El fin de 500 años de hegemonía occidental: el ascenso del Sur Global y el declive del eje euroatlántico

enero 28, 2026

 



El mundo atraviesa un cambio de ciclo histórico. Desde mediados del siglo XV, cuando las potencias ibéricas abrieron las rutas oceánicas y Europa inició una expansión sin precedentes, se configuró un orden global dominado por Occidente. Durante cinco siglos, el eje europeo , y más tarde euroatlántico,  impuso sus idiomas, instituciones, modelos culturales, modos comerciales y formas de poder sobre el resto del planeta. De España a Gran Bretaña, de Francia a Estados Unidos, ese ciclo marítimo-occidental definió la globalización, organizó el comercio mundial y estableció la arquitectura política moderna.

Hoy, ese ciclo se encuentra en su fase terminal. Las transformaciones económicas, demográficas y geopolíticas están desplazando el centro de gravedad mundial hacia Asia y el llamado Sur Global. Rusia, empujada por la ceguera estratégica de Europa, se reconfigura como potencia asiática; China emerge como el nuevo epicentro económico global; India consolida su peso demográfico e industrial; y los mercados internacionales giran en torno a este arco continental que va de Moscú a Pekín y Nueva Delhi. Desde ahí se anuncia el fin de un periodo de hegemonía que ha durado alrededor de 550 años y la apertura del ciclo asiático.

Tras 1945, Estados Unidos y la URSS heredaron el liderazgo occidental, aunque desde posiciones periféricas. Sin embargo, el colapso soviético y el desgaste del poder estadounidense marcan el inicio del declive del eje euroatlántico y el surgimiento de un orden multipolar. Las potencias asiáticas, especialmente China, protagonizan este nuevo escenario en el que Occidente ya no puede dictar unilateralmente las reglas del juego global.

La idea de que estamos asistiendo al final de quinientos años de hegemonía occidental, desde la expansión europea del siglo XVI hasta el dominio norteamericano tras la Segunda Guerra Mundial, ya no pertenece a los márgenes intelectuales ni a discursos contestatarios: es una constatación empírica observable en la reconfiguración acelerada del sistema internacional. Durante siglos, Occidente impuso las reglas, diseñó las instituciones, controló el comercio, definió la economía política global y se reservó la legitimidad para actuar unilateralmente bajo el disfraz de la “universalidad” de sus valores. Sin embargo, las condiciones estructurales que permitieron su supremacía se erosionan y un actor que durante largo tiempo fue marginal en el centro de gravedad del poder mundial, el llamado Sur Global, o como varios analistas proponen hoy, la “mayoría mundial”, alcanza la masa crítica suficiente para equilibrar y en algunos ámbitos superar las capacidades del eje euroatlántico. Este giro no se está dando de forma improvisada, ni como simple consecuencia del desgaste occidental, sino como resultado de procesos de cooperación, integración económica, interdependencia industrial y articulación política que hoy convergen de manera visible en la alianza conocida como BRICS.

Para comprender por qué este momento es tan decisivo hay que recordar que la hegemonía occidental se sostuvo sobre tres pilares: la supremacía militar de Estados Unidos y sus aliados, su control de las instituciones multilaterales forjadas tras 1945, y el dominio del sistema financiero internacional articulado en torno al dólar, el FMI y el Banco Mundial. Ese trípode permitió que, incluso después de la caída de las potencias coloniales europeas, la dirección del mundo continuara emanando del Atlántico Norte, modelo al que buena parte de la élite mundial, incluyendo en el propio Sur Global, se sometió durante décadas. Pero la globalización, que Occidente diseñó para ampliar la extensión de sus mercados y cadenas de suministro, produjo un efecto inesperado: fortaleció a países antes periféricos que hoy reclaman voz propia, soberanía real y herramientas para emanciparse de los mecanismos de dependencia.

El colapso de la Unión Soviética en 1991 dejó a Estados Unidos como superpotencia absoluta. En vez de aprovechar esa ventana histórica para reconfigurar un sistema plural, Washington optó por consolidar su supremacía. La doctrina Wolfowitz explicaba con claridad el objetivo: impedir que surgiera cualquier potencia capaz de desafiar el liderazgo estadounidense. Lejos de reducir su presencia militar, Estados Unidos expandió sus bases hasta alcanzar unas 750 instalaciones en ochenta países, manteniendo una arquitectura de poder sin equivalente en la historia. La OTAN, cuya razón de ser era contener a la URSS, no solo no se desmanteló, sino que creció hacia las fronteras rusas pese a promesas explícitas de no hacerlo. Todo ello envió un mensaje inequívoco: el orden posterior a la Guerra Fría no sería un orden compartido, sino la perpetuación por otros medios del dominio occidental.

Los países del Sur Global observaron durante décadas cómo esa estructura militar y diplomática servía para justificar intervenciones, bombardeos y cambios de régimen que devastaron regiones enteras: desde los Balcanes hasta Oriente Medio y el Norte de África. Libia, en particular, pasó de tener uno de los niveles de vida más altos de África a convertirse en un Estado fallido tras la intervención occidental. El mensaje era claro: la soberanía de los países no occidentales dependía de que sus intereses no chocaran con los del hegemón. Paralelamente, las instituciones surgidas en 1945, como el Consejo de Seguridad de la ONU, preservaron el veto de Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, tres países que juntos representan menos del 6% de la población mundial, pero detentan un poder decisorio desproporcionado sobre los asuntos globales. En contraste, gigantes demográficos y económicos como India, Brasil, Indonesia o Nigeria no tienen representación permanente.

En el ámbito financiero, el control fue aún más profundo. El sistema Bretton Woods estableció al dólar como eje del comercio global. La creación del FMI y del Banco Mundial consolidó un mecanismo mediante el cual las naciones endeudadas debían someterse a “programas de ajuste estructural” que imponían privatizaciones, reducción del gasto social, apertura extrema a capitales extranjeros y reformas diseñadas para beneficiar a conglomerados occidentales. El resultado fue un círculo vicioso de dependencia y subdesarrollo: economías reprimarizadas, monedas frágiles, vulnerabilidad externa y la incapacidad de generar industrias nacionales diversificadas. Países como Argentina encarnan esta trampa: devaluaciones crónicas, inflación persistente y la dolorosa subordinación a un FMI que admite regularmente que sus recetas han fracasado, pero insiste en ellas. Lo que ocurrió con Argentina no es la excepción; es el patrón.

El dólar, como moneda de reserva, amplificó la hegemonía estadounidense. Para comerciar, casi todos los países del mundo necesitan dólares. Para obtener dólares, deben exportar materias primas a precios bajos e importar manufacturas a precios altos, perpetuando una estructura colonial disfrazada de globalización. Wall Street, actuando como intermediario obligado, obtiene beneficios de cada transacción aún cuando Estados Unidos no participa directamente. Esta demanda global de dólares también permite a Washington financiar déficits gigantescos e imprimir dinero sin sufrir las consecuencias que hundirían la economía de cualquier otro país. La guerra de Afganistán, que costó ocho billones de dólares sin ningún logro estratégico, sería imposible para cualquier actor no respaldado por la “exorbitante ventaja” del dólar.

Pero la hegemonía financiera incluye una dimensión coercitiva: Estados Unidos utiliza el sistema del dólar como arma. Mediante sanciones, bloquea a países enteros del comercio internacional. Cuba, Irán, Corea del Norte, Venezuela, Siria, Zimbabue y muchos más fueron excluidos de los circuitos financieros globales, forzando colapsos económicos y sufrimiento social con el objetivo de imponer gobiernos alineados con Washington. La desconexión de Rusia del sistema SWIFT, así como la confiscación de 300.000 millones de dólares de reservas rusas, encendió alarmas en el Sur Global: si esto se hacía con la undécima economía del mundo, ¿qué impediría que mañana se hiciera con cualquier otro país que no siguiera las directrices norteamericanas?

Fue en este contexto que BRICS adquirió sentido histórico. Creada en 2009 por Brasil, Rusia, India y China , con Sudáfrica incorporada después, , la alianza nació como un espacio para corregir las asimetrías del orden global. Lo que comenzó como un foro de coordinación económica se transformó rápidamente en un bloque capaz de desafiar al G7 en términos de crecimiento, población, industria, reservas estratégicas y peso diplomático. BRICS representa hoy al 56% de la población del planeta y agrupa a varios de los países de mayor crecimiento demográfico e industrial. Su expansión reciente, incluyendo a Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia entre los miembros o asociados, confirma que la tendencia es irreversible: la mayoría del mundo se organiza para emanciparse del paradigma occidental.

El núcleo del poder del nuevo bloque no reside solamente en su PIB conjunto o en sus proyecciones demográficas, sino en la posesión y control de recursos críticos del siglo XXI. BRICS domina alrededor del 72% de las reservas globales de minerales de tierras raras, indispensables para energías renovables, electrónica avanzada, armamento moderno y vehículos eléctricos. China controla además el 92% del refinamiento global de estos minerales, lo que constituye un monopolio de facto frente al cual Occidente carece de alternativas inmediatas. Por décadas, Europa y Estados Unidos deslocalizaron su industria, concentrándose en los sectores FIRE (finanzas, seguros, bienes raíces), caracterizados por burbujas especulativas recurrentes: la burbuja puntocom, la crisis de 2008, la crisis de 2020. Ese modelo, altamente inestable, contrasta con la acumulación industrial del Sur Global. En otras palabras, el músculo económico real , el que produce bienes, infraestructuras y tecnologías materiales,  ya no reside en el Atlántico Norte.

El proceso más transformador impulsado por BRICS es la dedolarización. El comercio en monedas locales entre los miembros alcanza ya el 25% del total, cifra que crece cada año. El 90% del comercio entre Rusia y China, así como entre Rusia e India, se liquida en yuanes, rublos o rupias. Países como Egipto, Turquía, Arabia Saudita, Vietnam o Malasia han firmado acuerdos para comerciar sin utilizar el dólar. Esto no solo reduce la dependencia del sistema financiero estadounidense, sino que permite desarrollar mercados regionales y liberar a las economías de la volatilidad impuesta por la moneda de otro país. En paralelo, China ha desarrollado el sistema CIPS, una alternativa al SWIFT occidental: más rápido, transparente, operativo las 24 horas y, sobre todo, inmune al control geopolítico de Washington. CIPS permite a los bancos centrales cooperar directamente, reduciendo los costos y vulnerabilidades asociados al sistema tradicional.

Las consecuencias ya son visibles: la demanda global de bonos del Tesoro estadounidense cae, el dólar experimenta una pérdida de confianza inédita desde 1973, grandes tenedores como China se deshacen de reservas, y el oro recupera un papel central como activo de resguardo. Por primera vez, incluso en contextos de crisis, los inversores no “vuelan” automáticamente hacia el dólar. La erosión de ese reflejo fundamental muestra que el pilar más importante del poder estadounidense, la confianza en la estabilidad del dólar, empieza a fracturarse.

Todo esto no implica la sustitución de una hegemonía por otra. El proyecto geopolítico del Sur Global no es crear un imperio alternativo, sino terminar con la estructura asimétrica que otorgaba al 15% del mundo el control sobre el 85% restante. De hecho, BRICS no propone desmontar instituciones como la ONU, sino reformarlas para reflejar la realidad demográfica y económica contemporánea. Busca limitar o eliminar el poder de veto, ampliar la representación del Sur Global y democratizar la gobernanza global.

El fin de la hegemonía occidental no significa necesariamente el declive de Occidente como civilización o como conjunto de sociedades avanzadas; significa el fin de su monopolio sobre las decisiones globales. Significa que Estados Unidos ya no puede imponer sanciones sin consecuencias, que la OTAN ya no puede actuar impunemente, que el FMI ya no tiene la última palabra sobre las economías en desarrollo, y que Wall Street ya no es el árbitro absoluto del comercio internacional. Significa que la historia mundial deja de ser una línea recta que va de Atenas a Washington, ignorando deliberadamente las trayectorias de Asia, África, América Latina y Oriente Medio.

Vivimos un proceso de ecualización del poder global. Un retorno, en cierta forma, al equilibrio multipolar que caracterizó otras épocas de la humanidad. La novedad es que esta vez la transición ocurre en un mundo hiperconectado, donde la interdependencia económica reduce la probabilidad de conflictos totales y aumenta la necesidad de coordinación. La pregunta no es si la hegemonía occidental caerá: ya lo está haciendo. La pregunta es cómo Occidente responderá a esta transición. Podría aceptar el pluralismo del siglo XXI o resistirse, alimentando tensiones que prolonguen la inestabilidad global.

Lo que es innegable es que el Sur Global, la mayoría del planeta, ha dejado de ser actor pasivo. Ha tomado conciencia de su peso demográfico, industrial, cultural, energético y estratégico. Ha aprendido de décadas de dependencia y ha construido herramientas para superarla. Los próximos años decidirán si este nuevo orden se consolida de manera pacífica, cooperativa y equitativa, o si veremos a las viejas potencias resistirse al cambio en un intento desesperado por preservar un poder que ya no pueden sostener.

Pero una cosa está clara: los quinientos años de hegemonía occidental han terminado. El mundo no vuelve al pasado; simplemente entra en una era donde la historia ya no la escribe una minoría, sino la mayoría de la humanidad.

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