Nuestra posición no nace de un
prejuicio vacío. Por el contrario, se fundamenta en la observación lúcida de
una maquinaria de poder que, bajo el disfraz de la modernidad y el progreso, ha
exportado al mundo la decadencia, la explotación y la deshumanización. Nos
declaramos anti-occidentales porque nos oponemos frontalmente a ese modelo de
sociedad que, desde los centros de poder de Europa y Estados Unidos, se ha
impuesto como la única vía posible, cuando en realidad es la vía de la
podredumbre moral, la alienación del ser humano y la destrucción de los lazos
comunitarios. Atacamos esa modernidad decadente porque hemos visto cómo sus
valores, que predican la libertad individual, esconden la más feroz de las
tiranías: la del capital financiero, el individualismo extremo y el
materialismo más vulgar. Occidente, en su esencia liberal, ha convertido el
trabajo, que debería ser un acto de creación y sostén comunitario, en una mera
mercancía, en un cuasi-castigo bíblico desprovisto de todo sentido ético.
Mientras nuestras culturas, las del sur global y los pueblos que aspiran a un
orden multipolar, conciben el esfuerzo colectivo como un deber sagrado para con
la comunidad, el occidental lo ha reducido a un medio egoísta de acumulación,
olvidando que la verdadera riqueza de una nación reside en la salud de su
pueblo y en la profundidad de su espíritu, no en las frías cifras de sus bolsas
de valores. El liberalismo económico, con su culto al interés personal, ha
erosionado los cimientos de toda sociedad sana, sustituyendo la cooperación por
la competencia feroz y la solidaridad por el sálvese quien pueda. Esta es la
gran mentira que debemos desenmascarar: la ética del trabajo como servicio se
ha pervertido en una obligación sin alma, donde el ser humano es un engranaje
desechable al servicio de una máquina de producción que no le pertenece.
Frente a esta concepción egoísta,
el mundo multipolar que vislumbramos se basa en principios antagónicos. Donde
Occidente impone la dictadura del capital financiero, ese dinero que crece de
la nada, sin esfuerzo ni riesgo, parasitando economías enteras y condenando a
pueblos al trabajo eterno para pagar deudas usurarias, nosotros oponemos la
economía productiva, el trabajo honrado que transforma la naturaleza y
construye sociedades. Ese capital internacional, deslocalizado y sin patria, es
la herramienta principal de dominación del bloque occidental. No conoce
fronteras ni lealtades, solo busca succionar la vitalidad de las naciones para
engordar una élite vampírica cosmopolita desarraigada. Esa es la esencia del
proyecto anti-liberal que debemos abrazar: la recuperación de la soberanía
económica y política para nuestros pueblos, la ruptura de las cadenas de la
usura internacional que nos mantienen en una perpetua condición de neocolonia.
La verdadera lucha no se dirige contra el taller del artesano o la fábrica que
sustenta a las familias, sino que se enfoca en esa telaraña financiera que todo
lo envuelve y que, para colocar sus excedentes, no duda en destruir Estados
enteros, en aniquilar culturas milenarias y en someter a poblaciones enteras al
hambre y la necesidad.
Occidente ha intentado siempre
debilitar a los pueblos que busca dominar, corrompiendo su esencia. Primero,
destruyendo su base moral, pervirtiendo el sentido del trabajo y fomentando el
ansia de lucro fácil. Luego, atacando la pureza de nuestro espíritu
comunitario, imponiendo un globalismo liberal que no es más que la coartada
para que una élite sin raíces pueda moverse a sus anchas, mientras predica su hegemonía cultural y la disolución de las
identidades nacionales para gobernarnos mejor. Y finalmente, corrompiendo
nuestra cultura y nuestro arte. Mientras ellos nos hablan de libertad creativa,
lo que han hecho es convertir el arte en un vehículo de su propia decadencia:
una pintura que ya no eleva el alma, sino que, por el contrario, la deforma;
una música que ha perdido toda armonía y profundidad espiritual; una literatura
que en lugar de engrandecer el espíritu, lo embrutece con la glorificación del
vicio y la banalidad. El cine, ese invento maravilloso que pudo haber sido la
mayor herramienta educativa para la humanidad, lo han convertido en el
principal difusor de la más burda inmundicia, adormeciendo las conciencias y
destruyendo los valores familiares y comunitarios que son la base de los
pueblos del sur global. Han prostituido el arte, convirtiendo la belleza en
mercancía y la expresión más íntima del ser humano en un negocio más al
servicio de su podredumbre.
Por eso, nuestra posición es
anti-occidental por necesidad vital. No podemos aspirar a un mundo multipolar y
justo si permitimos que el virus del liberalismo decadente siga actuando.
Nuestro proyecto se basa en la recuperación del sentido comunitario, donde el
bien común esté por encima del interés particular. Esa es la verdadera esencia
de una política anti-liberal. No se trata de aislarnos, sino de construir un
bloque de naciones soberanas, desde el sur global, que se oponga a esta
dictadura moral y económica. Sabemos que la batalla es inmensa, pero también
sabemos que lo que ha sido construido por el hombre puede ser destruido por el
hombre. La salvación de nuestros pueblos no vendrá de las élites cultas de las
metrópolis occidentales, ni de sus ONG financiadas con dinero sucio, ni de sus
intelectuales orgánicos que nos explican cómo debemos ser. Vendrá de las masas,
de los talleres, de los campos, de los millones de trabajadores que aún
conservan la salud física y espiritual para oponerse a esta decadencia. Esa es
nuestra fuerza: la conciencia de que el Patriotismo sano, el que ama a su
pueblo y quiere protegerlo del virus de estos vampiros extranjeros, es
inseparable de la justicia social. No hay soberanía política sin soberanía
económica, y no hay soberanía económica sin la expulsión de los parásitos que
medran con el sudor de nuestros pueblos. Occidente, con su modernidad líquida y
su culto al individuo, ha firmado su propia sentencia. Nosotros, los pueblos
del mundo multipolar, estamos llamados a construir el relevo, a levantar una
civilización donde el ser humano vuelva a ser el centro, donde el trabajo sea
un honor y la comunidad, un hogar. Esa es nuestra lucha, y en ella no habrá
medias tintas.