«Operación Patagonia»: la obsesión sionista en el Cono Sur

enero 15, 2026

 



Lo que sucede desde hace décadas en el Cono Sur, en la frontera entre Chile y Argentina, en la vasta Patagonia, Tierra del Fuego y demás eufemismos que intentan embellecer un territorio que hoy sirve de tablero para maniobras de poder, no es un accidente ni una casualidad. Es una operación de dimensiones insólitas, sostenida con la complicidad descarada de gobiernos que se dicen democráticos, pero que actúan como meros peones de intereses estratégicos más grandes. Y sí, bajo la gestión del señor Milei en Argentina, la transparencia de esta maquinaria es tan evidente que uno no puede evitar preguntarse si alguien espera que nos quedemos mirando como espectadores pasivos.

 

He llamado a este fenómeno “Operación Patagonia”, porque lo que se está gestando aquí no tiene precedente en América Latina. No es un simple juego de política local: es un proyecto militar, geopolítico y estratégico, meticulosamente planificado, constante, y ejecutado con una frialdad que asusta. Una operación que combina recursos, logística y complicidades políticas, mientras se pavonean como si todo fuera natural, inevitable, casi divertido.

 

Lo que se despliega en estas tierras no es coyuntural; es sistemático, sin escrúpulos y sin el menor pudor. Es un laboratorio de poder en vivo, donde la Patagonia no es solo un paisaje, sino un tablero donde se prueban ambiciones, intereses y estrategias que podrían decidir el futuro de Sudamérica. Nunca antes América Latina había visto algo así: una operación tan audaz, sostenida, y al mismo tiempo tan hipócritamente ignorada por quienes tendrían que levantar la voz.

 

Si alguien pensaba que estas tierras eran solo belleza y soledad, se equivoca: son el epicentro de decisiones que, si no se perciben con claridad, terminarán definiendo el destino estratégico del continente… y nadie va a tocar un solo pelo de los responsables, mientras siguen aplaudiendo y sonriendo ante el desastre que ellos mismos permiten.

 

La Patagonia argentina, ese vasto y desprotegido territorio que debería ser orgullo soberano, ha sido convertida en un parque de diversiones para el sionismo internacional. Mientras los argentinos discuten si el asado sube o baja, los intereses sionistas ya han trazado el mapa de lo que parece ser una nueva colonia en el sur. La evidencia no solo es clara: es escandalosa. Y sin embargo, el gobierno argentino, con una sumisión que roza lo obsceno, sigue abriendo puertas, firmando convenios y entregando recursos como si la Patagonia fuera un bien de remate. No es paranoia cuando los hechos hablan por sí solos: hay una ocupación encubierta en curso, y el sionismo, ese proyecto colonial que ya expulsó, masacró y apartó a millones en Palestina, ahora mira hacia el sur con la misma voracidad.

 

Julio Popper, ese “explorador” que algunos aún insisten en pintar como un aventurero solitario, fue en realidad uno de los primeros en comprender que en la Patagonia podía actuar sin límites. Contratado por un Estado que eligió no mirar, Popper no se limitó al saqueo del oro: impulsó el exterminio de los selk’nam tratándolos como alimañas. Las fotografías existen y siguen ahí, aunque rara vez aparezcan en los manuales escolares: sus hombres posan junto a cuerpos indígenas como trofeos de caza.


¿Sionista? No: el sionismo aún no existía como movimiento político organizado. Pero Popper encarnó, de manera temprana, una lógica colonial que luego sería sistematizada y legitimada por proyectos ideológicos posteriores. Su legado de violencia, apropiación y desprecio por la vida autóctona expresa un patrón histórico que reaparece allí donde la expansión territorial se presenta como destino o derecho.

 

Theodor Herzl, el “padre” del sionismo, también tuvo sus momentos de inspiración geográfica. Palestina no fue el primer destino elegido: fue la opción que quedó después de que nadie les diera Uganda gratis. Y sí, también se habló de la Patagonia. Aunque los académicos “serios” lo minimizan, lo cierto es que el sionismo siempre fue un proyecto pragmático: donde haya tierra, agua y pocos que defiendan lo que es de todos, ahí está la oportunidad. La Patagonia, con su densidad poblacional ridícula y un Estado ausente que solo aparece para firmar contratos en dólares, era , y es,  un paraíso para ese tipo de proyectos.

 

Pero si hay un caso que huele a traición desde lejos, ese es Joe Lewis. Este británico con pasaporte y plata fue recibido como un rey mientras violaba descaradamente la ley argentina. Compró 13.000 hectáreas a tiro de piedra de Chile, en una zona prohibida para extranjeros, y lo hizo mediante una tupida red de sociedades pantalla. ¿El resultado? Un lago privado, una pista de aterrizaje militar camuflada de “aeródromo personal”, y una muralla de silencio que ni los medios ni los jueces han logrado derribar. A Lewis no lo para nadie: ni la ley, ni la prensa, ni el sentido común. Y si eso fuera poco, cada año recibe a miles de soldados israelíes, sí, soldados, que llegan a “relajarse” después de bombardear Gaza. ¿Turismo? No. Esto refleja a soldados extranjeros usando el país como lugar de descanso, con un Estado que dedica más esfuerzo a las fotos con Netanyahu que a proteger sus fronteras.

 

Los “mochileros de Sión”, esos jóvenes recién salidos del ejército israelí que deambulan por la Patagonia con GPS en mano y cara de pocos amigos, no están de vacaciones. Están haciendo lo que ya hicieron en Cisjordania: mapear, controlar, familiarizarse. Y si alguien se queja, rápido lo tildan de antisemita. Pero no es paranoia cuando los incendios forestales coinciden con su presencia, cuando los vecinos graban a turistas israelíes intentando prender fuego dentro de un parque nacional, y cuando los medios, esos mismos que lloran por la “libertad de prensa”, omiten sistemáticamente la nacionalidad de los sospechosos. No, no es casual. Es censura. Es miedo. Es complicidad.

 

Y mientras tanto, el gobierno argentino firma con Israel todo lo que le ponen enfrente. El convenio de seguridad social firmado por Milei en 2024 es una bofetada a los jubilados argentinos que cobran migajas mientras un israelí puede cobrar una pensión argentina sin pisar el país. ¿La excusa? “Reciprocidad”. La realidad: un regalo millonario a una potencia extranjera mientras se recortan hospitales y se congelan salarios. Milei no solo besa el muro de los lamentos: se lo lleva de souvenir. Y anuncia que mudará la embajada a Jerusalén, como si Argentina fuera una colonia más del proyecto sionista.

 

Pero el colmo es Mekorot. La empresa israelí que seca los acuíferos palestinos, que privatiza el agua mientras los palestinos se mueren de sed, ahora fue contratada para “gestionar” el agua de nueve provincias argentinas. Sin licitación, sin consulta, sin control. Y con una cláusula que le otorga toda la información hidrológica de la región. ¿El resultado? La Patagonia, ese tesoro de agua dulce, está siendo catalogada, medida y preparada para su futura explotación. Porque si algo ha enseñado el sionismo es que el agua no es un derecho: es una herramienta de control. Y Argentina, con su clase política vendida y su pueblo distraído, está entregando el botín sin siquiera pedir un recibo.

 

El “Plan Andinia” ya no es una teoría de locos con camisetas de Hitler. (¿qué más nazi que apropiarse de tierras y desplazar a los pueblos autóctonos, como en el caso palestino, un Lebensraum versión colonial y expansionista, ejercido ahora en el Cono Sur?) Es una metáfora que se hace realidad cada vez que un político firma un convenio sin leerlo, cada vez que un juez archiva una causa por “falta de pruebas”, cada vez que un medio omite el nombre de un agresor israelí. No hace falta un documento secreto. Hace falta solo un Estado ausente, un gobierno cómplice y una población que mira para otro lado. La Patagonia no está siendo robada con tanques y bombas: está siendo comprada, parcelada, legalizada y entregada con sonrisas, selfies y discursos de “hermandad”.

 

Hoy en día, los pueblos originarios , masacrados por Popper, desplazados por el Estado y olvidados por los gobiernos que firman con sus verdugos,  permanecen sin tierra, sin voz ni justicia. El sionismo actúa sin considerar a quienes habitan el territorio desde antes, ignorando fronteras, derechos e historias, reconociendo únicamente el poder de quienes le permiten avanzar.

 

La Patagonia se presenta como un territorio robado. La inacción de Argentina y Chile facilita que esta región se transforme en espacio ocupado, marcado por contratos, traiciones y la indiferencia de quienes deberían defenderla.

 

El tiempo se acaba. Y la historia no perdonará a quienes miraron para otro lado mientras el sur se convertía en la próxima colonia.

Fuente:

1) Julio Popper y Tierra del Fuego

  • Archivos del Centro Filderman para el Estudio de la Historia de los Judíos de Rumanía
  • Investigaciones del Museo Regional de Magallanes
  • Documentación de Swissinfo y del Museo de Magallanes sobre su labor de cartografía y colonización

 

2) Theodor Herzl y la Alternativa Patagónica

  • Documentos del Congreso Sionista de Basilea (1903)
  • Estudios académicos sobre las alternativas territoriales consideradas por el sionismo

 

3) Joe Lewis y Lago Escondido

  • Documentación legal sobre la compra de 13,000 hectáreas (1996)
  • Investigaciones de Thierry Meyssan y Camilo Gómez Montero
  • Reportes de medios como TRT Español y Revista De Frente

 

4) Presencia de soldados israelíes en la Patagonia

  • Declaraciones públicas del senador Eugenio Tuma (2013)
  • Caso documentado de Rotem Singer en Torres del Paine
  • Investigaciones sobre órdenes de captura de la Fundación Hind Rajab

 

5) Mekorot en Argentina

  • Contratos oficiales con 9 provincias (2023)
  • Documentación del Artículo 5 del Convenio Milei–Israel

 

6) Presencia e infraestructura militar

  • Acuerdos bilaterales Argentina–Estados Unidos
  • Proyecto “Raíces de Río Cóndor” en Chile


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