No, latino… no. Irán no quiere parecerse a ustedes (y nunca será una república bananera)

marzo 18, 2026

 


Los iraníes no quieren tu mugrosa y abstracta libertad. No quieren tus conceptos que ya pertenecen al basurero de la historia, ¿sí? Y desde ahí tienes que empezar a entenderlo todo, porque de no captar esa premisa básica, vas a vivir de forma constante en el error de creer que todo el mundo aspira a ser como tú, a vivir como tú, a reproducir tus mismas miserias existenciales bajo la engañosa promesa de un progreso que nunca termina de llegar. Y no, no voy a meterme ahorita con los anglos ni con los europeos, porque esa gente es profundamente ignorante, estúpida y vive en su propia burbuja de cristal, convencidos de que su modelo de vida es el único posible y el deseable para toda la humanidad. Pero nosotros, los denominados latinos, vivimos una realidad más directa, más cruda, más en la cara. Nosotros sabemos lo que es cargar con el fracaso en carne propia. Y es a ustedes, latinos, a quienes quiero hablarles hoy, con la dureza que merece la urgencia del asunto.

Porque ustedes creen, en su soberbia de pobres diablos, que el mundo entero está esperando con ansias la oportunidad de volverse una republiqueta bananera como las que abundan en nuestro continente. Ustedes creen que los pueblos milenarios, con historia y dignidad, están haciendo fila para suplicar migajas de ese modelo fracasado que ustedes mismos no logran sostener con decencia. Y no hay peor ciego que el que no quiere ver. Los iraníes no quieren vivir como tú. No aspiran a ese mierdal en el que ustedes sobreviven, peleándose por el hueso que les tiran las hegemonías en declive mientras cantan himnos a una libertad que nunca han poseído. Los iraníes no quieren ser ustedes, y ni por cerca, ni por asomo, ni en la más delirante de las pesadillas, se imaginan siendo ustedes. ¿Por qué habrían de quererlo?

Ustedes cargan con la mochila de un ex-imperio mal digerido, con la identidad fragmentada por décadas de liberalismo, con el alma partida entre lo que dicen que fueron y lo que nunca pudieron ser. Ustedes son el resultado de abstracciones traídas de fuera, de constituciones calcadas, de modelos políticos que les vinieron en paquete desde el exterior y que nunca calzaron con la realidad de estas tierras. Ustedes son repúblicas de papel, democracias de mentira, libertades de cartón. Y lo peor de todo es que han terminado por creérselo. Han terminado por convencerse de que esa es la única forma posible de existir en el mundo, y salen a predicar su evangelio laico a otros pueblos como si tuvieran algo valioso que ofrecer.

Pero Irán es otra cosa. Irán no es una republiqueta bananera. Irán es Persia. Es una civilización con más de 3.500 años de historia, con capas y capas de cultura, de filosofía, de poesía, de arquitectura, de ciencia acumulada sobre los hombros de gigantes mientras nuestros antepasados, con todo respeto, andaban todavía en taparrabos por estas tierras. Y cuando Persia abrazó el islam chiíta hace más de 1.000 años, no lo hizo por imposición ni por coloniaje; lo hizo como un proceso profundo de síntesis cultural que dio origen a algo único, a una manera de estar en el mundo que no le pide autorización a nadie y que no necesita validación de ninguna potencia extranjera. Eso es lo que ustedes no pueden ni van a poder entender nunca, porque han sido mutilados de su propia historia, han sido vaciados por dentro y llenados con discursos ajenos.

Los iraníes no quieren tus abstracciones. No quieren tu concepto de libertad porque para ellos la libertad no es ese eslogan vacío que repiten los anuncios de Coca-Cola y las series de Netflix. La libertad, en serio, es algo que se construye desde adentro, desde la tradición, desde la comunidad, desde la dignidad colectiva, no desde el individuo aislado que cree que puede hacer lo que le da la gana mientras el sistema lo devora. Para un iraní, la libertad occidental que ustedes veneran (mas no pertenecen a ese occidente) no es más que otra forma de esclavitud disfrazada de consumo, otra manera de vaciar el alma y llenarla de mercancías inútiles. Y tienen toda la puta razón.

Viven predicando la diversidad como si fuera una religión… siempre y cuando esa diversidad no incomode demasiado. Porque, en cuanto aparece una forma de vida que no encaja en su catálogo mental, dejan de ser pluralistas y se convierten en correctores de conducta. Les encanta hablar de un mundo múltiple, pero solo toleran versiones distintas que, en el fondo, terminan pareciéndose a ustedes. Todo lo demás les genera esa mezcla curiosa de fascinación y rechazo que nunca saben manejar del todo. Miran de reojo a sociedades que no se pliegan, que no piden consentimiento para existir bajo sus propias reglas. Y ahí es donde aparece la incomodidad real: no por falta de entendimiento; ocurre, más bien, porque no las pueden domesticar. Entonces recurren al discurso universalista, ese que suena tan bonito, pero que en el fondo funciona como una plantilla: todos distintos, sí… pero dentro del mismo molde.

No se dan cuenta de que cuando un iraní dice que no quiere vivir como tú, no te está ofendiendo personalmente; te está haciendo el favor más grande que te pueden hacer: está validando que existen otras formas de ser humano, otras maneras de organizar la vida colectiva, otras concepciones de lo bueno y lo deseable que no pasan por el supermercado de las ideologías occidentales.

Los iraníes no quieren ser republiquetas bananeras. No quieren esa independencia de mentira que consiste en cambiar de ser un imperio para tener un amo y luego cambiarlo por otro, en pasar de quejarse de España a vivir besándole los pies a los anglos fingiendo ser una república independiente, en cambiar la espada por el dólar. Ellos han visto lo que pasa con los países que se entregan al mercado global sin reservas, que abren sus puertas a las ONG y a las fundaciones y a las embajadas culturales, y terminan convertidos en caricaturas de sí mismos, en parques temáticos para turistas occidentales en busca de exoticismo barato. Ellos han visto lo que pasa con los intelectuales que se venden por una beca en Harvard, con los políticos que se prostituyen por un aplauso en Washington, con las élites que traicionan a su pueblo por una cuenta en un banco suizo. Y han dicho: no, gracias. No vamos por ese camino.

Y ojo, que esto no es un elogio ciego a Irán ni una defensa acrítica de su gobierno. Irán tiene sus contradicciones, sus problemas, sus tensiones internas, como toda sociedad viva. Pero lo que está en juego aquí no es si Irán es perfecto o no; es la soberanía de su camino, la legitimidad de su negativa a convertirse en lo que ustedes ya son. Lo que está en juego es si un pueblo con memoria histórica tiene derecho a decir "no" al modelo que ustedes representan, por más que ustedes insistan en que es el único posible. Y ese derecho, por supuesto que lo tiene. Y lo ejerce todos los días, con cada mujer que usa el velo por convicción y no por imposición, con cada hombre que reza en persa y no en inglés, con cada poeta que escribe en su idioma y no en la lengua del amo.

Entonces, latino, deja de proyectar tus miserias sobre los demás. Deja de creer que tu camino es el único y que todos los que no lo siguen están equivocados o atrasados o necesitan tu compasión paternalista. Los iraníes no te necesitan a ti ni a tus conceptos abstractos. No necesitan tu libertad de pacotilla, tu democracia de opereta, tus derechos humanos de usar y tirar. Ellos tienen lo suyo, construido durante milenios, y lo van a defender con uñas y dientes contra cualquiera que pretenda venir a imponerles otra cosa, venga de donde venga, tenga la bandera que tenga.

Y si de verdad quieres entender algo de este mundo complejo en el que vivimos, empieza por aceptar esa verdad incómoda: no todo el mundo quiere ser como tú. No todo el mundo aspira a tu nivel de consumo, a tu estilo de vida, a tu libertad abstracta. Hay pueblos que han elegido otros caminos, otras formas de entender la existencia, y tienen todo el derecho del mundo a transitarlos sin que tú, desde tu burbuja de fracaso y subordinación, vengas a decirles cómo deben vivir. Eso, si acaso, es lo único que deberías aprender de todo esto. O no. Tú verás. Pero no digas que no te avisaron.

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