La miseria hondureña y el mito protestante

febrero 25, 2026

 



Honduras no es un país pobre en el sentido técnico y aséptico que usan los informes internacionales; Honduras es un país miserable en el sentido histórico, social y civilizatorio del término. La pobreza puede medirse en ingresos; la miseria se reconoce en la degradación humana. Y Honduras encarna esa degradación de forma casi ejemplar: un territorio donde el Estado existe más como ficción burocrática que como realidad efectiva, donde la ley no ordena, sino que se transa, donde la violencia no es una anomalía sino un mecanismo cotidiano de regulación social. Aquí no se vive simplemente con poco: se vive mal, con miedo, con incertidumbre constante, con una normalización del horror que ha erosionado cualquier noción mínima de comunidad política.

 

Este país encabeza los índices de miseria de América continental porque la escasez que atraviesa a la mayoría de su población se inserta en una trama de desempleo crónico, informalidad masiva y violencia homicida reiterada, a la que se suman el desplazamiento interno, la migración forzada y una desigualdad obscena que bloquea cualquier posibilidad de ascenso social. En un escenario donde el horizonte colectivo ha sido vaciado y el pacto social ha perdido vigencia, la vida queda reducida a la subsistencia, organizada según patrones propios de una selva social. La dinámica del “sálvese quien pueda”, reproducida tanto en los barrios bajo dominio de maras como entre unas élites entregadas al saqueo sin pudor, se consolida así como una práctica habitual, producida por un orden que dejó de ofrecer algun futuro. Honduras, en consecuencia, atravesó un proceso de descomposición prolongada que terminó por volver cotidiano el colapso.

 

En ese paisaje de ruina social ocurre un fenómeno profundamente incómodo para la narrativa dominante: Honduras es hoy el país más protestante , especialmente evangélico,  de América Latina. No es un dato menor ni anecdótico. Es una mutación cultural de gran escala que atraviesa barrios, ciudades, discursos políticos y formas de entender el mundo. San Pedro Sula, una de las ciudades más violentas del planeta, es también una de las más protestantes del continente. Iglesias en cada esquina, pastores con autoridad moral, teologías simplificadas que prometen salvación individual en medio del desastre colectivo. Y, sin embargo, casi nadie se atreve a colocar ambos hechos en la misma frase.

 

La razón resulta evidente porque este planteamiento desmantela uno de los mitos más persistentes del imaginario liberal anglosajón, aquel que atribuye la prosperidad económica al protestantismo como si la riqueza emanara de la fe misma. Durante décadas se ha reiterado como verdad incuestionable que los países protestantes alcanzaron altos niveles de riqueza debido a una supuesta ética religiosa orientada al trabajo, al orden, a la disciplina y al mérito, tesis que se refuerza mediante un repertorio fijo de ejemplos, Alemania, Holanda, Reino Unido, los países nórdicos, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, repetidos hasta adquirir apariencia de evidencia. Esta narración, sin embargo, se sostiene sobre una operación intelectual precisa, consistente en tomar una concurrencia temporal y elevarla a causa religiosa, al tiempo que se dejan fuera del análisis los procesos coloniales, industriales, geopolíticos e institucionales que permiten comprender de manera efectiva el origen de esa riqueza.

 

Honduras representa el caso que permanece oculto a la mirada oficial, porque bajo la lógica del imaginario liberal anglosajón debería constituir un experimento exitoso y una demostración tardía de la ética protestante en acción, pero demuestra lo contrario, dado que en este país el protestantismo produjo consuelo en lugar de desarrollo, construyó refugios espirituales en lugar de fortalecer instituciones y cubrió la economía con relatos que disfrazan la realidad en lugar de transformarla. La miseria se reinterpretó de manera que dejó de ser injusticia histórica y se convirtió en prueba divina, dejó de ser saqueo sistemático y se transformó en déficit de fe, dejó de ser responsabilidad política y se presentó como problema moral individual, fenómenos que muestran cómo las explicaciones religiosas actúan como un instrumento que exonera al poder de sus efectos y convierte la derrota social en un imperativo espiritual.

 

El contraste se hace evidente al observar países latinoamericanos mayoritariamente católicos que, pese a sus múltiples problemas, presentan indicadores sociales, institucionales y de desarrollo superiores, situación que rara vez aparece en los discursos dominantes, dado que desmantela la ecuación repetida en ciertos círculos del norte global, según la cual catolicismo equivaldría a atraso. Cuando el protestantismo encuentra fracaso en el sur, el silencio se establece como respuesta, y cuando alcanza prosperidad en el norte, esa prosperidad se eleva a condición de virtud civilizatoria, mostrando cómo los relatos sobre religión y desarrollo funcionan para legitimar desigualdades geográficas y mantener un orden simbólico favorable a ciertos poderes.

 

El caso de El Salvador y Guatemala refuerza esta contradicción porque, a pesar de contar con altos porcentajes de población evangélica, estos países presentan violencia persistente, economías frágiles, dependencia externa y migración masiva, condiciones que confirman la repetición de un patrón según el cual la religión no corrige la miseria cuando esta es producto de relaciones de poder, de élites extractivas, de Estados capturados y de una inserción subordinada en el sistema mundial. Sostener lo contrario refleja no ingenuidad, sino una ideología que transforma la explicación de la desigualdad en consuelo espiritual, desplazando la responsabilidad de quienes detentan el poder hacia una interpretación moral individual.

 

A este cuadro se suma un elemento aún más inquietante porque amplios sectores evangélicos hondureños adoptan un alineamiento acrítico con Israel, incluso frente a episodios de violencia y exterminio ampliamente documentados, situación que evidencia que esta postura no surge de un análisis político informado y responde a una importación teológica procedente de Estados Unidos, conocida como sionismo cristiano, corriente que convierte la geopolítica en dogma religioso y desplaza la atención de los problemas locales hacia causas externas. De esta manera, uno de los países más empobrecidos del continente se llena de defensores fervorosos de una potencia militar extranjera mientras permanece incapaz de garantizar la vida, la dignidad y la soberanía de su propia población, hecho que demuestra cómo Jerusalén adquiere mayor importancia que Tegucigalpa y cómo el Apocalipsis ocupa un lugar central frente a la miseria cotidiana.

 

Nada de esto implica que el protestantismo sea la causa única de la miseria hondureña. La historia sería demasiado simple. Las raíces están en el extractivismo criollo, el enclave bananero, la intervención extranjera, la corrupción endémica, el neoliberalismo depredador y la destrucción sostenida del Estado. Pero negar que la religión dominante cumple hoy una función ideológica en la administración de esa miseria es cerrar los ojos ante la realidad. Cuando una fe se expande en paralelo al deterioro social sin cuestionarlo, sin enfrentarlo, sin politizarlo, deja de ser solo religión y se convierte en un dispositivo de contención.

 

Honduras demuestra que no existe ética religiosa capaz de sustituir la justicia social, que no hay fe que compense la desigualdad producida históricamente, que no hay teología que genere desarrollo sin soberanía, instituciones firmes y redistribución real. Aquí la miseria no es una anomalía: es el resultado lógico de un sistema que predica salvación individual mientras tolera la condena colectiva.

Fuente:

  • Honduras: Panorama de pobreza 2024 – Instituto Nacional de Estadísticas (INE)
  • Honduras: perfil país – Banco Mundial
  • Situación de derechos humanos en Honduras – CIDH
  • Global Protection Update 2024 – ACAPS
  • Informe sobre Desarrollo Humano 2023-24 – PNUD


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