Como siempre en Honduras, las
modas llegan tarde, mal y copiadas. Lo que en otros lugares ya empieza a
agotarse aquí apenas se presenta como novedad. Pasó con el progresismo
importado, con la estética woke y ahora ocurre lo mismo con su supuesto
antagonista. Cuando en el Norte global el ciclo ya muestra signos de desgaste,
en Honduras aparece, como eco retardado, una derecha que de pronto se descubre
a sí misma conservadora. No es un conservadurismo hondureño, ni
centroamericano, ni siquiera latinoamericano; es, más bien, un conservadurismo
anglosajón, empaquetado, con sello made in USA, listo para el consumo político
local. Una derecha hondureña sionista, o, mejor dicho, una derecha hondureña
que se sube disciplinadamente al carro ideológico que viene del exterior, como
tantas otras veces en nuestra historia.
Después de elecciones dudosas,
como casi todo en este país, se empieza a gestar un giro discursivo que
pretende vender moralidad, orden y valores. Ahora resulta que la prioridad
nacional es la lectura de la Biblia en las escuelas, obligatoria, pseudo obligatoria
o cuasi obligatoria, con matices para no decirlo de frente. La pregunta no es
si la Biblia tiene valor espiritual o cultural, la pregunta es por qué ahora.
¿Por qué en 2026 a la élite hondureña le preocupa súbitamente que el pueblo lea
la Biblia? ¿Qué clase de conversión milagrosa ocurrió en una clase dirigente
que durante décadas ha sido ejemplo de corrupción, cinismo y decadencia moral?
Una élite gerontocrática, enquistada en el poder desde hace generaciones, que
jamás ha vivido como predica y que ahora pretende erigirse en guía moral de una
sociedad agotada.
Mientras tanto, los problemas
reales siguen intactos. La pobreza de base, la violencia cotidiana, la
migración forzada, la desaparición de niños, con Honduras encabezando
estadísticas infames en Centroamérica, quedan relegados. No, eso no es urgente.
Lo urgente es importar la ideología MAGA, porque el Partido Republicano
estadounidense, hoy convertido en un partido abiertamente ultracristiano,
necesita exportar su narrativa. Y Honduras, como tantas veces, obedece. No es
una coincidencia: es una importación ideológica. Conservadurismo anglo
disfrazado de valores universales, presentado como salvación moral para un país
que nunca fue escuchado cuando pidió justicia social, dignidad o soberanía.
Esta derecha no descubrió a
Cristo ayer. Siempre convivió con símbolos religiosos, pero ahora la religión
se convierte en marca política, en herramienta de legitimación. Antes se
dejaban embelesar por el liberalismo anglosajón en su versión económica; hoy
adoptan su versión moralizante. Al final del día, no hay ruptura real: todos
siguen siendo globalistas, solo que con otra máscara. El conservadurismo
estadounidense aparece, así como una nueva forma de colonialismo cultural, una
sustitución de símbolos que no toca la configuración de poder ni cuestiona la
subordinación.
Es cierto que entre los jóvenes
se percibe un cansancio con el vacío liberal, con el nihilismo posmoderno y el
consumismo sin sentido. Ese giro hacia valores, identidad y raíces no es en sí
negativo; puede ser una reacción sana frente a la disolución total. Pero el
peligro está en confundir tradición con mercancía ideológica importada. Un
conservadurismo diseñado en estudios de televisión, repetido por influencers
políticos y empaquetado para exportación no libera a nadie. No es tradición, es
una pantomima más, fabricada para mantener la hegemonía bajo otro discurso.
Y aquí hay un silencio revelador.
En Honduras nunca se habla del conservadurismo africano. La gente que se
autodenomina de derecha, conservadora y cristiana jamás menciona cómo viven y
practican el cristianismo millones de personas en África, con comunidades
profundamente religiosas, orgánicas, muchas veces comunitarias, alejadas del
individualismo occidental. No se habla del conservadurismo asiático, ni de cómo
se articulan valores, jerarquías y espiritualidad en sociedades que no pasaron
por la misma historia liberal europea.
Tampoco se menciona el
conservadurismo de los países de oriente medio, como si esos pueblos
simplemente no existieran o fueran irrelevantes para pensar alternativas
civilizatorias. Del otro lado ocurre lo mismo: la izquierda hondureña o el
progresismo criollo nunca habla de cómo funcionan las izquierdas en la India,
en el sudeste asiático o en África; no se pregunta cómo piensan, cómo
filosofan, cómo abordan los problemas materiales desde el Sur Global, con
realidades completamente distintas a las de Europa o Estados Unidos. Nada de
nada. Ambas orillas políticas copian modelos ajenos: o el liberalismo
progresista europeo-anglosajón calcado del Partido Demócrata, o el
conservadurismo anglosionista calcado del Partido Republicano y sus apendices
en israel. El resultado es el mismo: una élite y una intelectualidad atrapadas
en una retórica importada que no conduce a ninguna parte, girando en círculos
dentro de la misma hegemonía unipolar estadounidense.
La multipolaridad que se
configura hoy no es un simple reordenamiento de potencias; más bien, constituye
una condición necesaria para comprender cómo funcionan sociedades que nunca
encajaron del todo en el molde occidental. Fuera del eje atlántico, la política,
la cultura y lo sagrado no operan como mercancías ideológicas exportables; son,
en cambio, expresiones históricas propias. En ese marco, la verdadera
multipolaridad no necesita conservadurismo de Fox News ni catecismos políticos
reciclados. Precisa de pueblos que regeneren sus propias formas, que miren su
herencia sin intermediarios, libres tanto del progresismo globalista como del
conservadurismo neoliberal. Un conservadurismo auténtico no está ligado al
mercado ni a la geopolítica de Washington; su vínculo es con lo sagrado
entendido desde la propia historia. Y, aun así, la tradición no puede ser un
museo muerto. En un sistema contaminado por el liberalismo, también hace falta
ruptura, disidencia, una fuerza capaz de destruir lo falso para que emerja lo
auténtico.
La juventud hondureña debe
entender que repetir consignas importadas no es tener identidad. Disfrazar de
patriotismo fórmulas ajenas es solo otra forma de subordinación cultural. De no
forjarse una voz propia, lo que surgirá será una imitación burda: una
internacional conservadora que, lejos de oponerse al globalismo, lo reproduce
con otros colores. No habría diferencia real entre banderas supuestamente
opuestas si ambas responden al mismo razonamiento anglo-occidental.
Todo depende de la raíz. Si el
conservadurismo que se adopta es el estadounidense, la colonización continúa.
Si, por el contrario, surge de la historia, los mitos, la memoria y la
espiritualidad propias, entonces puede convertirse en una fuerza de resistencia
real, compatible con un mundo multipolar y verdaderamente plural. Solo así la
defensa de la tradición deja de ser una pose y se transforma en una causa lo
suficientemente limpia como para dedicarle una vida entera.