¿Es Manuel Zelaya un estratega… o un mito bien contado?
diciembre 10, 2025
No he podido evitar, en estos
últimos días, por no decir en este torbellino electoral que Honduras vive desde
finales de noviembre, notar cómo reaparece con fuerza una vieja costumbre
nacional: la mitificación caudillesca. No importa cuán absurdo sea el momento
político, siempre surge una especie de mística alrededor de algún líder. Y como
Honduras nunca se conforma con lo convencional, esta mitificación alcanza
siempre nuevas cotas de jocosidad. De pronto, un político corriente se
transforma en un iluminado que mueve piezas mientras el resto apenas intenta
entender de qué color es el tablero.
Este fenómeno me recordó
inevitablemente a un libro de un conocido autor hondureño, donde se describía a
Rafael Callejas como una especie de tecnoaventurero, un neotecnócrata
visionario que, supuestamente, había elevado al país desde un medievo oscurantista
hasta una cúpula económica, técnica y tecnológica digna de ciencia ficción. La
narrativa lo pintaba casi como un piloto futurista guiando a Honduras hacia un
porvenir brillante. Pero la realidad, siempre menos espectacular que la
propaganda, fue simplemente la apertura de uno de los modelos neoliberales más
agresivos y destructivos de la región: una época que desmanteló estructuras
completas, pudrió sectores enteros y dejó una moneda debilitada. En otras
palabras, el “tecnoaventurero” no piloteó ninguna nave; más bien dejó un
incendio administrativo del que aún no nos hemos recuperado.
Lo curioso es que estas
exageraciones no sorprenden a nadie en Honduras. La adulación de caudillos es
tradición ancestral, y cada generación parece empeñada en superarse en
creatividad. Si no es el “neotecnócrata futurista” que nos trajo una revolución
tecnológica de humo, entonces es el “caudillo místico del ajedrez en cinco
dimensiones”, capaz, según sus seguidores, de ver jugadas invisibles para la
gente común. Hay una fascinación casi literaria por convertir a cualquier líder
en un personaje épico, aunque sus decisiones reales sean tan ordinarias como
contradictorias. Es el folclor político nacional: sobredimensionar lo mínimo,
adornar lo mediocre, vestir con aura legendaria lo que no pasa de oportunismo.
Honduras tiene esta
particularidad: para comprender lo que ocurre aquí, hay que entender que la
política siempre opera simultáneamente en dos planos. El real, donde las
decisiones son improvisadas, bruscas y motivadas por intereses inmediatos. Y el
mitológico, donde esas mismas decisiones se reinterpretan como señales de
profundidad estratégica o actos heroicos. Esta distancia entre realidad y mito
es el punto de partida imprescindible para explicar lo que estamos observando
hoy. Sin esa clave, lo que ocurre en el país parece surrealista; con ella,
simplemente parece Honduras.
La política hondureña, marcada
históricamente por caudillos y figuras que concentran poder simbólico más allá
de sus capacidades reales, ha generado nuevamente una ficción útil: la del
político convertido en genio estratégico, maestro del cálculo y arquitecto
omnisciente del destino nacional. En este ciclo electoral, Manuel Zelaya
Rosales ha sido colocado por sectores de su entorno y por la imaginación
colectiva de redes sociales en el pedestal del “jugador de ajedrez en cinco
dimensiones”, una mente superior con planes que solo él comprende. Pero esta
imagen es menos un retrato de la realidad que un reflejo de la necesidad
hondureña de creer que alguien domina el caos, aun cuando ese “alguien” sea
simplemente un político promedio con un instinto oportunista afinado por
décadas de supervivencia partidaria.
La mitificación de Zelaya como
estratega perfecto no nace de sus actos sino del vacío institucional del país.
La debilidad de los partidos, la volatilidad de las alianzas y la cultura
política acostumbrada a respaldar personas, no proyectos, crean condiciones
donde la narrativa de un líder visionario se vuelve una muleta emocional. En
lugar de reconocer la improvisación frecuente, la falta de planificación y la
respuesta reactiva ante los eventos, se inventa una fórmula más atractiva:
“todo está calculado”. Así, cualquier retroceso se convierte en jugada maestra,
cualquier contradicción en paso táctico, cualquier concesión en seña de
inteligencia superior. El mito suple la falta de coherencia.
Pero los hechos recientes
desbaratan este relato con una claridad difícil de ignorar. Desde el 30 de
noviembre, mientras Honduras atravesaba un clima de incertidumbre electoral, la
llamada “gran estrategia” de Zelaya se redujo a una maniobra tan simple como
evidente: aceptar su derrota, reconocer a Salvador Nasralla y, en el proceso,
abandonar políticamente a su propia candidata, Rixi Moncada. No hubo
movimientos de ajedrez de varias dimensiones, ni golpes de timón calculados con
mente fría, ni una visión anticipada del desenlace. Lo que hubo fue lo de
siempre: un político que se acomoda según sople el viento, adaptándose al
entorno inmediato para proteger su relevancia dentro del tablero, no para
dirigirlo. Un estratega místico no entrega a su candidata; un caudillo
improvisado sí lo hace cuando la realidad le corta el paso.
La historia personal y política
de Zelaya dista de mostrar un estratega sofisticado. Es la trayectoria típica
de un caudillo criollo moldeado por las estructuras tradicionales del poder
rural, adornado con un discurso progresista reciente y sostenido por la memoria
emocional del golpe de 2009. Su habilidad no ha sido anticipar con precisión
quirúrgica la evolución política del país, sino aprovechar aperturas que otros
dejan vacantes. Cuando un panorama se cierra, no es raro verlo recalcular en
tiempo real, no por visión sino por mera necesidad. Esa elasticidad,
interpretada por algunos como astucia profunda, es en realidad la expresión más
básica del oportunismo político: moverse donde se pueda sobrevivir, no donde se
pueda transformar.
El fenómeno actual de los memes y
narrativas que lo presentan como mente suprema solo revela un patrón repetido
en Honduras: la construcción del caudillo como explicación sustituta. En un
país donde las instituciones no generan confianza y donde los proyectos
políticos rara vez tienen continuidad programática, se vuelve tentador
depositar el destino nacional en la supuesta grandeza de un individuo. Esto no
solo distorsiona la percepción pública sobre quién toma decisiones y por qué,
sino que perpetúa la infantilización política del electorado. Si el líder lo
sabe todo, lo prevé todo y lo controla todo, entonces el ciudadano queda
relegado al rol pasivo de espectador que solo interpreta señales ocultas. El
mito del estratega perfecto es funcional porque elimina la responsabilidad
colectiva.
La reciente aceptación de derrota
como “estrategia” es, en realidad, la prueba más clara de que el mito del
ajedrecista místico se derrumba por sí solo. Resolver la crisis política
inclinándose hacia donde la correlación de fuerzas lo obliga no es ninguna
estrategia profunda; es mera supervivencia. Es la reacción más básica del
caudillo hondureño tradicional, no su reinvención. Presentarla como gesto
visionario solo demuestra cuán acostumbrados estamos a magnificar lo ordinario
para llenar vacíos que la política formal ya no sabe ocupar.
Honduras necesita, urgentemente,
desmontar este tipo de ficciones. No por animadversión personal hacia Zelaya o
hacia cualquier líder, sino porque el país no puede seguir atrapado en la
ilusión de que el cambio depende de una figura carismática envuelta en
narrativas épicas. La construcción del caudillo en cinco dimensiones oculta el
verdadero problema: la incapacidad estructural de la política hondureña para
generar liderazgos democráticos, transparentes y responsables ante la
ciudadanía. Mientras se sigan fabricando genios inexistentes, se seguirán
evadiendo las transformaciones reales que el país requiere. La democracia que
pretenden tener en Honduras no necesita un ajedrecista místico; necesita
instituciones fuertes y ciudadanos que no deleguen su futuro a la fantasía de
un iluminado.
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