Honduras no es un país normal.
Nunca lo ha sido. Es un territorio donde lo aberrante no es la excepción, sino
la regla consolidada, donde lo que en cualquier otra nación sería escándalo
imperdonable, aquí se vuelve rutina, se asienta, se normaliza, se aplaude. Es
el peor extremo de América Latina, no por pobreza ni por geografía, sino porque
ha logrado algo que pocos lugares en el mundo han perfeccionado: la anulación
total del valor de la vida de sus propios habitantes. En Honduras, la dignidad
humana no está en crisis; hace rato que fue ejecutada, enterrada en fosas
comunes, disuelta en ácido o simplemente ignorada hasta que se volvió
invisible. Y el 26 de julio de 2026, con el regreso de Juan Orlando Hernández,
el país volvió a demostrarlo con una crudeza que ya ni siquiera sorprende.
Imaginen el cuadro. Un hombre
condenado a cuarenta y cinco años de prisión federal en Estados Unidos por
conspiración para importar toneladas de cocaína, por tráfico de armas, por
convertir el Estado en estructura de soporte para cárteles que envenenaron
medio continente. Un hombre al que testigos, bajo juramento, vincularon con
millones de dólares en sobornos, con protección logística y militar para el
narcotráfico, con la transformación del aparato de seguridad nacional en
escolta de capos. Un expresidente que, según el testimonio de quienes lo
conocieron por dentro, despreciaba a su propio pueblo hasta el punto de afirmar
que el hondureño, a quien llamaba "indio”, era tan imbécil que bastaba
darle "un bistec y una cerveza" para que votara. Ese hombre, ese
mismo, aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Palmerola en un vuelo
privado, protegido por las Fuerzas Armadas de la República, recibido por
familiares, dirigentes del Partido Nacional y miles de personas que lo
aplaudieron, lo vitorearon, lo abrazaron como si regresara de una guerra, no de
una condena por narcotráfico.
¿Cómo se explica esto? No se
explica. Solo se constata. En un país normal, un criminal de esa magnitud sería
rechazado socialmente, perseguido por la memoria colectiva, convertido en
sinónimo de vergüenza nacional. En Honduras, camina sobre alfombra roja. Y no
es que la gente no sepa. Lo sabe. Sabe que este hombre dejó el país en llamas,
que durante su gobierno se consolidó el fraude electoral del 2017, que la OEA
misma recomendó nuevas elecciones por el podrido de la democracia, que se
desviaron millones del Instituto Hondureño de Seguridad Social mientras la
gente moría sin medicinas, que el nombre de Honduras quedó vinculado para
siempre a los sobornos de Odebrecht y a la represión sangrienta contra quienes se
atrevieron a protestar. Lo sabe. Y aun así, allí estaban, miles, aclamando al
caudillo siniestro.
Pero el cinismo de Juan Orlando
no terminó en el narcotráfico ni en el desprecio por su pueblo. Llegó a niveles
de teatralidad que rayan en lo grotesco. Este hombre, que mientras era
presidente ya había jurado lealtad inquebrantable a Israel , "Mientras yo
sea presidente, Honduras estará detrás de Israel", , que movió la embajada
a Jerusalén en 2021 pese al rechazo internacional, que recibió premios de
organizaciones sionistas por su apoyo, que votó en la ONU contra las
resoluciones que condenaban la política estadounidense sobre Jerusalén, que
recibió aviones de combate israelíes para "la lucha antidrogas"
mientras supuestamente protegía a los narcos, terminó convirtiéndose al
judaísmo ortodoxo en 2022. Apostó del catolicismo, se envolvió en un talit,
impuso la dieta kosher en prisión, y su familia financió la primera sinagoga
ortodoxa de San Pedro Sula. No se trata de una cuestión de fe; es una cuestión
de cinismo geopolítico y personal, de transformar la religión en moneda de
cambio, en seguro de vida, en red de protección internacional. Porque cuando
Donald Trump lo indultó, ese indulto que le permitió salir de una condena de
cuarenta y cinco años, muchos se preguntaron qué intereses cruzados, qué
alianzas ocultas, qué compromisos diplomáticos o personales sellaron ese
perdón. Y luego llegaron los audios filtrados, el llamado
"Hondurasgate", donde se señaló, que Estados Unidos e Israel habrían
conspirado con Hernández y la administración de Nasry Asfura para montar
operaciones de desinformación contra gobiernos de izquierda en la región.
¿Verdad o rumor? En un país como Honduras, donde la línea entre la política, el
narco y la inteligencia extranjera se borró hace décadas, la distinción ya casi
no importa. Todo huele a podrido, y el pueblo, en lugar de indignarse, aplaude
o ignora.
Porque ahí está el verdadero
horror. No es solo que Juan Orlando regresara; es que regresó triunfal. El
presidente Asfura, con aquella cobardía institucional (y complicidad) disfrazada de
neutralidad, ordenó que el Estado lo recibiera "como a cualquier ciudadano",
mientras las Fuerzas Armadas le garantizaban seguridad. Tomás Zambrano,
presidente del Congreso, celebró el regreso en redes sociales con el
"cariño que le han acompañado siempre". Miles de nacionalistas
organizaron actos de bienvenida no solo en Palmerola, sino en Toncontín, con
misas de acción de gracias, como si se tratara de un profeta, no de un convicto
federal. Y el pueblo, el pueblo hondureño, llenó las calles. No para exigir
justicia, no para recordar a las víctimas del narcoestado, no para gritar que
la vida de un hondureño debería valer más que un bistec y una cerveza, sino
para ovacionar.
Es entonces cuando la pregunta se
vuelve inevitable: ¿Honduras se merece lo que tiene? Pareciera que sí. Y esta
afirmación no la hace un extranjero despectivo; la hacen cada vez más los
propios hondureños desde dentro, desde la desesperanza, desde la certeza de que
el país no es un proyecto colectivo sino un patio de recreo de Lucifer, donde
cualquier sabandija puede pisotear, saquear, destruir y salirse con la suya.
Extranjeros, nacionales, narcotraficantes, pandilleros, políticos corruptos:
todos encuentran en Honduras un terreno fértil porque aquí la vida del
hondureño no vale nada. No es ninguna metáfora. Es una ecuación política y
social perfectamente operativa. Si la vida valiera, no se habría recibido así a
un narco. Si la dignidad valiera, no se habría olvidado el fraude, la
represión, el robo descarado de los hospitales. Si la memoria valiera, alguien
recordaría que este hombre, según sus propios compañeros de oscuridad,
consideraba al pueblo una mercancía barata, comprable con migajas.
Y en medio de esto, el único acto
de coherencia masiva que queda en Honduras es la huida. La mayoría de la
población insiste en querer irse. Y ¿quién los culpa? ¿Quién puede culpar a un
joven, a una madre, a un anciano, de querer deshabitar ese abismo? ¿De querer
escapar de un pequeño infierno donde los demonios no solo caminan libres, sino
que son aplaudidos por las víctimas mismas? La emigración no es tragedia en
Honduras; es el único instinto de supervivencia que le queda a un pueblo que ha
sido entrenado para no valorarse. Es la respuesta racional de quienes
entienden, aunque sea a nivel visceral, que el país no es un país, sino una
máquina de producir impunidad.
Juan Orlando Hernández tiene una
audiencia pendiente el 3 de agosto por fraude y lavado de activos en el caso
Pandora II. Pero ¿quién puede creer que la justicia hondureña, la misma que
suspendió su orden de captura para permitirle este regreso triunfal, le exigirá
cuentas de verdad? El espectáculo ya está montado. El narco exconvicto
convertido al judaísmo ortodoxo, protegido por el ejército, ovacionado por las
masas, respaldado por el oficialismo, camina ya como candidato a la
inmortalidad política de un país que no castiga, que no olvida porque nunca
aprendió, que simplemente se arrastra. Y mientras tanto, los que pueden, se
van. Porque Honduras, en el fondo, no es un infierno por sus criminales. Es un
infierno porque sus cobardes, esos miles que aplauden, esos dirigentes que
legitiman, esos ciudadanos que aceptan, han decidido que es más fácil adorar al
demonio que encender una luz.
Fuente:
- El Heraldo, Testigo asegura que Juan Orlando Hernández compraba votos con cerveza y bistec (2024).
- France 24, Juan Orlando Hernández, culpable de narcotráfico (2024).
- El País, El expresidente hondureño Juan Orlando Hernández es declarado culpable de narcotráfico en Estados Unidos (2024).
- BBC News Mundo, Juan Orlando Hernández: 3 claves para entender por qué EE.UU. acusa de narcotráfico al expresidente de Honduras (2022).
- Infobae, Juan Orlando Hernández se convirtió al judaísmo ortodoxo y ahora estudia la Torá en una cárcel de Nueva York (2024).
- Vos TV, Juan Orlando Hernández se convierte al judaísmo ortodoxo (2022).
- France 24, Honduras inaugura su embajada en Jerusalén (2021).
- El Pulso, Juan Orlando Hernández regresa a Honduras y recibe respaldo del oficialismo nacionalista (2026).
- El Heraldo, Así fue el recibimiento de Juan Orlando Hernández en su llegada a Honduras (2026).
- El País, Audios filtrados vinculan a EE.UU. e Israel con una trama de desinformación contra gobiernos de izquierda en América Latina (2026).
- France 24, Audios filtrados vinculan a EE.UU. e Israel con una trama de desinformación en América Latina (2026).
- Organización de los Estados Americanos (OEA), Informe de la Misión de Observación Electoral en Honduras (2017).
- El Heraldo, OEA recomienda nuevas elecciones en Honduras (2017).
- BBC News Mundo, Honduras: la OEA recomienda nuevas elecciones tras denuncias de irregularidades (2017).