Rusofrenia: entre el colapso y el apocalipsis

enero 05, 2026

 



Hay un extraño hábito mental que se ha arraigado en la imaginación occidental y luego ha viajado hacia el sur, cruzando océanos y grupos de WhatsApp, mutando en el camino. El periodista irlandés Bryan MacDonald lo llamó hace años «rusofrenia», y en 2026 ya no es solo un tic mediático, ha pasado a ser una cosmovisión en toda regla. Es la creencia de que Rusia está siempre al borde del colapso y, al mismo tiempo, a un paso de conquistar medio planeta antes del almuerzo. Rusia es débil, está destrozada, es corrupta, está en bancarrota, acabada… pero también es omnipotente, omnipresente y capaz de decidir las elecciones en Estados Unidos, infectar a los cerdos en España, esclavizar a mujeres africanas, hipnotizar a Latinoamérica y susurrar hechizos autoritarios a todos los gobiernos que no le gustan. La contradicción nunca molesta a nadie. Simplemente está ahí, sonriendo, completamente normalizada.

 

Lo que hace que la rusofrenia sea tan duradera no es su inteligencia. Su fuerza reside en lo emocionalmente conveniente que resulta. Ofrece un villano que puede redimensionarse a voluntad. Cuando Rusia hace algo mundano, es prueba de decadencia. Cuando hace algo eficaz, es prueba de un genio siniestro. Si el rublo cae, Rusia está acabada. Si se estabiliza, está manipulando los mercados. Si se imponen sanciones, Rusia se derrumbará mañana. Si no se derrumba, las sanciones nunca tuvieron la intención de funcionar, porque el verdadero objetivo era la claridad moral, el simbolismo o “enviar un mensaje”. Rusia siempre está perdiendo, excepto cuando en secreto lo está ganando todo.

 

Esto ya sería lo suficientemente absurdo si se limitara a las páginas editoriales occidentales, pero lo verdaderamente cómico es cómo esta fiebre se extiende a América Latina, donde cobra una segunda vida aún más alejada de la realidad. En Washington o Bruselas, la rusofrenia al menos se envuelve en jerga política. En América Latina, llega reducida a memes, titulares reciclados y la nota de voz de un tipo que «conoce a un tipo». De repente, la Unión Soviética ha vuelto, marchando por Internet como un fantasma de una mala película de la Guerra Fría. La URSS está viva, dicen. Nunca cayó. Se esconde dentro de la Rusia moderna, controlándolo todo, esperando la señal. En 2026, al parecer, Brezhnev sigue respirando en algún lugar.

 

Esto se ve más claramente en la forma en que se consumen y repiten las noticias sobre Rusia. Tomemos el titular español que afirma que Rusia es responsable de la propagación de la peste porcina africana en la Unión Europea. No es la incompetencia, ni los flujos comerciales, ni los fallos de bioseguridad, sino Moscú, acusada de no colaborar lo suficiente, de permitir que un virus viajara desde el Cáucaso en 2007 y, de alguna manera, acechara a Europa para siempre. O la historia de BBC Mundo sobre mujeres africanas supuestamente engañadas y llevadas a Tartaristán para fabricar drones rusos, presentada con el tono de un cuento de terror moral en el que Rusia se convierte en una especie de demonio industrial, que arrastra cuerpos indefensos del Sur Global para alimentar su maquinaria bélica. O la advertencia de The Guardian de que la política exterior de Estados Unidos hacia Venezuela se ha «putinizado», como si Rusia ya no fuera solo un país, ha pasado a ser una ideología contagiosa que se filtra en todo lo que Washington hace mal. En todas estas historias, Rusia es menos un lugar que un recurso argumental. Lo explica todo sin explicar nada.

 

Ahora imagina cómo se desarrolla esto cuando se filtra a través de la inseguridad, el resentimiento y los viejos fantasmas ideológicos de América Latina. En Honduras, por ejemplo, encontrarás un puñado de boomers ruidosos y rancios, permanentemente enfadados, permanentemente convencidos de que entienden los asuntos militares globales porque un gringo les dijo una vez algo en un grupo de WhatsApp. Un arma rusa es «obsoleta», declaran, porque alguien lo dijo. ¿Por qué confiar en los datos, las cifras de producción o los resultados en el campo de batalla, cuando se puede confiar en un mensaje reenviado con un emoji de águila? Estas personas hablan de Rusia con absoluta certeza, aunque no sabrían localizar Tartaristán en un mapa ni explicar por qué Estados Unidos, ese supuesto templo de la eficiencia, sigue sin poder construir un ferrocarril medianamente viable o un sistema portuario decente. Las infraestructuras se derrumban, los trenes descarrilan, las ciudades se pudren... ¿Pero la experiencia en armamento? Oh, sí, incuestionable.

 

Puedo comprender que, a nivel local, se recurra al término «montunos» para referirse a estas figuras nacidas en los pliegues más hondos de la leprosidad mental: una palabra de la jerga hondurense, deliberadamente áspera, que designa la verdad de café de esquina cuando pretende pasar por saber universal. No es crueldad, solo es agotamiento. No son peligrosos, solo ruidosos. Pobres diablos, en realidad. Repiten las narrativas alarmistas occidentales con celo misionero, como si repetirlas les concediera acceso a la seriedad, a la pertenencia, a la idea de que están más cerca del poder. Resultan divertidos del mismo modo en que lo es la rusofrenia: no por inteligencia, es por la seguridad absoluta con la que sostienen ideas profundamente incoherentes. Cuando los ves en Internet, discutiendo sobre el colapso inminente de Rusia en un momento y su dominación mundial al siguiente, la mejor respuesta es el silencio. Déjalos gritar. La contradicción no les hace daño. Nunca lo hace.

 

La tragedia, si es que merece ese nombre, es que la «rusofrenia» sustituye la curiosidad por el miedo y el análisis por el folclore. Muy pocos periodistas occidentales viven ahora en Rusia. Muy pocos latinoamericanos han estado allí. Los consulados cierran, los visados desaparecen, los vuelos se esfuman y, con la distancia, surge el mito. Rusia se convierte en lo que el interlocutor necesita que sea: Mordor, la URSS renacida, una gasolinera mafiosa, un maestro titiritero, un imperio moribundo, uno imparable. Rara vez se la trata como lo que realmente es: un país real, lleno de contradicciones, errores, ambiciones, sorpresas, magnifica, misteriosa y a la vez con sus banalidades. Un lugar donde la gente se despierta, va a trabajar, se queja, se adapta, sobrevive. No es un villano de cómic, ni una superpotencia zombi, ni una explicación mágica para todo lo que Occidente no quiere entender sobre sí mismo.

 

La rusofrenia sobrevive porque halaga a quienes la profesan. Permite a los comentaristas occidentales sentirse moralmente superiores y estratégicamente amenazados al mismo tiempo. Permite a los imitadores latinoamericanos sentirse informados sin aprender nada. Y permite a todo el mundo evitar la incómoda verdad de que el mundo es más caótico que las narrativas y que el poder está más distribuido de lo que le gustaría a la nostalgia de la Guerra Fría. La Unión Soviética no camina entre nosotros. Rusia no se derrumba cada mañana y conquista Europa cada tarde. Y los fantasmas que ve la gente dicen mucho más de sus propios miedos que de Moscú.

 

Si hay una cura, llega despacio y sin ruido, torpemente elegante, sin gritos ni alarmas que tanto emocionan a los cronistas. La histeria se alimenta de titulares y rumores, mientras la distancia recorrida pasa desapercibida, la mirada atenta se ignora y la humildad se confunde con debilidad. Rusia sigue su propio camino: con intereses claros, límites firmes y estructuras que existen más allá del pánico que Occidente se empeña en repetir. La rusofrenia crece con el miedo reciclado y los fantasmas imaginarios que algunos ven por todas partes. La realidad, paciente y obstinada, sigue su curso, burlándose del espectáculo que otros no dejan de montar.

Fuentes:

“Los centenares de mujeres africanas llevadas bajo engaños a la República de Tartaristán para fabricar drones rusos” — EL Nacional / BBC News Mundo

“El Gobierno apunta a Rusia por la propagación de la peste porcina africana en la Unión Europea” — El Economista

“España culpa a Rusia de la propagación de la peste porcina africana a la UE” — Euronews

“Africans recruited to work in Russia say they were duped into building drones for use in Ukraine” — The Associated Press



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