Hay algo grotescamente cómico en
ver a ciertos “intelectuales” latinoamericanos pontificar sobre el Frente
Oriental como si hubieran estado en Stalingrado con un libro de Hannah Arendt
bajo el brazo. Los invitan a podcasts, a canales de YouTube, a “debates
culturales”, y ahí están: con su taza de café de comercio justo, su barba
doctoral y esa mueca de suficiencia con la que repiten los clichés más
manoseados de la propaganda occidental. Hablan del pueblo soviético, de Stalin,
del “horror totalitario”, con una seguridad tan frágil como su erudición, sin
haber leído un solo historiador soviético, sin pisar jamás Rusia, sin entender
siquiera el contexto que pretenden juzgar. Este texto va para ellos, y para los
que los aplauden desde el sofá, creyéndose humanistas porque opinan con tono
grave y pose progresista mientras sostienen el control del PlayStation.
Latinoamérica, que ni su propia historia logra desentrañar sin tropezar con sus
mitos, se atreve a dictar sentencia sobre el conflicto más brutal y complejo
del siglo XX. Una osadía admirable… si no fuera tan ridícula.
La guerra entre Alemania y la
Unión Soviética fue, en esencia, un enfrentamiento por la supervivencia de la
humanidad en su forma más cruda. fue una
disputa mas allá de lo ideológico, ni un choque de imperios por recursos, ni
una batalla entre dos tiranos equivalentes, como se enseña en los manuales
occidentales. Fue una guerra de aniquilación, planificada desde el principio
para borrar del mapa a pueblos enteros. Y, sin embargo, los latinoamericanos,
que nunca hemos conocido una guerra de ese tipo, insisten en juzgarla con los
parámetros morales de una democracia establecida, con el cómodo lenguaje de los
derechos humanos y la superioridad moral del liberalismo. Ese es el primer
error: creer que se puede evaluar a Stalin con la misma lógica con que se
evalúa a un gobernante europeo de posguerra o a un funcionario de Naciones
Unidas.
Hay que decirlo sin rodeos: la
Alemania nazi no quería vencer al Estado soviético, quería eliminar al pueblo
soviético. Hitler lo había anunciado en Mein Kampf y lo confirmó en cada
discurso posterior. En su visión, los pueblos eslavos eran seres de segunda
categoría, subhumanos que debían ser desplazados, esclavizados o exterminados.
El objetivo era convertir la vasta tierra de Rusia, Ucrania y Bielorrusia en un
espacio vital (Lebensraum) para la raza aria. Los nazis no pensaban ocupar
Moscú para gobernarla: querían destruirla. El Generalplan Ost, redactado por
los estrategas del Reich, preveía la muerte de decenas de millones de
soviéticos por hambre o ejecución. La llamada Operación Barbarroja fue, en
realidad, la materialización de ese genocidio.
En ese contexto, hablar de Stalin
como si fuera un déspota irracional, un asesino por gusto o un hombre sin
sensibilidad humana, es una muestra de ignorancia histórica. ¿Qué esperaban de
él? ¿Que después de perder millones de soldados en los primeros meses de
invasión se rindiera por compasión? ¿Que declarara que la guerra era demasiado
cruel y que, por tanto, había que detenerla? ¿Qué clase de dirigente, qué clase
de ser humano incluso, habría hecho eso cuando su pueblo estaba al borde de la
desaparición? Solo quien no ha vivido una guerra total puede imaginar que en
esas circunstancias es posible mantener los principios de una ética liberal. En
1941 no había espacio para la piedad. Había que resistir o morir. Y Stalin
entendió, con la frialdad de quien lleva el peso del destino sobre los hombros,
que la historia no da segundas oportunidades a los débiles.
Lo que muchos latinoamericanos no
comprenden es que la URSS fue un Estado sitiado desde su nacimiento. Desde
1917, tras la revolución bolchevique, el país vivió bajo la amenaza constante
de invasión, sabotaje y bloqueo. Fue aislado diplomáticamente, atacado por
catorce potencias extranjeras en la guerra civil, y convertido en paria por el
mundo occidental. Su desarrollo industrial, su burocracia férrea, su control
político, todo eso que hoy se interpreta como totalitarismo, fue producto del
cerco. La dureza no fue una elección: fue una necesidad. Cuando Stalin asumió
el poder, entendió que el país no tenía tiempo. Que debía modernizarse en una
década o desaparecer. Y tenía razón. En 1941, Alemania estaba lista para
exterminarlos. El milagro soviético fue haber sobrevivido.
Pero en América Latina, donde la
historia se aprende por las películas de Hollywood y los manuales traducidos de
universidades europeas, se repite una narrativa infantil: “Stalin fue tan malo
como Hitler”. Es el dogma cómodo de la cultura liberal, esa que convierte la
historia en un sermón moral. Se olvida que la URSS fue el país que llevó el
peso principal de la guerra, que perdió más de veintisiete millones de vidas,
que vio sus ciudades arrasadas, sus pueblos quemados, sus niños morir de
hambre. Se olvida que mientras los aliados occidentales discutían estrategias,
los soviéticos se desangraban en Stalingrado, en Kursk, en Leningrado,
resistiendo hasta el último hombre. Sin la URSS, no habría habido victoria
aliada. Sin Stalin, probablemente no habría habido URSS.
Y sin embargo, los
latinoamericanos repiten los juicios prefabricados de las academias europeas,
como si fueran oráculos. Hablan del “totalitarismo soviético” sin haber leído
un solo documento de la época, sin haber entendido que las decisiones de Stalin
, por terribles que parezcan, fueron
decisiones dentro de un marco de supervivencia absoluta. Critican con
superioridad moral desde un continente que no ha conocido ni una invasión
total, ni un bombardeo en masa, ni una guerra en la que la existencia misma de
su pueblo esté en juego. Es fácil hablar de derechos humanos cuando el enemigo
no ha cruzado tus fronteras. Es fácil predicar moral cuando tu supervivencia no
depende de decisiones imposibles
El liberalismo latinoamericano,
hijo de Occidente, no entiende que la historia no es un tribunal de ética. Es
una cadena de violencias y equilibrios, de sacrificios que se toman o no se
toman, y de pueblos que sobreviven o desaparecen. Stalin actuó dentro de esa
lógica brutal. No porque fuera un santo, sino porque sabía que la alternativa
era el exterminio. Los soviéticos no luchaban por la libertad abstracta, ni por
la democracia parlamentaria. Luchaban por el derecho a seguir existiendo como
pueblo. Cuando uno mira las fotografías de Leningrado sitiado, niños
convertidos en sombras, madres enterrando a sus hijos en la nieve, hombres
reducidos a espectros, entiende que la humanidad, en esos días, no tenía rostro
amable. La guerra borró toda frontera entre lo moral y lo necesario.
Lo que ofende de la lectura
latinoamericana no es la crítica, sino la ignorancia arrogante. Esos “generales
de PlayStation” que pontifican sobre Stalin desde sus casas, sin haber leído a
Grossman, a Ehrenburg, a Simonov o a los propios historiadores soviéticos.
Repiten fórmulas, no comprenden procesos. Hablan de “dictaduras” sin entender
que el poder soviético era la última línea de defensa frente a una máquina de
exterminio. Desconocen que, detrás de cada decisión brutal, había un cálculo
desesperado: ganar tiempo, trasladar fábricas, reorganizar frentes, resistir un
invierno más. Esos críticos creen que la historia se dirige desde un despacho,
no desde un país incendiado. Y en su ceguera repiten el discurso del vencedor:
que la URSS fue igual que el Reich, porque ambos limitaron libertades. No, no
fueron iguales. Uno buscaba destruir la vida; el otro, preservarla.
Tal vez el latinoamericano no
comprenda porque nunca ha tenido que defender su tierra. Porque no ha visto
morir a su pueblo bajo una lluvia de bombas, porque no ha sentido el hambre
colectiva ni la humillación de la ocupación. Desde esa distancia, la historia
se vuelve abstracta, y Stalin se convierte en una figura demoníaca, el ejemplo
perfecto para las clases de “ética política” importadas de Europa. Pero quien
ha leído la historia rusa con sus propios ojos entiende que allí la moral tiene
otra dimensión. El valor no se mide en principios, sino en sacrificios. La
compasión no se discute, se posterga. En la URSS, en 1941, la humanidad no se
salvaba con misericordia: se salvaba con resistencia.
Stalin no fue un hombre de
piedad, pero tampoco fue un hombre de rendición. Fue la expresión de un tiempo
en el que la crueldad era la única forma de firmeza. Su nombre quedó manchado
por los excesos, sí, pero también asociado a la victoria, a la reconstrucción,
al hecho innegable de que bajo su mando un país arrasado se levantó y derrotó
al enemigo más poderoso del siglo XX. Juzgarlo con los ojos del presente es un
acto de soberbia intelectual. Nadie que no haya sentido el peso de la historia
en su cuello puede comprender la lógica de quien debe elegir entre matar o
desaparecer.
Los latinoamericanos deberían
dejar de repetir los eslóganes de los vencedores y empezar a leer la historia
con independencia. Dejar de ver el mundo con el filtro del moralismo
occidental, ese que se permite juzgar a todos porque jamás ha sido invadido. Dejar
de creer que la democracia liberal es la medida del bien. La historia no es un
manual de conducta, es una lección de supervivencia. Stalin fue, para su
tiempo, el hombre que hizo posible esa supervivencia. Negarlo o reducirlo a un
monstruo es no entender nada: ni de historia, ni de poder, ni del precio de
existir en un mundo que siempre ha estado gobernado por la fuerza.
Y eso, precisamente, es lo que
América Latina aún no ha aprendido.