Post-Venezuela: mi decepción con los latinoamericanos (y españoles), que celebran su propia humillación
enero 07, 2026
Yo no soy fan de las pasiones
latinas. Nunca lo he sido. Siempre me han parecido una mezcla incómoda de
ruido, exceso emocional y una alarmante incapacidad para pensar en frío. Y lo
ocurrido con Venezuela terminó de confirmarlo. Lo que hicieron muchos latino americanos y latino-europeos, porque al final son el mismo producto con distinto acento,
fue un ridículo obsceno, de esos que no provocan risa sino vergüenza ajena
profunda. Mientras en Eurasia, en Asia, en Medio Oriente, se miraba con
inquietud cómo Estados Unidos procedía contra un país soberano, secuestraba a
su mandatario y actuaba como dueño del patio, en América Latina había gente
aplaudiendo como focas.
Aplaudiendo bombardeos.
Aplaudiendo humillaciones. Aplaudiendo que un país extranjero hiciera lo que
ellos no pueden ni saben hacer. Y no, no es una discusión ideológica. No va de
Maduro, ni de chavismo, ni de socialismo, ni de derecha o izquierda. Va de algo
mucho más bajo: el arrastre. Hay que ser muy larva, muy crápula, muy gusano,
para celebrar que venga otro a patearte la puerta y decidir por ti. Pero el
latino lo hace encantado.
Mi problema no es que te caiga
mal Maduro. Mi problema es que necesites papá. El latino necesita un padre como
el aire. Necesita un tata que le diga qué hacer, cuándo hacerlo y a quién
obedecer. Ver gente adulta, ya gastada por la vida, celebrando una intervención
extranjera como si fuera la llegada de un salvador paternal, es una de las
escenas más patéticas del panorama político reciente. El anglo se convirtió en
el papá, porque el latino no llega a adulto político ni por accidente.
Y no es una metáfora exagerada.
Fue televisado. Fue grabado por ellos mismos. Gente pidiendo que bombardearan
su propio país, rogando que Estados Unidos eliminara a un presidente que no les
gustaba. Incapaces de producir un cambio interno, exigiendo que venga el padre
a poner orden. El latinoamericano tiene ausencia de padre en la casa, ausencia
de padre en la política, ausencia de padre en lo social y ausencia de padre en
el Estado. Es una orfandad estructural, crónica, y además celebrada.
Siempre he tenido claro cómo se
percibe al latino desde fuera: ruidoso, jovial, emocional, infantil. Agradable
para la postal, inútil para el mando. Pero no como un sujeto serio de poder, no
como un actor capaz de tomar decisiones estratégicas frías y sostenidas. Y lo
ocurrido fue la confirmación pública, mundial, en alta definición. ¿Qué habrán
pensado chinos, rusos, iraníes, pueblos asiáticos, pueblos árabes? Vieron a una
región celebrando que le bombardearan su propio país. Difícil caer más bajo.
El problema no es la fiesta, la
playa, el sol o la alegría. No se trata de negar la vida. Se trata de no saber
controlar las pasiones. El anglo, criatura astuta y antigua, conoce
perfectamente ese defecto. Conoce al latino mejor de lo que el latino se conoce
a sí mismo. Le vende la paja de izquierda y la paja de derecha, según convenga.
Le vende discursos, símbolos, épicas falsas. Y el latino compra todo,
emocionado, convencido de que esta vez sí, de que ahora sí importa la
ideología.
Soy latinoamericano. Soy de aquí.
Vengo de un país con una parte caribeña. Y justamente por eso nunca me he
dejado arrastrar por esa sangre caliente tan celebrada. Nunca me gustó. Hoy me
quedó claro por qué.
El anglo sabe qué botones tocar. No le importa si un país es chavista, liberal, socialista, conservador o cualquier mezcla de etiquetas. Latino europeo, latinoamericano, hispano de ambos lados del mundo, iberófono de cualquier latitud: compras todo. Trump lo dejó clarísimo, sin poesía ni sutileza. Lo único que importa es la obediencia. Que le hagan caso. Que sean útiles para joder a China, Rusia o Irán. Nada más.
Y mientras tanto, el latino
celebra. Celebra el ataque. Celebra la intervención. Celebra la humillación. Y
no habrá ningún cambio de régimen real en Venezuela. Ninguno. Se burlaron del
latino otra vez. Me recordó a cómo se burlaron de los tontitos hondureños en
2022, cuando creyeron que la justicia gringa iba a limpiar el país, que iba a
detener al mayor narcotraficante de la región. Hombre libre, por cierto. Todo
por besar la pared, ya saben en qué país.
¿Cómo no va a ser una vergüenza mundial? ¿Qué pensarán los chinos, los
rusos, los iraníes, los árabes, los asiáticos en general cuando ven estas
imágenes? No ven una lucha por la libertad. Ven una región incapaz de
sostenerse sin muletas.
Al final no habrá un cambio de
régimen real en Venezuela. Eso es una ilusión más. El régimen bolivariano
seguirá, con ajustes, con pactos, con nuevas caras si hace falta. Lo importante
no es democratizar Venezuela, sino redirigir flujos, frenar a China, complicar
a Rusia, reorganizar intereses energéticos. Punto. Lo demás es teatro para
consumo emocional del público latino.
Lo verdaderamente trágico es que
el latino sigue sin entenderlo. Sigue creyendo que esta vez es distinto. Sigue
agradeciendo, arrodillado, convencido de que el padre por fin llegó. Y mientras
no se rompa ese patrón psicológico, político y cultural, no habrá soberanía
posible. Habrá emociones, celebraciones, rabias, lágrimas. Pero no habrá
madurez.
Eso es lo que duele. No Maduro.
No Trump. No Estados Unidos. Lo que duele es ver a un mundo
Hispano/iberofono/latino que, una vez más, eligió la humillación con
entusiasmo.
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