He tenido que leer dos veces el
documento que Palantir decidió publicar como su manifiesto político, y todavía
me cuesta creer que alguien pueda escribir semejantes barbaridades con la
solemnidad de quien cree estar salvando el mundo. No es un ensayo filosófico ni
una propuesta tecnológica. Es la carta de presentación de una secta que ha
decidido que el futuro de la humanidad debe ser gobernado por algoritmos,
contratos militares y una élite de ingenieros que se creen con derecho a
decidir qué culturas son dignas de sobrevivir y cuáles merecen desaparecer. Voy
a ordenar mis ideas, porque esto es demasiado grave como para dejarlo pasar.
Lo primero que me golpeó fue ese
punto sobre Alemania y Japón. Dice el manifiesto que fue una exageración
desmilitarizarlos después de la Segunda Guerra Mundial. Habla de una “reacción
exagerada” por la que Europa ahora paga un alto precio. ¿Perdón? ¿Veinte
millones de muertos en Europa oriental fueron una exageración? ¿Los campos de
exterminio, las SS, la maquinaria industrial del asesinato planificado desde
las más altas esferas del Tercer Reich, todo eso fue una pequeña corrección de
la historia que ahora debemos revertir? Palantir sugiere que Alemania debería
recuperar su poderío militar porque, según ellos, el mundo necesita más
potencia de fuego germánica. No mencionan a los millones de eslavos
exterminados como subhumanos. Para ellos, todo eso es agua pasada, un detalle
incómodo que no debe estorbar el negocio de construir más armas.
Y qué decir de Japón. El
manifiesto califica de “teatral” el pacifismo japonés y advierte que, si se
mantiene, el equilibrio de poder en Asia se alterará. Parece que Palantir ha
decidido olvidar la Masacre de Nankín, donde el ejército imperial japonés asesinó
a cientos de miles de civiles chinos con una crueldad que aún hoy hiela la
sangre. Parece que han olvidado la Unidad 731, donde médicos japoneses
realizaban vivisecciones en prisioneros vivos sin anestesia. Parece que han
olvidado la esclavitud sexual de las “mujeres de consuelo”, un crimen que el
gobierno japonés sigue negando parcialmente. Pero no, para Palantir el problema
es que Japón fue sometido a una “devoción exagerada por el pacifismo”. Es
decir, que, según ellos, desarmar a un país que cometió atrocidades masivas fue
un error. ¿Qué sigue? ¿Qué Argentina rearme a los militares que desaparecieron
treinta mil personas? ¿Qué Alemania vuelva a tener una Gestapo? El odio de
Palantir hacia China es evidente en cada línea, porque ven a China como el adversario
a vencer, y por eso quieren rearmar a Japón como ficha en su tablero
geopolítico. Pero lo que no entienden es que alentar el rearme japonés no es
una estrategia contra China, es una provocación a la historia misma.
Luego está ese punto sobre las
armas de inteligencia artificial. Dicen que la era atómica está terminando y
que viene una nueva era de disuasión basada en IA. Dicen que la cuestión no es
si se construirán estas armas, sino quién las construirá y con qué propósito.
Esta es la justificación clásica de los fabricantes de armas: “si no lo hacemos
nosotros, lo harán ellos”. Es el mismo argumento que usaron los nazis para
construir sus cohetes V-2, los mismos que usaron los gringos en el siglo pasado
para acumular arsenales nucleares capaces de destruir el planeta varias veces.
Es un argumento vacío, porque parte de la premisa de que la guerra es
inevitable y que lo único que podemos hacer es asegurarnos de tener las mejores
herramientas para matar. Pero ¿y si en lugar de construir robots asesinos
autónomos nos dedicamos a construir sistemas que eviten las guerras? ¿Y si en
lugar de competir por quién tiene el dron más letal, competimos por quién tiene
la sociedad más justa? No, para Palantir eso es ingenuo. Para ellos el poder
duro lo es todo, y el poder blando, la retórica, la diplomacia, los acuerdos
internacionales, todo eso es “teatral” y debe ser despreciado.
Me preocupa profundamente ese
punto donde dicen que deberíamos aplaudir a quienes construyen donde el mercado
no ha actuado, y que la cultura se burla del interés de los multimillonarios
por las grandes narrativas. Esto es una defensa abierta de la plutocracia
tecnológica. Palantir está diciendo que los Elon Musk de este mundo no deberían
ser criticados por sus delirios de grandeza, sino aplaudidos. Que los
multimillonarios tienen derecho a imponer su visión del mundo porque, total,
ellos construyen cosas. Es el argumento del tecnócrata autoritario: “nosotros
sabemos lo que hay que hacer, ustedes solo estorban con sus derechos y sus
controles democráticos”. Y mientras tanto, estos señores se enriquecen con
contratos militares, con sistemas de vigilancia masiva, con bases de datos que
almacenan la vida entera de ciudadanos que no han dado su consentimiento.
El manifiesto también defiende el
servicio militar obligatorio, argumentando que todos deberíamos compartir el
riesgo y el costo de la próxima guerra. Esto es terrorífico porque parte de la
premisa de que la próxima guerra es inevitable, y que lo mejor que podemos
hacer es asegurarnos de que todos mandemos a nuestros hijos al matadero. Pero
lo curioso es que quienes firman este manifiesto no van a mandar a sus hijos al
frente. Los hijos de los multimillonarios de Silicon Valley estudian en las
mejores universidades, heredan empresas y nunca pisan un campo de batalla.
Ellos quieren el servicio militar obligatorio para los hijos de los demás, para
la clase trabajadora, para los que no tienen para pagar una exención. Es la
vieja lógica de la guerra: los pobres pelean, los ricos deciden. Solo que ahora
los ricos se disfrazan de filántropos tecnológicos.
Hay un punto donde atacan el
pluralismo y defienden que algunas culturas han producido avances vitales
mientras otras son disfuncionales y regresivas. No hace falta ser un genio para
entender a qué culturas se refieren. La cultura occidental, la judeocristiana
(Sionista exclusivamente), la blanca, la del capitalismo tecnológico, esa es la
que ellos consideran superior. Las demás, especialmente aquellas que se
resisten a ser colonizadas por sus algoritmos y sus drones, son
“disfuncionales” y merecen ser corregidas o eliminadas. Esto no es política, es
racismo científico del siglo XIX actualizado para la era digital. Es la misma
vieja doctrina imperialista de que el gringo eterno tiene la misión de
civilizar al mundo, solo que ahora en lugar de cañones y biblias usan
servidores en la nube y contratos del Pentágono. El nombre cambia, la
arrogancia es la misma.
Y qué decir de esa defensa de la
“tolerancia hacia las complejidades de la psique humana” para las figuras
públicas. Suenan progresistas cuando dicen que deberíamos mostrar más compasión
hacia quienes se exponen a la vida pública. Pero lo que realmente están
defendiendo es la impunidad para los suyos. Quieren que no se investigue a los
políticos corruptos, que no se escudriñe a los empresarios depredadores, que no
se critique a los generales que mandan a matar. Porque según ellos, esa
“exposición implacable” aleja a los talentos del servicio público. Traducción:
dejen de preguntar incómodamente sobre los contratos millonarios, los
conflictos de interés y las atrocidades cometidas en nombre de la seguridad
nacional.
No puedo dejar de pensar en el
símbolo que estos tipos representan. Son los adoradores de un nuevo Baal, un
Baal tecnológico hecho de servidores, inteligencia artificial y algoritmos de
vigilancia. Han construido un ídolo con forma de ojo que todo lo ve, un Gran
Hermano digital que no descansa nunca, que registra cada movimiento, cada
compra, cada mensaje, cada pensamiento que osa ser expresado en una plataforma
digital. Y ese ojo no está al servicio de los pueblos, está al servicio de una
élite que se cree con derecho a decidir quién vive y quién muere, qué culturas
son dignas de sobrevivir y cuáles deben ser aplastadas, qué guerras son justas
y qué víctimas son aceptables.
Lo más aterrador de todo es que
no bromean. No es una sátira. No es una distopía literaria. Es el programa
político de una empresa que factura miles de millones de dólares, que tiene
contratos con agencias de inteligencia de medio mundo, que suministra software
a ejércitos y policías. Ellos realmente creen que el mundo sería mejor si les
entregamos las riendas. Ellos realmente creen que la solución a los problemas
de la humanidad es más vigilancia, más armas de IA, más servicio militar
obligatorio, más rearme de potencias derrotadas en la Segunda Guerra Mundial.
Ellos realmente creen que el pluralismo es un error y que algunas culturas
merecen desaparecer.
Pues yo no lo creo. La historia
ha sido bastante clara: cada vez que una élite se ha arrogado el derecho de
gobernar sin control, el resultado ha sido el desastre; cuando se ha legitimado
el rearme de potencias militaristas, lo que ha seguido es la guerra; y cuando
se ha negado el pluralismo y se han jerarquizado las culturas, lo que ha
emergido ha sido la violencia extrema, incluso el genocidio.
Por eso, aunque Palantir intente
disfrazar su proyecto como una “república tecnológica”, para mí tiene otro
nombre: tecnofascismo. Y como toda forma de fascismo, no se enfrenta imitando
su lógica, ni con más armas, ni con más vigilancia, ni con algoritmos
convertidos en instrumentos de control, sino acotando el poder que lo sostiene:
mediante controles institucionales efectivos, regulación vinculante,
supervisión independiente y mecanismos reales de rendición de cuentas y
sanción. No es una cuestión de principios abstractos, sino de estructuras
concretas que impidan que estos sistemas operen sin límites.
No necesitamos una élite
tecnológica que pretenda rediseñar la sociedad como si fuera un experimento. Lo
que hace falta es someter ese poder a reglas claras: transparencia obligatoria,
escrutinio público y control ciudadano sobre el desarrollo y uso de la
tecnología.