Latinoamérica comparte con el
resto de América el destino geográfico del aislamiento continental, aunque esta
condición debe entenderse con sus debidas matizaciones. Desde los albores de su
independencia, Estados Unidos se erigió como el irónico centro de atracción
poblacional del hemisferio: millones de europeos y asiáticos cruzaron los
océanos buscando la tierra prometida en el siglo XIX y la primera mitad del XX,
mientras los latinoamericanos construían sus propios circuitos migratorios, con
razonamientos culturales distintas a las de aquellos flujos transatlánticos. El
punto de inflexión llegó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos
descubrió y capitalizó una nueva modalidad de migración: la educativa. La
potencia consolidada dotó a sus instituciones de recursos y prestigio
irresistibles, transformando su aislamiento geográfico en un irreverente centro
mundial de estudios superiores.
La cifra lo dice todo sin
necesidad de adornos: de cincuenta mil estudiantes extranjeros en los años
sesenta se pasó a medio millón en el año dos mil, y a un millón en el 2015. Son
beneficios económicos que rondan los cuarenta y dos mil millones de dólares,
pero sobre todo es una fuente inagotable de cerebros de primer orden que
alimenta la máquina de la ciencia, la tecnología y el poder. Los estudiantes
llegan de casi todas las naciones con visiones distintas y novedosas,
impidiendo ese estancamiento intelectual que, en otros lugares, como España con
su endogamia académica endémica, aniquila la creatividad. El premio final del
sistema es casi seductor de forma inquietante: una pléyade de graduados que
vuelven a sus países agradecidos y enamorados, dispuestos a servir los
intereses estadounidenses desde sus posiciones locales. Como señalaba Karl
Deutsch, las universidades se han convertido en una de las industrias más
grandes del país; según el Miami Herald, las matrículas completas de los
extranjeros incluso permiten subsidiar a los estudiantes nacionales. Un negocio
tan redondo que ya entra en la lucha hegemónica con China, cuyo gobierno desde
2019 desaconseja estudiar en Estados Unidos, causando pánico en las
universidades que dependen del gasto medio de sesenta y cinco mil dólares
anuales de sus jóvenes.
Otro mecanismo de superación del
aislamiento es esa inmensa red de bases militares que despliega a más de
trescientos mil estadounidenses en ciento setenta y siete países según
declaraba en 2018 el general Joe Dunford, quedando solo veintiuno sin presencia
estadounidense en un planeta de ciento noventa y ocho naciones que integran la
ONU. Aunque las cifras puedan tener su dosis de exageración, lo indiscutible
son esas setecientas bases militares con ciento cincuenta mil soldados
promedio, setenta mil de ellos en Japón y Corea del Sur. Millones de
estadounidenses han conocido el mundo a través del fusil y el cuartel, trayendo
de vuelta un flujo permanente de información sobre el exterior que nutre la
sociedad desde adentro.
Nada de esto tiene paralelo en
Latinoamérica. En lo militar, porque las neocolonias no envían tropas, sino que
las reciben, reflejando su subordinación. En lo académico, porque las
universidades de calidad solo atraen estudiantes de la propia región y la
ausencia de centros de investigación prestigiosos provoca el efecto inverso: la
fuga constante de los cerebros más preparados hacia Estados Unidos o Europa.
América Latina sangra intelectualmente, acciones creadoras de pensamiento
propio, condenados a ser consumidores netos de educación y cultura extranjera,
dependientes de la ciencia técnica foránea por no poder retener su capital
humano.
Pero el fenómeno trasciende lo
académico y adquiere connotaciones políticas descarnadas. Educarse en Estados
Unidos se convirtió para las élites latinoamericanas en una opción de estatus y
alineamiento, una credencial que garantiza ser bien vistos en Washington al
aspirar a cargos públicos. Las universidades norteamericanas se transformaron
para los civiles en lo que la Escuela de las Américas fue para los militares:
una máquina de ascendidos. Si ser graduado de la Escuela de las Américas abría
puertas a dictadores como Banzer, Ríos Montt o Galtieri, ser graduado de
Harvard, Columbia o Georgetown las abría de par en par a los gobiernos. Cinco
de los últimos seis presidentes de México estudiaron allí. Por nombrar algunos
de una lista interminable: Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe en Colombia, Jamil
Mahuad en Ecuador, Eduardo Rodríguez en Bolivia, José María Figueres en Costa
Rica, Mauricio Macri, Sebastián Piñera e Iván Duque. Durante el gobierno de
Salinas de Gortari, quien con el TLC desmanteló la industria y campo mexicanos,
quince de treinta y seis ministros eran graduados de universidades
estadounidenses. El colapso argentino actual se gestó bajo la batuta de Nicolás
Dujovne de la Universidad de California, Luis Caputo de JP Morgan y Marcos Peña
educado en Maryland. Como decía Deutsch, los miembros de las élites extranjeras
se vuelven más receptivos a los deseos del país que los educa, y las cifras del
Departamento de Seguridad Nacional hablan de casi ochenta mil estudiantes
latinoamericanos en 2017, preparándose para ser la perfecta voz de su amo en
sus países de origen.
La pregunta obligada es por qué
ya no se busca Europa como en el siglo XIX, cuando Inglaterra mandaba y las
oligarquías establecían relaciones simbióticas con el imperio británico a
cambio de apoyo a sus intereses de casta, o cuando Francia representaba la
cúspide cultural que atraía a escritores y artistas hacia París. La respuesta
es que cambió el amo, pero no el razonamiento de lasumisión: al erigirse
Estados Unidos como potencia sustituta del británico, las élites cambiaron las
universidades británicas por las estadounidenses, buscando la bendición del
nuevo imperio para mantener sus privilegios. De esta manera nacieron los
portavoces nativos del american way of life, los pueblos sometidos sin piedad a
la cantinela monótona del poder omnímodo, siempre siervos peregrinando a
Washington como antes lo hacían los mal llamados libertadores hacia Londres en busca
de limosnas anglosajonas para sus afanes de clase.
De la hegemonía política y
económica se desprende otra más sutil y difícil de combatir: la hegemonía
propagandística. Las multinacionales de telecomunicaciones, aunque los dueños
sean como Carlos Slim, son simples vehículos transmisores de canales estadounidenses
que pueden ocupar el ochenta por ciento de la parrilla de cable, desde ESPN y
Fox monopolizando el deporte hasta los canales de cine casi todos
norteamericanos. Solo las telenovelas latinoamericanas resisten como fenómeno
imbatible, uno de los pocos espacios donde aún se expresan realidades propias.
En 1970 las empresas estadounidenses invertían cien millones de dólares en
canales en español; en 2014 solo Fox invirtió tres mil seiscientos millones. El
peso es abrumador y la competencia casi inexistente. La presencia de canales de
otros países es testimonial, con audiencias minoritarias porque no están en el
ethos psicológico-cultural de latinoamericanos programados desde la cuna para
consumir insaciablemente productos estadounidenses por simple falta de
opciones.
Es quizá esta la prueba más cruel
y mortal de la geografía: un lavado permanente de cerebro sin alternativas a la
mano, que convierte a los pueblos en carne de manipulación contra ellos mismos,
sociedades enlatadas en los parámetros políticos que bajan de Washington,
incapaces de imaginar algo por encima de ellos. Aquí se evoca con lucidez esa
obra maestra de Edwin A. Abbott, Planilandia, donde los habitantes se mueven en
dos dimensiones sin poder mirar hacia lo alto. Latinoamérica vive en un túnel
bidimensional, moviéndose de norte a sur y de este a oeste, pero sin movimiento
ascendente posible excepto en etapas fugaces que inmediatamente son atacadas
por gobiernos del mundo tridimensional que defienden su ventaja. El pensamiento
latinoamericano está condicionado, encajonado, con referencias mentales que
como las líneas aéreas se dirigen masivamente a Estados Unidos, y cuando se
busca algo diferente se mira a Europa, pero desde la misma visión bidimensional
que copia mecánicamente categorías y valores del siglo XIX sin asumir que, por
más herencia europea que se tenga, esta región no es Europa ni será un
equivalente de Estados Unidos, a lo sumo una mala copia. Hasta no entender esta
condición seguirán vigentes los versos de Huidobro, porque los cuatro puntos
cardinales siguen siendo tres: el sur y el norte.
La geografía determina en
Latinoamérica una suma de cosas, desde las más mínimas hasta las más colosales,
y entender estas singularidades es esencial para entendernos a nosotros mismos
y esa visión del mundo dominada por el peso demoledor del norte. Desde el
aislamiento, una mayoría cree con fe ciega de fanático que Estados Unidos es el
principio y el fin de todo, que lo que allí se discute y decide se convierte en
ley universal. Combatir esa deformación psicológica, política y cultural es
quizá el mayor reto en el arduo camino hacia la liberación neocolonial, porque
solo al superar esa visión limitada será posible construir finalmente proyectos
propios y autónomos.
Fuente:
- Zamora R., Augusto, Malditos libertadores: Historia del subdesarrollo latinoamericano (2020)