Siria: anatomía de una demolición prolongada
diciembre 18, 2025
El colapso del régimen sirio en
once días solo parece inexplicable si se lo observa como un evento aislado. En
realidad, fue la fase final de un proceso de desgaste prolongado, sistemático y
deliberado, al que pocos Estados modernos han sido sometidos con tal
intensidad. Siria no cayó rápido: cayó exhausta. Cayó después de resistir más
de una década bajo un asedio múltiple que combinó guerra abierta, sanciones
económicas asfixiantes, sabotaje financiero, aislamiento diplomático y la
inyección constante de mercenarios internacionales operando bajo distintos
nombres, banderas y pretextos. Lo sorprendente no es la velocidad del derrumbe
final, sino la duración de la resistencia.
Durante años, Siria fue tratada
por el bloque occidental-atlantista como un cuerpo a descomponer lentamente. No
se buscó una victoria decisiva, sino una hemorragia permanente. El país fue
convertido en laboratorio de la guerra contemporánea: fragmentada, indirecta,
negable. Combatientes extranjeros fluyeron desde decenas de países con una
facilidad obscena; armas aparecieron donde oficialmente nadie las había
enviado; sanciones supuestamente “selectivas” destruyeron la economía civil
mientras se hablaba, sin pudor, de derechos humanos. No fue una presión
colateral ni una consecuencia indeseada: fue una estrategia de desgaste
diseñada para consumir al Estado desde dentro.
Ese cerco no fue solo militar.
Fue energético, monetario, logístico y psicológico. Un país sin acceso pleno a
mercados, sin posibilidad de reconstrucción, con su moneda estrangulada y su
población empujada a la precariedad permanente, termina pagando el precio en
cohesión interna. Ningún régimen, por autoritario que sea, puede sostener
indefinidamente un aparato estatal funcional cuando cada día implica
administrar la escasez absoluta. En ese contexto, hablar del “fracaso” de Assad
sin mencionar el nivel de acorralamiento al que fue sometido es una operación
intelectual deshonesta.
De hecho, si algo revela la
experiencia siria es que el régimen resistió más de lo que cualquier análisis
serio habría anticipado. Resistió porque aún conservaba una lógica estatal,
porque el miedo seguía operando, porque existía una narrativa de supervivencia
frente al caos impuesto desde fuera. Pero con el tiempo, esa narrativa se
agotó. La corrupción endémica, amplificada por la economía de guerra, terminó
de pudrir las estructuras militares. El ejército no fue derrotado en el campo
de batalla: se deshizo por saturación. Soldados mal pagados, mandos
enriquecidos, cadenas de mando erosionadas. No hubo traición heroica ni giro
ideológico; hubo cansancio. El tipo de cansancio que convierte la obediencia en
una carga absurda.
Cuando las fuerzas insurgentes
avanzaron, no encontraron un muro, sino una ausencia. Ciudades que no se
defendieron porque ya no había voluntad de hacerlo. Eso no habla de la fuerza
del atacante, sino del vacío del defendido. La caída fue rápida porque el
derrumbe ya había ocurrido por dentro.
En ese escenario, la operación
turca no fue brillante en términos militares ni especialmente sofisticada en lo
político. Su verdadero mérito fue la paciencia. Ankara no ganó una guerra:
esperó a que el Estado sirio, sometido a una presión brutal durante más de diez
años, se quedara sin energía vital. Turquía no destruyó a Siria; supo leer el
momento exacto en que ya estaba destruida. Todo lo demás , el armado de
facciones, la coordinación indirecta, la administración del caos, fue oportunismo estratégico, no genialidad
histórica.
Idealizar ese rol sería tan
ingenuo como ignorar sus consecuencias. Turquía no actúa por altruismo ni por
afinidad ideológica: actúa por interés. Y ese interés incluye la subordinación
del nuevo orden sirio a sus prioridades, especialmente en lo referente a la
cuestión kurda. Allí, el discurso antiterrorista funciona como cobertura de una
política de limpieza territorial que Occidente tolera con una hipocresía casi
obscena. Los mismos actores que durante años denunciaron cada movimiento de
Damasco guardan silencio cuando la violencia se ejerce desde un aliado
funcional.
Israel, por su parte, emerge como
beneficiario estructural del colapso. No como arquitecto visible, sino como
actor que capitaliza la destrucción ajena. Durante años bombardeó territorio
sirio con impunidad, debilitando capacidades estratégicas bajo la mirada
complaciente de las potencias occidentales. La desintegración del Estado sirio
elimina de un solo golpe el principal nodo de proyección iraní hacia el
Levante. No se trata de un efecto secundario: es el corazón del resultado. Un
Medio Oriente con Siria neutralizada es un Medio Oriente más manejable para Tel
Aviv.
Hablar de Israel como un actor
defensivo en este proceso es una ficción sostenida por la repetición mediática,
porque su intervención fue sostenida, sistemática y profundamente estructural
dentro de la ecuación regional. Lejos de reaccionar de forma puntual, Israel
operó de manera constante para degradar capacidades estratégicas, erosionar
infraestructura militar y limitar cualquier posibilidad de recomposición del
poder sirio, creando con cada ataque y cada operación encubierta un entorno
donde la supervivencia misma del Estado se volvía progresivamente más costosa
y, finalmente, insostenible.
El colapso final también desnuda
el límite de las alianzas contemporáneas. Rusia e Irán sostuvieron a Damasco
mientras el costo fue asumible. Cuando dejó de serlo, se replegaron. No por
traición, sino por lógica de poder. Eso no los absuelve, pero explica el
mecanismo. En el mundo actual, ningún respaldo es incondicional. Y cuando un
régimen depende exclusivamente de apoyos externos para compensar su desgaste
interno, su margen de maniobra es mínimo.
Lo que ocurrió en Siria no es una
anomalía histórica ni un accidente coyuntural. Es la radicalización de un
modelo de intervención que Occidente ha perfeccionado: destruir sin ocupar,
desgastar sin responsabilizarse, provocar colapsos que luego se presentan como
inevitables. El Estado sirio no fue derrotado en una guerra clásica; fue
consumido en una guerra de agotamiento total.
Once días bastaron para
formalizar lo que llevaba más de una década ocurriendo. El derrumbe fue rápido
porque la demolición fue lenta, meticulosa y sostenida. Y cuando finalmente
cayó, muchos celebraron el final sin hacerse cargo del método.
Ese es el verdadero núcleo del
asunto. No la caída de Assad en sí, sino el tipo de mundo que produce caídas
así. Un mundo donde la destrucción prolongada se normaliza, donde los Estados
se vacían antes de caer, y donde la responsabilidad siempre se diluye entre
discursos de conveniencia.
Ese es el verdadero terremoto. No
la velocidad del colapso, sino la normalidad con la que ocurrió.
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