La firma, por parte de Ursula von
der Leyen, de los llamados “Acuerdos de Turnberry” en julio del 2025 no
constituye otra cosa que la confirmación definitiva de una realidad que muchos
observadores ya consideraban evidente: Europa, incapaz de defender sus propios
intereses industriales y geopolíticos, ha terminado arrodillándose ante el
proteccionismo estadounidense sin ofrecer apenas resistencia. Donald Trump
impuso sus condiciones, aranceles del 15% sobre productos europeos, compras
multimillonarias de gas y armamento, así como inversiones prácticamente obligatorias,
y la Unión Europea aceptó dócilmente el acuerdo, mientras figuras como François
Bayrou se limitaban a lamentar el carácter “desequilibrado” del tratado, aunque
tales lamentos carecen de valor una vez que la cesión ya se ha consumado. Esta
situación recuerda, salvando evidentemente las distancias históricas y
contextuales, a los tratados desiguales que las potencias occidentales,
antecesoras directas de la actual Europa liberal, impusieron a la China de la
dinastía Qing durante el siglo XIX.
Y no parece tratarse de una
coincidencia. La Europa contemporánea exhibe, cada vez con mayor claridad, los
síntomas característicos de un imperio envejecido que, convencido todavía de su
superioridad cultural y moral, no logra advertir que se está quedando rezagado
precisamente en los ámbitos que definen el poder real del siglo XXI: tecnología
avanzada, soberanía energética y capacidad autónoma de decisión estratégica.
Igual que la China del siglo XIX, Europa continúa imaginándose a sí misma como
el “centro del mundo”, aun cuando sus capacidades materiales disminuyen
progresivamente. Igual que aquella China imperial, el continente se encuentra
dirigido por una tecnocracia gerontocrática que parece confundir la producción
interminable de regulaciones con el verdadero ejercicio del gobierno. Los
mandarines de Bruselas, viejos políticos aferrados a un centrismo burocrático y
agotado, observan con desconfianza cualquier transformación que no emerja de
sus propios comités, y reaccionan ante la innovación no intentando
desarrollarla o integrarla, sino regulándola hasta volverla estéril.
Los datos reflejan ese deterioro
con bastante claridad: subordinación energética, salida continua de talento
tecnológico, fabricación de procesadores y baterías trasladada al exterior, y
una industria que pierde fuerza frente a sus competidores mientras la Comisión
Europea dedica buena parte de su tiempo a discusiones burocráticas cada vez más
alejadas de los problemas reales del continente. Una parte importante de las
élites europeas continúa defendiendo una supuesta “cultura de la prevención”,
vista por muchos como una actitud excesivamente temerosa ante la innovación y
el riesgo industrial.
El resultado ha sido una Europa
cada vez más enfocada en la regulación y el control normativo, con menos
capacidad para levantar grandes proyectos manufactureros o tecnológicos
propios, mientras Estados Unidos, China e India afianzan su liderazgo en inteligencia
artificial, producción de semiconductores y almacenamiento energético.
Sin embargo, el problema más
grave no reside únicamente en la decadencia tecnológica, sino en la profunda
autocomplacencia que impregna a las élites europeas. Muchos europeos continúan
convencidos de que su “modelo social”, su “Estado de derecho” y sus “valores”
garantizan automáticamente una posición privilegiada en el orden internacional,
como si la legitimidad moral pudiera sustituir indefinidamente al poder
económico e industrial. Esa actitud recuerda la arrogancia suicida de los
mandarines Qing, quienes llegaron a desmantelar el ferrocarril de Woosung
porque lo consideraban una amenaza cultural. Hoy, sectores políticos europeos,
desde ecologistas alemanes hasta socialistas franceses, reproducen mecanismos
similares cuando rechazan tecnologías como los OGM o la energía nuclear,
prohibiendo por principios aquello que no comprenden plenamente y entregando
así la competitividad a quienes sí están dispuestos a asumir riesgos
estratégicos.
¿Existe una salida? Probablemente
sí, aunque no sea la respuesta que gran parte de Europa desea escuchar. La
solución difícilmente pasará por incrementar todavía más las regulaciones o
continuar subvencionando empresas incapaces de competir globalmente. La
alternativa real consistiría en abandonar el narcisismo burocrático y asumir
una transformación semejante a la que impulsó el Japón Meiji: aceptar la
modernidad sin complejos, pero subordinándola a un propósito nacional claro y
coherente. Los japoneses comprendieron que, si no se adaptaban, terminarían
sometidos como China; y en apenas unas décadas pasaron de ser una sociedad
feudal a derrotar al Imperio ruso. ¿Cómo lo consiguieron? Mediante
planificación estatal, inversión masiva en infraestructura, formación de élites
técnicas competentes y adopción pragmática de tecnologías extranjeras, todo
ello sin obsesionarse constantemente con la supuesta pérdida de “identidad”.
Aquello era un proyecto de poder; no un catálogo de buenas intenciones
administrativas.
Europa, por el contrario, parece
carecer incluso de una idea compartida acerca de lo que desea ser. No existe un
verdadero proyecto colectivo, sino un mosaico de intereses nacionales
enfrentados, vetos cruzados y una burocracia cuya principal función parece
consistir en bloquear cualquier iniciativa audaz. La Comisión Europea se ha
convertido, para muchos críticos, en la tumba de la ambición estratégica
continental; el Parlamento Europeo, en un escenario dominado por cuotas y
mediocridades; y los líderes nacionales, más preocupados por la siguiente
elección que por garantizar la supervivencia histórica de Europa como actor
relevante.
Por eso, la verdadera cuestión ya
no es si Europa puede evitar su propio siglo de humillación, sino si los
europeos serán capaces de admitir, aunque sea tardíamente, que no son
intrínsecamente superiores, que su modelo político no constituye una verdad
universal y que la “paz y prosperidad” de las últimas décadas dependió, en gran
medida, de circunstancias excepcionales: la protección militar estadounidense y
el acceso al gas ruso barato. Ahora que ambas condiciones se erosionan
simultáneamente, el continente descubre hasta qué punto su estabilidad
descansaba sobre fundamentos externos.
Europa deberá elegir entre
despertar, planificar, invertir y competir, abandonando tanto la arrogancia
moral como el exceso regulatorio, o aceptar, casi sin resistencia, su
transformación en un gran museo del mundo: un territorio admirado por su
historia y su patrimonio cultural, pero cada vez más irrelevante en la mesa
donde las potencias reales toman las decisiones. Y, viendo la conducta actual
de sus élites, cuesta demasiado encontrar razones para el optimismo.