La masonería como matriz espiritual del liberalismo moderno: la fractura espiritual de Occidente
julio 02, 2026
Si uno se toma la molestia de
observar el paisaje cultural y político que nos rodea, y tiene la mínima
capacidad de conectar dos puntos, podría llegar a pensar que la masonería es
algo más que un club de viejos con delantales y apretones de manos ridículos.
Pero no, por supuesto que no. Es mucho más que eso. Es, ni más ni menos, el
motor espiritual que ha ido dando forma a la cultura y a las instituciones de
Occidente durante los últimos siglos, aunque a la mayoría le dé pereza
reconocerlo porque requiere leer algo que no sea un tuit.
Y conste que esto no es una
teoría de la conspiración de esas que venden en los quioscos junto a las
revistas del corazón. Es simplemente constatar que esta forma de entender el
mundo, que pone al hombre en el centro de todo como si fuera el ombligo del universo,
que proclama que el progreso no tiene techo y que Dios sobra para explicar
nada, ha chocado de frente con la visión cristiana tradicional. Porque, claro,
esa visión decía que el orden venía de arriba y que el hombre debía obedecer a
una verdad revelada. Pero eso, qué anticuado, ¿verdad? Mejor que cada uno se
invente su propia verdad, total, para eso está el libre albedrío mal entendido.
Ahora bien, para entender este fenómeno,
y no me refiero a entenderlo como quien lee el resumen de Wikipedia, conviene
saber que la masonería no apareció por casualidad en el siglo XVIII. No, señor.
No fue un producto del azar ni una moda intelectual. Nació con una intención
muy clara y muy bien definida: desgastar y debilitar a las monarquías católicas
de Europa, como quien desgasta una piedra con agua, gota a gota, hasta que se
parte. Y una vez partida, construir sobre sus escombros un nuevo tipo de
sociedad. ¿Y cómo lo hizo? Pues desarrollando sus propios rituales, su
estructura interna, su pedagogía de la autoconstrucción, todo un andamiaje que,
como bien señaló René Guénon , uno de los pocos que tuvo el valor de llamar a
las cosas por su nombre, , se dividía en dos: la masonería
"operativa", la de los antiguos constructores de catedrales, que aún
conservaba un sentido espiritual y sagrado (y que, por cierto, no iba por ahí
derribando tronos); y la masonería "especulativa" moderna, que perdió
esa raíz tradicional y se convirtió en un instrumento al servicio de las
ideologías secularizadas. Vamos, que pasaron de construir templos a construir
mentes, y no precisamente para elevarlas.
Esta masonería especulativa,
querido lector, funciona en la práctica como una especie de religión sin Dios,
o mejor dicho, como una contrarreligión que ha competido directamente con el
cristianismo por el monopolio de la definición del hombre. Porque sí, porque no
basta con tener poder político; hay que tener el poder de decir qué es el ser
humano, cómo debe organizarse la vida en sociedad y cuál debe ser el rumbo de
la historia. Y aunque se presente como una institución benéfica, con su
filantropía y su ayuda mutua, qué bonito suena eso de "fraternidad
universal", ¿verdad?, lo cierto es que su ambición va mucho más lejos.
Quiere dar forma al espíritu de la modernidad entera, combinando la confianza
en la razón (esa razón que tantas veces ha demostrado ser un arma de doble
filo), una moral deísta que no se moja y un simbolismo misterioso que más
parece un juego de adivinanzas. Todo ello articulado como una fe que no tiene
dogmas fijos, pero que sí posee grados, ritos y una creencia firmísima en que
el ser humano puede avanzar sin límites. Sin límites, claro, excepto los que
ellos decidan.
Y si alguien duda de esta
estrategia, que mire la figura del Gran Arquitecto del Universo. Ese señor que
aparece en sus ceremonias y que a primera vista podría parecer una forma de
nombrar a Dios. Pero no, qué va. No es un ser personal ni una realidad que
exista por sí misma. Es un símbolo, un truco, una argucia práctica para que
deístas, cristianos poco ortodoxos, agnósticos y hasta panteístas puedan
compartir el mismo espacio ritual sin tener que ponerse de acuerdo en lo que
creen. Una maravilla de la ingeniería teológica, sin duda. Y esta ambigüedad,
que algunos ingenuos podrían tomar por tolerancia, no es casual: responde a un
propósito deliberado, que es ir vaciando de contenido la idea de Dios para
convertirla en una pieza más del engranaje. Así, lo divino termina diluyéndose
en conceptos humanos como la conciencia, la razón o la fraternidad universal.
En otras palabras, Dios se convierte en un comodín, y el hombre pasa a ser el
único dueño del tablero.
Otro aspecto que no podemos pasar
por alto (aunque a muchos les encantaría) es la estrecha relación entre esta
manera de pensar y el nacimiento del liberalismo político. Porque si la verdad
se entiende como algo relativo, que va cambiando con el tiempo y que se
construye paso a paso, entonces la política también debe ser flexible, basada
en acuerdos negociados y en el diálogo parlamentario. Nada de principios
sagrados, nada de leyes que vengan de arriba. Todo es negociable, todo es
transable, todo es un contrato. Y esta conexión no es superficial, sino que
responde a los mismos fundamentos filosóficos. Por eso, las logias han
trabajado sistemáticamente para separar la política de cualquier autoridad
religiosa, para impulsar una educación sin Dios y para apoyar todas aquellas
corrientes que se autodenominan progresistas, hasta el punto de que se puede
afirmar sin exagerar (y sin miedo a que me tachen de conspiranoico) que la
masonería ha sido la matriz espiritual del liberalismo. Sí, ese liberalismo que
hoy damos por sentado, que nos parece tan natural, y que no es más que un
producto de laboratorio.
Dentro de sus propias logias, la
masonería tiene una estructura bastante compleja, con distintas ramas (unas más
teístas, otras más secularizadas) y un sistema de grados simbólicos, juramentos
y rituales que conforman una especie de enseñanza iniciática. Su finalidad:
formar al individuo para que se convierta en arquitecto de su propio destino,
sin necesidad de recurrir a la gracia divina ni a ninguna revelación
sobrenatural. Y aunque no tiene un clero ni dogmas rígidos, posee una visión
completa del mundo. Manuel Guerra Gómez, con acierto, la definió como una
"religión silenciosa", porque cumple todas las funciones de una
religión, pero sin decirlo abiertamente, como quien dice "no soy yo, es el
viento". Su carácter gnóstico se nota en que la iluminación no se recibe
como un don, sino que se va alcanzando por grados, y en que el hombre se
presenta como el único creador de sentido, aunque eso signifique perder todo
vínculo con lo que trasciende. Una pérdida, por cierto, que a ellos no parece
importarles demasiado.
Si nos limitamos a ver la
masonería como una simple conspiración o como una anécdota pintoresca,
estaremos perdiendo de vista su verdadera dimensión. Porque no se trata de
cuatro iluminados en una cueva; se trata de un conflicto espiritual muy
profundo, que enfrenta dos formas de entender al ser humano: una cristiana, que
se apoya en la verdad revelada y en la dependencia de Dios; y otra masónica,
que gira alrededor de la idea de un progreso infinito y de la autoconstrucción
del individuo a través de su propia razón. Dos visiones incompatibles, dos
mundos que no pueden coexistir. Y uno de ellos ha ido ganando terreno,
silenciosamente, sin que la mayoría se diera cuenta.
Para medir su influencia real en
la historia, conviene recordar que la masonería no se limitó a Europa, sino que
cruzó el océano y dejó una huella decisiva en los procesos de independencia de
América. En Estados Unidos, por ejemplo, muchos de los padres fundadores, como
George Washington o Benjamin Franklin, eran masones activos. Y sus ideas sobre
la soberanía popular, la separación de poderes y los derechos individuales
llevan claramente la impronta de los principios masónicos. La Constitución de
1787 refleja esa manera de entender el gobierno como un pacto racional entre
hombres libres. Y en América Latina, figuras como Simón Bolívar, José de San
Martín o Bernardo O'Higgins utilizaron las logias para coordinar sus acciones y
difundir el ideal republicano. En México, líderes liberales como Benito Juárez
y Porfirio Díaz promovieron la reforma laica y la separación entre Iglesia y
Estado desde una perspectiva claramente influida por el pensamiento masónico.
En todos estos casos, lo que se impuso fue una visión que destacaba tres ideas
fundamentales: soberanía popular, poder público laico y autonomía racional del
individuo. Tres ideas que, por cierto, chocan directamente con la visión
cristiana de la autoridad como algo que viene de arriba.
Y el resultado de todo este
proceso ha sido una secularización que ha desembocado en una especie de
religión civil laica, que encaja perfectamente con el deísmo masónico y que se
opone a cualquier fe que pretenda basarse en una revelación concreta. La autonomía
moral del individuo es quizás el elemento más profundo de todo este proyecto,
porque la masonería no se conforma con cambiar las leyes o las instituciones;
busca influir en la raíz misma del alma humana. Propone una moral que no se
apoya en una ley natural ni en principios fijos, sino que se presenta como
progresiva y cambiante. Y de esa ética de la autonomía derivan los llamados
derechos humanos, que son concebidos como la cima del progreso humano. Todo muy
bonito, todo muy ilustrado, todo muy "libre pensamiento". Pero no nos
engañemos: los derechos humanos, tal como los conocemos, llevan la impronta del
imaginario masónico. Y si alguien lo duda, que mire quiénes los redactaron y
bajo qué influencias.
Por todo esto, podemos decir que
la masonería encierra un proyecto civilizatorio de gran calado, que no solo
busca destruir el orden tradicional, sino también reemplazarlo por otros
fundamentos que considera superiores. Y por eso ha promovido leyes laicas,
reformas educativas y todo tipo de cambios sociales que han ido desmantelando
el orden precedente. Sin embargo, y esto es importante, no debemos caer en la
trampa de imaginar que se trata de un plan secreto orquestado por un centro
único de poder. Porque eso sería reducir la cuestión a una caricatura, y las
caricaturas solo sirven para desacreditar a quienes advierten sobre su
influencia. Lo que realmente ocurre es que las logias se han diversificado y
complicado con el tiempo, y lo más inquietante no es que haya unos pocos
conspiradores, sino que toda esta red doctrinal y simbólica, que tuvo su origen
en la masonería, ha logrado hacerse hegemónica y se ha convertido en la
mentalidad predominante de nuestra época. Es decir, ya no hace falta conspirar;
el consenso ya está interiorizado. Genial, ¿verdad?
Para entender mejor cómo se
produjo esta transformación, resulta muy útil volver a las distinciones de René
Guénon. Este autor dedicó gran parte de su obra a tratar de recuperar el
verdadero sentido iniciático de la masonería y a denunciar las desviaciones que
se produjeron a partir de 1717, cuando se fundó oficialmente la masonería
especulativa. Según Guénon, la masonería auténtica no era un invento de la
Ilustración, sino una institución iniciática occidental que heredaba una cadena
espiritual antigua, con símbolos y estructuras que remitían a una metafísica
coherente con las tradiciones ortodoxas. Su obra fue una especie de arqueología
espiritual destinada a eliminar las interpretaciones profanas y a devolverle su
núcleo iniciático. Guénon sostenía que la masonería solo se entiende si se
considera desde su naturaleza intrínseca como organización iniciática, que
posee una influencia espiritual real basada en transmisiones rituales que no
pueden alterarse sin romper la cadena. Y por eso consideraba que las desviaciones
modernas (racionalismo, filantropía superficial, politización, psicologismo)
representaban una profanación grave. Una profanación que, por cierto, ha sido
tan exitosa que hoy apenas recordamos que hubo algo antes.
Su pensamiento se puede resumir
en cuatro ideas principales: primera, que la masonería auténtica es tradicional
y se parece a otras tradiciones esotéricas; segunda, que su degeneración
moderna se debe a la infiltración de elementos profanos; tercera, que hay que
distinguir entre masonerías legítimas e ilegítimas según su fidelidad ritual; y
cuarta, que su finalidad es interior y transformadora, no política ni
filantrópica. Para Guénon, la masonería operativa medieval estaba formada por
constructores que no eran un simple gremio, sino una orden con símbolos y
conocimientos sagrados, porque construir templos era un arte divino que
reflejaba la estructura del cosmos. Y al transformarse en especulativa en el
siglo XVIII, ese arte se volvió interior, aplicando los símbolos al trabajo
espiritual. Pero la masonería moderna, en su mayoría, ha reemplazado la
espiritualidad por una moral filantrópica, el rito por la sociabilidad, el
símbolo por la psicología y la tradición por la ideología. Una degeneración que
se ha producido por la infiltración del racionalismo, la filantropía y la
politización, que son profanaciones graves porque eliminan toda posibilidad de
transmisión espiritual. Vamos, que han vaciado el templo y lo han convertido en
un salón de actos.
Por su parte, Julius Evola, en
sus escritos de la década de 1940, retomó estas ideas y analizó la masonería
especulativa como un instrumento al servicio de la subversión moderna. Sostenía
que detrás de la historia visible actúan fuerzas profundas que corrompen la
tradición, y que esta masonería, originada en Inglaterra y Francia, perdió su
carácter iniciático para abrirse a miembros diversos que impusieron el
racionalismo liberal y la nivelación social. Evola, basándose en el historiador
Bernard Fay, sostuvo que la masonería actuó como catalizadora de las grandes
revoluciones, no porque las masas se levantaran espontáneamente, sino porque
una élite noble decadente, seducida por la ideología masónica, traicionó su
propia naturaleza jerárquica y promovió la igualdad y las libertades
abstractas, preparando así el terreno ideológico para que la revolución fuera
posible. Y luego las masas fueron movilizadas como agentes del caos. Frente a
la sociedad tradicional, jerárquica y diferenciada, la masonería impuso un ideal
universalista de fraternidad y emancipación. Y este proceso se replicó con
fuerza en América, donde las logias promovieron la independencia de las
colonias, la abolición de los privilegios eclesiásticos y la instauración de
repúblicas liberales. De modo que la masonería se convirtió en un vehículo de
la modernidad subversiva que transformó el orden tradicional en todo el
continente. Y el resto, como suele decirse, es historia.
En definitiva, la masonería
especulativa moderna ha sido un agente decisivo en la configuración del mundo
contemporáneo, tanto en Europa como en América. Ha promovido el liberalismo, la
secularización y la autonomía individual, siempre en contraposición al orden
cristiano tradicional. Y su influencia no se ha limitado a la política formal,
sino que ha impregnado los valores, los símbolos y la mentalidad de las
sociedades occidentales. Por eso, comprender su naturaleza más allá de las
caricaturas (y de los ridículos prejuicios que los mismos masones fomentan para
ocultar su verdadero alcance) es esencial para entender el conflicto profundo
que sostienen dos concepciones del hombre y de la sociedad: una que se apoya en
la trascendencia y la revelación, y otra que confía únicamente en la inmanencia
y en la capacidad humana de progresar por sí misma. Una lástima que la mayoría
elija la segunda sin saber siquiera que está eligiendo.
Fuente:
- Washington, George – Documentos personales y correspondencia masónica. Archivos del Monte Vernon, Estados Unidos.
- Franklin, Benjamin – Escritos y documentos masónicos. Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
- Varios autores – Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776). Firmantes masones documentados históricamente.
- Varios autores – Constitución de los Estados Unidos (1787). Firmantes masones documentados históricamente.
- Guénon, René – Estudios sobre la Masonería y el Compagnonnage. Obras completas, volumen XIX. Recopilación de artículos publicados en Le Voile d’Isis y Études Traditionnelles.
- Guénon, René – Masones y carpinteros (1946).
- Evola, Julius – Artículos sobre masonería publicados en revistas italianas durante la década de 1940, especialmente en Critica Fascista y Vita Nuova. Recopilados en antologías posteriores como Metapolítica, Tradición y Modernidad.
- Fay, Bernard – La Francmasonería y la Revolución Intelectual del siglo XVIII (1963).
- Guerra Gómez, Manuel – Masonería, religión y política. Trilogía completa (2012).
- Guerra Gómez, Manuel – El árbol masónico: Trastienda y escaparate de la masonería.
- Guerra Gómez, Manuel – La masonería invisible (III): la neopaganización del Occidente cristiano. Revista Burgense 44/1 (2003), pp. 167-204.
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