El caso de la Ciudad de la Torá
en México es mucho más que un simple desarrollo inmobiliario cerrado; es el
reflejo más nítido de lo que se nos viene encima: una oleada de gentrificación
sionista sobre América Latina. No se trata de una sospecha difusa ni de una
teoría lejana, sino de un cálculo geopolítico que ya está en marcha. Mi
análisis va en la dirección siguiente: la entidad sionista, que actúa como un
parásito enquistado en el corazón de Estados Unidos, sabe perfectamente que
tiene el tiempo en contra. No es ingenua. Sabe que está creciendo una
generación de centennials y millennials que en pocos años serán los votantes
decisivos en Estados Unidos, y esa generación ya mira con asco las prácticas de
la entidad sionista. La derrota política, moral y demográfica la tienen
asumida; solo es cuestión de tiempo. Por eso, mucho antes de que el cerco se
cierre, han empezado a mover fichas hacia el sur: primero explorando el Cono
Sur de América, después comprando tierras en México –como el proyecto de Ciudad
de la Torá– y filtrándose en espacios estratégicos de Centroamérica.
Ni siquiera hace falta forzar la
mirada para notar lo hebraico, lo judaico que ya se respira en algunas zonas
privilegiadas de la capital de Guatemala, donde ciertos barrios han cambiado de
rostro sin que nadie levante la voz. Y no es casualidad que Benjamín Netanyahu
aparezca como principal protagonista del Hondurasgate, ese entramado de
influencias que busca establecer bases militares y una injerencia potentísima
dentro de territorio hondureño, en el corazón de Centroamérica. Lo más
revelador (y al mismo tiempo escalofriante) es que fue una comunidad de
rabinos, junto con el propio Netanyahu, quienes liberaron al narcotraficante
confeso Juan Orlando Hernández. Él mismo lo confesó de su boca, sin ambages.
Confesó que fueron esos actores sionistas quienes le tendieron la mano para
sacarlo de su situación. No tengan duda: si vienen, no será de manera inocente.
Todos estos colonos saben que
Israel, como proyecto de potencia ocupante, tiene los días contados. Su
legitimidad internacional se desmorona a la velocidad de los escombros en Gaza.
Y necesitan, con urgencia, un lugar donde replegarse, un territorio donde la
población sea dócil, blandengue, gobernada por estados débiles, liberales y
serviles. En ese diagnóstico, los latinoamericanos encajamos a la perfección:
nuestros gobiernos no oponen resistencia real, nuestras élites se arrodillan
ante cualquier inversión extranjera con tal de parecer "modernas", y
nuestra ciudadanía, fragmentada y desmovilizada, apenas alcanza a reaccionar
cuando ya es tarde. Vamos a vivir, pues, una especie de gentrificación
sionista, pero con un agravante: no será la gentrificación encarecedora de los
nómadas digitales en la Condesa o en San Telmo. Esta tendrá un matiz muy
potente, muy diferente, porque vendrá avalada por nuestros propios estados
débiles, que ya han mostrado su incapacidad para defender el territorio, la soberanía
y la dignidad de sus pueblos.
Ya conocemos lo que es la
gentrificación ejercida por otros extranjeros: turistas ricos, jubilados
estadounidenses, tecnológicos europeos. Pero esto es otra cosa. Es la llegada
de colonos sionistas israelitas que no vienen a integrarse, sino a reemplazar,
a desplazar, a instalar una lógica de fortaleza sitiadora en medio de tierras
que consideran vacías o prescindibles. Y ahora es cuando tenemos que abrir más
los ojos, porque ya sabemos lo que significa meter colonos sionistas en
nuestras tierras. Ya sabemos lo que le pasó al pueblo palestino: desposesión,
masacres, apartheid. Ya sabemos lo que le pasó al pueblo de Líbano, con sus
infraestructuras destrozadas y su soberanía pisoteada. Ya sabemos lo que
hicieron en Irán, asesinando científicos, desestabilizando gobiernos, sembrando
terror con operaciones de falsa bandera. Esa es la escuela. Ese es el manual.
¿Vamos a permitir que esas mismas quintas columnas, esas mismas sextas columnas
se instalen en nuestros países, protegidas por leyes que nuestros congresos
corruptos aprobarán con una sonrisa?
No se trata de alarmismo
gratuito. Se trata de anticiparse a lo que ya está ocurriendo en cámara lenta.
La Ciudad de la Torá en México es el primer ladrillo de un muro que no nos
protege a nosotros, sino que nos excluye. Los proyectos en el Cono Sur, las
compras de tierras en zonas estratégicas, la penetración en Honduras y
Guatemala, todo ello configura un mapa de colonización suave, pero colonización
al fin. Debemos estar precavidos. No podemos esperar a que los colonos lleguen
con sus rabinos y sus guardias privadas para recién entonces reaccionar
indignados. La vigilancia popular, la organización desde los barrios, la
denuncia sin descanso de cada compra irregular, de cada acuerdo secreto con
funcionarios vendepatrias, es la única manera de frenar lo que se viene. Porque
si no actuamos ahora, dentro de unos años estaremos viendo documentales sobre
cómo América Latina fue entregada pieza por pieza a una entidad sionista en
retirada de Medio Oriente, y entonces ya no habrá reclamo que valga. O abrimos
los ojos hoy, o mañana lloraremos sobre nuestras propias ruinas.