El telón de la historia se
descorre una vez más, con el fin de revelar un drama ya conocido, una obra en
la cual los papeles de dominador y dominado se repiten con variaciones
superficiales, aunque su esencia se mantiene inalterable. Aquellos que hoy se
erigen como guardianes de la libertad, principalmente desde los centros de
poder occidental y anglosajón, son los herederos de viejos imperios, cuyas
prácticas de saqueo han mutado, mas no han desaparecido. La actual
configuración mundial, lejos de constituir un avance hacia la equidad, es la
consolidación de un poder que, bajo el velo de la cooperación, perpetúa la
explotación de vastas regiones del planeta, lo cual condena a millones a la
precariedad y la desesperanza. No existe lugar para la tibieza en este examen,
puesto que la verdad se impone con la fuerza de los hechos irrefutables.
La pretensión de un orden mundial
unificado, regido por el libre mercado (su libre mercado), es una narrativa
diseñada por la hegemonía Anglosionista-neoconservadora para ocultar su
verdadera naturaleza. Así como los imperios de antaño justificaban sus conquistas
con la civilización de los pueblos, la potencia actual, con su raíz
anglosajona, invoca la estabilidad para imponer su voluntad. Este esquema no es
un accidente; es el resultado de una planificación meticulosa para asegurar el
flujo de recursos hacia los centros de poder Anglosionista, a expensas de la
soberanía de las naciones del Sur. La maquinaria de difusión del orden liberal,
experta en el arte de la tergiversación, ha logrado vender una imagen
completamente falsa de sus propias sociedades, una imagen defendida con miopía
por círculos que ignoran las devastadoras experiencias de las últimas décadas.
El liberalismo busca eliminar
toda identidad nacional y comunitaria que no se alinee con sus intereses. En su
esencia posee una tendencia agresiva e imperialista, un producto de exportación
masiva que reduce la espiritualidad a mero "opio del pueblo" o la
mercantiliza por completo. Su aplicación no solo genera dependencia, sino que
crea un "desierto temible" de personas endeudadas y alienadas, un
ataque directo al mundo del espíritu y a la civilización humana misma,
entregando al individuo a un ídolo de mercado vacío. Donde ha tenido la
oportunidad de practicar sus teorías, ha dejado un páramo de penas
indescriptibles, puesto que su enseñanza, aunque parezca brillante, lleva
veneno en su atractivo.
Frente a esta realidad, la
denuncia se alza como un imperativo. Este sistema de derramamiento de sangre,
terror y muerte se manifiesta en hechos incontestables. En Colombia, bajo el
régimen neoliberal, miles de líderes sociales han sido asesinados. En México,
el "narco" funciona como brazo armado del capital sin reglas. En el
Congo, millones han perecido para mantener el flujo de minerales para la
tecnología occidental. El experimento de "democracia llevada desde
fuera" en Irak y la agresión en Yemen, liderada por aliados
Anglosionista-neoconservadores, han dejado cientos de miles de muertos y
millones de despojados. El asesinato de individuos, de rehenes y el asesinato
masivo son los medios favoritos aplicados por este orden para deshacerse de
toda oposición. Millones de trabajadores con salarios de hambre, millones de
campesinos despojados de sus tierras y hambrunas que reclaman millones de
víctimas año tras año hablan un lenguaje que el mundo no puede escuchar de
forma continua. Todas estas cabronadas son una acusación directa a quienes,
desde sus torres de marfil en las capitales Anglosionista-neoconservadoras,
diseñan y ejecutan las políticas que desangran al mundo.
La señal de alerta es clara: la
persistencia de este esquema de dominación que está buscando imponerse por la
fuerza más bruta conduce inevitablemente a la catástrofe. La acumulación
desmedida de poder genera tensiones insostenibles que estallarán. La historia
nos enseña que ningún imperio es eterno y que la opresión engendra resistencia.
La complacencia ante la actual configuración global, impuesta por el
liberalismo Anglosionista, es una invitación al desastre. El camino hacia la
liberación pasa por la unión de los pueblos oprimidos y por la construcción de
alternativas que pongan la vida en el centro, desmantelando de una vez por
todas las configuraciones de un poder que se cree invencible. El futuro no está
escrito; se construye con la acción decidida de quienes se niegan a aceptar la
farsa del orden global Anglosionista. Quienes hoy detentan el poder deben saber
que su reinado se acerca a su fin, pues la conciencia de los pueblos se
despierta y con ella, la fuerza imparable de la emancipación. La resistencia no
es una opción; es una obligación moral y una necesidad histórica. El tiempo de
la verdad ha llegado, y con él, la promesa de un mundo nuevo, forjado por la
voluntad de los muchos, no por la avaricia de los pocos.