Este texto se inspira en un video
de Edy Lebat (recomendado para entender la realidad de México, similar a la de
nuestros países), en el que analiza IT de Stephen King desde la perspectiva
mexicana. Mi reflexión parte de esa inspiración para abordar un fenómeno común
en América Latina: la falta de memoria histórica y cómo esta permite que el mal
crezca y prospere.
América Latina se parece a ese
Derry estancado sin pausa. En la ficción, el payaso regresa cada veintisiete
años; aquí, esos veintisiete años nunca existieron. El mal continuó
perpetrándose de las formas más horribles y sistemáticas.
Este tema ha sido estudiado de
muchas maneras. En Estados Unidos y Canadá, los análisis vinculan la dinámica
de Derry con la realidad: ciertas comunidades permitieron prácticas como el
racismo, tolerando injusticias mientras sabían que estaban mal, aunque el
sistema contaba con infraestructura para corregirlo. En América Latina, la
historia es otra. Las instituciones son débiles, las normas se rompen con
facilidad y las injusticias se imponen a sus anchas, casi invencibles.
Honduras ejemplifica este fracaso
con crudeza: es el país de Centroamérica con más niños desaparecidos. Podría
llamarse, sin exagerar, el patio de recreo del diablo.
Hay una manera cómoda de leer IT:
como un relato de miedo con un payaso que aparece de vez en cuando para
llevarse niños. Esa lectura tranquiliza. Encierra el horror en la ficción, lo
hace lejano y limitado en el tiempo. Otra manera consiste en ver que IT trata
de la gente que aprende a vivir con él. Desde esa perspectiva, Derry deja de
ser un pueblo inventado y se vuelve demasiado familiar. Derry es América
Latina.
En esta situación, el monstruo
aparece cada veintisiete años. En Honduras, en Centroamérica y en cualquier
región marcada por la violencia cotidiana, ese hecho resulta irónico. El horror
no cesa y el monstruo sigue activo. El miedo se instala como un clima
constante. Generaciones enteras viven con la certeza de desaparecer, morir o
callar como posibilidades continuas.
Vale la pena mencionar que lo más
perturbador de IT es la reacción colectiva. Niños desaparecen, aparecen
cadáveres, la crueldad se repite y la vida continúa. El comercio abre y la
rutina se mantiene. Las autoridades inventan explicaciones baratas: “Se fue.”
“Andaba mal.” “Algo habría hecho.” En Derry y en América Latina, la costumbre
actúa como cómplice. El horror se normaliza.
En Honduras, trece niños
desaparecidos en un pequeño pueblo en pocos meses se convierten en un dato más.
La gente sigue con su vida mientras mirar de frente representa un riesgo.
Aprender a bajar la cabeza se convierte en necesidad. Aprender a sobrevivir se
vuelve una rutina. El monstruo continúa a la vista sin necesidad de esconderse.
En IT, el payaso no actúa solo.
Necesita testigos mudos, adultos que miran hacia otro lado, policías que no
actúan y vecinos que eligen no ver. Ese proceso ocurre con frecuencia en
América Latina. El mal se sostiene por quienes lo cometen y por quienes lo
toleran, lo excusan o lo tramitan. Muchos permiten que se mate. Esa diferencia
distingue a un asesino de un país enfermo.
Es importante entender que esta
región conoce monstruos de carne y hueso. El Monstruo de los Andes recorrió
países enteros asesinando niñas durante años mientras los Estados no lograban
detenerlo. El Caníbal de Atizapán convirtió su casa en una fábrica del espanto
durante décadas, acumulando restos humanos mientras el entorno observaba en
silencio. Cualquier fantasía del payaso queda en ridículo frente a eso.
Hoy en día, IT deja de ser
ficción y se convierte en reflejo de la realidad. Pennywise asusta por lo que
representa: un mal que prospera gracias a la permisividad del entorno. En
América Latina adopta muchas caras: sicarios, asesinos seriales, redes de trata,
fuerzas de seguridad corruptas, burócratas indiferentes y Estados que manejan
la tragedia como una rutina. El rostro cambia, el sentido se mantiene.
En IT, olvidar forma parte de la
maldición: los adultos y el pueblo olvidan, y las heridas se borran para
mantener la vida en funcionamiento. El olvido impone una repetición. En América
Latina, olvidar funciona como práctica política: se olvida para no señalar
culpables, para no romper pactos y para no incomodar a los de arriba. Se
recuerda lo justo para discursos, sin alcanzar lo necesario para exigir
justicia.
Honduras está hecha de capas de
olvido. Golpes reciclados como “crisis”. Masacres reducidas a cifras.
Desapariciones convertidas en rumores. Cada familia recuerda a sus muertos,
pero el país no recuerda como unidad. Sin memoria compartida, el monstruo solo
puede ser susurrado.
Es importante entender que el mal
no retrocede cuando se enfrenta en soledad. Los niños de Derry sobreviven
porque se escuchan, porque juntan relatos, porque rompen el aislamiento. El
monstruo no soporta el “nosotros”. No soporta que el miedo deje de ser privado.
Aquí también se castiga al que habla, al que denuncia, al que se junta con
otros.
En IT hay cierre, enfrentamiento
y caída del orden que permitió el horror. En América Latina, esa escena casi
nunca ocurre. El sistema se mantiene mientras el monstruo se recicla, se adapta
y se integra, convirtiéndose en parte del paisaje.
En esta situación, el payaso no
asusta. Lo que asusta es reconocer que nada sobrenatural necesita existir para
producir terror cuando una sociedad entera convive con niños desaparecidos,
fosas, madres buscando restos, Estados que procesan la tragedia como rutina. El
verdadero horror no tiene maquillaje ni colmillos. Tiene sellos, expedientes
cerrados y frases como “no hay pruebas”.
Vale la pena mencionar que IT
sigue siendo una obra relevante. Describe con precisión feroz sociedades
atrapadas en el miedo normalizado. Vista desde América Latina, la novela
resulta moderada. Aquí el terror dura toda la vida. Mientras el silencio siga siendo
norma y la memoria siga rota en pedazos, el monstruo persiste.
Nunca se fue.