Romper el Paternalismo Anglo-Occidental
diciembre 09, 2025
El mundo observa a Occidente, y
en particular a Estados Unidos, sin saber si reír o alarmarse. ¿Ingenuidad o
soberbia? Poco importa: el resultado es el mismo. Hablan de lo que no conocen
con la seguridad de quien cree que el planeta gira alrededor de su algoritmo.
Cuando mencionan a América Latina, África o Asia, lo hacen como quien describe
un videojuego que apenas jugó cinco minutos: simplifican, pontifican y exportan
soluciones que nadie pidió.
En su narrativa, los demás
pueblos existimos para ser corregidos. Creen que estamos en espera de su
próxima app, su próxima sanción, su próxima guerra preventiva o su próxima
dieta low-carb. Reescriben nuestra historia para que encaje en sus categorías: la
rebelión zapatista convertida en “caso de estudio de branding”, el chavismo
reducido a “mala experiencia de usuario”, la migración tratada como “bug del
sistema”. Ellos lanzan titulares; nosotros enterramos a los muertos. Ellos
filman documentales premiados; nosotros pagamos las consecuencias que jamás
aparecen en pantalla.
Uno nunca sabe qué pesa más en el
carácter de esas potencias: si su ingenuidad o su complejo de superioridad.
Mientras menos entienden nuestra historia, más firmes se sienten al explicarnos
quiénes somos. Verdaderamente creen que el resto del planeta está esperando
instrucciones, como si la experiencia de nuestros pueblos pudiera reducirse a
gráficos en PowerPoint o informes de consultoría.
Confunden nuestra paciencia con
admiración. Lo que evitamos discutir por décadas, su moral selectiva, su
cultura superficial, su ayuda internacional cargada de condiciones, lo
interpretaron como validación. Creen que todo lo valioso puede comprarse: selvas,
artesanías, símbolos, identidad. Para algunos de sus millonarios, incluso
“piedra por piedra” el pasado de un continente cabe en una caja de mensajería
exprés. Y cuando nos reímos de ellos, lo toman como envidia.
No hace falta revisar textos
antiguos para entender su mentalidad: basta abrir cualquier red social. Allí un
influencer asegura que el mundo aprendió a cocinar gracias a Netflix, que el
reguetón es “el nuevo jazz” porque lo dijo un productor de Brooklyn, que la
poesía renació en TikTok. En su ecosistema mental, lo que no aparece en Google
no existe; lo que no tiene hashtag no pasó; lo que no se vuelve tendencia no
importa.
Todo lo reducen a espectáculo,
incluso el sufrimiento ajeno. Mientras celebridades cobran miles de dólares por
dar discursos sobre justicia climática en jets privados, ex primeras damas
lanzan líneas de bolsos “hechos por refugiadas” que cuestan más que el salario
anual de esas mismas mujeres. Es la mercantilización perfecta: culpa con
descuento, caridad con branding, empatía como producto premium.
Hollywood, Netflix y las redes
sociales exportan una vida que ni siquiera la mayoría de sus propios ciudadanos
vive. El glamour es importado, la cultura profunda es frágil, dispersa,
dependiente de préstamos ajenos. Lo simbólico se convierte en mercancía: ritmos
musicales, espiritualidades indígenas, luchas sociales, estéticas milenarias.
“Globalización” muchas veces significa “homogeneización”.
Ellos disrumpen todo: educación,
salud, vivienda, cultura. Disrumpen hasta la pobreza, dicen. Pero jamás
preguntan qué pasa con los disrumpidos: quienes quedan fuera del código,
quienes no tienen tarjeta de crédito para verificar su humanidad. Inventan el
“taco de coliflor gluten free” y creen haber reinventado la gastronomía
latinoamericana. Embotellan lluvia de Hawái y creen haber descubierto el agua.
La historia reciente muestra que
pueden intervenir, pontificar y señalar a otros sobre democracia mientras
enfrentan desigualdad interna, tensiones raciales y fracturas políticas que
desmienten su propio discurso. Cada crisis es reinterpretada como un triunfo
moral. Cada error, como prueba de su grandeza.
La era del colonialismo clásico
terminó, pero su espíritu mutó. No necesitan barcos ni cañones: tienen
plataformas, big data y empresas que deciden qué debemos desear. Nos colonizan
con algoritmos que determinan qué vemos, qué pensamos, qué compramos y cómo nos
sentimos. Nuestra música solo vale cuando un DJ blanco la samplea; nuestras
danzas solo importan cuando una tiktoker las imita; nuestras ciudades solo
existen cuando son “descubiertas” por nómadas digitales que elevan el costo de
vida a niveles absurdos.
Su economía funciona como una
fiebre que contagiamos: cuando estornudan, nos resfriamos; cuando nuestras
monedas caen, celebran lo “barato” que somos. Cuando nuestras selvas arden,
hacen crowdfundings sin preguntar quién encendió el fuego. El sufrimiento del
Sur Global es un renglón en sus balances; la miseria, un paisaje pintoresco en
sus documentales.
Lo más peligroso no es su
arrogancia, sino la credibilidad global que aún conservan. En Occidente la
verdad no se fundamenta: se viraliza. Un trending topic pesa más que una
investigación. Un titular apresurado tiene más autoridad que un libro. Lo viral
se convierte en dogma. Y ese dogma dicta políticas, sanciones y “misiones
humanitarias” donde casi siempre pagan inocentes del otro lado del mundo.
Aun así, aquí seguimos. Con
mercados llenos de colores que no existen en inglés. Con calles donde el tiempo
se mide en abrazos, no en deadlines. Con abuelas que curan con hierbas que
ninguna app traduce bien. Con niños que inventan juegos sin pantallas. Con
músicos que hacen llorar sin Auto-Tune. Con poetas que escriben en lenguas que
ningún algoritmo respeta.
Tenemos tecnología también, pero
la nuestra conversa con la tierra, no la reemplaza. Tenemos start-ups que
resuelven problemas reales, no ansiedades inventadas. No odiamos el progreso:
odiamos la forma en que lo cuentan, lo empaquetan y lo imponen. Su “avance”
exige víctimas, y luego maquilla las ruinas con discursos inspiracionales en
conferencias de Silicon Valley.
No queremos convertir nuestras
ciudades en copias descafeinadas de Austin. No queremos playas llenas de
resorts inaccesibles. No queremos servir de escenario para turistas que vienen
a “encontrarse a sí mismos” mientras nosotros intentamos encontrarnos entre
nosotros.
Este lado del mundo también es
país de Dios, solo que aquí Dios no busca trending topics ni vende
merchandising. Y cuando sus burbujas estallen, porque estallarán, nosotros
seguiremos aquí, con nuestra memoria, nuestras raíces, nuestras
contradicciones, nuestras culturas que han sobrevivido a imperios, dictaduras,
invasiones y crisis.
Que observen, filmen, consuman.
Pero no se equivoquen: no están comprando un pedazo de nosotros; apenas rentan
una imagen que pronto caducará.
Cuando sus pantallas se apaguen,
la tierra, la nuestra, seguirá hablando.
Aquí Dios aún respira sin cables,
sin ruido, sin permiso.
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