En el año 2001, cuando Ridley
Scott estrenó Black Hawk Down en las salas de cine de todo el mundo, millones
de espectadores en América Latina y en el resto del planeta contemplaron por
primera vez, con horror y fascinación mezclados, la imagen de soldados
estadounidenses atrapados en las calles de una ciudad africana que ardía bajo
el fuego de una multitud hostil. Mogadiscio. El nombre resonaba como un eco
lejano, casi mítico, para una generación que había crecido con la televisión
como única ventana al mundo. Y sin embargo, lo que aquella película mostraba no
era la realidad de Mogadiscio: era la pesadilla de los Rangers, la angustia de
los Delta Force, la desesperación de jóvenes estadounidenses que habían cruzado
océanos para morir en una ciudad cuyo nombre apenas podían pronunciar. Los
somalíes, en aquella pantalla, eran una masa borrosa, un enjambre de siluetas
armadas que se abalanzaban sobre los helicópteros caídos como langostas sobre
un campo de trigo. No tenían rostro. No tenían nombre. No tenían historia.
Treinta años después, en 2024, Netflix estrenó Surviving Black Hawk Down, y por
primera vez, con tres décadas de retraso, las voces de los somalíes irrumpieron
en el discurso público occidental. Halima Weheliye recordaba estar en una
escuela con veinte niños encima de ella, vomitando y desmayándose mientras los
helicópteros estadounidenses sobrevolaban la ciudad. Binti Adan aparecía junto
a su hija Ifrah, ciega desde aquel octubre de 1993, cuando una explosión le
arrebató la vista. Ahmed Diriye, antiguo miembro de la Alianza Nacional Somalí,
narraba cómo había huido de un bombardeo con la ropa quemada, pisando cadáveres
y extremidades humanas. Y Ahmed “Five”, un cineasta local que había dejado de
filmar bodas para documentar la masacre, mostraba imágenes de ancianos tomando
su último aliento en las calles de su propia ciudad. La pregunta que estas
voces obligan a plantearse es inevitable: ¿por qué tuvieron que pasar más de
treinta años para que el mundo escuchara a los somalíes? ¿Por qué una batalla que
fue, ante todo, una masacre del pueblo de Mogadiscio, sigue siendo contada como
la tragedia de sus agresores?
Para comprender lo que ocurrió en
Mogadiscio el 3 de octubre de 1993, es necesario desmontar el relato oficial
que Occidente ha construido alrededor de aquella jornada. Según la versión
dominante, las fuerzas especiales estadounidenses ejecutaron una misión de
captura contra altos mandos de la Alianza Nacional Somalí, el brazo
político-militar del general Mohamed Farrah Aidid. La operación salió mal. Dos
helicópteros Black Hawk fueron derribados. Los Rangers quedaron atrapados en
una ciudad enemiga. Durante dieciocho horas, lucharon por sus vidas contra
miles de milicianos hasta ser rescatados. En esta narrativa, los
estadounidenses son víctimas de una emboscada, héroes caídos en una misión
humanitaria que se torció. Pero esta versión omite deliberadamente el contexto
que la precedió, y sobre todo, omite la experiencia de quienes habitaban
aquella ciudad que ardía. Mogadiscio no era un campo de batalla vacío que los
estadounidenses ocuparon por error: era el hogar de cientos de miles de
personas que habían visto, durante meses, cómo aviones AC-130 bombardeaban sus
barrios, cómo morteros estadounidenses destruían sus casas, cómo cascos azules
ametrallaban manifestaciones pacíficas. En junio de 1993, meses antes de la
batalla, un ataque aéreo estadounidense contra una reunión de altos mandos de
la SNA mató a decenas de líderes del clan Habr Gedir. En los días previos al 3
de octubre, morteros estadounidenses dispararon contra vecindarios densamente
poblados alrededor de su base, matando a una familia de ocho personas e
hiriendo a otras treinta y cuatro. Cada bomba que caía, cada bala que
atravesaba una pared de adobe, cada niño que moría bajo los escombros,
alimentaba una furia que no necesitaba de Aidid para existir. La batalla de
Mogadiscio no fue una operación militar que salió mal: fue el estallido de una
ciudad que ya llevaba meses siendo bombardeada por quienes pretendían
“pacificarla”.
La perspectiva somalí de aquella
jornada desmonta la distinción entre “milicianos” y “civiles” que Occidente
utiliza para legitimar sus guerras. Cuando los helicópteros estadounidenses se
estrellaron en el distrito de Soola, no fueron solo los combatientes de la SNA
quienes corrieron hacia el lugar. Fueron vecinos, comerciantes, estudiantes,
madres de familia, ancianos que habían visto morir a sus hijos en bombardeos
previos. El coronel Sharif Hassan Giumale, comandante táctico de la SNA, ordenó
por radio a oficiales de toda la ciudad que convergieran en el lugar de los
caídos, pero no necesitó ejércitos disciplinados para hacerlo. Los megáfonos de
las mezquitas y las radios locales llamaban a la población: “¡Salgan y
defiendan sus hogares!”. Y la gente salió. No porque Aidid les hubiera ordenado
hacerlo, sino porque Mogadiscio era su ciudad, porque llevaban meses siendo
humillados por soldados extranjeros que no hablaban su idioma, que no conocían
sus calles, que disparaban primero y preguntaban después. Javier Ruiz Sánchez,
en su análisis académico sobre la batalla, describe con precisión esta
dinámica: los somalíes jugaban un “juego distinto” al de los estadounidenses.
Mientras los Rangers dependían de tecnología, comunicaciones encriptadas y
fuego de supresión, los defensores de Mogadiscio utilizaban la ciudad misma
como arma. Conocían cada callejón, cada pasadizo, cada techo desde donde
disparar. La indistinguibilidad entre combatiente y civil no era una táctica
deliberada de “terrorismo asimétrico”, como la llaman los manuales militares
occidentales: era la realidad de una ciudad donde todos eran objetivo, donde la
distinción entre quien llevaba un rifle y quien no había dejado de tener
sentido meses atrás, cuando los bombarderos comenzaron a caer sobre los barrios
residenciales. Las estimaciones de bajas somalíes hablan por sí solas: entre
doscientos y dos mil muertos, según las fuentes; entre setecientos y más de mil
heridos; un tercio de las víctimas, mujeres y niños. Estos no son números de
una batalla convencional entre ejércitos: son los restos de una ciudad
masacrada.
Mohamed Haji Ingiriis, académico
somalí de King’s College London, lo expresa con crudeza: los somalíes que
lucharon aquel día no necesitaron de consignas ni propaganda; percibieron con
claridad que se enfrentaban a un ejército extranjero que atacaba su núcleo
social, mientras que las fuerzas estadounidenses demostraron carecer por
completo de la información esencial sobre la realidad del terreno y el peso de
los lazos comunitarios en Mogadiscio. Pero esta formulación, aunque
académicamente lúcida, suaviza la crudeza de los hechos. No fueron simplemente
actores movidos por una percepción aguda: fueron testigos. Testigos de sus
hijos muriendo bajo el fuego de morteros, de sus mezquitas siendo bombardeadas,
de sus ancianos siendo ejecutados desde el aire. La "información" que
los estadounidenses carecían no era un dato estratégico que pudieran haber
obtenido con más drones o más traductores: era la comprensión de que Mogadiscio
no era un tablero de ajedrez donde mover fichas, sino una ciudad viva que
respondía al dolor con dignidad y con violencia.
La participación de la población
civil en la batalla no fue una anomalía: fue la consecuencia lógica de una
política de ocupación que había convertido a toda la ciudad en blanco
potencial. Cuando los Rangers quedaron atrapados en las calles de Soola, no enfrentaron
a un ejército regular con uniformes y cadenas de mando: enfrentaron a una
ciudad entera que se había levantado en armas. Las armas pequeñas estaban
ampliamente distribuidas entre la población civil de Mogadiscio, producto de
décadas de guerra civil, pero también de una cultura donde la autodefensa
comunitaria era la norma antes que la excepción. Muchos de quienes combatieron
aquel día no eran milicianos de Aidid: eran voluntarios, mujeres y niños con
rencor acumulado, exploradores que guiaban a los combatientes por calles que
los extranjeros no podían leer. Incluso clanes rivales, como los Abgal leales a
Ali Mahdi y los Habr Gedir de Aidid, lucharon codo a codo contra las fuerzas de
la UNOSOM, desmontando la versión simplista de que se trataba de una guerra
entre “el señor de la guerra Aidid” y “las fuerzas de paz de la ONU”. Lo que
Occidente llamó “levantamiento de milicias” fue, visto desde Mogadiscio, una
insurrección popular contra una fuerza de ocupación que había demostrado, mes
tras mes, que no distinguía entre combatiente y civil, entre hombre armado y
madre con un niño en brazos.
El documental de Netflix de 2024
revela, con treinta años de retraso, lo que los somalíes siempre supieron y lo
que Occidente se empeñó en ocultar. Un soldado estadounidense, con rabia y sin
pudor, confiesa haber disparado contra “todo somalí que estaba parado ahí”,
armando barricadas para proteger sus hogares de un ejército invasor. Disparó
contra civiles. Contra gente que intentaba defender su propia ciudad. Este no
es un exceso aislado: es el razonamiento de una operación militar que
consideraba a toda la población de Mogadiscio como hostil potencial. Los
francotiradores estadounidenses, posicionados en los helicópteros y en los
edificios altos, disparaban contra cualquier movimiento en las calles. Los
niños que corrían hacia los helicópteros caídos no eran “combatientes”: eran
niños que habían crecido en una ciudad en guerra, que habían visto morir a sus
familias, que respondían al horror con la única herramienta que conocían: la
piedra, el palo, el rifle de su padre. La imagen de un niño somalí disparando
contra un soldado estadounidense, que en Black Hawk Down se presenta como
símbolo de la barbarie del enemigo, adquiere otra dimensión cuando se sabe que
ese niño perdió a sus padres en un bombardeo aéreo dos meses antes. ¿Cómo no
iba la población civil a armarse? ¿Cómo no iba a levantarse en armas una ciudad
que veía cómo los estadounidenses les reventaban la cabeza a sus hijos desde
los helicópteros?
La batalla de Mogadiscio fue, en
términos militares, un desastre para Estados Unidos. Dieciocho soldados
muertos, setenta y tres heridos, dos helicópteros derribados, una fuerza de
rescate que necesitó la intervención de tropas pakistaníes y malasias para
sobrevivir. Pero esta derrota táctica no es lo que define aquella jornada. Lo
que la define es que un pueblo, en un rincón olvidado del Cuerno de África, se
enfrentó a la superpotencia unipolar del mundo y le demostró que la tecnología,
el dinero y la arrogancia no bastan para someter a quienes defienden su tierra.
En 1993, Estados Unidos venía borracho de su triunfo contra la Unión Soviética,
convencido de que el mundo entero era su patio trasero, de que podía
“pacificar” naciones enteras sin entender sus lenguas, sus tradiciones, sus
formas de organización social. Los anglosajones, con su prepotencia secular,
creyeron que Mogadiscio era otro escenario para demostrar su hegemonía. No
entendieron que estaban entrando en una ciudad que llevaba siglos resistiendo
invasiones, que el clan no era una “tribu primitiva” sino una estructura
política sofisticada, que la mezquita no era solo un lugar de culto sino un
centro de comunicación y movilización. No entendieron nada. Y por eso
perdieron.
El silencio sobre la perspectiva
somalí de Mogadiscio no es casual: es de forma evidente algo estructural. En el
mundo hispanohablante, la batalla se conoce casi exclusivamente a través de
Black Hawk Down, la película de Ridley Scott, o a través de manuales militares
que analizan la operación como caso de estudio de “guerra urbana asimétrica”.
Los somalíes, en estos textos, son una variable, un obstáculo táctico, una
“masa hostil” contra la que los Rangers tuvieron que luchar. No son sujetos. No
tienen historia. No tienen motivaciones que no sean la barbarie o la
manipulación de un “señor de la guerra”. Este borramiento no es solo un fallo
narrativo: es una continuación de la misma lógica que llevó a los bombarderos
estadounidenses a caer sobre barrios residenciales en 1993. Si los somalíes no
son personas con nombres, con familias, con razones para luchar, entonces sus
muertes no cuentan. Entonces los doscientos, los quinientos, los dos mil
muertos son “daños colaterales” en una operación humanitaria que salió mal.
Entonces la niña ciega, la madre que vomitaba bajo el peso de veinte niños, el
anciano que tomaba su último aliento en la calle, no merecen más que una nota
al pie en la historia de una “misión de paz”.
Pero la realidad, como siempre,
es más compleja y más brutal que el relato oficial. Somalia no era un “estado
fallido” que necesitaba ser salvado por Occidente: era una nación con una
historia, con una cultura urbana vibrante, con sistemas de gobernanza que los
colonialistas italianos y británicos nunca lograron comprender ni respetar. La
intervención de la ONU y de Estados Unidos en 1992-1993 no fue un acto de
solidaridad humanitaria: fue una continuación de siglos de injerencia
occidental que había desestructurado deliberadamente las formas de organización
social somalí para imponer modelos estatales importados. La “ayuda humanitaria”
se convirtió en arma de control: los convoyes de alimentos eran moneda de
cambio para comprar lealtades, los campos de refugiados eran centros de
reclutamiento para milicias proxy, los bombardeos “selectivos” eran ejecuciones
extrajudiciales de líderes que no se doblegaban ante la voluntad de Washington.
Cuando los estadounidenses hablan de “pacificar” Mogadiscio, lo que describen
es la imposición de un orden colonial disfrazado de intervención humanitaria. Y
cuando los somalíes se levantaron en armas, no lo hicieron como “bárbaros” o
“terroristas”: lo hicieron como pueblos que han resistido invasiones desde
tiempos inmemoriales, desde las expediciones etíopes hasta las campañas
coloniales europeas, desde la guerra de independencia hasta las resistencias
contra Siad Barre.
La batalla de Mogadiscio debe
entenderse, en última instancia, como un momento de revelación. No fue la
primera vez que Estados Unidos perdía soldados en combate, ni la primera vez
que una operación militar se torcía de manera espectacular. Pero fue la primera
vez, en la era de la hegemonía unipolar, que un pueblo africano le plantó cara
a la superpotencia y le demostró los límites de su poder. Los Rangers, con toda
su tecnología, con sus gafas de visión nocturna, con sus rifles de precisión y
sus helicópteros de ataque, fueron derrotados no por un ejército convencional,
sino por una ciudad que se negó a ser ocupada. Los “leones de África”, como los
llamaría con justicia cualquier narrativa que les otorgue la dignidad que
merecen, no eran una horda desorganizada: eran mecánicos, profesores,
comerciantes, estudiantes, madres y padres que habían visto suficiente para
saber que la ocupación extranjera, bajo cualquier bandera, solo traía muerte. Y
cuando los helicópteros cayeron, cuando los Rangers quedaron atrapados en las
calles que ellos no conocían, la ciudad entera respondió con la misma furia que
había acumulado durante meses de bombardeos indiscriminados.
Treinta años después, la pregunta
que Mogadiscio plantea al mundo no es por qué Estados Unidos perdió dieciocho
soldados, sino por qué Occidente sigue sin escuchar a los somalíes. Por qué, en
el mundo hispanohablante, la batalla sigue siendo un capítulo de la historia
militar estadounidense y no un episodio de la resistencia africana contra el
colonialismo contemporáneo. Por qué los testimonios de Halima, de Binti, de
Ahmed Diriye, de los cientos de miles de mogadiscios que perdieron familiares,
hogares, sus ojos y la esperanza, siguen siendo una nota al pie en un relato
centrado en la angustia de los agresores. La respuesta no está en la
indiferencia: está en la estructura del poder mediático y académico global, que
sigue siendo, en su mayoría, anglosajón, que sigue determinando qué voces
merecen ser escuchadas y cuáles pueden ser silenciadas durante tres décadas sin
que nadie lo note. Los anglosajones, con su ingeniería social perfectamente
aceitada, han logrado que el mundo entero llore por los Rangers que murieron en
Mogadiscio, mientras los somalíes que sobrevivieron a la masacre de su propia
ciudad siguen esperando, en el silencio, que alguien les pregunte cómo fue.
Si alguien me preguntara qué
recomendar para entender aquella batalla, diría que el libro de Mark Bowden,
Black Hawk Down, tiene el mérito de documentar con detalle el horror de la
guerra urbana, la sangre, el caos, la deshumanización que produce el combate
cuerpo a cuerpo. Pero incluso en sus páginas más crudas, los somalíes siguen
siendo una masa invisible, un “enjambre” contra el que los estadounidenses
luchan por sobrevivir. No hay voz somalí que cuente por qué aquel día salieron
a la calle, qué habían visto caer sobre sus casas en los meses previos, qué
nombres tenían los que murieron bajo el fuego de los francotiradores. La
película de Ridley Scott, por su parte, es pura mitología: convierte una
derrota estratégica en epopeya heroica, borra por completo a los civiles
somalíes, y presenta a los combatientes locales como una horda irracional que
ataca sin motivo. Ni el libro ni la película pueden explicar por qué una ciudad
entera se levantó en armas contra una fuerza que pretendía “salvarla”. Para eso,
hace falta escuchar a los somalíes. Hace falta leer a académicos como Javier
Ruiz Sánchez, que analizan la batalla como un conflicto de complejidad urbana
donde los somalíes jugaban un juego que los estadounidenses no entendían. Hace
falta ver documentales como el de Netflix de 2024, donde por fin, con treinta
años de retraso, las voces de Mogadiscio rompen el silencio. Y hace falta,
sobre todo, dejar de tragar la ingeniería social anglosajona que nos enseña a
llorar por los soldados invasores y nos olvida de los pueblos invadidos.
Los Rangers contra los leones de
África. Así debería llamarse esta historia, si el mundo fuera justo. Porque lo
que ocurrió en Mogadiscio no fue una batalla entre una fuerza de élite y una
banda de milicianos: fue el enfrentamiento entre un imperio que creía
invencible y un pueblo que demostró que la invencibilidad no existe cuando se
defiende la propia tierra. Los somalíes le dieron el primer puñetazo en la cara
a Estados Unidos en pleno principio de su era unipolar, en el momento de mayor
arrogancia de su historia, cuando creía que podía rediseñar el mundo a su
antojo. Y aunque el precio fue terrible, aunque Mogadiscio se desangró y sus
calles quedaron sembradas de cadáveres, aunque las heridas de aquel día siguen
abiertas treinta años después, aquel puñetazo resonó. Resonó lo suficiente para
que Washington reconsiderara sus aventuras militares en África, lo suficiente
para que una generación de somalíes recordara que su ciudad no fue doblegada
por los bombarderos, lo suficiente para que, tres décadas después, alguien
escribiera estas líneas intentando, con todas sus limitaciones, visibilizar una
perspectiva que el poder mundial se ha empeñado en silenciar. Mogadiscio no fue
una derrota de Estados Unidos: fue una victoria de un pueblo que se negó a ser
invisible. Y en esa negación, en esa resistencia, en esa furia digna de quienes
defienden su hogar contra el invasor, reside la verdadera historia de la
batalla de Mogadiscio. No la de los Rangers. la de los leones.
Fuente:
- Ruiz Sánchez, Javier. Mogadiscio 1993, 3 de octubre, 16:10. Universidad Politécnica de Madrid.
- Surviving Black Hawk Down. Netflix, 2024. Documental. Testimonios de Halima Weheliye, Binti Adan, Ahmed Diriye y Ahmed “Five”.
- Battle of Mogadishu (1993). Wikipedia. Secciones: “Somali National Alliance forces”, “Casualties”, “Aftermath”. Datos del Comité Internacional de la Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras, Mark Bowden, Robert B. Oakley.
- Lanzamiento del libro The Battle for Mogadishu (2023). Testimonio de Ahmed Diriye (ex-SNA) y declaraciones de Mohamed Haji Ingiriis (King’s College London).
- Bowden, Mark. Black Hawk Down: A Story of Modern War. Atlantic Monthly Press, 1999.
- Scott, Ridley (dir.). Black Hawk Down. Columbia Pictures, 2001.
- Peterson, Scott. Me Against My Brother: At War in Somalia, Sudan and Rwanda. Routledge, 2000.