Cuando se habla de los grandes
bombardeos de la historia, los nombres que vienen a la mente son Hiroshima,
Nagasaki, Dresde, Hamburgo, Tokio. Todos ellos son, sin duda, episodios de una
crueldad difícil de narrar. Pero existe un ataque aéreo que supera a todos
ellos en intensidad, en porcentaje de población destruida, en aniquilación
metódica de un país entero, y sin embargo, es el gran olvidado de la memoria
histórica de Occidente. Ese bombardeo es el que Estados Unidos ejecutó sobre
Corea del Norte entre 1950 y 1953. No se habla de él, no se escribe sobre él,
no aparece en los documentales ni en los artículos de los grandes periódicos. Y
no aparece porque Corea del Norte no tiene el dominio de los medios, no tiene a
Hollywood contando su historia, no tiene grandes galardones ni cadenas de
televisión globales. El silencio sobre esta masacre es, por sí mismo, una
prueba de cómo funciona el poder en el mundo: quien castiga escribe la historia
y quien sufre desaparece del relato.
Hagamos el ejercicio de
situarnos. Corea del Norte en 1950 tenía una población de aproximadamente 9.7
millones de personas. Durante tres años, la aviación estadounidense arrojó
sobre ese pequeño país 635,000 toneladas de bombas. Solo para que tengamos una
comparación: durante toda la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos arrojó
503,000 toneladas en toda la zona del Pacífico. Corea del Norte, un país de
tamaño reducido, recibió más bombas que toda esa región durante una guerra
mundial. Además, se lanzaron 32,557 toneladas de napalm, ese horror en forma de
gel que se pega a la piel y arde hasta los huesos. El resultado fue desolador.
Entre 995,000 y 2 millones de civiles norcoreanos murieron. Esto representa
aproximadamente el 20% de la población total del país. Veinte de cada cien
norcoreanos perdieron la vida por las bombas estadounidenses. No hay
vocabulario para medir esto. Imaginemos que de cada cinco personas que
conocemos, una fue eliminada. Imaginemos que en cada familia norcoreana hay al
menos un muerto directo por este ataque. Es un nivel de exterminio demográfico
que solo encuentra parecido en lo que la Alemania nazi hizo sobre la Unión
Soviética. Solo así, solo comparándolo con la mayor invasión de exterminio,
podemos empezar a entender la magnitud de lo que ocurrió.
El General Curtis LeMay,
responsable de esta masacre, lo dijo con una honestidad cruda décadas después:
“Quemamos cada ciudad de Corea del Norte de una forma u otra... Durante un
período de tres años matamos, ¿qué?, el 20% de la población”. Lo dijo como quien
habla del clima. El Secretario de Estado Dean Rusk fue igual de claro: “Estados
Unidos bombardeó todo lo que se movía en Corea del Norte, cada pieza sobre
otra”. Y el corresponsal de guerra Tibor Meray reportó en 1951: “No quedan más
ciudades en Corea del Norte. Cada ciudad era una colección de chimeneas”. Las
cifras de destrucción por ciudad son aterradoras. Sinanju: 100% destruida.
Kunu-ri: 100%. Sariwon: 95%. Manp’ochin: 95%. Hoeryong: 90%. Namsi: 90%.
Pyongyang, la capital: 75% destruida. De las 22 ciudades principales del país,
18 quedaron al menos al 50% reducidas a escombros. No es que atacaron puntos
militares. Es que atacaron Corea del Norte entera. La convirtieron en un
páramo. En una superficie lunar donde antes había escuelas, hospitales, casas,
mercados, vidas.
Cuando los bombardeos cesaron,
los sobrevivientes salieron de donde pudieron. Y “donde pudieron” fueron las
cuevas, los túneles, los huecos en la tierra. El historiador Bruce Cumings, uno
de los pocos estudiosos de Occidente que ha documentado esto con seriedad,
describe a los sobrevivientes norcoreanos como “gente topo” que aprendió a amar
el refugio de cuevas, montañas, túneles y fuertes. No es una imagen literaria.
Es una descripción real de la supervivencia. Durante tres años, millones de
norcoreanos vivieron bajo tierra mientras arriba el fuego y el acero caían sin
pausa. Aprendieron que la superficie era muerte. Aprendieron que la única
manera de seguir vivos era estar abajo. Este no es un detalle menor. Este es el
dato que explica todo lo que vino después. Porque cuando uno vive tres años
bajo tierra, cuando uno ve cómo cada edificio de su país se convierte en humo,
cuando uno entierra a sus hijos, a sus padres, a sus vecinos, bajo los
escombros de lo que fue su hogar, algo se rompe para siempre en el alma
colectiva. Y ese algo no se arregla con generaciones. Ese algo se transmite con
el tiempo, se hereda y se convierte en la memoria de un pueblo.
La guerra de Corea mató
aproximadamente tres millones de personas en toda la península, el diez por
ciento de la población total. Pero los muertos son solo la parte visible del
horror. Los estudios sobre el daño profundo nos dicen que quienes experimentan
exposición prolongada a eventos como estos desarrollan enfermedades de largo
plazo: trastorno de estrés postraumático, ansiedad, depresión, irritabilidad y
falta de concentración. Y esto no es algo que desaparezca cuando se firma un
acuerdo. Esto es algo que se instala en el ser, en la mente, en la forma de
relacionarse con el mundo.
Y aquí hay algo esencial que
entender: el silencio sobre el trauma no es solo individual, es de carácter
político. Durante la guerra, los cargos estadounidenses afirmaban que “nunca
atacaron intencionalmente a civiles”, aunque las órdenes internas eran claras
en la destrucción total de ciudades. Después de la guerra, en Corea del Sur,
quienes se atrevían a hablar sobre la experiencia civil fueron señalados como
difamadores, como poco patriotas, como infiltrados. Muchos no pudieron
conseguir empleos en el sector público. Aprendieron que hablar del dolor tenía
un costo. Aprendieron a callar. ¿Qué hace una sociedad cuando se le impone el
silencio sobre su propio sufrimiento? El dolor no desaparece, se termina
quedando dentro. Se vuelve dañino. Se transmite de padres a hijos no como una
historia contada abiertamente; más bien como una tensión física, como una
desconfianza hacia el otro, como una certeza de que el mundo exterior es hostil
y quiere destruirte. Porque el mundo exterior, en este caso, literalmente quiso
destruirlos y casi lo logra.
Ahora podemos entender lo que
para muchos en Occidente es un enigma sin solución: ¿por qué Corea del Norte es
un país que se aísla? ¿Por qué ha decidido seguir su propio camino, su propio
socialismo, sin pedir aprobación a nadie? ¿Por qué no permite que los
visitantes caminen libremente por todo el territorio?
La respuesta es simple, dura y
coherente: porque la última vez que Corea del Norte confió en instituciones
como la ONU, se organizó una coalición militar de 24 países liderada por USA, se autorizo hacerle guerra y le atacó con fuerza, desatando una campaña de bombardeos de 635,000
toneladas.
El aislamiento norcoreano no es
una rareza, no es un capricho de un líder particular, no es una desviación del
camino que todos deberían seguir. El aislamiento norcoreano es la respuesta de
un pueblo que fue víctima de una de las mayores masacres en la historia de la
aviación. Es la respuesta de un pueblo que aprendió que confiar en las
potencias occidentales puede ser una sentencia de muerte. Es la respuesta de un
pueblo que sabe, porque lo vivió en carne propia, que no hay “humanidad” que
valga cuando los intereses del poder están en juego.
Y esto es algo que la izquierda
de Occidente, especialmente la que habla desde sus cómodas naciones, se niega a
entender. Porque les resulta más fácil llamar “dictadura” a Corea del Norte que
hacer el mínimo esfuerzo de comprender su historia. Les resulta más fácil
repetir los mensajes oficiales que enfrentar la verdad incómoda de que Estados
Unidos cometió un crimen de proporciones de exterminio en Corea del Norte. Les
resulta más fácil exigir que Corea del Norte se “abra al mundo” sin preguntarse
por qué alguien que vivió un infierno de fuego y acero no quiere volver a abrir
la puerta. El socialismo norcoreano no viene a agradarte a ti. No viene a
satisfacer tus niveles occidentales de lo que debería ser una sociedad. El
socialismo norcoreano es hijo de la guerra, hijo del bombardeo, hijo de la
necesidad de sobrevivir cuando el poder más destructivo de la historia decidió
que debían desaparecer. Y ese socialismo ha logrado algo que ninguna otra
nación bombardeada ha logrado: mantenerse en pie, mantener su soberanía,
mantener su identidad, a pesar de décadas de bloqueo, sanciones y hostilidad
continua.
Hay algo que casi nadie sabe
sobre Corea del Norte y que es clave para entender su conducta actual: existen
dos Coreas del Norte. Una es la que vemos en las fotografías, la de los
monumentos en Pyongyang, la de las granjas colectivas, la de los desfiles militares,
la de los grandes proyectos de construcción que Kim Jong-un inaugura. Esa Corea
del Norte es la fachada, la que muestra al mundo que siguen aquí, que no han
sido borrados del mapa. Pero existe otra Corea del Norte. La que está bajo
tierra. La que no se ve. La que se ha construido durante décadas en secreto, en
silencio, con una forma de pensar de prevención que solo un pueblo que ha sido
bombardeado hasta el exterminio puede entender. Porque hay un dato clave que
los medios nunca mencionan: la Guerra de Corea no terminó. No se firmó ningún
tratado de paz. Solo se firmó un cese al fuego. Eso significa que, en rigor,
Corea del Norte y Estados Unidos siguen en guerra desde 1950. Setenta y tantos
años después, siguen en guerra.
¿Qué hace un país que está
técnicamente en guerra con la potencia más armada del planeta, una potencia que
ya demostró que no tiene ningún problema en masacrar civiles por millones? Pues
se prepara. Y se prepara cavando. Cavando túneles, cavando fábricas, cavando
refugios, cavando hospitales, cavando todo lo que sea necesario para que, si
vuelven las bombas, la población no tenga que vivir en cuevas. Corea del Norte
ha construido cientos de instalaciones subterráneas, miles de búnkeres, ha
ubicado 13,000 piezas de artillería en montañas protegidas a lo largo de la
Zona Desmilitarizada. Esta Corea del Norte subterránea es la que no conocemos
porque no nos dejan conocerla. Y hacen bien en no dejarnos. Porque cada
visitante que se desvía del camino establecido es un riesgo, cada periodista
con una cámara es alguien que puede ver sus puntos débiles. Cuando has sido
víctima del bombardeo más destructivo de la historia, no le abres las puertas
de tu casa a cualquiera. No permites que extraños anden mirando tus defensas.
Eso no es ninguna paranoia. Eso es sentido común del sobreviviente.
La pregunta que muchos se hacen
es por qué Corea del Norte invirtió tantos recursos en desarrollar armas
nucleares. La respuesta es la misma: porque nunca más quieren estar indefensos.
Porque la lección que aprendieron entre 1950 y 1953 es que cuando no tienes con
qué defenderte, el imperio te destruye sin consecuencias. Nadie llevó a los
generales estadounidenses a La Haya por las 635,000 toneladas de bombas. Nadie
les pidió cuentas por el 20% de la población norcoreana eliminada. Nadie los
juzgó por los niños quemados con napalm, por las ciudades reducidas a cenizas,
por la gente viviendo en cuevas durante tres años. El imperio no paga por sus
crímenes. Entonces, si quien agrede no paga, ¿qué hace quien sufre? Se arma. Se
arma hasta los dientes para que la próxima vez que el imperio piense en
bombardearlos, sepa que el costo será demasiado alto. Las armas nucleares
norcoreanas son el seguro de vida de un pueblo que casi fue exterminado. No son
un capricho. No son una herramienta de agresión. Son la garantía de que lo
ocurrido entre 1950 y 1953 no volverá a ocurrir. Y esto es tan evidente que
duele tener que explicarlo. Cuando un país ha sido víctima de un bombardeo que
mató al 20% de su población, ¿qué derecho tiene cualquiera a decirle que no
puede desarrollar armas para defenderse? ¿Con qué autoridad moral Estados
Unidos, el autor de esa masacre, le exige a Corea del Norte que deje sus armas?
¿Con qué cara los países que miraron para otro lado mientras las bombas caían
ahora le reclaman a Pyongyang que sea “responsable”?
Hoy, con la llegada de Donald
Trump 2.0 y la escalada de guerra que Estados Unidos está desatando sobre el
mundo, la conducta de Corea del Norte se vuelve aún más comprensible. Cada
amenaza que sale de Washington, cada portaaviones que navega hacia el mar de
Japón, cada nueva sanción, cada ejercicio militar conjunto con Corea del Sur,
es para los norcoreanos la confirmación de que su análisis era correcto. El
anglo-imperio no ha cambiado. El imperialismo sigue siendo el mismo que
bombardeó cada parte de su país. Sigue queriendo su destrucción. Pero ahora hay
una diferencia. Ahora Corea del Norte tiene armas nucleares. Ahora tiene
sistemas de misiles que pueden llegar a territorio estadounidense. Ahora tiene
ciudades subterráneas donde refugiar a su población. Ahora, por primera vez
desde 1950, los norcoreanos pueden sentirse relativamente seguros. No porque
esta camarilla anglosajona se haya vuelto bondadosa; el motivo es que han
construido su propia defensa. Han logrado, con esfuerzos enormes y bajo un bloqueo
muy duro, lo que ningún otro país bombardeado ha logrado: ponerse en una
posición donde el costo de atacarlos supera cualquier beneficio. Y eso es
exactamente lo que siempre debió ser. Eso es exactamente lo que cualquier
pueblo con dignidad haría. No rendirse. No pedir perdón por existir. No aceptar
las condiciones de quien castiga. Construir, cavar, resistir, armarse,
sobrevivir.
Ahora, antes de que salten los de
siempre con la idea de que esto es “defender” a Corea del Norte, conviene dejar
algo claro desde el inicio: no se trata de simpatías ni de pedir aprobación a
nadie. Ese reflejo nervioso, tan propio de ciertos sectores de la izquierda
domesticada de Occidente y de grupos liberales rancios, ambos igual de
controlados, no es más que una forma de evitar la historia y refugiarse en
frases vacías. Porque hay que decirlo sin rodeos: el problema no es Corea del
Norte; es la ignorancia desde la que se la juzga.
Entender a Corea del Norte no
significa aplaudir cada decisión de su gobierno, pero tampoco sumarse al coro
que repite ideas sin tener la más mínima noción de lo que ocurrió en la
península coreana. La mayoría de los que hablan sobre el tema no sabe que durante
la Guerra de Corea Estados Unidos arrasó el país, que murió alrededor del 20%
de su población, que sus ciudades quedaron reducidas a escombros, que millones
tuvieron que refugiarse bajo tierra para sobrevivir y que, en rigor, la guerra
nunca terminó. No saben nada, y aun así hablan. Hablan con la seguridad de
quien no sabe, con la arrogancia de quien jamás ha visto su mundo arder, con la
comodidad de quien vive bajo el amparo de potencias que predican derechos
humanos mientras destruyen países enteros cuando les conviene. Y luego se
sorprenden de que Corea del Norte desconfíe, se cierre y se arma. Si tuvieran
un mínimo de honestidad , ni siquiera de empatía, solo de rigor, harían el
esfuerzo de comprender, leer historia en lugar de repetir lo que oyen.
No es casualidad que sobre esto
casi no se escriba. No es casualidad que los mapas de destrucción de la Fuerza
Aérea estadounidense permanecieran guardados por 20 años. No es casualidad que
no exista un estudio profundo sobre los bombardeos de Corea del Norte como sí
existe sobre los de Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial. No es
casualidad que los documentales sobre la Guerra de Corea se centren en las
batallas entre ejércitos y no en las ciudades arrasadas. No es casualidad que
los niños en las escuelas de Estados Unidos aprendan sobre Hiroshima y
Nagasaki, el Holocausto, y para de contar. Pero no sobre Pyongyang. Es un
silencio alienado. Es un silencio que beneficia al poder. Porque si la gente
supiera lo que Estados Unidos hizo en Corea del Norte, sería mucho más difícil
vender la idea de que Corea del Norte es el “eje del mal”. Sería mucho más
difícil justificar las sanciones, el bloqueo, la hostilidad continua. Sería
mucho más difícil presentar a Estados Unidos como el defensor de la libertad y
los derechos humanos. El silencio sobre Corea del Norte es el silencio de quien
castiga y no quiere que se sepa la magnitud de su crimen. Y nosotros, desde
nuestras posiciones, tenemos la responsabilidad de romper ese silencio. No para
agradar a Kim Jong-un, no para defender cada decisión del gobierno norcoreano;
se hace por un principio mucho más básico: la verdad histórica. Porque sin
verdad no hay justicia posible. Y porque, aunque a muchos les incomode
admitirlo, la imagen de “monstruo” que se proyecta sobre Pyongyang dice más de
quien la repite que de la realidad que intenta describir.
Fuente:
- “The U.S. dropped approximately 635,000 tons of bombs and 32,557 tons of napalm during the war, mostly on North Korea (compared to 503,000 tons in the entire Pacific theater in World War II)” – Bombing of North Korea – Wikipedia
- “Over a period of three years or so, we killed off — what — 20 percent of the population” – Air Force Gen. Curtis LeMay to the Office of Air Force History (1984) – Glenn Greenwald / Office of Air Force History
- “American planes bombed everything that moved in North Korea, every brick standing on top of another” – Dean Rusk, State Department official in charge of East Asian affairs – TIME Magazine
- “In August 1951, war correspondent Tibor Meráy stated that there were no more cities in North Korea. He added: My impression was that I am traveling on the moon because there was only devastation” – AnarWiki / Tibor Meráy
- “Air Force estimates of the destruction of towns and cities in North Korea ranged from 40 to 90%, with 18 out of North Korea’s 22 major cities being at least 50% destroyed” – Bombing of North Korea – Wikipedia
- Historian Bruce Cumings (University of Chicago) describes the survivors as “mole people” who learned to love the refuge of caves, mountains, tunnels and redoubts – Bruce Cumings, The Korean War: A History / various interviews
- “North Korean skill at tunneling was first noticed during the 1950-1953 Korean War. The North Koreans quickly discovered that the most reliable protection from the bombs was by digging. Over the next half century, this led to a tunneling effort that resulted in over 8,000 underground facilities” – StrategyPage
- Study of 531 North Korean defectors: “81.4% reported experiencing trauma more than once; their traumatic experiences affected the prevalence of PTSD and depression” – Scientific Reports / Nature (2022)
- “State of Fear: How History’s Deadliest Bombing Campaign Created Today’s Crisis in Korea” (2017) – Ted Nace / Counterpunch, detailing the firebombing of North Korea’s cities, towns and villages – Counterpunch