No es posible la convivencia pacífica con el anglo eterno

enero 05, 2026

 



La historia entre Estados Unidos y América Latina siempre muestra lo mismo: una relación de dominación. La idea de una convivencia pacífica nunca ha sido real; solo sirve para ocultar abusos y saqueos. Como latinoamericanos, lo hemos visto muchas veces: cuando hablan de cooperación o amistad, en realidad quieren imponernos su voluntad. Para ellos no somos iguales, somos su “patio trasero”.

 

No se puede hablar de una relación sana con los yankees porque nunca nos trataron con respeto. Desde hace casi dos siglos, su trato con nosotros ha sido de saqueo. La Doctrina Monroe no fue un gesto amistoso, fue un claro mensaje: América debía servir a los intereses de Estados Unidos. Desde entonces nos ven como proveedores de petróleo, minerales, mano de obra barata y mercados fáciles. No nos reconocen como pueblos con dignidad, sino como recursos que se usan y se desechan.

 

¿Cómo convivir con un país que ha promovido golpes de Estado, invasiones y castigos económicos para mantenernos débiles? No se puede. La historia lo demuestra. Guatemala en 1954, Chile en 1973, Cuba bloqueada durante décadas. Cada vez que un gobierno intenta tomar decisiones propias, Estados Unidos interviene directa o indirectamente.

 

Siempre dicen que es por democracia, comunismo o drogas, pero el verdadero motivo es proteger sus negocios y su poder. Apoyaron dictaduras sangrientas en el Cono Sur, grupos armados en Colombia y golpes como el de Honduras en 2009. Hoy siguen usando sanciones y “ayuda humanitaria” para controlar países como Haití o castigar a gobiernos que no se alinean con ellos, mientras hacen alianzas con dictaduras en otras partes del mundo sin ningún problema.

 

Ese trato paternalista, como si fuéramos incapaces de gobernarnos solos, ya no se puede aceptar. No son salvadores ni aliados desinteresados. Su política exterior ha demostrado que, cuando sus intereses están en juego, la vida humana no les importa. Lo que permiten y apoyan en Gaza es una prueba clara de eso.

 

Si toleran ese nivel de violencia allá, ¿por qué creer que aquí actuarían distinto? En América Latina ya hubo masacres por banano, petróleo y minerales. Panamá, Irak, Centroamérica: la lista es larga y dolorosa.

 

El problema es que el poder está totalmente desequilibrado. Estados Unidos tiene una economía, un ejército y una influencia global enormes. Controla organismos financieros que nos endeudan y nos condicionan. Frente a eso, América Latina aparece fragmentada, dependiente y vulnerable.

 

Aceptar esta situación como algo normal es resignarse a seguir siendo humillados. La pregunta ya no es si podemos convivir en paz, sino cómo dejar de vivir sometidos. Seguir creyendo en discursos vacíos solo beneficia a las élites locales que se arrodillan ante Washington.

 

La historia nos exige dejar de creer en cuentos y empezar a pensar seriamente en cómo romper esa dependencia. O construimos una verdadera autonomía como región, o seguiremos siendo tratados como una burda colonia. No más mentiras. No más engaños. Basta de aceptar una “paz” que solo sirve para que otros sigan mandando.

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