Centroamérica no necesita nacionalismos, sino una comunidad

diciembre 07, 2025

 



Queridos hermanos:

Vivimos una hora confusa del espíritu. Las luces del progreso enceguecen, los himnos se multiplican, las banderas ondean más alto que nunca… y sin embargo, en lo más hondo, estamos fragmentados. El alma común del istmo se encuentra dispersa entre fronteras que no existen en la tierra, sino en la mente. Nos dividimos por colores, por símbolos, por nombres inventados; olvidamos que somos un solo cuerpo desgarrado por líneas trazadas por intereses ajenos.

 

El nacionalismo, esa fiebre moderna, ha hecho de los pueblos hermanos pequeños competidores. Nos enseñaron a pensar como extranjeros unos de otros, cuando en realidad el viento, el maíz, la montaña y la lluvia son los mismos para todos. Lo que se presenta como “orgullo patrio” es, en el fondo, una forma de amnesia: el olvido de nuestra unidad original.

 

El origen del mal

 

El nacionalismo no nació entre nosotros. Fue un experimento europeo, un hijo del racionalismo que quiso fabricar identidades como se fabrican máquinas. Allá, los pueblos fueron reducidos a fronteras, a contratos, a abstracciones. Aquella lógica del “yo contra el otro” se exportó al mundo como modelo civilizador. Y así llegó también a nuestras tierras, imponiendo un mapa donde antes solo había continuidad.

 

Las fronteras del istmo no fueron un descubrimiento natural, sino una imposición política. Se levantaron con tinta y ambición, no con cultura ni con espíritu. Donde antes había caminos comunes, se levantaron aduanas; donde había parentesco, se sembró desconfianza. Nos convirtieron en fragmentos de una totalidad viva, como si alguien partiera una fruta y pretendiera que cada gajo fuera un mundo.

 

El nacionalismo fue la nueva religión: cada república con su altar, cada pueblo con su mito particular. Pero todos los himnos decían, en el fondo, lo mismo: que los demás eran distintos, que la identidad consistía en separarse. Así se nos robó el alma común del istmo.

 

La revelación de la unidad

 

Y sin embargo, la verdad más profunda resiste.

Hubo un momento en que la tierra recordó quién era. Cuando los filibusteros extranjeros invadieron Nicaragua, y el peligro amenazó con devorar todo el istmo, los pueblos despertaron como un solo cuerpo. No hubo Honduras ni Costa Rica, no hubo Guatemala ni El Salvador: hubo Centroamérica.

 

La sangre derramada en aquellas jornadas no conocía pasaportes. En los campos de batalla se mezclaron los acentos, los rostros, las plegarias. El enemigo era uno, y la defensa también.

Por un instante, el istmo respiró como un solo ser vivo. No se trató solo de una guerra, sino de una epifanía espiritual: el reconocimiento del otro como uno mismo. Allí comprendimos que la patria no tiene fronteras, porque el alma del istmo es indivisible.

 

Esa gesta fue el verdadero nacimiento de Centroamérica: no como idea política, sino como conciencia. Fue el despertar de la memoria ancestral que nos recordaba que somos una sola raíz, un solo pueblo con mil nombres, pero un solo destino.

 

El espejismo de las banderas

 

Después, la fiebre regresó. Los tratados, las élites, las potencias extranjeras nos devolvieron al sueño fragmentario. Nos convencieron de que la unidad era imposible, que cada país debía proteger su “identidad nacional”, que la soberanía era más importante que la fraternidad. Pero ¿qué soberanía puede tener quien no recuerda quién es? ¿Qué libertad hay en una casa dividida en habitaciones que no se hablan?

 

Las banderas, los escudos, los himnos, símbolos nobles en apariencia, se volvieron muros. No son signos de cultura, sino de encierro. Nos enseñaron a amar un color y a temer los demás, como si el cielo sobre el istmo no fuera uno solo. Nos hicieron repetir nombres distintos para un mismo río, fronteras para un mismo bosque, patrias para una misma tierra.

 

Y así, la comunidad que una vez se reconoció unida ante el peligro, fue reducida a una colección de repúblicas solitarias, que compiten entre sí mientras comparten la misma pobreza, la misma violencia, la misma herida.

 

El retorno del espíritu común

 

Pero hay cosas que ninguna frontera puede destruir.

El alma del istmo sobrevive en la manera en que hablamos, en los sabores del maíz, en las fiestas que se parecen, en la solidaridad que surge espontánea cuando uno sufre y otro acude sin preguntar de dónde viene. Esa costumbre de reconocerse en el otro, esa cercanía natural que ningún tratado puede decretar, es el vestigio de nuestra verdadera naturaleza: la unidad profunda del ser centroamericano.

 

La gesta contra los filibusteros no fue un episodio del pasado: fue una profecía. Nos mostró que solo cuando el peligro es compartido descubrimos lo que somos. Pero ¿por qué esperar al enemigo para volver a sentirnos hermanos? ¿Por qué dejar que el miedo nos una, si podría hacerlo el amor?

 

Más allá del nacionalismo

 

El nacionalismo nos ofrece un espejo roto donde solo vemos fragmentos. Nos enseña a pensar en “mi país”, “mi pueblo”, “mi frontera”, como si el istmo pudiera dividirse en pedazos sin desangrarse.

La verdad es otra: el istmo es un solo organismo. Lo que afecta a uno repercute en todos. No hay “ellos” ni “nosotros”. Solo hay nosotros, un solo “nosotros” que se extiende desde el Suchiate hasta Darién, desde el Pacífico hasta el Caribe.

 

Hablar de fronteras es hablar de cicatrices. Y ninguna cicatriz es identidad: solo es recuerdo de una herida. Nuestra tarea no es defender las líneas que nos separan, sino curarlas hasta que desaparezcan.

No se trata de integración económica ni de alianzas diplomáticas; se trata de curación espiritual, de restaurar la unidad del alma que fue partida artificialmente.

 

La patria única

 

Centroamérica no es una suma de países: es una sola patria, una sola conciencia que debe despertar. La montaña, el café, el maíz, la fe, el idioma, la ternura y la resistencia son los mismos. El istmo es una sola respiración en muchas voces.

 

Cuando un joven migra desde Honduras, cuando una familia guatemalteca busca refugio, cuando una mujer nicaragüense trabaja en Costa Rica, no están cruzando países: están caminando dentro de la misma casa, buscando un rincón donde el techo no se caiga.

No son extranjeros: son el mismo pueblo en movimiento.

 

El llamado de la unidad

 

Ha llegado el momento de romper el hechizo de los nacionalismos.

El siglo XXI exige recordar lo que fuimos cuando la amenaza vino del norte: un solo cuerpo, una sola voluntad, un solo espíritu. Hoy, las amenazas son otras, la pobreza, la violencia, la dependencia, el olvido, pero el remedio es el mismo: reconocernos unos en otros.

 

El nacionalismo fue una fiebre que nos separó. La comunidad es la salud que debemos recuperar. No existe “Honduras” o “Guatemala” o “Nicaragua” como realidades separadas: existen nombres distintos para una misma tierra, rostros diversos de una sola alma.

 

Centroamérica no necesita integración: necesita reconocimiento. No de los unos a los otros, sino de todos hacia sí misma.

Cuando comprendamos que los límites son una ilusión, el istmo dejará de ser fragmento y volverá a ser cuerpo.

 

Entonces recordaremos que una vez, en el fuego de la invasión, descubrimos quiénes éramos. Y sabremos que nunca lo dejamos de ser.


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