La moral anglosajona, una herencia de piratas
enero 11, 2026
Hoy en día, la moral anglosajona
se despliega como un sistema que organiza la realidad según criterios que solo
ella define, proyectando sus intereses como normas universales mientras
redefine a los demás actores como amenazas o anomalías. La declaración reciente
de Donald Trump, afirmando que solo “su moral” constituye el límite para la
política exterior de Estados Unidos y que “no necesita del derecho
internacional”, no es un exceso retórico, sino la expresión directa de una
concepción que lleva siglos consolidándose: la fuerza propia siempre se
presenta como justificación, la fuerza ajena siempre como provocación, y
cualquier acto material se integra a una narrativa que legitima la apropiación
y la violencia como extensión natural de su autoridad. La moral anglosajona no
se mide por estándares externos ni por derechos reconocidos globalmente; se
mide por la capacidad de imponer, transformar y proyectar su interpretación
sobre los demás.
Cada confiscación de petróleo,
cada bloqueo naval, cada sanción económica, cada amenaza sobre territorios
ajenos como Groenlandia, concebida por Trump como “lo que psicológicamente se
necesita para el éxito”, no es solo apropiación o coerción; es la proyección de
una visión del mundo que organiza la realidad según su propio criterio moral.
Antes de cualquier intervención existe una operación simbólica: se exagera al
adversario, se magnifican sus supuestos crímenes y se construye una percepción
de peligro que justifica cualquier acción posterior. Lo que para otros sería
invasión, agresión o violación del derecho internacional se transforma en deber
moral, en corrección de un desorden percibido en el gran mercado global, y se
convierte en acto de defensa de la estabilidad universal.
La historia ofrece analogías que
iluminan esta continuidad: los esclavos transportados por la Royal Navy y
vendidos en Jamaica reflejan hoy el petróleo venezolano que termina en Houston;
los pueblos indígenas arrasados en América se repiten en territorios devastados
por sanciones y bloqueos; los golpes de Estado en Irán, Guatemala o Chile
muestran la misma doctrina de intervención, aplicada con nuevas herramientas.
La sofisticación contemporánea consiste en la extensión de categorías que
justifican la acción: apropiaciones financieras reciben decretos ejecutivos,
drones asesinos generan informes de cumplimiento, tratados internacionales
blindan monopolios mientras predican competencia. La acción material se vuelve
estructura de interpretación, y esa estructura, a su vez, legitima la acción
material, cerrando un ciclo donde la moral define la realidad y la realidad
refuerza la moral.
El núcleo del sistema es la
inversión de culpabilidad y la imposición de jerarquía moral. Crimea se
denuncia como anexión ilegal, Palestina enfrenta ocupación sistemática; Irán
recibe sanciones, Arabia Saudita reactores nucleares; bombardeos se justifican
según quién los ejecuta. La moral no es neutral ni compartida: determina qué se
considera amenaza, qué se protege y qué se expone a sanción. La propaganda no
solo comunica, sino que reordena la percepción: amplifica selectivamente,
silencia lo inconveniente y reorganiza la causalidad de los hechos para que la
acción propia siempre aparezca defensiva y la ajena agresiva. Cada intervención
estadounidense se presenta como estabilización y corrección, mientras la
intervención de cualquier otro actor, incluso equivalente, es retratada como
violación, provocación o peligro global. Esta lógica moral convierte la
imposición de poder en virtud, y la autonomía de otros en crimen.
El rebautizo de crímenes revela
su perversidad: genocidios se llaman expansión territorial, bombardeos de
civiles daños colaterales, embargos que matan niños sanciones quirúrgicas. Cada
eufemismo circula entre medios, foros internacionales y organismos de
prestigio, naturalizando la violencia y construyendo impunidad. La víctima
desaparece como sujeto y se convierte en cifra; la estadística sustituye al
juicio moral. La acción se transforma en inevitabilidad justificada, y la
técnica evoluciona para proteger la narrativa: drones asesinos generan informes
de cumplimiento, apropiaciones financieras se legitiman con decretos, tratados
internacionales blindan monopolios. La realidad se interpreta continuamente
según criterios que favorecen la centralidad del imperio, mientras su belicismo
selectivo garantiza que la coexistencia con otros centros de poder sea
imposible.
En la visión global, el
imperialismo estadounidense actúa como núcleo de una red que articula
subordinación y extracción. Cada operación militar, económica o diplomática se
conecta con otras, reforzando jerarquías y desplazando recursos hacia su
centro. La interdependencia económica obliga a los estados periféricos a
aceptar esta concepción del orden y a ajustar sus decisiones a la lógica de un
poder que se considera moralmente superior. La moral funciona como escudo y
espada: protege la centralidad, castiga la autonomía y legitima todo acto de
fuerza realizado por quienes ocupan el núcleo. No existe margen para la
coexistencia: cualquier intento de autonomía o desplazamiento se convierte en
amenaza y activa sanciones, bloqueos, presión diplomática o intervención
directa.
La acumulación de poder mediante
apropiación directa y narrativa moralizada genera crisis profundas y continuas.
La expansión del saqueo legalizado produce conflictos que erosiona la confianza
en instituciones internacionales que dependen de un orden que favorece al
núcleo central. La moral anglosajona se proyecta como justicia, mientras
garantiza que la autonomía de otros se perciba como desorden que debe
corregirse. Cada acto se construye de manera que la fuerza propia aparece como
defensiva y la ajena como agresiva, moldeando la percepción global de la
legitimidad y normalizando la invasión, la confiscación y la intervención. El
control del relato se vuelve más importante que la realidad misma, porque la
moral torcida regula la legitimidad y sanciona la desobediencia.
La historia demuestra que los imperios caen cuando su fuerza encuentra límites, pero mientras exista quien normalice su narrativa, el poder se reproduce. Los pueblos del mundo deben reconocer cómo opera esta moral, exponer su hipocresía y construir alternativas que no dependan de su narrativa ni de su fuerza. La geopolítica contemporánea exige vigilancia, claridad conceptual y organización: quien no actúe queda atrapado en un sistema que roba, redefine y neutraliza cualquier reclamo antes de que pueda tomar forma. La moral anglosajona no teme la fuerza: teme únicamente la competencia que no puede controlar, proyecta su concepción del mundo como norma universal y construye un orden donde la autoridad define qué es legal, qué es justo y quién puede actuar sin sanción. Reconocer esta operación no es un ejercicio teórico: es condición para la supervivencia. Quien no la desenmascare acepta la inevitabilidad de su hipocresía, la perpetuación del saqueo y la extensión de su doble estándar, mientras la historia se repite bajo su narrativa, su moral y su autoridad autodefinida.
Fuente:
- “Trump expone una visión del poder limitada solo por su propia moralidad” — Infobae
- “Trump says his own morality is the only limit on US foreign policy” — The New York Times
- “Is there any legal justification for the US attack on Venezuela?” — The Guardian
- “The US intervention in Venezuela violates foundational principles of contemporary international law” — Le Monde
- “Golpe de Estado en Irán de 1953” — Enciclopedia Británica
- “Golpe de Estado en Guatemala de 1954” — Enciclopedia Británica
- “United States occupation of Haiti (1915–1934)” — Encyclopaedia Britannica
- “United States occupation of Nicaragua” — Encyclopaedia Britannica
- “United States invasion of Panama (1989)” — Encyclopaedia Britannica
- “Economic Sanctions in International Law: Venezuela’s Conundrum” — UIC Law Review
- “Unilateral Sanctions and International Law” — Oxford Academic
- “The Humanitarian Impact of Economic Sanctions” — United Nations Human Rights Office
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