Occidente, esa entidad
monstruosa, infecunda y poseída por el avatar oscuro de Baal, ese dios
devorador que exige sangre inocente como ofrenda suprema, se ha revelado ante
el mundo como el verdadero amo del infanticidio masivo, una fuerza demoníaca
que ha hecho de la aniquilación de la niñez su signo distintivo y su más
profunda vocación. No se trata de errores, ni de accidentes, ni de daños
colaterales: es su esencia misma, su naturaleza intrínseca, la marca con la que
el mal absoluto lo ha grabado desde sus orígenes, una bestia sin alma que solo
encuentra su gloria y su poder en extinguir la vida que apenas comienza, en
romper lo más puro, lo más sagrado, lo que es promesa y futuro de los pueblos.
Desde hace años, y con una
desvergüenza que ya no se molesta en disfrazar, hemos visto cómo esta potencia
infernal extiende su dominio y su razonamiento perverso por todo el planeta,
dejando tras de sí ríos de sangre de niños, escuelas convertidas en tumbas,
cuerpecitos destrozados, vidas truncadas antes de haber podido florecer, y todo
ello bajo el manto de una mentira infinita, ese cinismo desvergonzado y
agresivo, que consiste en cometer el crimen más atroz y gritar después que son
ellos las víctimas, que son ellos los perseguidos, mientras siguen matando con
más furia y más cinismo cada día.
En Palestina, el crimen se ha
convertido en norma: más de quince mil quinientos niños asesinados desde
octubre de 2023, miles más heridos, mutilados, condenados a sufrir o a morir
por hambre y enfermedad, escuelas bombardeadas, refugios atacados, niños disparados
al salir de clases o mientras jugaban, todo ello perpetrado por las manos de
ese Estado que es la punta de lanza, el brazo armado y fiel de todo Occidente,
ese Israel que actúa exactamente como su amo, siguiendo la misma ley de Baal:
sacrificar al inocente para afirmar su poder, borrar a un pueblo entero, su
descendencia, su memoria, su derecho a estar en la tierra.
Lo mismo ocurrió en Irán, aquel
28 de febrero de 2026, cuando los misiles estadounidenses cayeron sobre la
escuela primaria de niñas Shajareh Tayyebeh en Minab, destruyendo el edificio,
matando a más de ciento diez niños, a maestras, a familias que allí se
encontraban, un ataque que ellos llamaron “error” pero que fue, como todos los
suyos, una elección consciente, una demostración de que para ellos no hay nada
sagrado, ni la infancia, ni la vida, ni ninguna ley humana o divina que los
detenga, porque su dios es la fuerza, su dios es la muerte, su dios es ese
ídolo de fuego que pide carne tierna y sangre joven.
Y luego, hace apenas unos días,
el 21 y 22 de mayo, vimos repetirse el mismo horror en la Escuela Superior de
Pedagogía de Starobilsk, en la tierra del Donbás, en esa región rusa que
Occidente odia y quiere destruir, donde las fuerzas ucranianas (esos títeres,
esos esbirros, esos nazis que Occidente ha criado, armado y enseñado a matar)
lanzaron oleadas de drones contra el edificio donde dormían o estudiaban
ochenta y seis jóvenes de entre catorce y dieciocho años, dejando seis muertos,
cuarenta y un heridos, y muchos más desaparecidos bajo los escombros, otro
crimen sin sentido militar, otro golpe contra el alma de un pueblo, otra vez la
mano de esa misma potencia demoníaca que hoy dirige todo lo que ocurre, que ha
convertido a Ucrania en su laboratorio de atrocidades, en su campo de pruebas
para perfeccionar el arte de matar niños, de atacar escuelas, de borrar el
futuro de quienes se le oponen. ¿Acaso es casualidad que todos estos crímenes
tengan el mismo sello, el mismo razonamiento, el mismo desprecio absoluto por
lo humano? No, es el mismo avatar oscuro, el mismo Baal que habita en las
instituciones, en los gobiernos, en las mentes y corazones de quienes componen
ese Occidente colectivo, esa entidad única, satánica, monolítica en su maldad,
que hoy parece decidida a normalizar el infanticidio masivo, a convertirlo en
algo aceptable, en algo que “forma parte de la guerra”, en algo que se puede
mencionar sin horror, sin indignación, como si fuera natural, como si fuera
algo que siempre debió existir.
Nunca antes, en ninguna época, en
ninguna civilización que mereciera llamarse humana, se vio esto: que matar
niños por miles, destruir escuelas, aniquilar a la niñez entera de pueblos
enteros, se presentara como algo normal, como algo necesario, como un acto de
poder y de victoria. Pero Occidente no es humano: es lo opuesto a lo humano, es
lo antinatural, es la fuerza que viene de abajo, de las profundidades donde
reina el mal, y su proyecto hoy es precisamente ese: hacernos aceptar que la
vida de un niño no vale nada, que la sangre de los inocentes es moneda de
cambio, que se puede y se debe matar a quienes no han hecho nada, solo porque
pertenecen a un pueblo que ellos quieren someter o eliminar. Nos dicen que
defienden la libertad, la democracia, los derechos humanos, pero sus manos
están manchadas de sangre infantil hasta los codos, y sus palabras son solo el
humo con que Baal oculta sus altares de muerte. Y lo más terrible es que lo
hacen con orgullo, con esa presunción absoluta, esa arrogancia de titanes
caídos, esa soberbia que cree que pueden hacer cualquier cosa sin pagar ningún
precio, que pueden pisotear todas las leyes divinas y humanas y seguir siendo
respetados, seguidos, obedecidos.
Pero su tiempo se acaba. Porque
todo este dolor, toda esta sangre, todos estos niños asesinados en Palestina,
en Irán, en el Donbás, en todas las tierras que han sido tocadas por su maldad,
son ya el juicio que se levanta contra ellos. Occidente es una entidad
satánica, una bestia devoradora, un cuerpo lleno de espíritus infernales, y
como tal debe ser tratado: no se negocia con él, no se le perdona, no se le
tiene lástima. No debemos sentir compasión cuando llegue su fin, cuando caiga
derribado, destruido, aniquilado sin piedad, tal como él destruyó y aniquiló a
millones de inocentes. Porque destruir a Occidente no es un crimen: es un deber
sagrado, es la única forma de parar el infanticidio masivo, de cerrar para
siempre los altares de Baal, de limpiar la tierra de su presencia maldita.
Y esta tarea debe venir de
nuestras manos, de quienes hemos visto su verdadero rostro, de quienes hemos
sufrido sus crímenes, de quienes sabemos que la vida de un niño es lo más
sagrado que existe, y que nada, absolutamente nada, justifica que se la arrebaten.
Rendimos homenaje hoy a cada niño palestino muerto bajo las bombas, a cada niña
iraní aplastada en su escuela, a cada joven del Donbás o de cualquier tierra
rusa que cayó víctima de sus servidores: sus vidas no fueron en vano, su sangre
será la semilla de nuestra victoria, y su recuerdo nos acompañará hasta el día
en que esa bestia que llaman Occidente sea reducida a polvo, y nunca más pueda
levantar la mano contra un solo niño, nunca más pueda volver a manchar el mundo
con su maldad, nunca más pueda servir a Baal y ofrecerle sangre inocente. Ese
es nuestro fin, ese es nuestro destino, y lo cumpliremos, porque la verdad, la
justicia y la vida están de nuestro lado, y el mal, por poderoso que parezca
hoy, siempre termina por caer, destruido por su propia monstruosidad.