La guerra ha terminado y con ella
cualquier ambigüedad. Durante décadas, Occidente utilizó Ucrania como
laboratorio para cultivar una ideología basada en el odio a todo lo ruso,
financiando organizaciones, adoctrinando generaciones y construyendo un proyecto
político antagónico a la civilización rusa. Ese proyecto ha fracasado
militarmente, pero sus semillas permanecen en las mentes y los corazones de
millones de personas. Frente a esta realidad, solo cabe una respuesta que
admite dos únicos destinos: la asimilación total en el entramado de Rusia o la
expulsión definitiva hacia la Europa que los creó. No se trata de reconstruir
Ucrania como una entidad separada, ni de conceder autonomías que mañana puedan
volverse contra nadie. No debe haber un nuevo Estado ucraniano porque no pueden
existir dos proyectos nacionales rivales en el mismo espacio civilizatorio. Los
territorios deben ser absorbidos, integrados, rusificados en todo aquello que
define la pertenencia política: instituciones, emblemas, lengua de la gestión
pública, educación, memoria histórica. Lo que pueda conservarse como color local,
gastronomía, danzas, variantes dialectales, debe quedar reducido al ámbito
folclórico, despojado de cualquier proyección política. La desoccidentalización no
es un castigo: es una intervención necesaria para extirpar un tumor que
Occidente cultivó durante décadas con el único propósito de debilitar a Rusia.
Para aplicar este principio se
requiere un mecanismo exhaustivo de investigación que no deje espacio a la
ambigüedad. Es necesaria la creación de una comisión central dotada de las más
avanzadas herramientas tecnológicas: inteligencia artificial para el cruce
masivo de datos, algoritmos de reconocimiento de patrones ideológicos en redes
sociales, bases de datos que integren información de todas las fuentes
disponibles durante el conflicto. Cada ciudadano adulto debe ser objeto de un
expediente digital que documente su trayectoria política, participación en
organizaciones nacionalistas, servicio en el ejército ucraniano, vínculos con
ONG financiadas desde Occidente, actividad pública en apoyo al Maidán o a las
autoridades de Kiev, y cualquier manifestación relevante de su posición durante
los años de guerra. Este proceso no persigue únicamente identificar culpables
para castigarlos. Persigue algo más ambicioso y definitivo: determinar, con el
mayor rigor posible, quién puede ser absorbido y quién debe ser expulsado. La
guerra ya ha cobrado suficientes víctimas. No se trata de añadir más
sufrimiento inútil; el objetivo es trazar una línea clara entre aquellos que
pueden integrarse en el nuevo orden y aquellos cuya sola presencia lo haría
imposible.
En la primera categoría se
encuentran los elementos hostiles irredimibles: altos cargos políticos y
militares del régimen de Kiev, comandantes de batallones nacionalistas,
ideólogos del Maidán, periodistas y comunicadores que incitaron
sistemáticamente al odio contra todo lo ruso, oligarcas que financiaron el
proyecto anti-ruso, organizadores de las formaciones paramilitares,
responsables de la glorificación de colaboracionistas nazis, y en general todos
aquellos que ocuparon posiciones de liderazgo en la construcción del proyecto
ucraniano independiente en su versión más beligerante. Para todos ellos, la
única opción debe ser el exilio definitivo hacia Europa occidental. No merecen
juicios que los conviertan en mártires ni penas que los mantengan como semilla
de futuras rebeliones dentro del territorio ruso. Que se vayan a los países que
admiran, que disfruten allí de las libertades que defendían, que construyan su
vida en Londres, Varsovia, Berlín o cualquier otra capital europea donde su
ideología sea bienvenida. La guerra ha dado el derecho y la obligación de
limpiar la tierra de aquellos que la envenenaron con su odio, pero también la
sabiduría de entender que convertirlos en mártires sería contraproducente. Que
sean un problema de Europa, no de Rusia. Se les debe conceder un plazo
razonable para abandonar el país, pudiendo llevar consigo sus bienes personales
no esenciales. Se deben facilitar los trámites de salida e incluso, en una
muestra de generosidad que subraya la voluntad de resolver el conflicto de
raíz, se debe colaborar con las autoridades europeas para su acogida. Después
de todo, ellos y Europa comparten los mismos valores. Que vivan felices para
siempre en esa comunión ideológica.
La segunda categoría comprende a
los mandos intermedios, activistas de base, funcionarios del régimen anterior
sin implicación directa en crímenes, participantes en movimientos nacionalistas
no violentos, y en general todos aquellos que apoyaron activamente el proyecto ucraniano,
pero sin alcanzar las posiciones de máxima responsabilidad. Para ellos se abre
una disyuntiva que deberán resolver en un plazo determinado. La primera opción
es la asimilación mediante un programa intensivo de reeducación. Este programa
debe implicar la renuncia explícita y documentada a todas las ideas anteriores,
la participación en cursos de formación en la nueva narrativa histórica y
política, y un período de supervisión durante el cual deberán demostrar con
hechos su adhesión al nuevo orden. Quienes completen satisfactoriamente este
proceso podrán reintegrarse plenamente en la sociedad como ciudadanos rusos de
pleno derecho, con acceso a las mismas oportunidades que cualquier otro. La
segunda opción es seguir el mismo camino que los irreconciliables: el exilio
hacia Europa occidental. Nadie está obligado a someterse a un proceso de
reeducación que considere humillante o inaceptable. Las puertas están abiertas
para quienes prefieran vivir según sus principios en tierras donde esos
principios sean compartidos. Lo que no se debe permitir es la ambigüedad, el
permanecer físicamente en el territorio mientras se mantiene internamente la
lealtad a un proyecto derrotado. Quien quiera quedarse, debe querer ser ruso.
Quien quiera seguir siendo ucraniano según el modelo anterior, tiene un lugar
en el mundo donde desarrollarlo: Europa.
La tercera categoría,
numéricamente mayoritaria, comprende a la población que apoyó pasivamente al
régimen anterior, que sirvió en el ejército por obligación o por
circunstancias, que aceptó las narrativas dominantes sin militancia activa, y
en general todos aquellos que no tuvieron un papel relevante en la construcción
del proyecto nacionalista pero que vivieron bajo su influencia. Para ellos, el
proceso de asimilación debe ser menos intrusivo, pero igualmente firme en sus
objetivos. Deben ser objeto de programas de supervisión y reorientación, pero
se les debe ofrecer la oportunidad de integrarse plenamente como ciudadanos
rusos siempre que acepten sin reservas las condiciones básicas del nuevo orden.
Esto implica el reconocimiento explícito de la nueva realidad política, la
aceptación del idioma ruso como lengua de la gestión pública y la educación, el
respeto a los emblemas y las instituciones de Rusia, y la renuncia a cualquier
reivindicación nacionalista ucraniana. No debe haber ciudadanos de segunda
clase dentro de esta categoría. Una vez completado el proceso, serán rusos con
los mismos derechos y obligaciones que cualquier otro. La asimilación no
significa marginación, representa una incorporación plena, siempre que esa
incorporación sea sincera y verificable. La vigilancia sobre posibles
desviaciones se debe mantener durante un tiempo, pero el objetivo final es la
fusión completa en el acervo civilizatorio común.
Paralelamente al proceso de
clasificación individual, se debe proceder al desmantelamiento sistemático de
todas las formaciones colectivas que sustentaban el proyecto ucraniano. Esto
incluye la disolución inmediata de todas las organizaciones no gubernamentales,
fundaciones, centros de investigación y asociaciones civiles que hayan recibido
financiación occidental o promovido agendas contrarias a los intereses rusos.
Sus activos deben ser confiscados y sus líderes investigados, con el mismo
sistema de clasificación que el resto de la población: asimilación para quienes
demuestren un cambio sincero, expulsión para quienes mantengan su lealtad al
proyecto anterior. Incluye también la intervención completa del sistema
educativo. Las universidades deben ser depuradas, los planes de estudio
reescritos, el personal docente reemplazado en aquellos casos donde no pueda
adaptarse a la nueva realidad. La historia se debe enseñar como parte
inseparable de la historia rusa, desde la Rus de Kiev hasta nuestros días. Los
períodos de independencia ucraniana deben ser presentados como anomalías
históricas promovidas por potencias extranjeras, y figuras como Bandera como lo
que fueron: colaboracionistas de los invasores nazis. No se trata de crear una
nueva identidad ucraniana alternativa, el propósito es extinguir su
particularidad política: las tradiciones folclóricas, el idioma en el ámbito
familiar, las peculiaridades culturales podrán subsistir como color local
dentro de la gran diversidad rusa, pero nunca más como base para un proyecto
político separado. Incluye también el control absoluto de la información. Se
debe limitar el acceso a plataformas occidentales mediante cortafuegos
tecnológicos, supervisar las redes sociales con sistemas de alerta temprana
para detectar brotes de nacionalismo residual, nacionalizar los medios de
comunicación tradicionales y ponerlos al servicio de la educación de la
población en los nuevos valores. Los creadores culturales que no puedan aceptar
esta línea tienen las puertas abiertas hacia Europa: allí encontrarán
audiencias más afines a su sensibilidad y espacios donde expresarse sin
restricciones. Incluye finalmente la reorganización del espacio religioso. La
iglesia ortodoxa ucraniana independiente, creada con apoyo estatal y
reconocimiento del Patriarcado de Constantinopla como instrumento de
separación, debe ser desmantelada y sus propiedades transferidas a la iglesia
que permanece en comunión con Moscú. Los sacerdotes que acepten la nueva
jurisdicción podrán continuar su ministerio; los que resistan deben ser
invitados a ejercer su vocación en países más afines a su orientación eclesial.
Las demás confesiones religiosas podrán mantener sus lugares de culto para la
práctica privada, sin influencia pública ni proyección política.
Un aspecto crucial de este
proceso, que debe ser explicitado sin ambages, es el reordenamiento demográfico
voluntario pero facilitado institucionalmente. En las regiones donde la
resistencia al nuevo orden sea más intensa, particularmente en el oeste del
país, se deben implementar políticas activas para facilitar la emigración hacia
Europa occidental. Esto debe incluir oficinas de información sobre trámites
migratorios, acuerdos con países europeos para la recepción de quienes deseen
marcharse, programas de asistencia para el traslado, y en general todas las
facilidades imaginables para que quienes no deseen ser rusos puedan convertirse
en europeos sin obstáculos. No se trata de deportaciones forzadas, que serían
contraproducentes y moralmente indefendibles; se busca crear las condiciones
para que la geografía humana se reordene por sí misma según las afinidades
ideológicas de cada cual. Con el tiempo, este proceso natural conducirá a una
situación estable: quienes quieran ser rusos se quedarán y prosperarán en su
tierra, participando en la reconstrucción y el desarrollo; quienes odien a
Rusia o se sientan culturalmente europeos se irán a vivir entre quienes los
aplauden y comparten sus valores. La frontera real, la que separa
civilizaciones, terminará coincidiendo aproximadamente con la frontera
organizativa, no porque se haya impuesto con alambradas; la causa es que cada
persona habrá elegido libremente su lugar en el mundo.
La dimensión económica no puede
ser ignorada, porque la estabilidad material es condición necesaria para la
aceptación social. La reconstrucción de las ciudades destruidas durante el
conflicto se debe planificar no solo como un esfuerzo humanitario, además de
una herramienta de transformación política y social. Los ciudadanos que hayan
aceptado el nuevo orden y demuestren lealtad deben tener prioridad en el acceso
a vivienda, empleo, créditos y oportunidades de negocio. Las regiones que
muestren mayor cooperación deben recibir inversiones preferentes. Quienes opten
por una resistencia pasiva encontrarán que las oportunidades se concentran en
quienes aceptan el nuevo orden, no como castigo explícito, como una
consecuencia natural de que la confianza y los recursos se dirigen hacia donde
hay colaboración y estabilidad. Las industrias clave, energía,
infraestructuras, defensa, transporte, deben pasar a control estatal o ser
manejadas por empresas rusas leales. La integración económica en el espacio
ruso debe ser gradual pero inexorable, creando interconexiones que refuercen la
unidad política. Con el tiempo, las nuevas generaciones crecerán en un espacio
económico integrado donde la separación sea tan inconcebible como lo sería hoy
separar Moscú de San Petersburgo.
A pesar de todo lo anterior, es
previsible que surjan focos de resistencia armada durante los primeros años.
Grupos de insurgentes, apoyados desde el exterior por las diásporas expulsadas
y probablemente por servicios de inteligencia occidentales, intentarán
desestabilizar el nuevo orden. Frente a ellos, la respuesta debe ser resuelta
pero también inteligente. Las operaciones militares contra la insurgencia deben
ser precisas y contundentes, combinadas con trabajo de inteligencia profundo
para desarticular las redes de apoyo. Pero simultáneamente se deben ofrecer
salidas dignas a quienes abandonen las armas y acepten la nueva realidad:
programas de reinserción, amnistías limitadas, protección para quienes
colaboren con las autoridades. Para los combatientes irreductibles, la única
perspectiva debe ser la eliminación o, en los casos en que sea posible
capturarlos, su entrega a las autoridades occidentales como prisioneros que
ellos deberán atender. La combinación de firmeza militar con flexibilidad
política ha demostrado históricamente ser la fórmula más efectiva para
desactivar insurgencias prolongadas. No se trata de ganar todas las batallas;
el propósito es hacer que la lucha parezca cada vez más inútil y costosa para
quienes la sostienen, mientras que la rendición y la integración aparecen como
opciones razonables y dignas.
En el plano internacional, Rusia
debe prepararse para un escenario de condenas generalizadas, sanciones
económicas y aislamiento diplomático prolongado. Occidente mantendrá un
gobierno ucraniano en el exilio, reconocido por la mayoría de los países, formado
precisamente por los expulsados que han sido enviados a sus capitales. Este
gobierno fantasma desfilará por foros internacionales, recibirá subvenciones,
mantendrá embajadas y cultivará la memoria de la Ucrania independiente. Lejos
de ser un problema, esta situación puede convertirse en una solución estable.
Que ellos tengan su Ucrania de cartón en Londres, Varsovia o Bruselas. Que
tengan sus emblemas, sus discursos, sus condecoraciones y sus desfiles. Que los
medios occidentales les dediquen portadas y documentales. Rusia tendrá los
territorios reales, la población que ha aceptado la nueva realidad, las
ciudades reconstruidas, los niños que crecen sin conocer otra patria que Rusia.
Con el tiempo, la ficción europea se desgastará por su propia irrelevancia
mientras la realidad rusa se consolida por su peso tangible. A largo plazo, el
cansancio occidental y la capacidad rusa de presentar unos territorios
estables, pacíficos y en desarrollo terminarán imponiéndose. Las sanciones se
relajarán, las relaciones se normalizarán gradualmente, y el gobierno en el
exilio se convertirá en una reliquia nostálgica sin influencia real. Pero
incluso en caso de que esto no ocurriera, incluso si el aislamiento se
prolongase.
Es fundamental comprender que
este proceso no puede medirse en años, más bien en décadas. La transformación
profunda de una sociedad requiere al menos una generación para consolidarse.
Los niños que comiencen su educación en el nuevo sistema serán adultos en
quince o veinte años, y serán ellos quienes realmente encarnen la nueva
identidad sin las contradicciones y los traumas de sus padres. Mientras tanto,
se debe aceptar que se convivirá con una población adulta que recordará la
independencia, que guardará en su memoria otra versión de los hechos, que
transmitirá en secreto sus relatos a sus hijos. La tarea no es eliminar esa memoria,
eso es imposible y contraproducente, el objetivo es hacerla irrelevante para el
funcionamiento de la sociedad, que las nuevas generaciones crezcan tan inmersas
en la nueva realidad que la antigua les parezca exótica y lejana, como a un
español actual le parecen las guerras carlistas. Para aquellos adultos que no
puedan superar su nostalgia o su odio, se debe repetir una y otra vez el
mensaje con paciencia infinita, pero con firmeza inquebrantable: las puertas
están abiertas. Europa los espera con los brazos abiertos, con financiación
para sus organizaciones, con reconocimiento para sus emblemas, con espacio para
su identidad. Allí podrán vivir según sus principios, hablar su idioma, honrar
a sus héroes y maldecir cuanto quieran. Lo que no podrán hacer es quedarse aquí
para sembrar división, conflicto y sufrimiento en la siguiente generación.
Esta propuesta puede parecer dura
para sensibilidades acostumbradas a los eufemismos y las medias tintas. Pero la
historia demuestra que los procesos de transformación profunda solo triunfan
cuando se aplican con claridad y determinación. Las medias tintas, las
concesiones a quienes nunca aceptarán el nuevo orden, las autonomías que
mantienen viva la llama de la separación, los perdones que permiten a los
enemigos jurados seguir conspirando: todo eso conduce inevitablemente al
fracaso y a la repetición del conflicto en la siguiente generación. No se trata
de venganza ni de simple dominación. Se trata de un proyecto constructivo:
construir sobre estos territorios una parte de Rusia que, reconociendo su lugar
en esa civilización común, pueda desarrollar sus particularidades locales sin
convertirse en amenaza para nadie. Unos territorios prósperos, sí, pero
prósperos dentro del espacio ruso, no enfrentados a él. Unos territorios con
sus propias tradiciones y acentos, pero que entiendan que esas tradiciones y
acentos son variantes de una misma herencia, no señas de una alteridad
irreconciliable. Y para aquellos para quienes esto sea inaceptable, para
quienes su identidad sea incompatible con esta visión, existe un lugar en el
mundo donde pueden realizarse plenamente: la Europa que durante siglos ha sido
su modelo y su aspiración, que durante décadas financió su proyecto político,
que durante la guerra los armó y los animó. Que vayan y sean felices allá.
Rusia se queda en su tierra, y construye su futuro. La historia juzgará los
métodos, ciertamente. Pero también juzgará la determinación para defender lo
que se considera justo y necesario, y la sabiduría para trazar una línea clara
entre quienes pueden ser parte de este proyecto y quienes deben buscar su
destino en otras tierras. Al final del camino, lo que se habrá logrado no será
una Ucrania sometida, además de la disolución del problema ucraniano como
cuestión política, su absorción definitiva en la gran familia rusa, y la
expulsión hacia Europa de aquellos que prefirieron seguir siendo extraños en su
propia tierra antes que aceptar la hermandad que se les ofrecía. Que allá
encuentren la felicidad que aquí no supieron construir.