Corea del norte tuvo razón

enero 04, 2026

 



Durante los años de la borrachera unipolar, cuando Estados Unidos se creía Dios con presupuesto infinito y Europa su monaguillo ilustrado, Corea del Norte fue presentada como un manicomio con bandera. La familia Kim era el chiste fácil, el villano de caricatura, el meme antes de que existieran los memes. Se decía que eran locos, irracionales, peligrosos para la humanidad, que su programa nuclear era una amenaza global. Y mientras tanto, los mismos que decían eso bombardeaban países enteros por sospechas, por informes falsos, por “inteligencia” inventada, por petróleo, por control geopolítico, por simple demostración de fuerza. Pero claro, eso era “intervención”, “estabilización”, “defensa de la democracia”. Corea del Norte, en cambio, era el mal absoluto. El guion era burdo, pero funcionó durante años porque nadie lo desafiaba.

 

Corea del Norte no solo tuvo razón: entendió antes que muchos la gramática real del poder en el sistema internacional, esa gramática que no se aprende en seminarios de “gobernanza global”, ni en resoluciones de la ONU, ni en el catecismo liberal de los derechos humanos, y en la historia concreta de quién sobrevive y quién es aplastado. Porque el mundo nunca fue un espacio de normas iguales para todos; es un campo jerárquico donde los fuertes dictan, los débiles obedecen y los ingenuos desaparecen. Corea del Norte decidió no ser ingenua.

 

Para comprender esto hay que retroceder al contexto en el que Pyongyang tomó su decisión nuclear. No fue un capricho, no fue locura, no fue delirio mesiánico. Fue una conclusión racional extraída de una experiencia histórica concreta: la Guerra de Corea, la destrucción sistemática del norte por bombardeos estadounidenses, la amenaza nuclear explícita durante los años cincuenta, el cerco permanente, el intento constante de asfixia económica y política. Corea del Norte nació bajo el trauma de una guerra donde Estados Unidos arrasó ciudades enteras y dejó claro que el exterminio total no era un tabú. Desde ese punto de vista, la idea de que el Estado debía garantizar su supervivencia por cualquier medio no era ideológica: era existencial.

 

Cuando comienza su programa nuclear, el mundo vivía la ilusión del “fin de la historia”. La Unión Soviética había colapsado, Estados Unidos se proclamaba árbitro moral del planeta y la hegemonía unipolar anglo-occidental parecía eterna. Fue en ese momento cuando Corea del Norte fue presentada como una anomalía peligrosa, un residuo irracional que debía ser corregido o eliminado. La propaganda occidental no descansaba: caricaturas grotescas, informes falsos, historias delirantes sobre su sociedad, todo mezclado con una narrativa insistente de que el programa nuclear norcoreano era “una amenaza para la humanidad”. Curiosamente, esa humanidad siempre coincidía con los intereses de Washington, Londres y sus satélites.

 

Mientras tanto, otros países que renunciaron a ese camino aprendieron la lección por la vía del castigo. Irak abandonó su programa nuclear: fue invadido, destruido y fragmentado. Libia entregó sus capacidades estratégicas: Gadafi terminó linchado, el Estado colapsó y el país se convirtió en un mercado de esclavos. Siria nunca tuvo armas nucleares: fue desangrada durante más de una década. Yugoslavia no tenía disuasión estratégica: fue bombardeada hasta desaparecer como proyecto soberano. La lista es larga, y el patrón es obscenamente claro. Los países sin disuasión nuclear pueden ser destruidos; los que la poseen, no.

 

Aquí es donde Corea del Norte aparece como una anomalía lúcida. Se mantuvo firme incluso cuando el costo fue altísimo: sanciones, aislamiento, hambrunas, estigmatización global. Persistió cuando el discurso dominante decía que estaba cavando su propia tumba. Persistió cuando los “expertos” occidentales aseguraban que el régimen colapsaría en cualquier momento. Persistió cuando se le negó toda legitimidad. Y, sin embargo, hoy es una potencia nuclear de facto, con capacidad balística real, con margen de maniobra diplomático, con un liderazgo que, guste o no, negocia de tú a tú con presidentes estadounidenses.

 

La comparación con el presente se impone por sí misma. Rusia permanece fuera del alcance de un ataque directo de la OTAN porque dispone de un arsenal nuclear capaz de devastar el planeta varias veces; ese es el único lenguaje que el poder atlantista reconoce cuando la posibilidad de una guerra total entra en escena. Irán, acusado durante décadas de desarrollar armas nucleares que nunca se han probado, ha soportado sabotajes, asesinatos selectivos y una guerra encubierta permanente; aun así, no fue arrasado ni atacado de manera abierta por Israel, no por escrúpulos éticos ni por moderación estratégica, debido a que el impacto regional habría sido catastrófico y porque, en un momento decisivo, Pakistán dejó claro que Irán contaba con una cobertura estratégica. Existía un paraguas nuclear dispuesto a operar en caso de que la agresión cruzara ciertos límites. Ese mensaje, implícito, pero perfectamente entendido, bastó para congelar una escalada directa. Israel, por el contrario, posee armas nucleares reales, no declaradas y jamás sometidas a inspección internacional, y ese respaldo estratégico último le permite ejecutar un genocidio fanático contra el pueblo palestino con una impunidad que resultaría impensable sin esa ventaja estructural. Nadie lo toca. Nadie lo sanciona con contundencia. Nadie lo enfrenta en el plano militar. Esa es la verdad desnuda del sistema internacional.

 

En este contexto, no es casual que países del Golfo hayan explorado acuerdos de seguridad con potencias nucleares. Arabia Saudí lleva años dejando claro que no aceptará quedar desnuda estratégicamente en una región nuclearizada de facto. Su relación con Pakistán, única potencia nuclear islámica, no es un secreto: cooperación militar, entendimientos estratégicos, la posibilidad implícita de un paraguas disuasivo. No hace falta un tratado firmado con letras doradas para entender lo que eso significa: la disuasión nuclear se ha convertido en moneda de negociación, en seguro de supervivencia, en requisito para sentarse a la mesa sin ser tratado como colonia potencial.

 

Y aquí es donde el discurso moralista occidental se derrumba por completo. Porque quienes hoy lloran por la “proliferación nuclear” son los mismos que bombardearon Hiroshima y Nagasaki, los mismos que mantienen miles de ojivas activas, los mismos que modernizan sus arsenales, los mismos que jamás han tenido la intención real de desarmarse. Lo que les molesta no es la bomba: es quién la tiene. No toleran que países del sur global posean el mismo poder último que ellos usan como garantía de impunidad.

 

Por eso Corea del Norte debía ser demonizada. Porque era un mal ejemplo. Porque demostraba que incluso un país pequeño, sancionado, aislado, podía desafiar el orden unipolar si estaba dispuesto a pagar el precio. Porque mostraba que el chantaje económico no siempre funciona. Porque revelaba que el derecho internacional es papel mojado cuando no está respaldado por fuerza material. Corea del Norte rompió la ilusión de que el mundo podía ser administrado eternamente desde Washington y Bruselas.

 

Y hoy, con la hegemonía occidental en crisis, con guerras que no pueden ganar, con alianzas que se fracturan, con un orden multipolar emergente, esa lección se vuelve imposible de ignorar. Corea del Norte no pidió permiso. No esperó aprobación. No confió en garantías de seguridad que jamás llegan. Apostó por la disuasión máxima. Apostó por sobrevivir. Apostó por no ser otro Irak, otra Libia, otra Yugoslavia.

 

Que a alguien le guste o no el sistema político norcoreano es irrelevante. Que a alguien le parezca simpática o detestable la dinastía Kim es secundario. Este no es un texto sobre afectos, es un texto sobre realismo brutal. Y el realismo dice que Corea del Norte hoy existe como Estado soberano precisamente porque tiene armas nucleares. Dice que nadie se atreve a invadirla. Dice que negocia desde una posición de fuerza. Dice que Occidente la insulta, pero la respeta. Dice que su pueblo no fue reducido a escombros como tantos otros del sur global.

 

Por eso, cuando uno observa el mundo actual, con toda su violencia selectiva, con sus genocidios tolerados, con su hipocresía estructural, resulta evidente que Corea del Norte no fue un error histórico, es en esencia una advertencia. Una advertencia que muchos países empiezan a comprender demasiado tarde. El tiempo, que no tiene ideología ni banderas, ha hecho su trabajo. Y su veredicto es incómodo, pero claro: Corea del Norte tuvo razón.

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