El genocidio olvidado: cómo el Imperio Británico exterminó a la mitad de Irán y lo borró de la historia

marzo 11, 2026

 




Después de varias lecturas y de llegar finalmente al libro The Great Famine and Genocide in Iran, del investigador Mohammad Gholi Majd, uno no puede evitar quedarse entre atónito e indignado. El propio autor relata cómo se topó con algo que parece casi una broma macabra de la historia: un episodio de muerte masiva en Irán prácticamente borrado de la narrativa dominante, pese a la magnitud de la tragedia.

Según su investigación, durante los años de la Persian Famine of 1917–1919, en pleno marco de la Primera Guerra Mundial, la población iraní sufrió una catástrofe demográfica que algunas estimaciones sitúan en millones de muertos. Lo interesante no es solo la hambruna en sí, más bien el muro de silencio que la rodea. Majd describe cómo gran parte de la historiografía dominante, especialmente la producida en círculos académicos anglosajones, reaccionó con una mezcla de escepticismo y condescendencia: básicamente, si la investigación no nace en sus archivos o no pasa por su filtro interpretativo, entonces debe ser “dudosa”.

La ironía es deliciosa. Durante décadas, esa misma academia se presentó como árbitro universal de la verdad histórica. Como si la historia del mundo tuviera una aduana intelectual en Londres o en Washington, y todo relato que no pase por ahí quedara automáticamente degradado a sospecha.

Sin embargo, Majd hizo algo bastante incómodo: ir a los propios archivos británicos y estadounidenses. Y lo que encontró allí, informes diplomáticos, correspondencia militar, documentos oficiales, desmonta buena parte de la narrativa cómoda que se había repetido durante casi un siglo. Es decir, el problema no era la falta de fuentes, más bien la falta de voluntad de mirarlas.

En el mundo hispanohablante la situación es todavía más absurda. Sobre la hambruna iraní casi no existe bibliografía accesible ni presencia en manuales escolares. Es como si ese episodio hubiese sido barrido debajo de la alfombra de la historia global. Y eso que hablamos de una catástrofe humana de proporciones gigantescas.

Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿cuántos otros episodios históricos han quedado enterrados bajo ese mismo mecanismo de silenciamiento selectivo? Porque, aparentemente, algunos genocidios merecen museos, conmemoraciones, monumentos y días internacionales de memoria… mientras que otros ni siquiera consiguen una nota al pie.

El asedio histórico contra Irán por parte de las potencias occidentales es un capítulo largo y bastante oscuro. Pero también hay algo que merece destacarse: la persistencia del pueblo iraní. Pocas naciones han atravesado tantos episodios de presión externa, intervenciones y catástrofes sin desaparecer del mapa político o cultural.

Y tal vez por eso mismo conviene hablar de esto. No para convertir la historia en propaganda inversa, más bien para abrir una pequeña ventana donde antes solo había silencio. Porque la memoria histórica, cuando deja de ser monopolio de unas pocas academias autoproclamadas universales, suele volverse bastante más incómoda.

 

La Gran Hambruna de 1917-1919 en Irán no fue una catástrofe natural ni un lamentable accidente de la historia: fue el genocidio más cínico, planificado y posteriormente ocultado bajo toneladas de silencio diplomático y academicismo servil del siglo XX. Mientras Europa se desangraba en las trincheras de la Gran Guerra, Londres encontró en la neutralidad persa una oportunidad única para llevar a cabo un exterminio demográfico que eliminó entre ocho y diez millones de almas, una cifra que oscila entre el cuarenta y el cincuenta por ciento de una población de dieciocho a veinte millones, superando con creces las ocho millones y media de muertes en combate de todos los beligerantes de la Primera Guerra Mundial combinados. Irán, que no había declarado guerra a nadie, sufrió pérdidas proporcionalmente superiores a cualquier nación combatiente, comparable en su magnitud relativa a los genocidios que el siglo XX posteriormente documentaría con horror, pero que curiosamente nunca ocupó un lugar en los libros de texto ni en las ceremonias de conmemoración occidentales. Comparada con la hambruna de Bengala de 1943, que eliminó entre tres y cinco millones de una población de trescientos millones, la devastación persa fue proporcionalmente mucho peor, una proporción de muerte que solo encuentra paralelo en las peores atrocidades del siglo.

 

Las fuentes existen, claro que sí, aunque Londres haya hecho todo lo posible por enterrarlas bajo clasificaciones de "confidencial" o directamente destruirlas en los sótanos de Hanslope Park, donde reposan los documentos más incómodos del Foreign Office: las pruebas de la eliminación sistemática de enemigos coloniales en Malaya, el conocimiento explícito de torturas y asesinatos de los Mau Mau en Kenia, y con toda probabilidad los registros directos sobre cómo se organizó la hambruna persa. La justificación oficial para mantener estos papeles ocultos durante décadas resulta tan obscena como el crimen mismo: eran simplemente "embarazosos" para el gobierno de Su Majestad. Un eufemismo que resume perfectamente la ética Anglo-imperial: lo que no se puede negar, se oculta; lo que no se puede ocultar, se trivializa; y lo que no se puede trivializar, se atribuye a la naturaleza, al clima, o a la supuesta incompetencia de los nativos.

 

Los testimonios que sobrevivieron al bloqueo documental británico provienen de observadores que Londres no pudo controlar: diplomáticos estadounidenses como Murray, que estimó que un tercio de la población había desaparecido, una cifra que el propio autor considera conservadora frente a la realidad de ocho a diez millones; informes de la Liga de Naciones que documentaban la devastación causada por invasiones, pillaje y hambruna; y las memorias de oficiales británicos que, con la arrogancia típica de la raza superior, describían los cadáveres amontonándose en las calles de Teherán mientras sus tropas se llevaban los últimos sacos de grano. La población de la capital colapsó de quinientos mil a doscientos mil habitantes en cuestión de años, e Irán no recuperaría sus niveles prebélicos hasta los años cincuenta, una generación después, cuando la memoria del genocidio ya había sido convenientemente borrada de la conciencia internacional.

 

La ocupación de Irán durante la Primera Guerra Mundial siguió un guion de conquista por fases que habría enorgullecido a cualquier manual de imperialismo del siglo XIX. Entre 1914 y 1917, Rusia se adueñó del norte mientras Gran Bretaña consolidaba su control sobre el sur, el oeste y el este, una división que recordaba demasiado a los acuerdos secretos que repartían el mundo entre potencias coloniales. La Revolución Rusa de 1917, lejos de aliviar la presión sobre Persia, permitió la expansión británica hacia el vacío dejado por el colapso zarista, y para 1918 Londres ejercía el control total sobre Oriente Medio, con Irán convertido en un feudo militar donde las decisiones de vida o muerte dependían de oficiales británicos en sus clubes de oficiales.

 

La posguerra trajo el fracaso del Convenio Anglo-Persa, una entente petrolera anglo-americana que consolidó el monopolio británico, y el golpe de estado de 1921 que instaló a Reza Shah en una dictadura cuya función principal, durante los dieciséis años de su reinado efectivo y los cincuenta y cuatro años de existencia de la dinastía que fundó, sería la de mantener oculta la memoria de la hambruna bajo capas de nacionalismo oficialista y censura implacable. Reza Shah abdicó en 1941 bajo presión anglo-soviética, muriendo en el exilio tres años después, pero su hijo Mohammad Reza continuó la labor de silenciamiento durante otros treinta y siete años hasta la Revolución de 1979, completando más de medio siglo de olvido institucionalizado. Ochenta años de encubrimiento, sí, pero repartidos entre dos tiranos y dos generaciones de complicidad académica occidental.

 

El mecanismo del genocidio no requería campos de concentración ni fusilamientos masivos, aunque estos también abundaron en forma de "castigos" a tribus rebeldes y masacres de kurdos. Bastaba con una combinación letal de compras masivas de grano, bloqueo de importaciones y estrangulamiento financiero. Los británicos adquirieron más de quinientas mil toneladas de cereales para abastecer a sus tropas en Mesopotamia, Rusia y agotando las reservas fundamentales que las comunidades locales mantenían para años de sequía. el grano escaseó, Londres bloqueó sistemáticamente las importaciones desde la India, Mesopotamia y Estados Unidos, impidiendo que barcos con ayuda humanitaria descargaran en puertos persas como Bushehr, una decisión que no admite interpretación benigna: era una política deliberada de privación. La estrangulación financiera completó el círculo: la retención de ingresos aduaneros, subsidios irregulares pagados en libras esterlinas depreciadas, y la negativa a entregar ocho millones de libras en regalías petroleras que Irán había ganado legítimamente, dejaron al gobierno persa sin recursos para importar alimentos ni para organizar un socorro mínimo.

 

Los rusos, por supuesto, hicieron lo suyo durante su retirada desordenada, saqueando lo que podían llevarse, pero la diferencia sustancial radica en que Moscú no controlaba el aparato internacional de justificación y encubrimiento que Londres desplegó con maestría. Los británicos, en una pirueta propagandística que habría sorprendido incluso a Goebbels, culparon a los rusos, a los turcos y a los propios iraníes de acaparamiento, construyendo una narrativa donde las víctimas eran responsables de su propia muerte. Cuando las confiscaciones rusas cesaron con la Revolución, la hambruna continuó en zonas bajo control exclusivamente británico, un detalle incómodo que los historiadores oficiales preferirían ignorar.

 

La exclusión de Irán de la Conferencia de Versalles no fue un olvido burocrático, más bien una condena deliberada. Los británicos bloquearon la participación persa mediante presiones directas sobre Wilson y los delegados estadounidenses, mientras Curzon instruía personalmente a sus contactos para que el presidente norteamericano ni siquiera recibiera a la delegación iraní. Cuando los persas, desesperados, publicaron un documento de reclamaciones en 1919, el resultado fue una pieza maestra de autoboicot diplomático que mezclaba verdades incómodas con exageraciones absurdas, reclamaciones territoriales imposibles y, lo más escandaloso, una casi total exoneración de Gran Bretaña. El documento culpaba exclusivamente a Rusia, Turquía y Alemania de la hambruna, omitiendo cualquier referencia a las compras británicas de grano, al bloqueo de importaciones, a la retención de regalías petroleras. Incluso atribuía al gobierno persa gastos millonarios en ayuda humanitaria que nunca existieron, cuando en realidad los ministros acaparaban grano para especular mientras la población moría en las calles. Francis White, el diplomático estadounidense que recibió el documento, lo calificó de "pista falsa" diseñada para desacreditar las legítimas reclamaciones persas, una conclusión que solo puede interpretarse como la evidencia de que alguien en Teherán, comprado o coaccionado por Londres, sabotearía deliberadamente la causa nacional.

 

El encubrimiento académico posterior resultó igualmente sofisticado. Julian Bharier elaboró en 1968 un modelo demográfico de "proyección hacia atrás" basado en el Handbook on Iran de 1919 del Foreign Office, un documento que convenientemente omitía cualquier referencia a la Gran Hambruna. El resultado fue una construcción estadística que, al ignorar la pérdida de ocho a diez millones de personas, producía cifras de crecimiento poblacional risiblemente bajas y completamente inconsistentes con los datos de urbanización y emigración disponibles. Bharier ajustó arbitrariamente las cifras del censo oficial de 1956 y descartó las tasas oficiales de crecimiento en favor de suposiciones personales, generando resultados que chocaban frontalmente con las estimaciones de la Legación Americana. La ironía perversa es que los datos de Bharier resultan más útiles precisamente para el período posterior a la hambruna, porque fueron generados retrospectivamente desde 1956, excluyendo así el intervalo del genocidio, lo que explica su coincidencia con estimaciones de Caldwell y Sykes que situaban la población en torno a diez millones en 1919. En 1976, Gad G. Gilbar ya había señalado las inconsistencias flagrantes de este modelo, pero la academia occidental, siempre servil ante los intereses establecidos, prefirió ignorar las observaciones.

 

El caso de Willem Floor resulta particularmente revelador de cómo funciona el aparato de negación académica. En una revisión marcadamente tendenciosa, Floor reafirmó el modelo defectuoso de Bharier y adoptó un tono burlón frente al trabajo documental de Gholi Majd, quien había reconstruido la hambruna a partir de archivos estadounidenses desclasificados. Floor minimizó deliberadamente la devastación causada por la ocupación británica, llegando incluso a negar la existencia misma de la hambruna, y cometió el error burdo de afirmar que el caviar era haram para justificar la privación de este alimento en el norte de Irán, cuando no existe ninguna fatwa chiita que lo prohíba. Se trataba de simple rumorología rusa que Gran Bretaña supo explotar para encubrir el saqueo de recursos. La crítica de Floor a Majd por no emplear fuentes británicas resulta especialmente cínica precisamente porque esas fuentes omiten sistemáticamente la hambruna, mientras que el uso de archivos estadounidenses no solo es razonable y además imprescindible considerando la neutralidad de Estados Unidos en ese período y sus documentados intentos por aliviar el hambre en Irán, a diferencia de los británicos, cuyos "esfuerzos de socorro" consistían en emplear a dos mil personas en la construcción de carreteras mientras setenta mil morían de inanición en Hamadán solamente.

 

La metodología del genocidio británico en Irán no difiere sustancialmente de la aplicada en la hambruna irlandesa de 1845 a 1852, donde las políticas de Londres diezmaron a una cuarta parte de la población mientras se construía el mito de la "hambruna de la patata" para ocultar que la escasez era deliberada, el resultado de una política de exportación de alimentos desde una tierra que producía suficiente para alimentar a su población. Tim Pat Coogan documentó este complot en su obra El Complot de la Hambruna, cuya difusión en Estados Unidos fue activamente obstaculizada cuando la embajada británica en Dublín le negó la visa al autor. La verdad es siempre el primer enemigo del Imperio, y su supresión una especialidad de casa.

 

En Irán, la maquinaria de destrucción funcionó con precisión industrial. Los británicos formaron los South Persia Rifles bajo el mando de Percy Sykes, una fuerza mercenaria financiada y comandada por oficiales británicos que "castigaba" tribus rebeldes mediante la destrucción sistemática de cultivos y ganado, una política de tierra quemada que combinaba el terror militar con la privación alimentaria. Sykes marchó triunfalmente por ciudades que ya no tenían población que alimentar, celebrando banquetes con sus oficiales rusos mientras a pocas calles de distancia las mujeres colapsaban en las panaderías y los cadáveres se amontonaban en las morgues. En el norte, Dunsterville organizó las compras de grano para sus fuerzas con una eficiencia que contrastaba con su incapacidad para distribuir una sola ración de socorro entre la población civil. Cuando el gobierno iraní intentó bloquear las ventas de grano, arrestando a contratistas persas que colaboraban con los ocupantes, Dunsterville intervino personalmente para liberarlos, demostrando quién ejercía la soberanía real en territorio persa.

 

La apreciación del kran, la moneda iraní, duplicó su valor entre 1914 y 1918, pasando de 8,75 centavos de dólar a 19 centavos, no por una especie de fortaleza económica, más bien por la demanda masiva de plata generada por las compras británicas de alimentos y la presencia de más de cien mil tropas rusas que también absorbían metales preciosos. Esta apreciación artificial, celebrada por algunos economistas como signo de estabilidad, en realidad destruyó el comercio exterior, reduciéndolo en más de un tercio durante la guerra y en la mitad para 1918, e incentivó el acaparamiento de granos por parte de terratenientes, incluido el propio Ahmad Shah, quien prefirió especular con el trigo a precios de hambruna antes que vender a comisiones de socorro. El resultado fue una "hambruna de dinero" paralela a la hambruna de alimentos, donde la escasez de circulante monetaria impedía incluso las transacciones comerciales básicas.

 

Las descripciones contemporáneas del horror resultan tan detalladas como insoportables. Francis White, viajando de Bagdad a Teherán en abril de 1918, documentó niños convertidos en esqueletos ambulantes, gente comiendo hierba, alfalfa o granos recogidos del estiércol animal, y casos de canibalismo en Hamadán que las autoridades británicas preferirían atribuir a la "barbarie oriental" antes que a sus propias políticas de privación. Addison Southard, en Kasr-i-Shirin, observó a aldeanos luchando por frijoles tirados al polvo, personas alimentándose de estiércol y hierba, y moribundos cuyos ojos eran devorados por moscas mientras aún respiraban. El general Dunsterville, con la desconexión psicopática típica de la clase imperial, describía la "apatía oriental" de los persas que morían de hambre en Hamadán, culpándolos por no mostrar suficiente iniciativa para sobrevivir a una política británica diseñada precisamente para eliminarlos.

 

En Azerbaiyán, la hambruna persistió hasta 1919, dos años después de la retirada rusa, precisamente porque los británicos continuaron comprando y exportando grano hacia Bakú mientras la población local se consumía. Cuando evacuaron posiciones, destruyeron sistemáticamente los excedentes de alimentos para que no cayeran en "manos enemigas", una práctica que el texto califica con toda justicia como crimen de guerra y genocidio. En Gilán, la ocupación británica de junio-julio de 1918 transformó una región que no sufría hambruna local en un campo de exterminio mediante la exportación de arroz, sandías, caviar y miel hacia Bakú, agotando las reservas locales a pesar de los decretos del gobierno iraní prohibiendo tales exportaciones. El gobierno persa, por supuesto, carecía de medios para hacer cumplir sus propias leyes en territorio ocupado.

 

El esfuerzo de socorro estadounidense, organizado por Caldwell y financiado con cuatrocientos treinta y cinco mil dólares iniciales, alimentó a treinta mil personas semanales en Teherán y nueve mil diarias en otras ciudades, una cifra que contrasta vergonzosamente con el esfuerzo de los británicos de mil raciones diarias en la capital. Los misioneros estadounidenses construyeron carreteras, organizaron cocinas públicas, supervisaron censos que revelaban la verdadera magnitud de la miseria, y algunos, como Douglas, murieron de tifoidea en el intento. Estudiantes de secundaria persas ayudaron en estos censos, redactando artículos que alababan a los "farangees" como "ángeles" en comparación con la indiferencia de la nobleza musulmana local, una división de clase que los británicos supieron explotar para presentar su ocupación como liberación de la tiranía nativa.

 

La comunidad judía persa, estimada en cincuenta mil personas con quince mil muriendo de inanición solo en Hamadán, recibió ayuda específica del Comité Conjunto Judío estadounidense, distribuyendo cuarenta y cinco mil dólares entre 1918 y 1919. Los británicos, por su parte, utilizaron los fondos de "socorro" principalmente para financiar la construcción de infraestructura militar y el empleo de trabajadores en proyectos que beneficiaban directamente a sus fuerzas de ocupación, una distinción que resume perfectamente la diferencia entre colonialismo humanitario y genuina asistencia humanitaria.

 

La retención de las regalías petroleras de la Anglo-Persian Oil Company constituye quizás el episodio más cínico de toda la operación. Entre 1913 y 1919, la APOC acumuló ganancias gigantescas, con activos excedentes de seis millones de libras en 1919 y gastos de capital de treinta y dos millones entre 1921 y 1923 pagados íntegramente con utilidades. Irán tenía derecho a al menos ocho millones de libras, unos cuarenta millones de dólares, varias veces el presupuesto anual del gobierno persa en ese período. El pago real recibido: trescientas veinticinco mil libras en 1913-1914, y cero después de 1914. El pretexto utilizado para retener estas sumas fue el supuesto daño al oleoducto causado por tribus en 1915, estimado por la compañía en cuatrocientas mil libras pero revelado posteriormente por el Banco Mundial en 1952 como apenas veinte mil libras, cien mil dólares. Mientras retenía este dinero, la APOC expandía su infraestructura, construía una refinería en Abadán, una planta en Adén, perforaba en Khanikin, y suministraba combustible a precios subsidiados a la Royal Navy y a las fuerzas en Mesopotamia. El gobierno iraní quedó así sin recursos para importar alimentos en medio de la peor hambruna de su historia, una decisión empresarial que el texto califica sin ambigüedad como crimen contra la humanidad.

 

La persistencia de la hambruna hasta 1919, a pesar de una excelente cosecha en 1918, demuestra que el desastre no era meteorológico, más bien sistémico. Los precios se mantuvieron altos debido al acaparamiento de terratenientes y la especulación, mientras que la lentitud en la recuperación se debió a la pérdida de animales de transporte, destruidos por las tropas británicas o consumidos por una población desesperada. En Shiraz, el otoño de 1918 combinó hambruna, gripe española y cólera en un mes que mató a diez mil personas, una quinta parte de la población local, mientras los británicos registraban una tasa de mortalidad del dos por ciento comparada con el dieciocho por ciento entre los persas, una diferencia atribuible exclusivamente a mejor alimentación y atención médica. Sykes, con la desfachatez del conquistador, atribuía la diferencia a la superioridad racial británica, ignorando que sus propias tropas disponían de alimentos precisamente porque se los habían quitado a la población local.

 

El golpe de estado de 1921, financiado y organizado por Londres, instaló a Reza Pahlavi en el poder precisamente pgarantizar que la memoria de la hambruna quedara sepultada.Durante sesenta años de dictadura, primero del padre y luego del hijo, la historia oficial iraní ignoró sistemáticamente el genocidio, mientras la academia occidental, cómplice o simplemente indiferente, reproducía modelos demográficos que minimizaban la pérdida poblacional. El golpe de 1953, que restauró al Shah tras un breve interludio democrático, completó el círculo de control británico sobre la narrativa histórica persa. Solo la Revolución Islámica de 1979 permitió el inicio de una reevaluación, aunque los sesgos académicos establecidos durante décadas de dominación anglo-sajona en los departamentos de historia occidentales continúan resistiendo la evidencia documental.

 

El paralelo con las sanciones modernas contra Irán resulta inquietantemente explícito en el texto: la privación de recursos como arma de política exterior, la justificación humanitaria que oculta objetivos geopolíticos, la responsabilización de las víctimas por su propio sufrimiento. Entre 1917 y 1919, Londres perfeccionó una técnica de dominación que sigue aplicándose hoy: crear una crisis humanitaria, negar la responsabilidad en ella, y luego exigir concesiones políticas a cambio de aliviar parcialmente un sufrimiento que uno mismo ha causado. La Gran Hambruna no fue un accidente histórico sino un laboratorio de técnicas de control poblacional que el Imperio Británico, y sus sucesores estadounidenses, han aplicado sistemáticamente desde entonces.

 

La destrucción de archivos, la clasificación de documentos "embarazosos", la financiación de historiadores serviles que reproducen narrativas exoneradoras, la negación de visados a investigadores incómodos, constituyen todos elementos de un mismo aparato de negación histórica que funciona con la misma eficiencia que hace un siglo. La diferencia radica solo en que hoy disponemos de suficientes fuentes alternativas, como los archivos estadounidenses desclasificados que Gholi Majd utilizó para reconstruir la verdad, para desafiar el consenso oficial. Pero la batalla por la memoria continúa, y los intereses establecidos siguen invirtiendo recursos considerables en mantener sepultados crímenes que, de ser reconocidos, destruirían definitivamente cualquier pretensión de legitimidad moral de la política occidental en Oriente Medio.

 

Irán entre 1917 y 1919 fue, en palabras del mayor Donohoe, una "tierra de desolación y muerte", pero también fue, y sigue siendo, un territorio de resistencia contra el olvido impuesto. La recuperación demográfica tardó cuarenta años, la recuperación de la memoria histórica ha tomado un siglo, y la justicia, como siempre en el sistema internacional diseñado por los vencedores, constante y esquiva. Lo que el Imperio Británico logró en esos dos años fue no solo eliminar a la mitad de la población de un país soberano, sino demostrar que tal eliminación podía realizarse, ocultarse y negarse sistemáticamente, estableciendo un precedente que ha condicionado la historia del siglo XX y XXI. La Gran Hambruna de Persia no es una anomalía del pasado imperial, más bien su revelación más clara: la civilización y el progreso como máscaras del exterminio planificado, la pulcritud diplomática como herramienta del genocidio, y la academia como guardiana voluntaria de los crímenes de quienes financian sus cátedras.

Fuente:

  • Majd, Mohammad Gholi. The Great Famine & Genocide in Iran: 1917–1919. University Press of America, 2013.
  • Donohoe, Major M. H. With the Persian Expedition. Edward Arnold, 1919.
  • Cobain, Ian; Bowcott, Owen; Norton-Taylor, Richard. “Britain destroyed records of colonial crimes.” The Guardian, 2012.
  • Walton, Calder. Empire of Secrets: British Intelligence, the Cold War, and the Twilight of Empire. Overlook Press, 2013.
  • Coogan, Tim Pat. The Famine Plot: England’s Role in Ireland’s Greatest Tragedy. Palgrave Macmillan, 2012.
  • Bharier, Julien. “A Note on the Population of Iran, 1900–1966.” Population Studies, 1968.
  • Amani, Mehdi. “La population de l’Iran.” Population, 1972.
  • Floor, Willem. Review of The Great Famine and Genocide in Persia, 1917–1919. Iranian Studies, 2005.


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