Otra operación más contra Irán
enero 14, 2026
Occidente actúa con método. Nada
de lo que ocurre en torno a Irán responde a impulsos aislados ni a errores
acumulados. Lo que se despliega es una maquinaria constante, orientada a
fabricar percepciones, imponer relatos y fijar una única lectura de los hechos.
Hoy en día, las redes sociales y los grandes medios del hemisferio occidental
operan como extensiones de ese engranaje, amplificando versiones diseñadas
fuera del debate público. Cuando interviene el eje anglosionista, la
información deja de ser un fin y pasa a ser una herramienta.
Irán ha sido colocado nuevamente
como objetivo funcional. Vale la pena mencionar que este movimiento no surge de
una amenaza inmediata hacia las poblaciones occidentales. Surge de la necesidad
de contar con un adversario reconocible, útil y repetible. Se construye una
imagen cargada de exageraciones, silencios selectivos y simplificaciones
extremas, orientada a provocar rechazo automático. La intención apunta a
reducir a Irán a una figura hostil previamente definida, fácil de consumir y
fácil de odiar.
Es importante entender que Irán
no es un país ideal. Presenta rasgos discutibles y decisiones que muchos
cuestionamos abiertamente. Aun así, existe un límite evidente: las potencias
occidentales carecen de legitimidad para erigirse como jueces morales. Quienes
han bombardeado ciudades, desmantelado Estados completos y normalizado la
muerte a gran escala arrastran un historial que invalida cualquier pose ética.
La superioridad moral que proclaman se deshace al revisar sus propios actos.
En esta situación conviene
observar el patrón que se repite. Cada vez que Occidente decide intervenir, el
proceso sigue una secuencia reconocible. Primero aparece la demonización
sostenida. Luego llega la saturación mediática. Más adelante surgen las imágenes
recicladas, los montajes evidentes y los relatos diseñados para provocar
reacción inmediata. Finalmente se activa la acción directa o indirecta. El
resultado posterior siempre muestra territorios devastados, sociedades
fragmentadas y violencia extendida bajo tutela extranjera. Este esquema no
pertenece al terreno de la especulación; se ha aplicado una y otra vez.
Hoy ese mismo esquema se dirige
contra Irán. Las maniobras ya no buscan disimulo. Fotografías antiguas circulan
como material reciente. Escenas tomadas fuera del país se presentan como
pruebas internas. Narraciones pobres se sostienen únicamente por repetición.
Los grandes canales de difusión empujan consignas y tratan al público como
materia moldeable, no como interlocutor.
Frente a ese ruido, algunos datos
permanecen incómodos para el relato dominante. Irán figura entre los países
musulmanes con mayor presencia femenina en la educación universitaria. También
es un Estado donde los cristianos armenios cuentan con representación
parlamentaria y pueden ejercer su fe sin persecución sistemática. Esta
situación existía en otros países de la región antes de su destrucción tras
intervenciones externas celebradas como liberadoras.
Hace poco, en Teherán, una
estación de metro fue dedicada a la Virgen María, con relieves y murales de una
delicadeza notable. Este gesto rompe con la imagen simplificada que se intenta
imponer. Tampoco encajaría en territorios dominados por fanatismos armados ni
en muchas capitales occidentales, donde se normaliza el desprecio cultural
mientras se celebran montajes mediáticos sin pudor.
Nada de esto convierte a Irán en
un modelo incuestionable. Tampoco lo presenta como ejemplo ideal. Lo que sí
hace es desmontar la afirmación central que se intenta vender: que la ofensiva
occidental responde a principios elevados. La realidad muestra otra cosa. Lo
que está en marcha es una nueva campaña de desgaste, otro intento de preparar
el terreno para un desenlace conocido.
Queda claro que quienes aún no
perciben este proceso no carecen de señales. El problema reside en la
intensidad del bombardeo narrativo, diseñado para bloquear la duda y desactivar
toda mirada crítica.
0 comentarios
Déjanos tu comentario