Entre Gaza e Irán: el dilema estratégico de Israel
enero 08, 2026
El conflicto entre Israel e Irán,
junto con la evolución de la situación en Gaza, refleja una insatisfacción
clara del gobierno israelí con el rumbo que están tomando ambos procesos. Desde
la perspectiva de Israel, los intentos de desescalada y los acuerdos en marcha
reducen su capacidad de actuar con libertad en un entorno regional que percibe
como cada vez más complejo y riesgoso. En este marco, el primer ministro
Benjamin Netanyahu busca influir sobre Estados Unidos para modificar el curso
de los acontecimientos, tanto en Gaza como frente a Irán, con el objetivo de
preservar ventajas estratégicas y políticas.
En Gaza, la principal
preocupación israelí se concentra en la etapa posterior al alto el fuego. Las
fases siguientes del acuerdo implican la retirada gradual de tropas, una
reducción sostenida de la presencia militar y la posibilidad de una
administración distinta a la que ha predominado hasta ahora. Para Israel, esto
supone una pérdida de control sobre un territorio que ha gestionado durante
años bajo criterios de seguridad estrictos y mediante la capacidad de
intervención directa. Netanyahu intenta retrasar o limitar estos cambios para
conservar margen de maniobra, especialmente en un contexto interno marcado por
presiones políticas y cuestionamientos a su liderazgo. Sin embargo, su
capacidad para frenar el proceso es limitada. Estados Unidos tiene un interés
claro en evitar que el conflicto se reactive y en mostrar que los acuerdos que
promueve pueden sostenerse en el tiempo. Por ello, el escenario más probable es
que el proceso avance de forma gradual, incompleta y acompañado de tensiones
constantes entre las partes.
Al mismo tiempo, Irán ocupa un
lugar central en la estrategia de Israel. Se considera la principal amenaza a
largo plazo, tanto por su programa nuclear como por su influencia regional y
sus alianzas con grupos hostiles a Israel. Por esta razón, el gobierno israelí
presiona a Estados Unidos para mantener abierta la opción de un ataque directo
que reduzca las capacidades iraníes. Para Estados Unidos y, especialmente, para
Donald Trump, una guerra abierta con Irán representa riesgos significativos.
Mantener una postura firme frente a Teherán puede atraer a ciertos sectores
políticos, mientras que una escalada regional generaría altos costos
económicos, militares y políticos, además de contradecir el mensaje de evitar
nuevas guerras en Oriente Medio. En general, un conflicto directo con Irán
produciría más problemas que beneficios para Trump.
En este contexto, el papel de las
potencias multipolares se vuelve relevante como factor de contención. Países
como China y Rusia, junto con otros actores internacionales, promueven la
moderación y el uso de la diplomacia para evitar una escalada mayor. Su interés
no se limita a consideraciones políticas, sino que está ligado a la estabilidad
regional, al funcionamiento de los mercados energéticos y al equilibrio del
sistema internacional. Aunque su capacidad para impedir una acción militar es
limitada, su influencia contribuye a elevar los costos políticos de una guerra
y a reforzar la presión para buscar salidas negociadas.
En conjunto, el escenario que se
perfila es el de una tensión prolongada más que el de una guerra inmediata.
Israel continuará presionando para proteger sus intereses estratégicos en Gaza
y frente a Irán, mientras Estados Unidos intentará equilibrar su alianza con
Israel con la necesidad de evitar una crisis regional de gran escala. Al mismo
tiempo, las potencias multipolares seguirán actuando como frenos indirectos a
la escalada. El resultado probable será un equilibrio inestable, con conflictos
latentes y negociaciones permanentes, donde la confrontación abierta sigue
siendo una posibilidad, aunque no el desenlace más probable en el corto plazo.
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