Hace ya varios años perdí algo
que creía inquebrantable: la paz. No fue una crisis personal ni una decepción
pasajera. Fue el resultado de años de lecturas, de informes estratégicos, de
escuchar a analistas, militares y planificadores de distintas partes del mundo.
Cada uno llegaba por caminos diferentes, pero muchos parecían converger en un
mismo horizonte: el final de esta década. Una y otra vez aparecía la misma
referencia, el mismo punto de inflexión. 2030. No sé si será exactamente ese
año; quizá la gran ruptura ocurra antes o después. Pero desde hace tiempo no
logro desprenderme de la convicción de que la humanidad avanza hacia una
confrontación entre grandes potencias de una magnitud que nuestra generación
jamás ha presenciado. La guerra en Ucrania no sembró ese temor en mí;
simplemente confirmó que el reloj ya estaba en marcha.
Desde entonces dejé de mirar el
calendario como la mayoría de las personas. La Navidad perdió su inocencia. Los
años nuevos dejaron de simbolizar esperanza. Cada fecha es, para mí, un paso
más hacia un horizonte cada vez más oscuro. Mientras muchos celebran el
progreso, yo observo un mundo que acelera su carrera armamentística, endurece
sus alianzas y multiplica sus preparativos militares como si se estuviera
entrenando para un desenlace que nadie se atreve a nombrar. Tengo la amarga
impresión de que caminamos hacia un choque de dimensiones tectónicas, una
guerra capaz de redefinir el siglo con una violencia difícil de imaginar. Ojalá
esté equivocado. Pero cuanto más observo el presente, menos razones encuentro
para creer que el mundo ha decidido retroceder del abismo.
Vivo en Honduras, en esta inmensa
isla continental llamada América. Tal vez el primer golpe de esa eventual
conflagración ocurra lejos de nuestras fronteras, en los grandes centros de
poder donde hoy se disputa el equilibrio del planeta. Sin embargo, ninguna
guerra entre imperios permanece confinada a un solo continente. Sus ondas de
choque siempre terminan alcanzando a quienes creían estar a salvo. Y es
precisamente esa certeza la que me acompaña cada vez que miro el reloj. No
porque conozca el día ni la hora; nadie puede saberlo. Lo observo porque siento
que el tiempo ya no avanza con normalidad. Tengo la impresión de que cada
segundo nos acerca a un punto de no retorno. Ojalá estas letras envejezcan mal
y el futuro desmienta cada una de mis palabras. Pero si las señales que llevo
años observando no mienten, entonces el reloj no solo está marcando la hora:
también está llevando la cuenta regresiva de una época que se acerca a su
final.
No una guerra. No dos. Docenas.
Más de cien, según cómo se cuente. Nunca, desde 1945, habíamos visto tantos
fuegos ardiendo al mismo tiempo. Y sin embargo, la mayoría sigue mirando hacia
otro lado. Como si no fuera con ellos. Como si esto fuera normal. Como si fuera
normal que más de 117 millones de personas estén desplazadas. Como si fuera
normal que 266 millones pasen hambre. Como si fuera normal que 35 millones de
niños estén desnutridos. ¿Normal? No. Es el nuevo orden mundial. El que hemos
construido entre todos. El que los que mandan han decidido que es el único
posible.
Estamos en un cambio de ciclo. Ya
lo dijo alguien. Un ciclo que comenzó hace cinco siglos, cuando los europeos se
lanzaron al océano para imponer su dominio por todo el mundo. Inglaterra fue la
primera en consolidar este modelo extractivista, y luego siguieron las demás
naciones. Todas actuaron bajo el mismo razonamiento: convertirse en potencias
marítimas, ejercer el control global y sacar ventaja de quienes estaban en
posición de debilidad.
Durante 550 años, Occidente ha
dictado las reglas. Ahora, quien las dicta es otro. Y no le gusta a los que
siempre mandaron. La caída de la Unión Soviética en 1991 fue el principio del
fin. Se previó, se dejó constancia, se advirtió y nadie hizo caso. Hoy, el eje
de la economía mundial se desplaza hacia lo que se conoce como “el arco del
triunfo”: esa región que va desde Rusia y la península coreana hasta la India,
con China como epicentro, y será desde allí donde se pondrá fin a medio milenio
de dominio occidental. Se abre el ciclo de Asia. Y no será pacífico. Porque los
que siempre mandaron no se van a ir sin pelear. Van a pelear como perros viejos
que saben que ya no tienen dientes, pero aún tienen garras. Y van a arrastrar a
todos con ellos.
Los números de la muerte no son
abstracciones. Estas son vidas. En 2026, más de 110 conflictos armados activos.
La cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial. En Sudán, 150.000 muertos.
En Ucrania, más de 1.300 civiles solo en los primeros meses de este año. En
Gaza, una carnicería que nadie detiene. En el Líbano, en Siria, en Irán, la
escalada no cesa. Más de 550 eventos diarios de violencia política. La guerra
ya no es excepcional. Es estructural. Es el nuevo normal. Pero el hambre mata
más que las balas. 266 millones de personas en 47 países sufrieron inseguridad
alimentaria aguda en 2025. El número de personas en hambruna catastrófica se ha
multiplicado por nueve desde 2016. En Gaza, en Sudán, por primera vez en la
historia de estos informes, hay hambruna activa. ¿Qué clase de civilización
permite esto? ¿Qué clase de orden mundial produce estos números? Uno que está
muriendo. Uno que no puede salvarse a sí mismo. Y en su agonía, prende fuego a
todo lo que puede.
La guerra en Ucrania no es un
conflicto aislado. Es la antesala del gran conflicto que se está gestando.
Rusia derrumbó un proyecto geoestratégico fundamental para Estados Unidos:
convertir a Ucrania en la punta de lanza de la OTAN contra Moscú. Rusia lo dijo
una y otra vez: “Ucrania es una línea roja”. “No tenemos a dónde retirarnos”. Y
Occidente respondió: “Rusia no tiene nada que decir”. “No vamos a cambiar
nuestra estrategia”. Y así, con esa arrogancia que caracteriza a los imperios
en decadencia, se encendió la mecha. Porque esto no es sobre democracia. No es
sobre derechos humanos. Es sobre geopolítica. Es sobre poder. Estados Unidos
quiere mantener su hegemonía. Rusia y China quieren establecer un nuevo orden
multipolar. Y Ucrania es el campo de batalla donde se decide esa disputa. Como
dijo el coronel Douglas Macgregor: “Moscú no puede perder la guerra con Ucrania
de la misma manera que Washington no puede perder una guerra con México”. Ahí
lo tienen. Eso no lo digo yo. Lo dice un coronel estadounidense. Si lo
entienden, entenderán todo lo demás. Si no lo entienden, bueno, siempre pueden
seguir mirando para otro lado.
Zbigniew Brzezinski, uno de los
estrategas más lúcidos del imperialismo estadounidense, tuvo una pesadilla
recurrente: una gran coalición de China y Rusia. “Este escenario”, advirtió,
“recordaría en escala y alcance el desafío que una vez planteó el bloque
chino-soviético”. Esa pesadilla se ha hecho realidad. China y Rusia están
unidas como una gran montaña. Su amistad es inquebrantable. Juntos
contrarrestan la hegemonía de Estados Unidos. No es ninguna retórica. Es un
hecho. Han firmado acuerdos de cooperación militar, energética, aeroespacial,
científica y financiera. Han creado la Organización de Cooperación de Shanghai
y el formato RIC. Han establecido una infraestructura financiera independiente
que no pueda ser influenciada por terceros países. Y lo han hecho porque
Occidente no les dejó otra opción. Cuando Estados Unidos expandió la OTAN hasta
las fronteras de Rusia, cuando creó un cerco militar en torno a China, cuando
armó a Taiwán y desplegó flotas en el Pacífico, no hizo más que unir a sus dos mayores
rivales. Es la ley de Hooke: a mayor presión, mayor reacción. La tenaza que
Estados Unidos ha puesto sobre Rusia y China las ha comprimido hasta hacerlas
una sola fuerza. Como dijo el ministro de Defensa chino: “Nuestras relaciones
van más allá de una alianza”. Y lo mejor de todo: los que ahora tiemblan son
los mismos que apretaron la tenaza. Ironías de la historia.
La estrategia de Estados Unidos
es simple: crear dos frentes. Uno en el Atlántico, con la OTAN como ariete
contra Rusia. Otro en el Pacífico, con Japón y Australia como mazos contra
China. Dos bloques que, como movimiento tectónico de placas, dividirán continentes,
regiones y países. Nunca, en la historia humana, tan llena de sangre y
destrucción, se ha visto nada parecido. El plan es ahogar a China. La “Campaña
hacia delante” del Cuerpo de Marines busca mantener una presencia naval
permanente en los mares de China. “Una flota persistentemente presente podría
hacer que China se lo piense dos veces”, dijo el almirante Gilday. La doctrina
es encerrar a China desde el primer cinturón de islas y rematarla desde el
segundo. China conoce esta estrategia. El diario Global Times lo escribió en
abril de 2022: “En la recién concluida reunión de ministros de Asuntos
Exteriores de la OTAN se invitó a los socios estadounidenses de Asia-Pacífico
con el claro objetivo de cercar a China”. Avisados están. Y están preparándose.
Mientras tanto, los que diseñaron el cerco se preguntan por qué China se arma.
No saben, no pueden saber, no quieren saber. Prefieren creer que ellos tienen
derecho a tener bases militares en todo el mundo, pero China no tiene derecho a
defenderse. Ese es el razonamiento imperial: lo que es bueno para el emperador
es malo para el súbdito. Y cuando el súbdito se defiende, es un “revisionista”,
un “agresor”, una “amenaza”. Qué cansancio.
La respuesta de Occidente a su
propio declive ha sido el rearme. No es un rearme menor. Es el más grande y
rápido desde la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos ha destinado más de un
billón de dólares a su presupuesto militar. China invierte 340.000 millones.
Rusia, 155.000 millones. La OTAN ha anunciado un gasto adicional de 50 mil
millones solo en 2026. El objetivo declarado es alcanzar el 5% del PIB en gasto
de defensa. Pero esta carrera armamentista tiene un problema: Estados Unidos
está técnicamente en bancarrota. Su deuda pública supera los 30 billones de
dólares. Hace unos años, un congresista declaró que hacer la guerra contra
China requeriría pedir prestado dinero a China. Eso no es una hipérbole. Es una
realidad que nadie quiere ver. Mientras tanto, los astilleros chinos producen
un 30% más de buques que los estadounidenses. En veinte años, China construyó
250 buques de guerra. En 2030, su flota podría alcanzar los 600 buques, casi
duplicando la de Estados Unidos. La capacidad industrial, la verdadera base del
poder militar, se ha desplazado al otro lado del Pacífico. Sobre el papel,
Estados Unidos tiene más portaaviones y más experiencia. Pero en la realidad,
cuando el dinero se acaba, los barcos se quedan en el puerto. Como dice la Ley
de Stein: “Si algo no puede durar para siempre, se detendrá”. Y el imperio
estadounidense no puede durar para siempre. Pero bueno, que sigan gastando. Que
sigan endeudándose. Que sigan construyendo portaaviones que no podrán mantener.
La historia nos ha enseñado que los imperios caen cuando intentan gastar lo que
no tienen para defender lo que ya perdieron. Pero no me hagan caso. Yo solo soy
un observador.
El general Mark Milley,
presidente del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, lo dijo ante el
Congreso en abril de 2022: China “tiene la intención de desarrollar las
capacidades militares para tomar Taiwán para 2027”. No es una especulación. Es
un escenario de guerra que se está tomando muy en serio. La inteligencia
estadounidense ya ha alertado a las principales empresas tecnológicas. China
podría atacar Taiwán en 2027. Taiwán, por su parte, ve las armas
estadounidenses como cruciales para su paz y estabilidad frente a la “amenaza
china”. El escenario está preparado. Una confrontación directa entre las dos
mayores potencias del mundo. Un conflicto que arrastraría a toda la región del
Indo-Pacífico y, muy probablemente, al mundo entero. China ha dejado claro que
Taiwán es una provincia rebelde y que su reunificación es un objetivo
ineludible. Estados Unidos, obligado por ley a defender a Taiwán, sigue armando
la isla con paquetes de venta de armas por miles de millones de dólares. China
ha advertido: estas ventas “aceleran las amenazas de guerra”. ¿Alguien cree que
esto no va a explotar? Por supuesto que va a explotar. Solo es cuestión de
tiempo. Y mientras tanto, los que venden las armas se frotan las manos. Los que
compran las armas se preparan para usarlas. Y los que pagan las armas con sus
impuestos, con sus vidas, con sus hijos, ni siquiera tienen voz. Es el negocio
más rentable del mundo: vender la muerte y cobrar en vida.
Occidente está muerto. Lo que
ocurre es que las realidades económicas van siempre por delante de las
políticas. El mundo ya es multipolar en lo económico y en lo comercial: la
primera potencia por paridad adquisitiva es China, seguida por Estados Unidos,
India y Rusia. Pero esa multipolaridad aún no se ha convertido en un orden
político definido. Y esa transición como ocurrió con la Primera y la Segunda
Guerra Mundial, pasará inevitablemente por una guerra. Desde mis lecturas, mis
propios cálculos y lo que he venido observando y contrastando con militares y
analistas durante años, estimo que podría darse alrededor de 2030: unos años
antes o unos años después. Las contradicciones se acumulan con tal fuerza que
ese desenlace parece cada vez más seguro. No veo una vía pacífica. La derrota
militar de Occidente, y fundamentalmente de Estados Unidos, es algo que se
deduce de lo que ya está ocurriendo. No es ninguna profecía, ni mucho menos una
iluminación divina, que eso ya nos queda muy grande, es puro análisis. Es lo
que se ve si uno se toma la molestia de no cerrar los ojos durante años,
observando cómo se mueven las piezas en este tablero donde todos fingen jugar
limpio. Es constatar algo que nadie se atreve a decir en voz alta: los imperios
no se desmoronan por arte de magia ni por su propio peso; caen cuando alguien
les da el empujón definitivo… y ese alguien ya lleva tiempo empujando, sin que
nadie se dé por aludido.
Y aun así, qué cómodo nos resulta
seguir creyendo que todo se arreglará con una sonrisa en una cumbre, con un
papel firmado que nadie respeta o con esas buenas intenciones que llenan los
discursos y vacían las manos. Qué bonito es aferrarse a la mentira de que la
voluntad basta para detener lo que ya viene rodando. Pero la historia, esa que
tantos se empeñan en olvidar, nos enseña que la buena voluntad no es más que el
refugio cobarde de quienes no quieren mirar la realidad a la cara. Y la
realidad, por más que nos duela o nos moleste admitirla, es que la guerra ya no
es una posibilidad: ya está en camino.
Lo que se viene no será como las
guerras anteriores. Será un conflicto global, multipolar, donde los frentes se
extenderán desde el Atlántico hasta el Pacífico, desde el Ártico hasta el
Índico. Dos bloques que se enfrentarán con capacidades destructivas sin
precedentes, en un mundo donde la disuasión nuclear ya no es una garantía de
paz, sino una espada de Damocles que pende sobre la humanidad. La guerra en
Ucrania, la tensión en Taiwán, el conflicto en Oriente Medio, el rearme global,
la alianza ruso-china, el cerco naval a China... todos estos no son eventos
aislados. Son los primeros compases de una sinfonía de destrucción que se
acerca a su clímax. Porque esto no es un pico coyuntural. Es un cambio de
sistema. El viejo orden ya no funciona y el nuevo todavía no existe. En ese
vacío, lo que se expande no es la estabilidad. Es el conflicto. La guerra deja
de ser excepcional y pasa a ser estructural. Cuando las normas dejan de ser
respetadas, prevalece el razonamiento de la fuerza. Y cuando esa lógica se vuelve
dominante, el conflicto deja de ser una excepción. Se convierte en la norma. Y
la norma, amigos míos, es que la guerra ya está aquí. Solo que algunos todavía
no se han dado cuenta.
La humanidad está al borde de un
abismo. El mundo que emerja de esta contienda será irreconocible: el orden
internacional basado en reglas cederá paso a la ley del más fuerte. Ganarán
quienes hayan forjado las alianzas más sólidas y acumulado el mayor poderío
militar; perderán quienes se aferren a un pasado que ya no existe. Las dudas ya
no giran en torno a si habrá más enfrentamientos, sino a si el sistema actual
aún tiene capacidad para contenerlos… o si entramos en una etapa donde la
conflictividad permanente pase a ser la nueva forma de equilibrio.
El planeta se arma hasta los
dientes. Occidente ha decidido que su declive no será pacífico, y el costo de
esa elección lo pagaremos todos: con sangre, con hambre, con millones de
personas desplazadas y con ciudades reducidas a escombros. No se trata de una
especulación ni de un ejercicio teórico, sino de una realidad que muchos se
niegan a aceptar: los registros, los informes y las propias declaraciones de
los líderes militares lo confirman.
No es una profecía apocalíptica,
sino la constatación fría de un sistema internacional que ha iniciado su
colapso total. El conflicto ya está en marcha, y no habrá modo de detenerlo si
no modificamos el rumbo que llevamos. El cataclismo se acerca, y no se parecerá
a los anteriores: será mucho peor.
Mientras tanto, el tiempo no se
detiene: 2027, 2028, 2029, 2030… La fecha límite se acerca, y nosotros seguimos
mirando hacia otro lado. Actuamos como si nada tuviera que ver con nosotros,
como si todo esto fuera algo habitual, como si la historia no nos hubiera
dejado ninguna lección, como si el desastre no estuviera llamando ya a nuestra
puerta.
- Periodicovas. “Guerras activas en 2026”. periodicovas.com, 6 de abril de 2026.
- Escola de Cultura de Pau (UAB). “El mundo alcanza la cifra más alta de conflictos armados...”. aipaz.org, 9 de junio de 2026.
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- World Food Programme (WFP). “Una crisis alimentaria mundial”. es.wfp.org.
- Naciones Unidas. “El hambre aguda empeorará en 13 zonas críticas del mundo, advierten agencias de la ONU”. elnuevodia.com, 18 de junio de 2026.
- Organización Mundial de la Salud (OMS). “Se confirma la hambruna por primera vez en Gaza”. who.int, 22 de agosto de 2025.
- USNI News. “Milley: China Wants Capability to Take Taiwan by 2027, Sees ...”. news.usni.org, 23 de junio de 2021.
- García Domínguez, José. “La pesadilla de Brzezinski”. theobjective.com, 28 de febrero de 2022.
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- USNI News. “China Naval Modernization: Implications for U.S. Navy Capabilities—Background and Issues for Congress”. 30 de enero de 2024.
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- Zamora R., Augusto. De Ucrania al mar de la China: El eje ruso-chino ante un Occidente roto. Madrid: Akal, 2022.