Ni democracia ni esperanza: Honduras frente al poder real
diciembre 24, 2025
Ni la democracia, ni la
esperanza, ni el voto sirvieron absolutamente para nada cuando el hondureño
volvió a estrellarse contra el único poder que no necesita actas, conteos ni legitimidad
interna para imponerse. Todo el teatro electoral, con su liturgia democrática,
su retórica institucional y su paciencia obligatoria, terminó siendo lo de
siempre: una escenografía frágil frente a una decisión tomada en otra parte. El
problema no fue el sistema que se cayó, ni el conteo lento, ni el CNE
desbordado. El problema fue creer que alguna de esas cosas importaba de verdad.
Durante semanas se alimentó la
fantasía del “proceso en crisis”, como si estuviéramos ante un fallo
excepcional de la democracia hondureña y no frente a su funcionamiento normal.
Porque aquí la democracia no falla: obedece. Se detiene cuando debe detenerse,
avanza cuando se le permite avanzar y produce resultados aceptables para
quienes realmente mandan. Todo lo demás, la indignación, la incertidumbre, la
espera, es daño colateral perfectamente asumible.
Resulta casi enternecedor ver
cómo todavía hay quienes se sorprenden por el intervencionismo estadounidense,
como si estuviéramos hablando de una novedad histórica y no de una práctica
sistemática. Estados Unidos no “interviene”: tutela, condiciona y decide. Pone
y quita gobiernos, inclina procesos y valida resultados según su conveniencia
estratégica. Lo ha hecho en América Latina durante más de un siglo y lo sigue
haciendo en otros escenarios cuando le resulta útil, ya sea en Moldavia, en
Rumania o en cualquier país donde la soberanía es frágil y el margen de presión
es amplio. Honduras no es una excepción trágica; es un expediente más,
perfectamente reconocible, dentro del archivo histórico de la subordinación.
La pregunta nunca fue si Estados
Unidos iba a meter la mano, sino cuán descaradamente iba a hacerlo esta vez. Y
la respuesta fue clara: sin demasiados cuidados, sin grandes esfuerzos por
disimular, porque tampoco había necesidad. En un país empobrecido, dependiente
y políticamente domesticado, el costo de la injerencia es prácticamente nulo.
No hay sanción, no hay ruptura, no hay consecuencia real. Solo ruido local que
se apaga con el tiempo.
Mientras tanto, al hondureño se
le ofreció esperanza, ese opio democrático que sirve para mantener la fe en un
sistema que no responde. Se le dijo que votar era resistir, que participar era
empoderarse, que la voluntad popular podía imponerse. Y el resultado fue el de
siempre: la esperanza terminó funcionando como anestesia, no como herramienta
política. Se canalizó la frustración hacia las urnas para neutralizar cualquier
cuestionamiento más profundo del poder real.
En ese escenario, el derrumbe del
partido LIBRE no es solo electoral, es patético. Gobernaron creyendo que
administrar un Estado intervenido equivalía a ejercer soberanía. Se
convencieron de que bastaba con ocupar cargos, manejar presupuestos y pronunciar
discursos para alterar relaciones de poder históricas. Nunca entendieron, o
nunca quisieron aceptar, que, sin confrontar la dependencia estructural,
gobernar era simplemente gestionar la subordinación.
Cuando llegó el momento decisivo,
LIBRE no tenía nada. Ni aliados estratégicos, ni capacidad de presión, ni
margen de maniobra. Solo denuncias tardías, victimismo y un electorado cansado
de promesas vacías. No fue un fraude contra la izquierda; fue el resultado
lógico de una izquierda que confundió institucionalidad con poder y
gobernabilidad con transformación.
Este episodio debería enterrarle
a más de uno la ilusión de que Honduras decide su destino en elecciones limpias
y soberanas. Aquí no se enfrentan proyectos políticos en igualdad de
condiciones; aquí se toleran opciones mientras no alteren el orden geopolítico
existente. La democracia es permitida, no garantizada. Y la soberanía es
decorativa.
El mensaje es brutal, pero
conviene decirlo sin rodeos: Honduras no perdió una elección, confirmó su lugar
en la jerarquía del poder regional. Mientras el hondureño siga creyendo que el
problema es técnico, electoral o administrativo, seguirá perdiendo. Porque el
problema es político, estructural y externo. Y hasta que eso no se asuma, cada
elección será solo otro ritual para legitimar decisiones tomadas lejos del
país.
No hay moraleja, no hay consuelo
y no hay cierre optimista. Solo la constatación de que el poder real no vota,
no espera resultados y no necesita convencer a nadie.
Feliz Navidad.
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