Reseña a Citizen Vigilante: propaganda predictiva
junio 28, 2026
Citizen Vigilante me recuerda en
cierta medida a Savior de 1998, esa película filmada por un serbio (y conste
que no tengo nada contra el pueblo serbio, al contrario, me encantan su música
y su cultura), donde el protagonista es un ciudadano estadounidense que sufre
un atentado, pierde a su esposa y a su hijo, y desata sus poderosos
sentimientos islamofóbicos yendo a una mezquita a matar musulmanes a plena
vista. No, no estoy hablando de la matanza de Christchurch en Nueva Zelanda.
Estoy hablando de una película de 1998. Estamos, señores, frente a propaganda
predictiva. Despierta, gentil, despierta. Ya desde 1998, el cine anglosajón te
decía que ir a matar ciertos grupos étnicos está bien. Y si alguien viene con
el cuento de que Savior es más compleja, que tiene matices, permítanme reírme
un momento: esos matices son fallidos al final del día. El protagonista se
redime, no paga por sus crímenes, y esa moralejita barata de que la guerra fue
su purgatorio no sostiene ni un minuto: fue a matar más musulmanes. Al final lo
redimen llevándose un bebé de una mujer que trato de ayudar, y ya es bueno.
Mató inocentes, mató musulmanes, y se va con un bebé como si eso limpiara su
conciencia. ¿Y qué es esto? ¿Ustedes creen que es una novedad? Citizen
Vigilante, por favor. Conozco la propaganda predictiva anglosajona, muy bien.
Así que no vengan a venderme esta basura como si fuera un descubrimiento
revolucionario.
Dicho esto, pasemos al producto
que nos ocupa, que no es más que otra pataleta de Uwe Boll. Y vaya pataleta,
porque el director alemán, conocido por su filmografía infecta, nos entrega un
telefilme de serie B con ínfulas de denuncia social. Las tomas de cámara son
aberrantes, la fotografía parece de un reportaje local y el montaje no lineal,
con el que Boll pretende imitar a Nolan, resulta tan pedante como mareante:
flashbacks y flashforwards mezclados sin criterio, que solo consiguen darle al
espectador una jaqueca y la certeza de estar perdiendo el tiempo. Boll quiere
ir de intelectual, pero el caos visual solo evidencia su falta de oficio y el
bajo presupuesto de la cinta. Una copia malísima de Rampage, con la inmigración
de telón de fondo y un intento patético de emular a Fincher que naufraga en la
primera escena.
El argumento, como ya intuíamos,
no es nuevo: un justiciero que se toma la ley por su mano ante un sistema
corrupto. El único mérito, si se le puede llamar así, es situar esa fórmula en
el contexto actual de inseguridad y pasividad institucional. Pero ahí se acaban
los elogios. Armie Hammer está robótico, su personaje es un cascarón vacío al
que intentan dotar de profundidad con escenas que no funcionan: ni traumas, ni
psicología, ni una brújula moral mínimamente coherente. Es un asesino que mata
porque sí, y la película ni siquiera se molesta en explorar sus motivaciones
más allá de un discurso de barra de bar. Costas Mandylor, como el jefe de
Interpol, se pasea sin rumbo gritando diálogos estúpidos y desperdiciando lo
que podría haber sido un contrapunto interesante. Todo es plano, todo es
predecible. Incluso la escena de la prostituta, que no aporta nada y parece
metida con calzador para demostrar que el protagonista es un "macho",
resulta tan ridícula como el resto.
Y qué decir de la supuesta
cacería de inmigrantes. La película vende humo, promete una cruzada violenta y
la reduce a un par de tiroteos al final, probablemente por falta de
presupuesto. La fotografía no se libra del look de telefilme de sobremesa, y
los diálogos del Corán parecen generados por inteligencia artificial. El
mensaje, en el fondo, es el mismo de siempre: los inmigrantes son malos, punto.
No hay matices, no hay un inmigrante legal que solo quiera salir adelante, no
hay un contrapunto que ponga en duda el discurso del protagonista. La gran
oportunidad perdida habría sido incluir a otro vigilante que confrontara al
estadounidense, alguien con una perspectiva distinta sobre la migración, para
generar un verdadero debate ético. Pero Boll no se arriesga; prefiere el camino
fácil, el panfleto. Porque, claro, si te pones a pensar en la gentrificación
gringo-europea en Latinoamérica, o en cómo estos extranjeros llegan a nuestros
países y nos encarecen la vida, la lógica del filme se desmorona. ¿Ahí también
aplicamos el vigilante versión latinoamericana? ¿O acaso eso sería ser
"antiblanco" y ya no es tan divertido? Qué cómodo es creer que acabar
con unos cuantos muertos de hambre vas a resolver esto.
La polémica con la censura
alemana es, como era de esperar, la mejor publicidad que podía tener esta
basura. Alemania, al prohibirla, hizo un flaco favor a su calidad real, porque
sin esa prohibición la cinta habría pasado sin pena ni gloria. Boll se viste de
mártir de la libertad de expresión, pero lo único que ofrece es un discurso
rancio y maniqueo, envuelto en un producto estéticamente deplorable. Sí, la
película pone el dedo en la llaga de la inseguridad real y la impunidad, y por
eso llamo mi atención, pero no me confundan: no es más que un panfleto
reaccionario disfrazado de denuncia social. Es propaganda predictiva, sí, pero
tan mal ejecutada que roza lo cómico.
Al menos me hizo reír, aunque sea
por lo grotesco. Ver a un boomer alemán intentar hacer una película de
justiciero con ínfulas de profundidad, y fracasar estrepitosamente en todos los
frentes, tiene su encanto. Es como observar un naufragio en cámara lenta: sabes
que va a ser un desastre, pero no puedes apartar la mirada. Citizen Vigilante
no es una película, es un síntoma. Y como síntoma, confirma que el cine de
vigilantes, cuando se despoja de toda sutileza, solo sirve para alimentar
sentimientos rancios y la impotencia, sin ofrecer ninguna salida colectiva.
Pero bueno, eso es pedirle peras al olmo a un director cuyo mayor logro fue
adaptar un videojuego de parodias. Boll, usted es un genio, pero del malo.
Fuente:
- Boll, Uwe – Citizen Vigilante (2026). Producido por Uwe Boll y Boris Veličan. Borvel Film y Event Film Distribution.
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