Ya no eres un cliente cautivo: la furia de Occidente contra China
diciembre 22, 2025
Si habitas el sur global y te
resulta difícil comprender el origen de la furia occidental frente a China, ese
coro estridente que invoca autoritarismo, déficit democrático, Estados
vigilantes y un catálogo entero de etiquetas ya estandarizadas, la dificultad
no reside en la falta de datos. El problema está en el punto de observación.
Occidente ha demostrado una habilidad notable para comercializar el miedo en el
momento exacto en que su capacidad de ofrecer algo más comienza a agotarse.
Hoy, ese miedo constituye su industria más consistente. Bajo la capa de alarmas
morales, consignas repetidas y advertencias grandilocuentes, opera una razón
mucho más directa, anclada en la materialidad y, por lo mismo, difícil de
tolerar: la ruptura de una relación de dependencia que durante décadas se dio
por sentada.
La irritación occidental no
emerge de principios vulnerados ni de valores súbitamente traicionados. Toma
forma cuando el margen de elección se amplía. Elegir dónde adquirir un
teléfono, una prenda de vestir, un electrodoméstico, un objeto cotidiano que organiza
la vida doméstica y el trabajo diario. Elegir sin atravesar de manera
obligatoria marcas sobredimensionadas, precios inflados y capas enteras de
intermediación que durante años revendieron lo mismo, muchas veces producido en
fábricas chinas, con multiplicadores arbitrarios y un relato moral
cuidadosamente superpuesto. Cuando ese mecanismo se vuelve visible, cuando se
entiende su funcionamiento sin adornos, el tono agresivo deja de parecer
exagerado y empieza a describir con precisión el fenómeno central: lo que está
en juego es la pérdida de control sobre el consumidor.
Conviene evitar cualquier
idealización. Ese régimen de dependencia no fue patrimonio exclusivo de las
grandes potencias. También se reprodujo en escalas locales, sostenido por
élites nacionales, monopolios internos y estructuras empresariales que replicaron
la misma lógica. Sectores como la alimentación, las farmacias, la vivienda, el
crédito o el consumo básico funcionaron bajo esquemas similares, donde la
elección era más formal que real y el pago resultaba ineludible. La irrupción
china no se limita a alterar un circuito global; ejerce presión simultánea
sobre engranajes locales que se beneficiaban de mantener cerradas las opciones
y elevados los costos.
La tensión alcanza otro nivel
cuando ese desplazamiento avanza hacia ámbitos que durante décadas parecieron
inamovibles. La producción deja de concentrarse en objetos aislados y se
expande hacia sistemas completos, incluida la vivienda. La industrialización
del hogar introduce una fisura profunda en la idea de que una casa debe
implicar décadas de endeudamiento, hipotecas interminables y subordinación
bancaria. La posibilidad concreta de levantar una vivienda accesible sobre un
terreno familiar abandona el terreno de la ilusión y adquiere densidad real. En
ese punto, el modelo rentista occidental entra en una fase de crisis abierta,
impulsada por la erosión de su fuente principal de ingresos.
La magnitud de lo que está
ocurriendo aún supera la capacidad de medición habitual. Esa desproporción
explica la intensidad de la reacción. El debate cede su lugar a la
gesticulación, la argumentación se diluye en advertencias y la competencia se
sustituye por estigmatización. Las élites, cada vez más alejadas de los
procesos productivos concretos, reaccionan con un nerviosismo que delata una
comprensión tardía del problema central. El desajuste no se limita al plano
ideológico; atraviesa la base material que sostenía el edificio. A medida que
el acceso a bienes esenciales escapa de su control, la estructura completa
comienza a crujir, y aquello que durante años se presentó como marginal o
excepcional revela su condición de núcleo activo en la reconfiguración del
poder.
Por esa razón, las explicaciones
centradas en la democracia o el autoritarismo funcionan como una superficie
discursiva. El movimiento subyacente resulta más directo y más corrosivo para
el orden existente: la dependencia material respecto a Occidente se debilita.
En numerosos ámbitos cotidianos, la relación de cautividad empieza a
disolverse, y en otros tantos ese proceso se acelera. Ahí se concentra la
irritación. El resto cumple una función escénica.
Durante siglos, la construcción
del poder occidental se apoyó en algo más que la fuerza militar o la dominación
política visible. Se asentó sobre una forma persistente de control económico
basada en la captura de la necesidad. La organización del mundo, con especial
énfasis en el sur global, delimitó espacios donde producir resultaba inviable y
consumir se volvía obligatorio. El consumo adquirió forma de mandato: caro,
mediado por marcas, acompañado de narrativas que convertían la extracción en
libertad, la sobrevaloración en calidad y la dependencia en civilización. Esa
arquitectura operó con tal eficacia que terminó por confundirse con el paisaje,
con el sentido común, con la normalidad.
La consecuencia fue un orden
donde el acceso a una vivienda implicaba entregar gran parte de la vida
laboral, donde la tecnología exigía endeudamiento, donde la movilidad se
reservaba a unos pocos y donde la infraestructura aparecía como concesión antes
que como derecho. Bancos, créditos, rentas e intermediarios se interponían en
cada etapa, sosteniendo una red de actores cuya rentabilidad no dependía de
producir, sino de cobrar. Una narrativa moral se encargaba de justificar el
conjunto, presentándolo como inevitable y virtuoso.
La entrada de China en ese
escenario no adopta la forma de un imperio tradicional ni de una cruzada
ideológica. Se manifiesta como una anomalía productiva que impacta de lleno en
el centro del sistema. La producción masiva reduce la necesidad de persuasión.
La escala vuelve superfluo el discurso. El efecto no surge en los márgenes ni
como desviación accidental; incide directamente sobre el mecanismo que
garantizaba la renta occidental. Cuando el costo de una vivienda se comprime
hasta niveles impensables, se desarma la lógica de la deuda perpetua. Cuando un
dispositivo tecnológico pierde su aura aspiracional y se integra a la vida
cotidiana como herramienta funcional, se reordena la jerarquía social
construida en torno al consumo. Cuando bienes y servicios esenciales se vuelven
suficientes, accesibles y replicables, queda expuesta una estructura sostenida
más por exclusión administrada que por innovación real.
La respuesta occidental adopta un
tono airado, articulado a posteriori mediante un repertorio moral que funciona
como cobertura. Lo que se ve afectado es el monopolio sobre la oferta material
global, la capacidad de definir precios, estándares, deseos y accesos. El
cliente cautivo deja de ser una figura garantizada, y cualquier sistema apoyado
en rentas simbólicas y prestigio artificial entra en una fase de fragilidad
acelerada cuando la posibilidad de elegir se generaliza.
Lo que resulta particularmente
perturbador es la manera en que ese proceso se despliega. La producción avanza
sin solicitar validación cultural, sin someterse a rituales de prestigio, sin
esperar la consagración de sellos tradicionales. La funcionalidad reemplaza al
aura, la saturación del mercado se convierte en estrategia y la escala se asume
como método. Esa normalidad productiva expone con crudeza el contraste con un
Occidente que desplaza su actividad hacia la generación de deuda, relatos y
dispositivos de miedo cuando la fabricación material deja de ocupar el centro.
El sur global asimila este
desplazamiento con lentitud. El debate continúa atrapado en categorías morales
heredadas, como si la única alternativa consistiera en elegir entre catecismos
ideológicos. El cambio opera en un plano más tangible. La dependencia material
se reduce, las marcas dejan de ser imprescindibles, el financiamiento bancario
pierde centralidad, la producción local encuentra nuevos márgenes y la
existencia digital ya no requiere intermediación exclusiva. Este escenario no
convierte a China en redentora ni en modelo ético. Introduce algo más elemental
y más determinante: una opción viable. En el terreno geopolítico, la existencia
de una alternativa constituye una forma concreta de poder.
De ahí el tono alarmista, las
campañas sobreactuadas, las prohibiciones selectivas y las disputas
arancelarias que rozan el berrinche. La pregunta que emerge resulta difícil de
responder sin incomodidad: qué ofrece Occidente cuando se excluye a China del
intercambio cotidiano. El inventario se reduce a armas, endeudamiento,
retórica, servicios financieros, sistemas de vigilancia y un consumo cada vez
más costoso y menos funcional. Un esquema orientado a la renta antes que a la
producción.
La escala, la velocidad y la
profundidad del proceso chino carecen de precedentes históricos. La
industrialización se expande hasta abarcar múltiples sectores, países y niveles
de ingreso de manera simultánea. Los costos reales de los bienes quedan expuestos
con una claridad brutal. El mito del valor occidental pierde densidad
simbólica. No se trata de una revolución épica en términos clásicos, sino de
una eficiencia persistente que vuelve obsoletas capas enteras de dominación
simbólica.
Lo que se erosiona no es una
posición militar ni una hegemonía discursiva aislada. Se debilita el control
sobre la definición misma de la realidad material. Cuando amplios sectores
comprenden que la pobreza fue, en buena medida, una construcción derivada de la
cautividad; que el atraso respondió a la acumulación deliberada de
intermediarios; que la exclusión se sostuvo sobre la restricción del acceso
productivo, el sistema que dependía de esa ficción entra en una fase de
descomposición. El fin del cliente cautivo ya no pertenece al terreno de la
coyuntura económica. Marca una ruptura histórica que se ha puesto en marcha. El
resto del ruido responde a la nostalgia de un poder que dejó de fijar precios y
de imponer sentidos.
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