian
- "Trump's Justice Department releases third set of Epstein files" — Reuters
- "What we've learned from the newly released Epstein files" — CBC News
- "Fourth set of Epstein files released by US justice department" — BBC
- "US justice department reveals photos of Jeffrey Epstein in 'sex slave' bondage" — The Guardian
- "Modelo mexicana asegura que 'se comieron a una persona'" — Vanguardia
- "Así operaban los satánicos de las maras en El Salvador" — Tucker Carlson Network
- "MS-13 and 18th Street Gang Engaged In Satanic Rituals, Human Sacrifices, Bukele Says" — Latin Times
- "Bukele revela que pandillas hacían rituales satánicos y pedían bebés en sacrificios" — El Financiero
- "El 'diablo' y las pandillas: Sacrificios y rituales satánicos en El Salvador" — Univisión
- Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina — Aníbal Quijano
- La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales — Edgardo Lander (compilador)
- El pensamiento latinoamericano — Leopoldo Zea
- "Sarmiento: Entre la civilización y la barbarie" — René Martínez