Miedo y asco en México: la necromáquina del horror

noviembre 05, 2025

 



He crecido con México muy cerca de mí. Su cultura me ha acompañado tanto como la influencia gringa, esa avalancha de ruido, consumo y banalidad, y al mismo tiempo que la música británica o el cine europeo. México, sin embargo, ha sido algo distinto: más cálido, más humano, más mío. Desde niño, mi casa se llenaba de películas del cine de oro mexicano, de canciones que mi familia repetía una y otra vez, de voces como Pedro Infante, Chavela Vargas, José José o Juan Gabriel. La comida, el humor, la poesía, la manera de hablar… todo eso me fue formando sin que yo lo notara. México, para mí, no era un país ajeno: era parte de mi identidad, una extensión natural de mi propia cultura. Un país fascinante, diverso, uno de los pilares de la civilización latinoamericana.

 

La brutal escalada de violencia que hoy vive el país ha sumido a su gente en un clima de horror cotidiano. Más de seis de cada diez mexicanos perciben que su ciudad es insegura, mientras el Estado oculta las cifras reales. Los funcionarios proclaman reducciones de homicidios, pero en las calles la historia es otra: cuerpos desmembrados y colgados en puentes, narco-lonas con mensajes macabros, fosas clandestinas con centenares de zapatos alineados, señal muda de decenas de desaparecidos. Como denuncian voces críticas, la “maquinaria de la desaparición” opera en completa impunidad: México acumula más de 125.000 desaparecidos en el siglo XXI, el 90 % de ellos desde 2006. Solo en los últimos años unos 60.000 jóvenes, en su mayoría hombres entre 20 y 34 años, han sido engullidos por esa necromáquina de la muerte, que devora cuerpos y territorios para luego vomitarlos en forma de restos humanos. El miedo se ha hecho costumbre: el 35 % de la población evita salir de noche, el 37 % restringe la movilidad de sus hijos por temor. No es paranoia: la criminalidad toca todos los aspectos de la vida, mientras miles de familias y pueblos son devastados. En México, la violencia ya no es noticia, es atmósfera.

 

Por eso lo que pasa hoy en México me aterroriza. Me duele. Me cuesta entender cómo una nación tan rica en arte, pensamiento y humanidad se ha hundido en una espiral de violencia que parece no tener fin. Lo que antes me inspiraba ahora me causa angustia: ver la sangre correr por las calles, escuchar las historias de alcaldes ejecutados, periodistas desaparecidos, niños y migrantes enterrados en fosas clandestinas. Sé que el pueblo mexicano está agotado, que siente miedo y asco, porque ningún ser humano puede vivir tanto tiempo bajo el peso del horror sin romperse por dentro.

 

Cuando era niño, jamás habría asociado a México con la violencia. Crecí viéndolo como un país alegre, lleno de vida, un gigante cultural. Pero también crecí viendo cómo, a partir de 2006, comenzó a transformarse: la llamada “guerra contra el narcotráfico” desató una ultraviolencia que convirtió al país en una máquina de muerte. Desde entonces, México parece vivir atrapado en un ciclo infernal de crimen, corrupción y dolor.

 

Al mismo tiempo, mi propio país, Honduras, ha sufrido su propio infierno. No ha sido tanto el narcotráfico como las pandillas las que nos han sometido a un régimen de terror salvaje. Aquí el miedo también se respira, se hereda. Por eso entiendo, en cierta medida, lo que vive el pueblo mexicano. Entiendo ese miedo que paraliza y ese cansancio que se acumula con los años. Pero lo que asusta de México no es solo la crueldad, es la magnitud. Las cifras, la extensión del crimen, el tamaño del monstruo. Es una violencia masiva, sistémica, como si el país entero estuviera siendo devorado por una maquinaria de muerte.

 

Y no puedo evitar preguntarme: ¿por qué México? ¿A quién le conviene que un país tan poderoso cultural y económicamente se desmorone? Hay fuerzas detrás de este colapso. No tengo la menor duda de que mucho de lo que sufre México hoy obedece también a los intereses de su vecino del norte. Estados Unidos, con su demanda insaciable de drogas y su control geopolítico sobre la región, ha sido cómplice directo en alimentar esta necromáquina que devora vidas mexicanas cada día.

 

Desde aquí, desde el sur de Centroamérica, observo con horror lo que ocurre en México. No hablo como testigo directo, sino como alguien que conoce el miedo, ese miedo estructural que compartimos los pueblos latinoamericanos, pero lo que sucede allá supera cualquier experiencia de violencia que hayamos vivido. Lo que se está gestando en México no es solo una ola de crímenes o una crisis de seguridad: es una necromáquina. Un sistema que produce muerte de forma industrial, que ha hecho de la violencia una economía, un lenguaje y una forma de gobernar.

 

Las cifras son el reflejo más helado de esta realidad. Más de 105.000 personas desaparecidas oficialmente, aunque organizaciones civiles estiman que podrían ser más de 150.000. Más de 80 asesinatos al día. Se calcula que alrededor del 60 % de esos homicidios están relacionados con el crimen organizado, y apenas el 5 % de los delitos recibe castigo. Las matemáticas de la muerte en México ya no tienen sentido humano: son proporciones de guerra. Los analistas comparan las cifras con las de Ucrania, pero la diferencia es que en México no hay un frente, no hay uniformes ni bandos claros. Es una guerra sin nombre que devora a todos, sin distinguir entre civiles, políticos, periodistas o migrantes.

 

El asesinato del alcalde de Uruapan, abatido a plena luz del día durante un evento público, recordó que el poder político en México ya no garantiza supervivencia. Desde 2018, más de 60 alcaldes o exalcaldes han sido ejecutados. La violencia ya no es marginal, está institucionalizada. Ni los representantes del Estado escapan de la lógica de la necromáquina: todos pueden ser sacrificables, todos pueden ser reemplazados. Lo mismo sucede con los periodistas: más de 150 han sido asesinados en las últimas dos décadas. México es el país más peligroso del hemisferio para ejercer el periodismo. La prensa sobrevive entre el silencio y la tumba.

 

Y están los migrantes. Miles de centroamericanos cruzan el país cada año, pero muchos no llegan. Son secuestrados, vendidos, torturados, borrados. El caso de San Fernando, donde 72 migrantes fueron asesinados por negarse a trabajar para los Zetas, fue un aviso que el mundo olvidó demasiado rápido. Hoy las rutas migratorias son corredores de muerte administrados por cárteles, policías corruptos y funcionarios cómplices. México se ha convertido en un cementerio de tránsito. La necromáquina no se limita a sus ciudadanos: exporta miedo y devora a los que huyen de otros infiernos.

 

Lo que estremece no es solo la cantidad de muertos, sino la estructura que los produce. El Estado parece convivir con la muerte como quien tolera una lluvia interminable. Gobiernos van y vienen, cambian los nombres de los operativos, “guerra contra el narco”, “abrazos, no balazos”, , pero el resultado es el mismo: cuerpos. Cada año hay nuevos cárteles, nuevas siglas, nuevas promesas de paz. La violencia no se combate: se gestiona. Es una administración del horror, una coreografía entre el crimen y la autoridad. Lo que Achille Mbembe llamaría necropolítica se manifiesta aquí con claridad: el poder ya no se mide por la capacidad de proteger la vida, sino por el derecho de decidir quién puede morir y quién puede ser olvidado.

 

El miedo en México ya no es solo una emoción: es una institución. Se ha vuelto una forma de organización social. La gente aprende a callar, a encerrarse, a no preguntar. Se evita mencionar los nombres de los cárteles en voz alta. El silencio es el nuevo escudo. La muerte masiva ha producido también una anestesia colectiva: ver cuerpos colgados o escuchar tiroteos se ha vuelto rutina. En algunas ciudades, los vecinos ya no llaman a la policía; saben que podría ser peor. Ese es el triunfo final de la necromáquina: no solo mata, sino que enseña a convivir con la muerte, a aceptar el horror como paisaje.

 

Como hondureño, sé que el miedo cotidiano se siente en la piel, pero lo que aterra de México es la magnitud, la dimensión casi industrial del exterminio. Es un país que parece funcionar con la muerte como motor económico y político. Los cárteles controlan regiones enteras, manejan la trata de personas, el tráfico de drogas, el cobro de extorsiones y hasta el reparto de alimentos en comunidades olvidadas por el Estado. Son un poder paralelo, pero no marginal: son el poder real en vastas zonas. Y lo más terrible es que mucha gente depende de ellos para sobrevivir. La necromáquina también da trabajo, alimenta familias, provee orden donde el Estado se retiró.

 

Mientras tanto, la impunidad reina. El 95 % de los delitos queda sin resolver. Las víctimas se vuelven estadísticas. La justicia es una ficción. Y la política responde con discursos vacíos, con nuevas estrategias que se repiten cada sexenio. Nadie quiere admitir que el sistema mismo está podrido. La violencia en México no es una desviación: es parte del modelo. Es la forma en que se sostiene un equilibrio entre corrupción, pobreza y miedo.

 

Desde fuera, ver todo esto produce una mezcla insoportable de asombro y repulsión. No porque México sea ajeno, sino porque refleja lo que puede ocurrir cuando un país se acostumbra a la muerte. América Latina entera debería mirar ese espejo. Lo que hoy ocurre allá, esa normalización del terror, esa economía de la sangre, es la advertencia más clara de lo que pasa cuando la impunidad se convierte en costumbre y la vida deja de tener valor político. México es el laboratorio extremo de una región que coquetea con el abismo.

 

Y sin embargo, todavía hay quienes resisten: madres que cavan con palas en los campos, periodistas que escriben bajo seudónimo, jóvenes que documentan los crímenes con sus teléfonos. Son los engranajes opuestos de la necromáquina, los que aún creen que la verdad puede desafiar a la muerte. Pero su lucha parece solitaria frente al ruido de las balas y el silencio de las instituciones.

 

Lo que ocurre en México no es una tragedia pasajera, sino una mutación social. Es la transformación de la violencia en norma, de la muerte en sistema, de la desesperación en método. Y lo más perturbador es que el mundo empieza a acostumbrarse. Las noticias de masacres, de alcaldes ejecutados, de cuerpos hallados en fosas, ya no escandalizan: se consumen, se olvidan, se reemplazan.

 

Desde aquí, lo que veo es un país atrapado en una maquinaria de muerte que no distingue culpables de inocentes. Un país donde el horror se repite tanto que amenaza con volverse invisible. Y eso, más que cualquier estadística, es lo que más aterra: que la muerte masiva se haya vuelto rutina. Que la necromáquina siga girando, silenciosa y eficiente, mientras el resto del continente la observa, entre la compasión y el miedo, sabiendo que ese futuro también podría ser el nuestro.

Fuentes: 

“Fear of insecurity in Mexico grows to 63% in the third quarter of 2025, warns INEGI”, INEGI / Mexico Daily Post News / El País

 

“In Mexico, enforced disappearance is a way of life”, Al Jazeera

 

“Mexico – Missing persons total reaches…”, International Commission on Missing Persons (ICMP)

 

“Mexico closes 2024 with 70 murders daily”, El País

 

“Identifying and measuring the factors that drive peace” (Mexico Peace Index 2025), Institute for Economics & Peace

 

“Causes and Electoral Consequences of Political Assassinations: The Role of Organized Crime in Mexico”, arXiv

 

Rossana Reguillo Cruz (2021). “La necromáquina: cuando morir no es suficiente.”

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