Aprovecho este artículo para
evocar la figura de uno de los más preclaros pensadores que he conocido; y no
solo eso, sino que, además, se trata de una persona ejemplar en todo y para
todo, cuyas obras, precisamente por su hondura y atinada perspectiva, nos
alumbran en los tiempos que nos ha tocado vivir. A diferencia de otros
intelectuales, cuya obra pierde vigencia estando aún vivos, la de Jünger,
paradójicamente, fue ganando solidez y relevancia después de su longeva y feliz
vida, como si el poso del tiempo actuara a su favor.
Para quien no lo conozca, vamos a
presentarlo ahora, a fin de que, cuando acabe este artículo, juzgue por sí
mismo si merece la pena tenerlo como referente. Por mi parte, y para que no
quepa ambigüedad, está claro: si de todo el pensamiento alemán del siglo pasado
hubiese que rescatar un autor, y solo uno, sin duda sería él, porque encarna
una coherencia intelectual difícilmente igualable.
Ernst Jünger fue, en
consecuencia, uno de los hombres definitivos del siglo XX.
Orígenes
Aunque nació en Heidelberg, en el
seno de una familia bienestante y agnóstica, y pese a que esta ciudad sea
universitaria, nunca le llegó a atraer la vida académica, ni falta que le hizo,
ya que desde muy joven mostraba un afán explorador que lo impulsaba a salirse
de lo establecido. Cuando contaba con 16 años, se unió a una comunidad de
poetas transhumantes, los Wandervögel (Aves migratorias), y, al cumplir los 18,
se alistó en la Legión Extranjera, de donde solo los contactos de su padre en
el Ministerio de Exteriores alemán lo pudieron sacar, debido a que entonces era
menor de edad según la ley germana. De esos años formativos conservará dos
aficiones para toda la vida, hasta convertirlas en sus profesiones: los bichos
y las letras o, si se prefiere un término más culto, la entomología y la
literatura, pues ambas disciplinas requerían la misma paciencia observadora.
Cuando llegó a los 19 años, se
produjo el principio de lo que llegaría a ser Jünger, porque fue entonces
cuando estalló la Gran Guerra. La tragedia de Europa se convirtió así en la
forja en la que aquel trozo de metal humano tomó forma, ya que recibió los
martillazos de herrero del mundo antiguo que moría en 1914, al tiempo que se
enfrentaba a la precisión milimétrica, exacta y científica, de la Civilización
Industrial que estaba presentándose en sociedad.
In Stahlgewittern – Soldado
El estudiante díscolo se
convirtió en voluntario en la 19ª división hanoveriana, la cual era llamada los
Gibraltares debido a su papel en uno de los asedios del Peñón durante el siglo
XVIII, cuando los reyes de Inglaterra eran de la Casa de Hanóver. Cumpliendo la
máxima napoleónica de que todo soldado lleva en el petate el bastón de
mariscal, decidió presentarse a la escuela de oficiales, de donde salió como
alférez en 1915; aunque no llegó a mariscal sino a teniente, se especializó en
el reconocimiento y en la patrulla. Todas estas experiencias, y muchas más, las
plasmó en su libro Tempestades de Acero –o, en el original alemán, el título de
este epígrafe–, de modo que quien quiera entender la I Guerra Mundial, al menos
en el Frente Occidental, debe leerlo, porque Jünger, en la presencia de la
muerte, se siente más vivo que nunca, según afirmaba paradójicamente: “Lo que
no me mata me hace más fuerte, pero lo que me puede matar me hace
increíblemente fuerte”.
Ernst también vería cómo lo que
empezaba siendo una guerra de caballeros, es decir, una cuestión entre hombres
de honor, se convertía en algo muy distinto con el paso de los años, puesto
que, si al principio un piloto derribaba un globo espía permitiendo a su
ocupante saltar en paracaídas, al final de la misma ese mismo piloto
ametrallaba al vigía en su camino hacia el suelo, debido a que demasiadas cosas
habían pasado en esos años, demasiadas tormentas de acero, demasiadas noches
durmiendo entre cadáveres, demasiadas heridas de guerra y demasiadas trincheras
enemigas asaltadas.
En 1918, mientras disfrutaba de
un permiso para recuperarse de su última herida en casa, llegó por correo un
paquete con algo muy especial: Ernst Jünger recibía así el Pour le Merite, de
forma anónima y sin ceremonias, que era la mayor condecoración alemana de todos
los tiempos, una de esas que, como las Laureadas de San Fernando o las Cruces
Victoria, suelen acabar más en los pechos de los muertos que de los vivos. Fue
de los últimos en recibirla antes de la caída del II Reich y el más joven en
haberlo hecho, con apenas 23 años, siendo de los pocos por debajo del rango de
capitán; y cuando murió, con más de 100 años en 1998, resultó ser el último
hombre vivo con una de ellas.
Cuando acaba la guerra, Jünger ya
ha sido herido en combate varias veces, ha comenzado a escribir Tempestades de
Acero y recopila especímenes de coleópteros de la zona en la que está
destinado, porque el cataclismo le permitió trascender su anterior existencia
con gestas de valentía sobrehumana, en las que vislumbró la existencia de un
plano superior y mejor de la existencia.
Weimar – Trabajador
La época de entreguerras en
Alemania fue convulsa, como sucedía en la mayor parte del mundo, ya que la
experiencia transformadora del frente había destruido a muchos hombres,
mientras que a otros los había forjado como en un yunque. Es la época de las luchas
entre espartaquistas –comunistas– y Freikorps, de los golpes de Estado y los
asesinatos políticos, de modo que alrededor de Jünger y otras figuras como Von
Salomon o Carl Schmitt se articula la Revolución Conservadora, en la que
también influiría Spengler. No se trataba de volver a la débil y caduca
monarquía prusiana, sino de afirmar los valores inmutables y eternos: Vida,
Patria, Familia, pues era un socialismo de soldados, y el mentado Spengler lo
denomina “socialismo prusiano”, creyendo que sería la última creación fecunda
del moribundo Occidente.
Jünger, en esa época, desea
incorporar la experiencia del frente de modo constructivo a la vida civil,
mediante el arquetipo del Trabajador: el laburante que realiza la poiesis, el
acto creativo sea cual sea su campo. La potencia de la máquina y de la mente,
canalizadas en un tipo humano disciplinado y capaz, no solo reconstruiría un
mundo devastado, sino que lo mejoraría, porque, en vez de dejarse explotar como
el soldado de la guerra técnica o las masas proletarias del socialismo
izquierdista, el Trabajador debe hacerse técnica y trascender su personalidad,
en un modo similar al que hoy predica Nick Land, aunque referido no a la
civilización industrial sino a la informática.
Es una figura controvertida, sin
duda, ya que los comunistas y liberales varios lo acusarán de protonazi,
asqueados por su desprecio del ser humano parasitario del que tan a menudo son
muestras; en cuanto a los nazis de verdad, los de Hitler, lo acusarían de
anarcomarxista (¡?), debido a su rechazo de jerarquías caducas o artificiales
como las impuestas por el nuevo régimen. En una Alemania llena de gente que
saludaba brazo en alto, Jünger fue como August Landmesser, de manera que,
cuando Goebbels le propuso un acta de diputado, Jünger la rechazó porque
prefería escribir un buen verso a representar a 60.000 imbéciles. La verborrea
sobre la “raza aria” o la sangre no le interesan, puesto que Jünger era un
aristócrata del espíritu, y cualquier cosa que le sonara a burguesía racial
pancista no iba con él.
Solo el prestigio de su hoja de
servicios y su monumental obra Tempestades de acero impidieron que lo mataran
una vez Hitler llegó al poder, con quien Jünger no colaboró, viviendo en un
semiexilio interior, aunque llegaría a publicar el profético Sobre los
acantilados de mármol.
Otra vez la Guerra – Emboscado
Cuando estalla la II Guerra
Mundial, Jünger se reengancha en la Wehrmacht, donde sigue siendo un oficial
eficaz e intachable allá donde sirve, ya sea en el Frente Oriental o en
Francia. En París retoma el contacto con Carl Schmitt, aunque ya empieza a recibir
el desprecio de Sartre; Jünger, por su parte, no repara en su presencia, porque
considera que Sartre es otro progresor universitario que besa el culo de las
autoridades de ocupación mientras estupra alumnas, aunque sí repararía en
Picasso o Cocteau, siempre asistían a las tertulias intelectuales que
organizaban los oficiales menos ideologizados de la Wehrmacht.
Sartre dijo que no le odiaba por
ser alemán, sino por ser aristócrata, pero, como en todas las ocasiones en que
Sartre tenía razón en algo, era sin quererlo, porque Jünger no nació en una
familia aristocrática ni tuvo nunca un título nobiliario; su aristocracia, como
explicó Dominique Venner, era la de verdad, la de ser un hombre mejor que los
demás, la de atravesar un siglo oscuro lleno de peligros sin una sola mancha.
Es normal que Sartre, que era el opuesto de Jünger, odiara lo que le superaba.
Comienza a circular la idea de
acabar con Hitler para terminar la guerra y poner al mariscal Rommel como nuevo
Jefe de Estado para negociar una paz con los aliados. La Paz es justo el único
libro que escribe, además de sus diarios, durante la guerra, y en esos diarios
plasma con inigualable ternura su pesar por la muerte de su hijo Ernstel
(Ernestito), de un disparo por la espalda en Carrara sí, la del mármol, donde
estaba sirviendo como miembro de un batallón penal del ejército alemán por su
desapego frente al régimen. Su verdadero crimen era apellidarse Jünger; la
excusa, seguramente, el no prestarse a cualquiera de los crímenes sobre la
población civil que cometían a menudo muchas tropas alemanas, porque Ernstel,
como su padre, era un caballero y además apreciaba la cultura y el pueblo
italianos, aunque siempre quedará la duda de saber de qué lado vino el disparo
mortal.
El complot del 20 de julio de
1944, como es sabido, fracasa y los conspiradores son ejecutados. Sin embargo,
como el régimen nunca pudo probar que Jünger formase parte del complot, al
llegar el final de la guerra seguía vivo. Las autoridades de ocupación trataron
de someterlo al proceso de desnazificación, al que se negó, porque es lógico
que no se pueda desnazificar a quien nunca fue nazi. Se niega a rellenar el
cuestionario, aunque compañeros suyos de la Revolución Conservadora como von
Salomon sí lo hicieron, y también notorios nazis como Reinhard Gehlen, al que
las mismas tropas de ocupación luego harían jefe de los servicios secretos
alemanes, germen del actual Bundesnachrichtendienst.
Jünger encuentra así la
oportunidad de seguir pensando y escribiendo, de modo que en 1951 se edita La
emboscadura, libro que resulta de suma utilidad como verdadero oráculo para el
disidente. Texto filosófico y profundo, exalta el papel del individuo libre
frente a la masa de hombres-bicho y el totalitarismo, sobre todo el
democrático, puesto que el emboscado se “va al bosque”, se echa metafórica o
realmente al monte, donde es libre y ejerce su independencia para espanto y
terror del hombre-masa. Pero no es el último paso en la evolución de Jünger,
porque aún queda otro más.
La culminación de un pensamiento
– Anarca
La época de los años 50 y 60 es
controvertida, pues Jünger experimenta con las drogas y su experiencia es
positiva, aunque es consciente de que eso se debe a su propia naturaleza; a
diferencia de Huxley o Kesey, no las consideraba una vía espiritual sino un
sucedáneo a la verdadera experiencia mística, un Ersatz. Predijo que, en las
épocas ateístas, aumenta el consumo de drogas, y aventura un remedio: “Toda
toxicomanía lleva escondida una nostalgia: por tanto, puede curarse; con amor y
con grandes ideas, con aventuras, líderes espirituales y religión”. Exalta la
vida monástica y sobria en todos los sentidos, con lo que volvemos al tema del
espíritu y la religión, porque se acerca cada vez más a la Cruz, al tiempo que
estudia otras religiones como el islam o el budismo zen en Japón.
Para Jünger, Nietzsche erraba al
sentenciar la muerte de Dios, ya que eso se contradice con el Eterno Retorno;
Dios ha muerto en la Cruz, pero volvió, y si del mundo moderno se retira
también, arrastrando consigo a todos los tipos humanos superiores para Jünger
los creadores de religiones son el tipo más excelso de humano que existe,
tampoco le cabe duda de que, como el Rey del que habla Arturo en la escena
final de Excalibur, un día volverá, y la Espada se alzará de nuevo.
Retoma algunas de las
preocupaciones del Trabajador, pero se opone al maquinismo y al transhumanismo
en obras como Las abejas de cristal, porque su preocupación fue siempre por el
hombre individual, el ser único e irrepetible que hay en cada uno de nosotros.
En estos años Jünger escribe Eumeswil, una curiosa novela distópica en la que
perfila el arquetipo del Anarca, el individuo soberano; en un curioso guiño a
España, la sitúa como una ciudad-Estado en una zona del antiguo Protectorado
español de Marruecos o Sidi Ifni y poblada por europeos. El Anarca declara su
lealtad a personas y causas concretas, no a abstracciones, y reconoce la
necesidad de autoridad, aunque no cree en ella; por esto mismo no pierde nunca
su juicio crítico, ya que el Anarca es al anarquista lo que el Monarca es al
monárquico, en palabras del propio autor.
Si esto les recuerda a algo, en
efecto, es el sic vos non vobis de Virgilio: para ti, pero no tuyo; en el
mundo, pero no del mundo, como enseña la fe cristiana. Y, en efecto, en su
último año de vida Jünger recibe los Sacramentos, y muere como católico, mientras
tanto le dio tiempo de descubrir ese mundo en el que siempre participó, pero al
que nunca perteneció, y de acercarse a otros autores, entre ellos a Gómez
Dávila.
En su última casa fue enterrado,
ya que siempre fue contrario a la cremación, y prefirió, después de muerto, que
su cuerpo fertilizase la tierra. Salvando las distancias, me atrevo a decir
que, del mismo modo que su obra fecunda las mentes de quienes lo leen, fue un
día de febrero, en el que cayó la última nevada de ese año. Prefiero recordarlo
así, lo cual no impide evocarlo con una de las mejores canciones del repertorio
alemán;
Ich hatt’ einen Kameraden,
Einen bessern findst du nit.
Die Trommel schlug zum Streite,
Er ging an meiner Seite
Im gleichen Schritt und Tritt…
A su memoria, Herr Jünger
Gesundheit!