Cuidado con los Think Tanks occidentales: expertos en humo y pornomilitarismo

enero 08, 2026




Durante siglos, la información fue un ejercicio de fricción: uno no creía nada a la primera porque la información venía de iguales, de mentideros, de gente sin placa académica ni sello institucional. La credibilidad se ganaba y se perdía en un descuido. No había relato oficial blindado; si se alejaba demasiado de la realidad, se desplomaba. Ese ecosistema murió con los medios de masas y hoy se recicla en algo aún más venenoso: los centros de pensamiento occidentales.

 

Europa occidental, Inglaterra y Estados Unidos han perfeccionado una industria del relato que administra consenso, no conocimiento. Los centros de pensamiento, sobre todo los liberal-libertarios de economía y los institutos “estratégicos” de seguridad, funcionan hoy como fábricas de humo con presupuestos obscenos. Currículos kilométricos, títulos por doquier y cero contacto con la realidad; producen informes en serie con gráficos vistosos y conclusiones calibradas según los intereses de quienes los financian. La transición de asesorías de políticas a meras oficinas de lobby ha dejado en evidencia que su fin último es preservar el poder y las agendas de los patrocinadores, no analizar o informar.

 

El conflicto en Ucrania es la vitrina más grotesca de este sistema. Los centros de análisis han convertido la guerra en pornomilitarismo: armas milagro que no funcionan, estrategias de manual que ignoran el barro y el frío, mapas de poder que olvidan a la población real. Cada fracaso se justifica con más presupuesto, más escalada, más exhibición de sofisticación. Los informes de estos “expertos” son piezas de propaganda que justifican decisiones ya tomadas por gobiernos y corporaciones. Todo se dibuja con gráficos y cifras que parecen ciencia, mientras los soldados sufren y mueren, y la población se desangra.

 

El caso de Hungría y Ucrania ilustra la perversión de estas estructuras. Un conflicto local sobre derechos lingüísticos y ciudadanos húngaros es transformado por los medios occidentales en una amenaza rusa, gracias a la intermediación de think tanks que actúan como instrumentos de propaganda: Peter Kreko del Instituto de Capital Político en Budapest, financiado por la Open Society, la Fundación Nacional para la Democracia y el Atlantic Council, dicta cómo se debe interpretar la realidad. La prensa repite sin revelar el trasfondo de financiamiento; la narrativa se construye sobre intereses y no sobre hechos. La verdad se disfraza de análisis.

 

La economía occidental tampoco escapa: desindustrialización, cadenas de suministro frágiles, inflación y desigualdad estructural se presentan como problemas abstractos, solucionables por mercados perfectos que jamás existieron. Los centros liberal-libertarios de pensamiento económico recitan fórmulas mientras la vida real se rompe, y cada fracaso se justifica con teorías sofisticadas y cifras maquilladas. La teoría nunca falla; la realidad siempre se equivoca.

 

Estos expertos viven en un circuito cerrado, autorreferencial y autosuficiente. Se citan entre ellos, se validan y reproducen discursos que nunca tocaron la vida real. La disidencia es expulsada, la crítica silenciada y la financiación intacta. La burocracia del conocimiento sirve al poder simbólico y económico, no al entendimiento.

 

La televisión y los grandes medios fueron fábricas de confusión; los centros de pensamiento son ahora talleres de humo con bata blanca. Cambian la narrativa según convenga y jamás reconocen errores. La hiperespecialización ha convertido a los académicos en soldados de escritorio: saben mucho de nada. Economistas que no pisan fábricas, estrategas que nunca han visto un campo de batalla, politólogos que ignoran sociedades enteras. Todo se mantiene por prestigio académico, inercia y miedo a perder contratos.

 

Los informes sobre Rusia en Londres y Ucrania muestran la misma dinámica: cifras absurdas, fuentes anónimas y conclusiones al gusto del patrocinador, todo sin transparencia. Lo que se publica como análisis es propaganda para justificar agendas militares, económicas y geopolíticas, mientras la prensa oculta los vínculos de los expertos con empresas armamentistas o grupos de presión.

 

La pandemia fue un ensayo general; la guerra es la prueba definitiva. Y mientras los centros de pensamiento aseguran que todo está bajo control, la realidad se desploma. Solo los curiosos y persistentes en la búsqueda de verdad logran ver los agujeros del relato oficial, porque no dependen de becas, contratos ni títulos.

 

El sistema puede resistir un tiempo más, pero está herido. Cuando caiga, los informes, conferencias y títulos no servirán de nada. La hiperespecialización ha demostrado ser inútil frente a la vida real: los expertos de escritorio descubrirán que vender humo con apariencia de rigor no es un oficio transferible. La vida, la guerra y la economía exigen más que teorías calculadas en despachos seguros. Los centros de pensamiento que confunden propaganda con análisis y obediencia con rigor son un obstáculo. Occidente necesita menos relatos y más confrontación con la verdad, aunque duela y ensucie los zapatos de quienes siempre han trabajado desde la comodidad de un escritorio.


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