La tragedia de Nasralla y la imposibilidad de un cambio en Honduras
diciembre 27, 2025
La tragedia de Salvador
Nasralla no empieza cuando pierde, ni siquiera cuando le arrebatan victorias
parciales. Empieza mucho antes, en el momento mismo en que decide disputar un
poder que en Honduras no está disponible para cualquiera. Desde su primera candidatura
presidencial, su destino quedó marcado: podía competir, podía entusiasmar,
podía arrastrar masas, pero no podía gobernar. Esa línea nunca se cruzó. Nunca
se le permitió.
Cada intento apareció como una
nueva oportunidad y, en realidad, reafirmó el mismo límite. El sistema
hondureño, sostenido por una élite criolla cerrada, mafiosa y profundamente
dependiente del aval externo, mantiene un control riguroso sobre los procesos
políticos. Toleraba candidatos y rechazaba proyectos autónomos. Permitía
elecciones y bloqueaba rupturas. Nasralla, con todos sus límites y
contradicciones, representaba una fuerza que permanecía fuera de la
domesticación.
No era un revolucionario ni un
antisistema radical, pero tampoco era un operador confiable del orden
tradicional. Su insistencia en gobernar con proyectos propios, en introducir
lógicas distintas, en romper con ciertas inercias del saqueo y la subordinación,
lo convirtió en una figura incómoda. En Honduras, eso basta para quedar fuera.
Aquí no se necesita demostrar capacidad para gobernar; se necesita demostrar
obediencia previa.
Sus múltiples candidaturas fueron
neutralizadas por una asfixia deliberada. En cada proceso, cuando su figura
empezaba a condensar una expectativa real de cambio, el aparato de poder se
activaba. A veces mediante fraude abierto, a veces a través de negociaciones
forzadas, a veces por el desplazamiento institucional más burdo. El desenlace
permanecía inalterable: Nasralla quedaba excluido del ejercicio efectivo del
poder.
El punto culminante de esta
tragedia fue 2021. Allí no solo se le negó nuevamente si quiera poder influir
en el poder, sino que se le utilizó. Su figura fue instrumentalizada para
arrastrar votos, para canalizar el hartazgo social, para construir una mayoría
electoral que terminara beneficiando a otro proyecto. Fue la única vez que
“ganó” algo, y aun así no gobernó. El poder real quedó en otras manos. Él quedó
como el vehículo, no como el conductor.
Aquello respondió a un diseño
previo y no a una desviación del sistema. La estructura de poder habilitó su
participación como instrumento necesario, manteniendo siempre bajo resguardo el
control del Estado. Tras cumplir su función electoral, fue apartado sin
miramientos. Sus proyectos quedaron anulados, su visión fue descartada y
cualquier posibilidad de introducir un rumbo distinto quedó excluida. El
ejercicio del gobierno jamás formó parte de la ecuación.
Con el paso del tiempo, la
tragedia se volvió irreversible. La edad ya no es un dato biográfico: es un
símbolo político. El tiempo que se le negó cuando tenía fuerza, legitimidad y
respaldo social no se recupera cuando el desgaste es evidente. Hoy, incluso si
decidiera intentarlo otra vez, ya no sería el mismo escenario. El sistema no
tendría que cerrarse con violencia; la biología y el cansancio social harían el
trabajo.
Las elecciones de 2025 sellaron
definitivamente esta lógica de poder. La salida de Nasralla del horizonte
político coincidió con un resultado que volvió a colocar al frente a una
gestión ampliamente cuestionada, atravesada por prácticas de corrupción y sostenida
por el mismo entramado histórico. La validación del nuevo gobierno provino de
su funcionalidad geopolítica y de su alineamiento externo. De ese modo se
consolidó otra administración intervenida y tutelada desde la embajada
estadounidense, repitiendo un patrón constante en los momentos en que lo
prioritario ha sido preservar el control y garantizar continuidad.
Lejos de representar una ruptura,
2025 mostró la continuidad perfecta del modelo. Las élites locales conservaron
sus privilegios, las mafias políticas mantuvieron sus negocios y Estados Unidos
volvió a operar como árbitro silencioso del resultado aceptable. En ese
escenario, ya no hacía falta bloquear a Nasralla: el sistema había aprendido a
prescindir de él sin costo político.
Eso es lo más devastador. No solo
se le negó el poder a un individuo, sino que se le cerró al país la posibilidad
de comprobar si ese proyecto habría funcionado o no. No hubo gobierno para
evaluar, no hubo gestión para juzgar, no hubo legado para discutir. Solo hubo
intentos truncados. Cuatro veces. Cuatro cierres. Cuatro negaciones.
La tragedia de Salvador Nasralla
es, en última instancia, la confirmación del desastre hondureño. Un país donde
incluso las figuras necesarias son descartadas cuando amenazan con dejar de ser
funcionales. Donde la esperanza se usa como combustible electoral y luego se
desecha. Donde las elecciones de 2025 no corrigieron nada, sino que
consolidaron el mismo orden tutelado, corrupto y dependiente.
No hay redención posible en esta
historia. No hay revancha pendiente ni justicia histórica que llegue más
adelante. Hay un ciclo cerrado. Un hombre que quiso gobernar y nunca pudo. Y un
país que, una vez más, demostró que no decide quién lo gobierna, sino quién no
puede hacerlo.
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