La moral anglosajona, una herencia de piratas
enero 11, 2026
No sé ustedes, pero a mí el
espejo retrovisor de la historia me da vértigo. Porque cuando uno mira hacia
atrás, con la suficiente distancia y una buena copa de algo que entumezca la
indignación, descubre que los imperios tienen una habilidad prodigiosa para
maquillar el saqueo con disfraces de salvación. Y el anglosajón, el de ahora,
el que vende democracia como quien vende aspiradoras a domicilio, resulta ser
el más hábil de todos. ¿O acaso alguien cree que las cosas han cambiado tanto
desde que la Royal Navy transportaba esclavos y los vendía en Jamaica mientras
en Londres se redactaban tratados sobre la libertad humana?
La reciente declaración de Donald
Trump, ese hombre que parece haber aprendido política viendo telebasura o
leyendo tuits en el baño, diciendo que su política exterior solo reconoce “su
moral” y que el derecho internacional le importa un pimiento, no es más que el
grito del que se quita la máscara porque le da pereza seguir con el disimulo.
Pero no se engañen: Trump no ha inventado nada. Solo ha dicho en voz alta lo
que sus predecesores susurraban con sonrisa de protocolo. Como aquel personaje
de El Padrino que confiesa que los negocios son personales, pero con misiles y
petróleo de por medio.
Porque la regla de oro del
anglo-imperio es tan vieja como el hambre: cuando ellos invaden, estabilizan.
Cuando otros se defienden, desestabilizan. Cuando ellos sancionan, protegen
derechos humanos. Cuando otros comercian fuera de su órbita, financian regímenes
peligrosos. ¿No les parece una coincidencia maravillosa que sus intereses
estratégicos siempre, siempre, coincidan milagrosamente con el “bien
universal”? Es como si la lotería jugara a favor del mismo boleto cada domingo.
Y el domingo, claro, lo organizan ellos.
Antes de cada bombardeo, antes de
cada confiscación de petróleo o de cada bloqueo naval que estrangula a países
enteros, el aparato propagandístico anglosajón se pone en marcha como una
orquesta sinfónica donde todos tocan la misma partitura. ¿El procedimiento? Tan
sencillo como eficaz: fabricar monstruos, exagerar peligros, seleccionar
víctimas útiles y repetir la palabra “democracia” hasta que el saqueo parezca
altruismo.
Yo recuerdo, y ustedes también si
tienen cierta edad, cómo se vendió la invasión de Irak con aquellas fantasiosas
armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, pero que sirvieron para
justificar una guerra que dejó cientos de miles de muertos y un país hecho
pedazos. Luego, cuando la realidad se impuso y las armas resultaron ser humo,
el relato cambió: “Bueno, pero Sadam era un dictador”. Como si derrocar a un
tirano justificara el caos, o como si el fin santificara los medios, aunque los
medios fueran bombas de racimo sobre mercados y hospitales.
¿Y qué decir de la inversión de
la culpabilidad? Crimea se denuncia como anexión intolerable mientras Palestina
se despacha con un “conflicto complejo” y se sigue armando a quien perpetra el
genocidio. Irán recibe sanciones interminables por su programa nuclear, pero
Arabia Saudita obtiene armas y acuerdos tecnológicos con sonrisa protocolaria
incluida, a pesar de que su modelo de “democracia” brilla por su ausencia. Todo
depende de quién sostiene el micrófono y quién controla los portaaviones.
Ustedes saben, como yo, que la
propaganda occidental no se limita a informar: reorganiza la percepción misma
de la realidad. Es como el efecto de aquellas películas de Hitchcock donde el
director te dice a quién temer y a quién compadecer mediante la música de
fondo. Amplifican selectivamente ciertos horrores, silencian otros, y reordenan
la causalidad de los hechos hasta convertir a cualquier potencia rival en una
amenaza existencial, aunque esa potencia tenga menos bases militares en todo el
planeta que Estados Unidos en una sola región del mundo.
Aquí es donde el asunto se vuelve
casi cómico, si no fuera tan trágico. Porque el imperio no solo domina los
mares y los mercados; domina también el diccionario. Los genocidios se llaman
“expansión territorial”. Los bombardeos de civiles se reducen a “daños
colaterales”. Los embargos que destruyen hospitales y matan niños reciben
nombres tan refinados como “sanciones selectivas”. Cada eufemismo circula por
medios internacionales, universidades prestigiosas y organismos multilaterales
hasta que la violencia deja de parecer violencia y se convierte en una
necesidad burocrática, como ajustar el termostato de un edificio.
Quis custodiet ipsos custodes?,
se preguntaba el poeta romano. ¿Quién vigila a los vigilantes? Pues nadie,
porque los vigilantes se han autoproclamado jueces, y además han escrito el
manual de instrucciones. La víctima desaparece como ser humano y sobrevive
únicamente como estadística modificable en un informe técnico. El sufrimiento
deja de ser una tragedia para convertirse en “daño aceptable dentro del manejo
racional del conflicto”. ¿No les suena a aquella escena de Dr. Strangelove
donde el general loco justifica el holocausto nuclear con una lógica de
pollería?
Y ahí está la clave: la moral
anglosajona actúa simultáneamente como espada y como escudo. Castiga cualquier
autonomía que no esté alineada con sus intereses, y protege cualquier abuso
cometido por quienes ocupan la cima del sistema. Esa doble vara de medir es tan
antigua como el colonialismo, pero hoy se viste con un traje de corporativismo
y se perfuma con jerga de think tanks. Cuando un país intenta escapar de la
órbita anglo-imperial, ya sea controlando sus propios recursos, comerciando con
quien le da la gana o simplemente diciendo “no”—, automáticamente es acusado de
autoritarismo, expansionismo o amenaza global. Como si el mundo fuera un patio
de colegio donde solo el matón tiene derecho a pegar.
Permítanme una digresión, que
para eso estamos en esta tertulia virtual y no en una clase de politología con
diapositivas. Recuerdo una película de vaqueros, de esas en blanco y negro,
donde el sheriff malo siempre llevaba una estrella de plata y decía representar
la ley, pero en realidad representaba a los dueños del ganado. Y los forajidos,
que a veces robaban para comer, eran los “bandidos”. La historia la escriben
los que sobreviven, dicen, pero también la escriben los que tienen la imprenta.
O, en el mundo actual, los que tienen los algoritmos y los canales de noticias.
Los esclavos transportados por la
Royal Navy y vendidos en Jamaica encuentran hoy su versión moderna en recursos
naturales absorbidos mediante sanciones, bloqueos financieros y “mercados
libres” cuidadosamente vigilados por bases militares. Los pueblos indígenas
arrasados durante la expansión colonial sobreviven ahora como países enteros
condenados a la asfixia económica por no obedecer instrucciones geopolíticas.
Los golpes de Estado en Irán (1953), Guatemala (1954) o Chile (1973) no fueron
anomalías: fueron auténticos manuales de procedimiento que hoy se reescriben en
lenguaje corporativo, con drones que producen informes de cumplimiento y
apropiaciones financieras legitimadas con firmas ejecutivas envueltas en
retórica democrática.
Pues bien, volviendo a lo
nuestro, la diferencia contemporánea es puramente estética. Ahora el saqueo se
anuncia con gráficos de colores, los asesinatos selectivos se llaman
“operaciones quirúrgicas” y los sobornos a gobiernos se disfrazan de “ayuda al
desarrollo”. El crimen sigue existiendo; simplemente se entiende en un inglés
diplomático que suena a manual de instrucciones de un mueble de IKEA: complejo,
desconcertante y con piezas que nunca encajan del todo.
¿Alguien se ha fijado cómo el
dogma del libre mercado se predica con la misma fe que los misioneros llevaban
a los “paganos”? Ahora los misioneros son economistas de Chicago, los altares
son las reuniones del FMI, y las indulgencias se llaman “programas de ajuste
estructural”. El imperio anglosajón no solo impone su moral; impone su
contabilidad. Y si no te gustan sus condiciones, te cortan el crédito, te
bloquean las transferencias y te dejan sin posibilidad de comprar medicinas o
repuestos para tus centrales eléctricas. Esa es la “paz” que ofrecen: una paz
tan asfixiante como una manta de plomo.
Y cuando alguien protesta,
digamos, un país que decide no vender su petróleo en dólares o que se atreve a
comerciar con el vecino incómodo, entonces empieza el ritual: fabricar
monstruos, exagerar peligros, seleccionar víctimas útiles... Ya saben la canción.
Porque el anglo-imperio no teme realmente a la violencia, vive de ella, la
comercializa y la ejerce con naturalidad; teme, en cambio, la aparición de
fuerzas que no pueda absorber, controlar o reinterpretar dentro de su
narrativa. Por eso necesita monopolizar no solo los mercados y las armas, sino
también el significado mismo de las palabras. Porque cuando un imperio consigue
decidir qué es justicia, qué es paz y quién merece existir políticamente, ya no
necesita demostrar su legitimidad: le basta con repetirla hasta que el mundo
termine acostumbrándose al absurdo.
La historia, con su desagradable
costumbre de repetirse con distinto maquillaje, nos enseña que todos los
imperios terminan encontrando límites. El romano, el otomano, el español, el
británico... todos se toparon con un muro, a veces geográfico, a veces demográfico,
a veces simplemente ético, aunque la ética nunca haya sido el fuerte de los
imperios. Pero mientras tanto, ¿qué hacemos? ¿Nos tomamos la vida con ironía,
como quien ha visto demasiadas guerras y demasiadas tonterías humanas? Desde
luego, porque si no, habría que salir a la calle con un cartel que dijera «Ya
no soporto más hipocresía» y eso, la verdad, cansa.
Así que me quedo con aquella
máxima latina que dice «errare humanum est, perseverare diabolicum» (errar es
humano, perseverar es diabólico), pero añado un apéndice a la carta: «et
imperium anglo-saxonicum perseverat, ergo...». Y dejo el final en blanco para
que usted mismo lo complete, según su grado de escepticismo y su tolerancia al
cinismo.
Porque al final, la moral
anglosajona es esa señora que llega a tu casa, se come la nevera, te dice que
la está protegiendo de las bacterias y encima te deja la factura de la luz. Y
lo peor no es que lo haga: lo peor es que hay quien le da las gracias.
Mientras puedan decidir qué es
justicia, no necesitarán ser justos. Mientras puedan definir qué es terrorismo,
cualquier resistencia será terrorismo. Mientras puedan controlar el relato, la
historia será suya, aunque los cadáveres sigan apilándose en el olvido de los
informes clasificados.
Y ojalá algún día entendamos que
el espejo retrovisor no puede ser el único que nos enseñe a conducir. Y ojalá
también, cuando el imperio tropiece (que tropezará, que todos tropiezan),
tengamos la lucidez suficiente para no confundir su caída con nuestra
salvación.
Fuente:
- “Trump expone una visión del poder limitada solo por su propia moralidad” — Infobae
- “Trump says his own morality is the only limit on US foreign policy” — The New York Times
- “Is there any legal justification for the US attack on Venezuela?” — The Guardian
- “The US intervention in Venezuela violates foundational principles of contemporary international law” — Le Monde
- “Golpe de Estado en Irán de 1953” — Enciclopedia Británica
- “Golpe de Estado en Guatemala de 1954” — Enciclopedia Británica
- “United States occupation of Haiti (1915–1934)” — Encyclopaedia Britannica
- “United States occupation of Nicaragua” — Encyclopaedia Britannica
- “United States invasion of Panama (1989)” — Encyclopaedia Britannica
- “Economic Sanctions in International Law: Venezuela’s Conundrum” — UIC Law Review
- “Unilateral Sanctions and International Law” — Oxford Academic
- “The Humanitarian Impact of Economic Sanctions” — United Nations Human Rights Office
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