Los asesores de Nasralla: errores desde dentro
diciembre 26, 2025
La derrota de Salvador Nasralla
se explica mejor cuando se observa la campaña como un proceso político
desconectado de su propio entorno social. El intento de envolver ese fracaso en
relatos alegóricos, adornados con caminantes, casas viejas y solemnidades
tardías, responde más a una necesidad de resguardo personal que a una lectura
seria del proceso electoral. En política, los resultados se producen por
decisiones acumuladas, por lecturas erradas del contexto y por asesorías
incapaces de traducir la realidad en acción concreta.
Durante la campaña se consolidó
un círculo que operó desde la distancia simbólica y territorial. La
comunicación se construyó a partir de gestos importados, posturas ajenas a la
cultura política hondureña y una comprensión superficial del malestar social.
La adopción de manerismos foráneos, la puesta en escena de lujos fuera de
contexto y la insistencia en una figura salvadora diseñada para otros países
revelaron una asesoría más preocupada por la apariencia que por el arraigo.
Cada uno de esos gestos formó parte de un libreto aprobado, repetido y
sostenido en el tiempo.
La conducción quedó en manos de
personas con escasa vinculación con el territorio. Hubo asesores con presencia
intermitente en el país, más familiarizados con salones cómodos que con el
pulso cotidiano de barrios, municipios y comunidades. Esa distancia produjo
mensajes desalineados, prioridades mal jerarquizadas y una campaña incapaz de
establecer una relación orgánica con el electorado. En un país marcado por la
desconfianza y la experiencia de promesas incumplidas, esa desconexión resultó
decisiva.
Aun dentro de esa dinámica,
algunos líderes de campaña reconocen lo que funcionó en la práctica y señalan
problemas internos con precisión. Roberto Contreras, quien dirigió eventos y
logística de manera ordenada, recuerda que la estructura nacional y la movilización
territorial funcionaron gracias a trabajo sostenido, disciplina y lealtad.
Señala cómo en varias regiones se perdieron miles de votos debido a fallas de
coordinación o a elementos infiltrados que actuaron de manera contraria al
proyecto. Estos datos muestran que el fracaso no se produjo por ausencia de
esfuerzo ni por la falta de compromiso de quienes trabajaron día a día en los
municipios, sino por decisiones tomadas desde un círculo asesor desconectado de
la realidad y sin comprensión de la complejidad local.
En ese contexto aparece el texto
del ex asesor, escrito cuando la contienda ya había concluido y las
responsabilidades habían perdido urgencia práctica. El documento despliega una
narrativa cargada de desdén hacia figuras secundarias y entornos difusos, mientras
preserva intacta la imagen de quien ocupó un lugar central en la toma de
decisiones. La figura del consultor experimentado emerge como un personaje
incomprendido, rodeado de incompetencia, atrapado en un proceso que describe
como ajeno a su voluntad real. Esa construcción resulta funcional para la
autopreservación, aunque carece de profundidad política.
La asesoría política exige
incidencia concreta, presencia sostenida y responsabilidad compartida.
Integrarse a una campaña implica acompañar su rumbo, intervenir en sus
decisiones y cargar con las consecuencias del resultado. Una renuncia tardía,
seguida de un texto saturado de adjetivos y desprovisto de hechos verificables,
deja al descubierto una relación instrumental con el proceso. El escrito que
pretende “aclarar” los problemas internos esquiva decisiones puntuales, pasa
por alto momentos críticos y redistribuye el peso del fracaso hacia figuras
deliberadamente difusas, como si lo ocurrido hubiera sucedido al margen de
quien dice haberlo diseñado.
La campaña de Nasralla avanzó
siguiendo una lógica que cambió la escucha del país por gestos de visibilidad,
la atención a la gente por espectáculo y la organización por discursos
grandilocuentes. Esa dirección se mantuvo y reforzó desde la asesoría, que tomó
decisiones y fijó prioridades sin atender las necesidades reales. El candidato
quedó rodeado de estímulos que fortalecieron errores y redujeron su capacidad
de generar confianza amplia y duradera. El liderazgo tiene responsabilidades
propias, mientras la influencia de los asesores marca los resultados cuando la
experiencia prometida produce mediocridad y convierte los caminos hacia la
victoria en derrotas evitables.
Este episodio deja además una
advertencia que conviene formular sin diplomacia y sin adornos. Salvador
Nasralla, y cualquier político que aspire a encarnar una alternativa real,
haría bien en observar con desconfianza quirúrgica a quienes se acercan ofreciendo
lealtad, experiencia milagrosa o contactos rimbombantes. La política está
infestada de sátrapas cábulas, personajes expertos en hablar al oído, en
soplarle la flauta a algún otro político y en construirse una importancia que
no resiste el menor contraste con la realidad.
No basta con escuchar lo que
dicen ni con repetir de dónde afirman venir. Cada figura incorporada al entorno
inmediato merece ser cuestionada, investigada y puesta a prueba. La confianza
concedida sin examen termina convertida en un arma de doble filo. La tolerancia
hacia amiguetes, recomendados o intermediarios oportunistas suele pagarse con
campañas desorientadas y liderazgos erosionados desde dentro.
Ese tipo de personajes se
mantiene mientras les conviene. Cuando sus intereses cambian, pasan rápidamente
a criticar y a observar desde afuera. Su comportamiento se repite con
frecuencia, mostrando la importancia de cuidar bien el entorno, porque quien no
lo hace termina atrapado por quienes permitieron influir en su proyecto.
La responsabilidad de
seleccionar, filtrar y limitar influencias forma parte del ejercicio político.
Ignorar esa tarea abre la puerta a entornos que operan por vanidad, cálculo
personal o simple oportunismo. Esta experiencia deja una lección incómoda y necesaria.
El país no soporta otra oportunidad desperdiciada por descuido, por
complacencia o por permitir que figuras sin arraigo ni compromiso capturen
espacios decisivos.
Las derrotas electorales dejan
señales claras cuando se las mira sin adornos. La falta de comprensión del
país, la sustitución del trabajo real en los territorios por gestos escénicos y
la transformación de la asesoría en un ejercicio de vanidad terminaron por
cerrar el camino al triunfo. Intentar después reescribir la historia desde una
supuesta superioridad moral solo agregó más problemas al ya existente.
Quien hoy señala errores de otros
participó directamente en su creación. La experiencia política se demuestra
trabajando sobre el terreno, corrigiendo a tiempo y asumiendo
responsabilidades. Cuando eso falta, los relatos posteriores se convierten en
bonitas excusas. La campaña fracasó rodeada de improvisación, desconexión y
egos desmedidos. Entre ellos se encuentra, inevitablemente, quien ahora intenta
explicar el desastre desde la comodidad de la renuncia y la distancia. La
verdad siempre se muestra. Quienes participaron directamente en la
movilización, la logística y la defensa del voto saben distinguir entre
esfuerzo real y asesorías que solo buscan apariencia. Esa claridad no admite
engaños: la lealtad, la disciplina y el trabajo constante marcan la diferencia
entre quienes construyen y quienes solo buscan mostrarse.
0 comentarios
Déjanos tu comentario