Reseña de The Vietnam War (2017), de Ken Burns

junio 19, 2026

 



No sé si Ken Burns duerme tranquilo después de entregar dieciocho horas de metraje sobre la guerra de Vietnam. Yo, después de verlas, necesité varios momentos de descanso y un par de sesiones de salir al aire libre para acomodar mis pensamientos. El documental, coproducido con Lynn Novick, es sin duda monumental: una montaña rusa de testimonios, archivos inéditos, mapas animados y esa banda sonora que mezcla a Trent Reznor con el pop psicodélico de los sesenta. Pero monumental no es equivalente a esclarecedor. Y aquí empieza el problema.

 

La serie se toma su tiempo, quizá demasiado. Arranca en 1858 con la conquista francesa de Indochina y no suelta el acelerador hasta la caída de Saigón. Eso tiene mérito: pocas obras se atreven a mostrar que el conflicto no empezó con Kennedy ni con el Golfo de Tonkín, en cambio, comenzó con un largo historial de colonialismo que Estados Unidos decidió ignorar por conveniencia. Las entrevistas con soldados norvietnamitas y survietnamitas son, en el mejor de los casos, desgarradoras. Escuchar a un excombatiente del Viet Cong decir que "en la guerra nadie gana ni pierde, solo hay destrucción" debería bastar para que cualquier halcón de salón cierre la boca para siempre. Pero Burns no se conforma con eso: necesita asegurarse de que entendamos la lección, así que la repite una y otra vez, como si el espectador fuera un niño distraído.

 

Y ahí radica el primer gran defecto de esta obra: su falta de confianza en la inteligencia del público. Burns no puede dejar que una imagen hable sola. Cada vez que aparece una escena moralmente ambigua, y en Vietnam casi todo lo era, , la acompaña de un estribillo de Buffalo Springfield o de Jimi Hendrix, como diciendo: "Mira, esto fue triste, ¿lo captas?". La música pop, que en otros ámbitos podría funcionar como un puente emocional, aquí se vuelve una muleta insoportable. La banda sonora original de Reznor y Atticus Ross es magnífica, pero la interrumpen tan a menudo que parece que Burns temiera que el espectador se aburriera si no escuchaba "White Rabbit" cada cuarenta y cinco minutos. Es la versión documental de un padre que pone memes en medio de una conversación seria.

 

El problema de fondo, sin embargo, no es estético, es ideológico. Burns repite como un mantra que la guerra "fue empezada por personas buenas con buenas intenciones". Esa frase, pronunciada por el narrador Peter Coyote con su voz de ataúd de lujo, es el eje sobre el que gira toda la serie. Según esta visión, Vietnam fue una tragedia griega: un error honesto, un desliz de optimismo, un plan bienintencionado que se descarriló por la arrogancia y la incomprensión cultural. Lo que nunca escuchamos, ni por asomo, es que la guerra fue desde el principio un acto de imperialismo estadounidense, una contrainsurgencia violenta para evitar que un país pequeño eligiera un gobierno que no le convenía a las corporaciones ni a la geopolítica de Washington. Eso no es un "desvío", es el propio centro de la cuestión.

 

Para sostener esta tesis edulcorada, Burns omite de forma constante los datos que manchan la narrativa de "buenas intenciones". Por ejemplo, se nos habla constantemente de los bombardeos a Vietnam del Norte como una herramienta de negociación, como un factor que endurece la posición comunista o que irrita a los manifestantes pacifistas. Pero casi nunca se mencionan las 65.000 víctimas civiles que causaron esos bombardeos. El momento más indignante llega en el episodio 9, cuando Burns muestra a los pilotos estadounidenses prisioneros de guerra regresando a casa con música patriótica de Ray Charles de fondo. Minutos antes había mostrado los bombardeos de Navidad sobre Hanói, pero omitió por completo los 1.600 civiles vietnamitas que murieron allí. ¿Por qué? Porque si los incluyera, la escena triunfal de los pilotos se convertiría en lo que realmente es: un homenaje a asesinos en masa. Mejor no hablar de eso, ¿verdad?

 

Otro vacío imperdonable es el tratamiento del movimiento pacifista. Los manifestantes aparecen, sí, pero casi siempre como una molestia desorganizada, cuando no como una amenaza al orden. Y lo más grave: la serie sugiere que la guerra terminó por decisiones de la Casa Blanca y las negociaciones de Kissinger, no por la presión masiva de las calles. Carolyn Eisenberg, historiadora, lo dijo claro: al minimizar el papel de las protestas, Burns desempodera a los jóvenes y les hace creer que la resistencia ciudadana no sirve para nada. Quizá sin querer, pero el mensaje es reaccionario: "No importa lo que hagas, los políticos deciden todo".

 

Eso no significa que el documental sea un desperdicio. Cuando se aleja de la voz de Coyote y deja hablar a la gente común, logra momentos de una intensidad violenta. Un marine llamado John Musgrave recuerda que, tras volver a casa, se sentó con una pistola en la cabeza y solo sus perros le impidieron disparar. Una madre norteamericana relata cómo se tensaba cada vez que oía un coche acercarse a su casa. Una soldado norvietnamita encuentra, en una casa abandonada, un vestido sin terminar que la hija de un oficial survietnamita estaba cosiendo. Esos fragmentos, los que no intentan explicarte nada, solo mostrarte, valen más que todas las estadísticas y todos los análisis militares de Burns.

 

Pero incluso esos testimonios tienen un sesgo. Casi todos los vietnamitas que aparecen son combatientes o políticos. ¿Dónde están los campesinos anónimos, las monjas budistas, los estudiantes sureños que también protestaron contra el régimen de Saigón? La serie se jacta de incluir la perspectiva vietnamita, pero lo hace de forma tan desarticulada que esos testimonios parecen piezas de museo. Como señaló Mark Philip Bradley, "las historias vietnamitas se sienten a distancia" porque el desarrollo histórico se diluye en un mar de nombres y fechas que el espectador occidental apenas puede seguir.

 

Y luego está el asunto del tiempo. Dieciocho horas. Yo vi la versión completa, aunque existe una de diez que, según me dicen, es igualmente repetitiva. No sé si es el documental más largo jamás hecho sobre Vietnam, pero seguro que es el que más veces te hace escuchar la misma canción de Buffalo Springfield. Hay una obsesión por la exhaustividad que a ratos se vuelve una práctica excesiva. ¿De verdad necesitamos veinte minutos adicionales sobre los detalles logísticos de la ruta Ho Chi Minh? ¿O sobre las disputas internas del Pentágono que ya hemos visto en diez películas anteriores? La repetición no es profundidad, es paja.

 

En el fondo, Ken Burns no confía en nosotros. No confía en que podamos sostener una idea compleja más de cinco minutos sin que se nos explote la cabeza. Por eso cada vez que surge una ambigüedad, y Vietnam es la madre de todas las ambigüedades, , él se apresura a poner una canción familiar o un comentario de un veterano que te diga cómo sentirte. Al final, sales de esta maratón audiovisual con la sensación de haber visto algo enorme, sí, pero también de que te han estado llevando de la mano como a un turista en un complejo turístico: todo está señalizado, todo tiene su etiqueta emocional, todo está predigerido.

 

Aun así, y aquí va mi contradicción final, la recomiendo. No porque sea perfecta, está lejos de serlo, en cambio, es porque es, por ahora, lo más cercano a una inmersión total que tiene el espectador medio. Aprenderás más que en todos tus años de escuela. Llorarás en el episodio del memorial de Vietnam. Sentirás ira al escuchar a Nixon conspirando para sabotear las negociaciones de paz. Y quizá, solo quizá, entenderás por qué la desconfianza hacia los políticos empezó ahí, y por qué esa herida sigue abierta. Pero no esperes que Ken Burns te dé herramientas para analizar el imperialismo. Para eso hay que irse a autores más incómodos: Rodolfo Walsh, Greg Grandin o incluso Nick Turse, que no suelen aparecer en este tipo de relatos.

 

Este documental no es un juicio, es un duelo. Y en el duelo, como saben los que dejaron algo en esa selva, llorar siempre resulta más fácil que pensar.

Fuente:

  • Burns, Ken & Novick, Lynn – The Vietnam War (2017). Producido por Florentine Films y WETA, Washington, DC. Distribuido por PBS Distribution. 10 discos, aprox. 18 horas


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