La Doctrina Monroe explicada a los latinoamericanos

enero 14, 2026

 



El título de este texto puede sonar paternalista, y aun así hace falta. La información básica para interpretar nuestra propia historia se ha negado sistemáticamente al latinoamericano. En América Latina se ha vivido la Doctrina Monroe durante más de dos siglos, se la ha sufrido en el cuerpo y se la ha pagado con sangre, territorio, deuda y atraso. Aun así, no se enseña. No aparece en la educación pública como estructura de dominación, no se explica como sistema, no se nombra como lo que realmente es. Esa omisión no es un descuido: forma parte del problema.

 

Para muchos en la región, la Doctrina Monroe se reduce a una idea nebulosa de “paternalismo gringo”, una suerte de tutela incómoda pero supuestamente bienintencionada, una excusa para que Estados Unidos se meta en nuestros asuntos “por nuestro propio bien”. Esa lectura es cómoda, superficial y profundamente engañosa. No hay ningún paternalismo aquí. Hay una hegemonía imperial. Hay control. Hay una lógica de sometimiento que no difiere demasiado de la que las potencias europeas aplicaron sobre África, con la diferencia de que ahora se disfraza de democracia, estabilidad y lucha contra amenazas inventadas.

 

Estados Unidos no actúa como un tutor torpe ni como un vecino entrometido. Históricamente en la región se ha comportado como un poder imperial que se arroga el derecho de decidir quién gobierna, qué se produce, qué se exporta y hasta qué tipo de futuro es aceptable. No necesita virreyes ni banderas plantadas en cada capital. Basta con sanciones, embajadas, financiamiento selectivo, golpes “institucionales” y, cuando todo falla, fuerza directa. Eso es la Doctrina Monroe en funcionamiento.

 

Que nada de esto se enseñe en las escuelas latinoamericanas, pese a haber marcado nuestra historia de forma tan brutal y persistente, ya dice mucho sobre el nivel de colonización mental existente. No hay conciencia histórica mínima de por qué nuestros países chocan una y otra vez contra los mismos límites. Se nos educa para analizar los síntomas, nunca la causa. Se nos entrena para culparnos entre nosotros, jamás para mirar la estructura que nos encierra.

 

Este texto no viene a ofrecer revelaciones extraordinarias ni teorías conspirativas. Viene a cubrir una carencia elemental. A decir en voz alta lo que se oculta por costumbre o conveniencia. A dejar claro qué es la Doctrina Monroe, cómo se aplica y por qué sigue operando. Porque mientras no se entienda este marco, seguiremos hablando de independencia, soberanía y autodeterminación como si no fueran, en la práctica, palabras cuidadosamente vaciadas de contenido.

 

 

 

La Doctrina Monroe no es una frase vieja ni un tema académico sin consecuencias. Es una de las razones centrales por las que América Latina, pese a doscientos años de independencia formal, sigue sin poder construir proyectos nacionales propios, estables y soberanos. El problema es que nunca se nos explicó así. No se enseña en la escuela, no se aborda en la educación básica y casi nunca se la presenta como lo que realmente fue y sigue siendo: una norma de dominación aplicada desde afuera que convierte nuestra independencia en algo decorativo.

 

La Doctrina Monroe nace en 1823, cuando Estados Unidos todavía no era una potencia mundial, pero ya tenía claro lo que quería ser. En su forma original decía algo aparentemente razonable: que Europa no debía volver a colonizar América y que los conflictos del Viejo Mundo no debían trasladarse al continente. Eso suena bien, incluso protector. El problema es lo que vino después. Estados Unidos no propuso un continente de países libres decidiendo su destino, sino un continente sin competidores externos, reservado para su influencia futura. No era “América libre”, era “América disponible”.

 

A partir de ahí se instala una lógica muy simple y brutal: los países latinoamericanos mantienen independencia limitada al marco que Estados Unidos considera aceptable. La soberanía existe con condiciones. Las elecciones funcionan dentro de límites impuestos. Los proyectos nacionales solo se desarrollan cuando no contradicen intereses externos. Cada intento de salirse de ese molde, industrializarse, controlar sus recursos, tomar decisiones autónomas, aliarse con quien convenga, convierte a la Doctrina Monroe en una práctica efectiva, más allá del discurso.

 

¿Cómo se aplica? Nunca de una sola manera. A veces como golpe de Estado. A veces como bloqueo económico. A veces como sanciones que asfixian a la población. A veces como endeudamiento eterno. A veces como intervención militar directa. A veces como “ayuda” condicionada. El método cambia, el objetivo no: impedir que América Latina funcione como un conjunto de naciones realmente autónomas.

 

Por eso nuestras celebraciones de independencia tienen algo de ritual vacío. Se festeja la ruptura con España, Portugal o Francia, pero no se explica que la dependencia no desapareció, solo cambió de forma y de administrador. Se sustituyó la colonia formal por una subordinación permanente. No hay ocupación constante, pero sí vigilancia. No hay virreyes, pero sí embajadas que mandan más que los parlamentos. No hay gobernadores imperiales, pero sí presidentes derrocados cuando incomodan.

 

La Doctrina Monroe explica por qué tantos intentos de proyecto nacional en América Latina terminan truncados, deformados o directamente destruidos. No es incapacidad cultural, no es falta de talento, no es una maldición histórica. Es un sistema que castiga cualquier intento de autonomía real. Cuando un país intenta decidir por sí mismo qué producir, cómo distribuir su riqueza o con quién relacionarse, se lo acusa de dictadura, amenaza, populismo, comunismo o, ahora, narcoterrorismo. El rótulo cambia según la época; la función es siempre la misma.

 

Esto también explica por qué la idea de “pueblos soberanos” choca constantemente con la realidad. Se nos dice que somos independientes, pero no podemos tocar ciertos recursos. Se nos dice que somos libres, pero no podemos elegir ciertos caminos. Se nos dice que somos Estados soberanos, pero nuestras decisiones pueden ser anuladas desde afuera sin consecuencias para quien lo hace. Esa contradicción no es un error: es el funcionamiento normal del sistema.

 

La Doctrina Monroe no busca el bienestar de América Latina ni su estabilidad. Busca previsibilidad para el poder externo. Mantiene el continente alejado de proyectos propios, transformándolo en una zona controlada, fragmentada y dependiente. Lo que importa es que el gobierno actúe dentro de los límites impuestos. Cruzar esos límites provoca castigo, tarde o temprano.

 

Entender esto cambia por completo la manera en que debemos leer nuestra historia. No se trata de países que “fallaron” una y otra vez por incapacidad propia, corrupción endémica o supuestas taras culturales. Se trata de países a los que sistemáticamente se les impidió completar cualquier intento serio de construcción nacional. No hablamos de errores aislados ni de malas decisiones ocasionales. Existe un cerco permanente que castiga toda iniciativa de autonomía real. La independencia quedó condicionada desde el primer día, vigilada, corregida y, cuando fue necesario, violentamente interrumpida.

 

La Doctrina Monroe no pertenece al pasado ni es una referencia histórica inofensiva. Es una lógica activa, una estructura de poder que sigue operando bajo otros nombres y con otros instrumentos. Mientras no se la entienda de este modo, seguiremos celebrando fechas patrias que funcionan más como rituales de autoengaño que como hitos de soberanía efectiva, seguiremos discutiendo nuestros conflictos como si surgieran en el vacío, sin mirar el marco externo que los produce y los ordena. Y seguiremos preguntándonos, con una mezcla de frustración y resignación, por qué después de dos siglos de “vida independiente” todavía no podemos decidir plenamente nuestro destino, cuando la respuesta ha estado siempre delante de nosotros, operando con total impunidad.

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