Hay libros que, por su mera
existencia, constituyen un acto de fe. No fe en Dios, desde luego, pero sí fe
en la propia capacidad de reinventar la rueda y venderla como un descubrimiento
revolucionario. La batalla cultural de Agustín Laje pertenece a esa categoría
de obras que se presentan como un faro en la oscuridad cuando en realidad no
hacen más que refritar viejas consignas con el vocabulario académico necesario
para que los incautos crean estar ante un tratado de filosofía política y no
ante lo que efectivamente es: un panfleto de cabecera para la nueva derecha
latinoamericana, un manual de instrucciones para el guerrillero de salón que
confunde la lectura de Bauman con la comprensión del mundo. Y debo ser claro
desde el principio: mi rechazo a este libro no viene de ninguna simpatía hacia
la izquierda woke , que, al fin y al cabo, es hijo del mismo liberalismo
occidental que Laje defiende aunque no lo sepa, , en cambio es de algo mucho
más simple: este libro es una mierda, una basura panfletaria, otro estercolero
más de los tantos panfletos que esta al mismo nivel de los escritos genéricos
de la zurdería latinoamericana, aunque en este caso mal parido de la infecunda
derecha latinoamericana. Lo suyo no está lejos, señores: está en la misma
categoría de parasitismo intelectual.
Primero doy gracias a Dios de que
no gasté un centavo leyendo esta cosa. Gracias a Dios. No gasté un lempira, ni
un céntimo, ni un peso, ni un euro, ni una libra, ni un dólar en este libro. Lo
leí por otros medios, y aun así siento que me deben compensación por el tiempo
perdido.
Pero hay algo más grave que su
mediocridad literaria: la estrechez geográfica de su obsesión. Laje hace de la
“batalla cultural” algo que solo ocurre en un pequeño rincón del planeta.
América Latina no es el centro del mundo. Europa y Estados Unidos tampoco lo
son. ¿En China hay alguna “batalla cultural” de este tipo? No. ¿En Medio
Oriente? Menos. ¿En África, en Europa del Este, en Rusia? Nada. El único
enfrentamiento auténticamente cultural, y más que cultural, escatológico, de
dimensiones geográficas nunca vistas, es contra Occidente. Las elites
occidentales, su unipolarismo, su disolución de las patrias, su hegemonía del
dólar, su brujería de medios de comunicación, la decadente cultura
unidimensional, la red de pedo-sionistas de los archivos Epstein, contra su
adoración a rituales satánicos, contra Baal. Laje nunca hablará de estas cosas.
Y sé que cuando escribió el libro no estaba tan en vigencia algunas de las
mencionadas, pero tampoco actualiza sus contenidos ni los va a tocar, porque
claro: él tiene una narrativa vigente de los laboratorios de ideas libertarios
de Inglaterra, la Unión Europea, Estados Unidos. No se va a cuestionar nada de
esto. Ya de ahí su “batalla cultural” es una mentira, una palabra plagiada del
Kulturkampf de Bismarck que no ha inventado nada. Yo creí que hablaría de la
nueva derecha de Alain de Benoist, de algo genuinamente novedoso. Tampoco la
menciona. Despierten, por favor: puro panfletismo esto.
Si ya de por sí se me hace rancia
la izquierda woke que tenemos en América Latina, esa que Laje tanto denuncia
pero que, repito, bebe del mismo manantial liberal que él, , viene este
personaje a contaminarnos con su versión de derecha. Porque la cuestión es
clara: no tienes que alejarte de Occidente. Eso es lo que quiere Laje, que no
te alejes. Que las únicas alternativas que vas a conocer a nivel económico,
social, institucional, monetario, las encuentres en Occidente. No, no, no. Una
auténtica batalla hoy es separarse de Occidente. Económicamente, socialmente,
en instituciones, a nivel monetario. Romper con el FMI, con el Banco Mundial,
con el dólar como reserva, con las cadenas de valor que nos mantienen
subalternos. Pero claro, para eso habría que tener agallas de varón
indohispano, y Laje prefiere pelearse con estudiantes de género en Twitter.
Laje, hay que reconocerlo, tiene
oficio. Sabe que para seducir al incauto hay que empezar con un gesto de
humildad académica, “el estilo de mi trabajo es académico, y la honestidad
intelectual es su guía”, para inmediatamente después confesar que su interés no
es la teoría, en cambio es “una práctica política que sirva a las derechas”.
Esta confesión de parcialidad, presentada como transparencia, es en realidad la
coartada perfecta para todo lo que sigue: un monumento a la mala fe
hermenéutica donde cada concepto es estirado, torsionado y violentado hasta que
encaje en la narrativa de la gran conspiración cultural de las izquierdas (del
zurderío occidental salido de las academias de los países que tanto admira).
Porque de eso trata este libro:
de trazar el mapa de una conjura. La tesis es simple y eficaz para mover fibras
del resentimiento: las izquierdas entendieron que la lucha era por los medios
de significación, y mientras las derechas dormían, aquellas copaban
universidades, medios, editoriales, museos. Laje se presenta como el
despertador de esta siesta, el hombre que viene a revelar el ardid. Pero su
campo de batalla es ridículamente pequeño: la sección de comentarios de
YouTube, Twitter, los pasillos de facultades de humanidades occidentales. Como
si el mundo se redujera a eso.
El problema de fondo es que Laje
no entiende que la cultura no es un campo de batalla porque las izquierdas lo
hayan convertido en tal, en cambio es porque la cultura es, por definición,
conflicto. Cita a Gramsci, pero se queda con la táctica y omite el diagnóstico
de clase. Cita a Foucault, pero olvida que el poder circula, atraviesa,
constituye. Cita a Bauman, pero extrae del líquido solo lo que le sirve para
mojar la pólvora de su cruzada. El resultado es un pastiche teórico donde los
conceptos navegan sin rumbo, reducidos a munición para una batalla que,
paradójicamente, pretenden explicar. Y todo ello al servicio de una visión del
mundo que ni siquiera cuestiona el marco occidental en el que se mueve.
Cuando llega el momento de
definir la “batalla cultural”, Laje opera un desplazamiento sutil pero
decisivo. De la constatación de que la cultura es un campo de significaciones
en disputa se pasa subrepticiamente a la prescripción de que la cultura debe ser
un campo de batalla. De la descripción se salta a la táctica. Y en ese salto se
juega todo el proyecto: no se trata de comprender cómo funciona la cultura, en
cambio es intervenir en ella con el mismo razonamiento guerrerista que se
denuncia en las izquierdas. Es la coherencia de quien critica el juego pero se
niega a salir del tablero.
Laje necesita creer que el
enemigo tiene un plan. La cultura no es para él un tejido complejo de prácticas
sociales; en cambio, es una maquinaria conspirativa manejada desde algún
cuartel general de la Nueva Izquierda. Por eso su lectura de la modernidad es
tan automática: la modernidad es diferenciación de esferas, la posmodernidad es
desdiferenciación donde la cultura lo invade todo. La historia universal queda
reducida a una progresión teleológica cuyo único sentido es explicar por qué
hoy tenemos que leer este libro. Nunca se pregunta por la pertenencia de esa
historia a nosotros; de lo contrario será simplemente la historia de una
civilización en decadencia que intenta arrastrarnos con ella.
Los capítulos dedicados a la
modernidad y la posmodernidad revelan la operación retórica. Hay un esfuerzo
por apropiarse de Durkheim, Weber, Tönnies, Parsons, pero siempre con el mismo
movimiento: la teoría se convierte en una coartada. Cuando Weber habla del
desencantamiento, Laje lamenta la pérdida de la “unidad cultural” premoderna.
Cuando Simmel analiza la tragedia de la cultura, Laje encuentra confirmación de
que la cultura es un conflicto. Es la teoría puesta al servicio de la
nostalgia, la nostalgia puesta al servicio de la reacción. Una reacción, eso
sí, que nunca cuestiona el capitalismo-liberal de occidente, el que financia
tanto a la izquierda woke como a la derecha que Laje representa.
El tratamiento de la economía es
sintomático. Sigue a Polanyi, Weber, Hayek para explicar la transición de la
economía premoderna a la moderna. Pero cuando conecta esto con la batalla
cultural, la argumentación se vuelve sospechosamente simple: si la economía ya
no está incrustada en la cultura, entonces la cultura puede reaccionar contra
ella. Por tanto, batalla cultural. La compleja historia de la transformación
económica occidental queda reducida a mera condición de una posibilidad para la
guerra cultural. La economía no importa por sí misma, ni las cadenas de
explotación globales, ni la dependencia de fondo de nuestras economías respecto
al centro occidental. Solo importa como escenario de peleas culturales entre
profesores universitarios.
Al final del día, Laje no hace
más que distraernos de los verdaderos problemas. Sí, la izquierda woke nos
distrae con sus banderas identitarias, sus debates interminables sobre género y
todo su panfleto moralista. Pero Laje no viene a corregir eso: viene a cumplir
exactamente la misma función desde el otro lado. No cuestiona el sistema
neoliberal; más bien viene a profundizarlo de manera descarada. Basta ver el
laboratorio argentino, hoy convertido en vitrina de las agendas neoliberales
anglosajonas en lo económico. ¿Y en lo cultural? Ahí el supuesto
conservadurismo se vuelve puro decorado.
Porque seamos claros: el país
puede volverse más conservador en el discurso, pero más brutal en lo material.
¿De qué sirve ganar la batalla cultural si pierdes la batalla social? Ancianos
bailando en la calle para sobrevivir, gente durmiendo a la intemperie, familias
enteras cayendo en la precariedad. Muy conservadores, sí, pero con hambre. Muy
moralistas, pero sin pan. Entonces la pregunta es inevitable: ¿para qué servía
toda esta cruzada? ¿Cuál era el punto?
Esta ceguera ante lo económico es
lo que permite a Laje construir su relato sin enfrentar las contradicciones
materiales. Porque si algo revela su libro es que la famosa “batalla cultural”
es, en gran medida, una disputa entre fracciones del capital: capitalismo
productivo nacional frente a capitalismo financiero globalizado. Pero Laje no
puede ver eso. Su marco teórico, una mezcla improvisada de gramscianismo de
derecha y conspiracionismo, solo le permite identificar lo que el considere sus
villanos conscientes, voluntades que el vea malignas y enemigos culturales como
pelearse con modas adolescentes incluso. No hay lugar para el análisis
sistémico, para la lógica impersonal del capital, para entender cómo el mercado
convierte incluso la rebeldía en mercancía. Mucho menos para admitir que él
mismo es producto de esa dinámica, amplificado por los mismos circuitos que
dice combatir.
Y si le concedemos a Laje que sí,
que existen planes empeñados en demoler la llamada “civilización occidental”,
una civilización que por cierto lleva años en una lenta caída, entonces habría
que tener el valor de medir a todos con el mismo rasero. Porque si el poder
opera con financiamiento, redes internacionales y difusión ideológica, ¿por qué
dejar fuera a Agustín Laje? Siguiendo su propia visión de complot, Laje no
sería un disidente, más bien un producto de laboratorio. Un indicio más del
entorno que dice combatir. Su recorrido por foros internacionales, fundaciones,
centros de pensamiento y academias anglosajonas no lo convierte en un extraño
al sistema: lo vuelve perfectamente útil. También él llega a América Latina con
influencia foránea, con medios ajenos y con un mensaje prefabricado para el
consumo local. Si hay complots mundiales, entonces él también forma parte de
uno.
De ahí su obsesión casi ritual
con George Soros, los Rockefeller, la Ford Foundation o la Open Society
Foundations. Las menciona como quien recita una letanía de la paranoia,
convencido de que acumular nombres equivale a demostrar una conjura. Pero más que
revelar un genio maligno, lo que deja ver es otra cosa: una incapacidad casi
infantil para pensar el poder sin recurrir a la trama de malvados de
historieta. Que haya dinero financiando causas liberal-progresistas no
demuestra el gran esquema que apenas articula. Demuestra algo mucho más
trivial: que el capitalismo occidental convirtió hasta la rebeldía en
oportunidad comercial. La diversidad se vende. La disidencia prefabricada se
vende. La estética de la deconstrucción se vende. Las multinacionales no levantan
banderas arcoíris por iluminación moral, más bien porque en el “primer mundo”
la diferencia se volvió una marca y también cuota de mercado.
Y ahí está el punto que no puede
admitir sin que se le caiga el personaje. Porque si acepta esta situación,
tendría que reconocer que su propia derecha cultural no está fuera del sistema,
más bien perfectamente integrada en él. No es ninguna resistencia: es otro
segmento. Otra tribuna. Otra mercancía ideológica compitiendo por audiencia
dentro del mismo circo occidental en decadencia. Por algo prefiere hablar de
Therians que de los archivos Epstein. No hay conspiradores contra el sistema y
héroes contra la conspiración: hay facciones vendiendo relatos distintos dentro
de la misma maquinaria en declive.
El capítulo dedicado a la díada
izquierda/derecha es el más débil, no por falta de una erudición, conoce a
Bobbio, Bueno, Gellner, más bien es por un exceso de una necesidad. Necesita
salvar la distinción para anclar en ella su proyecto de Nueva Derecha. Pero la
argumentación se vuelve equilibrismo conceptual: la izquierda descompone para
reconstruir racionalmente, la derecha busca una especie de armonía orgánica.
Definiciones tan vagas que permiten incluir a liberales, conservadores,
seudo-tradicionalistas y seudo-patriotas, siempre que compartan el pánico ante
la “deconstrucción cultural”. Nunca se pregunta si estas categorías tienen
sentido fuera del occidente atlántico, en caso contrario serán simplemente la
pelea de dos facciones de una misma civilización en declive.
Es aquí donde el libro revela su
verdadera naturaleza: no es un análisis de la batalla cultural, en cambio es
una contribución a ella. Un arma más en el arsenal de la nueva derecha no es
más que neoconservadurismo anglo-sionista una Nueva invasión cultural del
occidente globalista liberal. Un intento de construir esa “cadena
equivalencial” que articule a todos los descontentos contra el
liber-progresismo en un mismo frente. Por eso la erudición es instrumental, la
teoría selectiva, la argumentación orientada a la praxis. Laje no quiere
entender el mundo, quiere transformarlo, pero en el sentido más reaccionario:
restaurar un orden de certezas que él mismo sabe irrecuperable. Y lo hace desde
la comodidad de no cuestionar ni el dólar, ni el FMI, ni la dependencia de
fondo, ni la subalternidad real de nuestras economías.
Lo más irritante es su tono: esa
mezcla de suficiencia académica y militancia panfletaria, de distancia
analítica y compromiso apasionado. Se presenta como el valiente que desafía la
corrección política, el táctico que señala el camino cuando otros andan
perdidos. Pero bajo esa armadura de cartón se esconde el rostro conocido de la
reacción liberal Neo-angloconservadora: el miedo a la complejidad, la nostalgia
de un orden imaginario, la incapacidad de habitar un mundo donde las certezas
se desvanecen. Y sobre todo, la cobardía de no enfrentar al verdadero enemigo:
el occidente decadente que financia tanto a la izquierda woke como a su propia
“derecha” alternativa.
En el fondo, lo que Laje no puede
tolerar no es que la izquierda se crea tener la razón, en cambio es que haya
ocupado un espacio figurado dentro del mismo marco que él jamás abandona. No le
molesta una revolución: le molesta haber perdido el turno en la fila. Su famosa
“batalla cultural” no es contra un enemigo civilizatorio, en cambio es contra
competidores dentro del mismo circo. Una riña por el micrófono, no por el
escenario.
Porque ese es el punto: su guerra
es doméstica. Una pelea de familia dentro de una civilización agotada. Cree
estar enfrentando una amenaza histórica cuando en realidad discute con
mutaciones internas del mismo organismo enfermo. Mucho ruido, mucha épica de
cartón, pero siempre dentro del mismo perímetro mental. Nada que huela a
ruptura real.
Y por eso su cruzada nace
limitada. Nunca sale del corral. Nunca rompe el cerco. Habla de hegemonía
cultural pero jamás toca la hegemonía civilizatoria. Denuncia los relatos, pero
no las estructuras. Se indigna con los signos mientras reverencia el sistema
que los produce. Es el tipo de rebeldía que ladra fuerte siempre que no tenga
que morder nada importante.
El cierre del libro es
previsible: un llamado a organizar una Nueva Derecha que dé la batalla en
escuelas, universidades, medios, redes y calles. Una supuesta guerra total en
el terreno figurado. Pero aquí es donde la grandilocuencia se vuelve involuntariamente
cómica: esa guerra no solo ya existe, en cambio es que ni siquiera gira en el
eje que él imagina. No es izquierda contra derecha. Es un orden que se
descompone contra un mundo que intenta aun con sus contradicciones, salirse de
su órbita.
Reducir eso a memes ideológicos
es no entender nada o, peor aún, entenderlo demasiado bien y preferir el
teatro. Porque el libro entero funciona como eso: un libreto para actores
secundarios que creen protagonizar la historia mientras repiten líneas escritas
en otra parte.
Al final, el texto no revela
ninguna verdad incómoda. Solo añade más ruido al ruido. Otro manifiesto
occidental convencido de estar descubriendo el fuego mientras sopla brasas
ajenas. Y lo más irónico es que pretende despertar conciencias manteniéndolas encerradas
en el mismo barco que hace agua por todos lados, alentando peleas por los
camarotes mientras el casco cruje.
Como diagnóstico de época, La
batalla cultural es plano. Como programa político, impracticable. Como teoría,
inconsistente. Pero como síntoma, eso sí, es fascinante. Porque delata una
mentalidad incapaz de imaginar el mundo fuera de las categorías que la
formaron. Una mente que necesita que el conflicto sea cultural porque no puede
permitirse admitir que es civilizatorio.
Y ahí está su verdadero valor: no
en lo que dice, en cambio es en lo que exhibe. El libro funciona como
radiografía involuntaria de una derecha que quiere parecer insurgente sin dejar
de ser una herramienta del partido republicano anglo. Rebeldes de utilería,
disidentes con manuales de estilo, iconoclastas que piden permiso antes de
romper algo.
En ese sentido, Agustín Laje escribió exactamente el libro que su público necesitaba: un ansiolítico ideológico. Un mapa para no perderse sin tener que explorar. Una brújula que siempre apunta hacia atrás, pero se vende como si marcara el norte.
Fuente:
- Laje, Agustín, “La batalla cultural”