América Latina, esa extensión de tierra que vanamente llamamos nuestra desde el Río Bravo hasta la Patagonia, tiene una verdad tan obvia que solo los ciegos o los vendidos se atreven a ignorar: al norte, pegaditos a nuestra frontera, tenemos al vecino más hipócrita, más agresivo y más ladrón que ha parido la historia. Estados Unidos, segunda potencia nuclear mundial, esa nación que se da el lujo de darnos lecciones de democracia mientras nos aprieta el cuello, nos mira con el desprecio con el que se mira a un perro sucio, nos saquea a manos llenas con sonrisas de estafador bien aventurado y nos humilla con golpes de estado que luego llama “defensa de la libertad”. Y todavía hay ingenuos que creen que ese gigante armado hasta los dientes nos va a tratar bien solo porque firmamos papeles llenos de buenas intenciones. ¡Qué gracia! El anglosajón no respeta tratados, ni leyes, ni llantos: respeta únicamente lo que puede destruir. Y nosotros, tan “nobles”, tan “pacíficos”, seguimos desarmados, desprotegidos, esperando que se apiaden de nosotros, como si la piedad fuera una moneda que alguna vez han usado con nadie.
Se nos olvidó Panamá, ¿verdad? Claro, qué fácil borrar lo que nos duele. ¿Se nos borraron de la memoria las intervenciones sucias en Venezuela, el bloqueo criminal que ha matado niños y ancianos en Cuba, las manos metidas hasta el fondo en la política de Bolivia, o esa costumbre asquerosa de financiar candidatos títeres, agentes de la CIA y representantes de lobbies extranjeros (hasta sionistas hemos tenido, qué vergüenza) en multitud de países y en todos los rincones de nuestra región? Cada día, sin falta, la mano gringa se mete en lo que no le importa, rompe lo que le estorba, se lleva nuestros recursos y nos deja miseria, caos y gobiernos que solo sirven para obedecer. ¡Qué bonito! Paz con hambre, paz con saqueo, paz con humillación. No gracias, prefiero la paz del cementerio de misiles enemigos. Y todavía hay quienes dicen “hay que dialogar”. ¡Qué estupidez! Esa injerencia asquerosa no va a terminar con discursos, ni con cartas a la ONU, ni con declaraciones de “zona de paz”. Terminará el día en que tengamos el látigo atómico en la mano, y sepan que, si nos tocan, les arde la piel.
Estoy harto, pero harto de verdad, de ese pacifismo ridículo, cobarde y vomitivo que nos endilgan los intelectuales de salón y las ONGs que viven del dinero gringo. Estoy harto, hasta el cansancio, de ese pacifismo rancio, hipócrita y traicionero que nos venden esa misma gente “buena” que nos repite hasta el cansancio que “la paz se logra sin armas”. ¡Vaya mentira infame! Ese pacifismo latinoamericano, el que nos condena a ser la única región grande del mundo sin poder nuclear mientras todos los demás se arman hasta los dientes, no es ninguna virtud: es pura y simple estupidez, un suicidio colectivo disfrazado de ética. Es el cuento barato que nos han contado para que nos quedemos quietos, con las manos cruzadas y la moral bien alta, mientras nos comen vivos pedazo a pedazo.
Por eso escupo sobre el Tratado de Tlatelolco, porque es exactamente lo que parece: una camisa de fuerza que nos pusieron encima para asegurarse de que sigamos débiles, manejables y sin defensa. Rechazo esa estupidez de que “América Latina debe ser una región desnuclearizada”, porque eso solo le sirve a quien quiere dominarnos sin pagar ningún precio, sin correr riesgos y sin encontrar oposición. Es una trampa tan burda que da risa que todavía haya quienes la defiendan con la boca llena de palabras bonitas. Mientras nosotros renunciamos al átomo como si fuera algo pecaminoso, Israel se blinda con ojivas, India y Pakistán se amenazan y se respetan a cañonazos, Corea del Norte les hace frente a todo el mundo y Rusia se mantiene firme frente a la expansiva OTAN. ¿Y nosotros? Nosotros seguimos presumiendo de ser “pacíficos” mientras nos quedamos con la moral alta y las manos vacías. ¡Qué orgullo tan inútil y qué tontería tan grande!
¿Alguien cree que los discursos de la ONU detuvieron a los anglosajones en Irán? ¿Alguien cree que las quejas sirvieron de algo? Por favor. Al pueblo iraní le masacraron niñas con misiles inteligentes, le asesinaron a sus líderes militares, bombardearon sus casas y destruyeron su país, y aun así, gracias a su terquedad histórica y a su avance balístico, lograron sobrevivir y ganarles la partida. Pero nosotros, tan listos, esperaremos tranquilos a que nos hagan lo mismo, ¿verdad? Esperaremos a que maten a nuestros líderes, a que destruyan nuestras ciudades, a que dejen sin nada a nuestras familias, mientras nosotros miramos al cielo pidiendo ayuda y no tenemos ni un misil para devolver el saludo. ¡Qué valentía la nuestra!
Miren a Corea del Norte, el ejemplo perfecto. Un país diminuto, bloqueado y pobre, pero más temido que el mismo diablo. ¿Por qué? Porque Kim Jong-un tiene el misil y los huevos para usarlo. Nadie, absolutamente nadie, se atreve a invadir Pyongyang. ¿Y a nosotros? Nos invaden, nos colonizan y nos imponen presidentes con la misma facilidad con que cambian de calcetines. Porque la disuasión funciona, y funciona a las patadas. Pakistán e India se respetan por mutuo terror, no por "amor fraterno". Esa es la única paz verdadera: la paz armada, la que nace del miedo a la aniquilación. ¿Tan difícil es de entender?
Necesitamos misiles hipersónicos que atraviesen el Atlántico como un cuchillo caliente en mantequilla. Necesitamos ojivas atómicas que hagan temblar las piernas del Pentágono. Necesitamos que el enemigo sepa, de forma diáfana y sin ambages, que, si tocan a México, a Brasil, a Argentina o a cualquier pedazo de esta Patria Grande, los vamos a freír con fuego nuclear. Nada de condenas morales ni de quejidos en la Asamblea General. Vamos a responder con destrucción masiva, fulminante y brutal. Solo así, con el látigo en la mano, los gringos van a dejar de llamarnos "bananeros".
Brasil es, probablemente, el país latinoamericano con mayores capacidades tecnológicas e industriales en materia nuclear. Cuenta con infraestructura, conocimiento científico, reservas de uranio y una base industrial que lo colocan en una posición privilegiada dentro de la región. Pero ese potencial no debería convertirse en un patrimonio exclusivo de un solo país mientras el resto de América Latina permanece dependiendo de potencias externas.
Lo que necesitamos es una verdadera integración de la Patria Grande, un bloque capaz de combinar las fortalezas de cada nación. México puede aportar su enorme capacidad industrial y su posición geográfica; Argentina, su experiencia en los sectores nuclear, aeroespacial y científico; Chile, sus recursos minerales estratégicos; Colombia, su ubicación geopolítica; Venezuela, sus vastos recursos energéticos; y el resto de los países, sus capacidades productivas, humanas y tecnológicas.
Solo mediante una cooperación estratégica y una política de defensa coordinada podremos construir una región con mayor autonomía, en la que cualquier intento de presionar o aislar a uno de nuestros países encuentre una respuesta conjunta del bloque latinoamericano.
Hablemos sin adornos: necesitamos nuestra propia OTAN del Sur, un bloque militar serio, con mando único, con inteligencia compartida y con la claridad de que la agresión contra cualquiera de nosotros es guerra contra todos. Un tratado que diga, negro sobre blanco: si nos tocan, arden. Porque hasta ahora hemos sido el chiste del mundo, nos llaman “bananeros”, nos tratan como gente de segunda y se ríen de nosotros en todas las mesas importantes. Es hora de que sepan que Iberoamérica (desde España hasta la Patagonia) tiene colmillo, tiene garra y ya se cansó de ser la burla.
Yo no quiero que mis hijos crezcan con miedo a que lleguen los gringos a decirnos qué hacer. No quiero ver más presidentes que parecen empleados de una oficina en Washington. Quiero que cada gobernante latinoamericano se siente en la ONU con la cabeza alta, no porque sea muy educado, sino porque sabe que tiene el botón rojo y las ganas de usarlo. Quiero que el Tío Sam sepa que, si toca a Cuba, si toca a Venezuela, si toca a México o si toca a cualquier parte de nuestra tierra, sus ciudades van a saber lo que es el miedo de verdad.
Necesitamos una doctrina sin
ambigüedades, sin medias tintas: disuasión extrema y respuesta masiva. Que lo
sepan bien, que se les grabe en la cabeza: las armas atómicas que desarrollemos
las vamos a usar si es necesario. Que sepan que las líneas rojas ya no las
dibujan ellos, las dibujamos nosotros, con nuestra soberanía y con nuestra
dignidad, cosas que hace mucho tiempo se nos olvidó defender. Porque el enemigo
no entiende de derechos humanos, ni de justicia, ni de buenas intenciones: solo
entiende de poder, de misiles y de consecuencias.
TRES PILARES, UNA SOLA FE
Solo hay tres cosas en las que
creo con absoluta y firme convicción. Son mi dogma, mi trinidad terrenal y
espiritual, lo que me da certeza y fuerza:
Primero: las armas atómicas. El
disuasivo supremo, el único escudo que nos va a sacar de ser esclavos y nos va
a hacer libres de verdad. Nada de moralidades baratas: quien tiene el poder,
manda.
Segundo: los misiles
hipersónicos. La velocidad que hace inútil todo lo que han construido para
defenderse, la respuesta letal, rápida y sin apelación que llegará hasta su
puerta si se les ocurre tocarnos.
Tercero: Jesucristo. Porque la justicia divina siempre estuvo del lado de los que han sido pisoteados, y nosotros, los latinoamericanos, llevamos más de 200 años soportando lo indecible. Cristo no vino a traer una paz fundada en la sumisión, sino la espada que separa la verdad de la mentira y la justicia de la injusticia. Y nosotros, sus herederos, asumiremos la fuerza necesaria para proteger lo que es nuestro, porque para algo nos dio tierra, familia y dignidad.
¡Iberoamericanos! Despierten de una vez, que ya va siendo hora. Sacúdanse ese polvo de sumisión y ese complejo de inferioridad que nos metieron en la cabeza a fuerza de golpes y mentiras. Dejen de creer que ser buenos nos va a salvar, porque en este mundo, ser bueno solo sirve para que te coman primero. No hay nada malo en defenderse. No hay nada inmoral en tener el mismo poder que tienen los que nos dominan. Al contrario: es nuestro deber, es lo único patriótico, lo único cristiano que nos queda por hacer.
Exijamos a nuestros gobiernos
romper esos pactos ridículos que nos atan las manos. Exijamos que se invierta
en ciencia, en industria, en fuerza militar, en todo lo que ellos tienen y nos
prohíben a nosotros. Exijamos esa alianza que nos una a todos, sin egoísmos ni
tonterías. Y si nuestros gobernantes no quieren hacerlo, si prefieren seguir
siendo marionetas, los cambiaremos, porque la soberanía no se negocia, se
impone, y ya nos cansamos de esperar.
¡América Latina unida, nuclear y
poderosa!
¡Que tiemblen los anglosajones y
todos los que nos han despreciado!
¡Que viva la Patria Grande
Atómica, libre por fin!