América Latina ante la embestida del eterno anglo

enero 04, 2026

 



América Latina enfrenta un problema que va más allá de lo económico y lo ideológico. Se trata de una dificultad más profunda: la incapacidad de pensarse como un conjunto y de actuar de manera coordinada frente a un poder que opera con estrategia, paciencia y una crudeza cada vez más visible. Lo ocurrido en Venezuela no constituye una excepción ni un error histórico. Funciona como una señal clara, como una advertencia directa. El trato aplicado a ese país responde a una lógica simple y conocida: la obediencia obtiene recompensas y la búsqueda de autonomía recibe castigo.

 

Las sanciones y los bloqueos funcionan como armas silenciosas. Su propósito es deteriorar la vida cotidiana de poblaciones enteras y producir un profundo desgaste social. El hambre, la migración forzada, las crisis y la desesperación aparecen como consecuencias predecibles de este proceso. Nada de esto ocurre por casualidad. Una vez causado el daño, quienes lo instigaron asumen el papel de observadores externos y presentan el desastre como un problema interno. Esta narrativa resulta devastadora por su efectividad y su naturaleza casi invisible.

 

Este tipo de dominación se basa en el control de la narrativa. Los grandes medios de comunicación no se limitan a informar sobre los acontecimientos; establecen prioridades, enmarcan los problemas y toman decisiones. Determinan qué conflictos merecen atención, qué países evocan empatía y cuáles están destinados al castigo. La aceptación acrítica de esta perspectiva implica una pérdida de soberanía intelectual. La sociedad comienza a interpretarse a sí misma utilizando categorías ajenas y a evaluarse con criterios impuestos desde el exterior.

 

La fragmentación social desempeña un papel clave en este proceso. Una sociedad dispersa, centrada en el individuo y atrapada en disputas secundarias carece de fuerza colectiva. La ausencia de un proyecto común vacía la política y facilita la concentración de poder. En este contexto, la represión abierta deja de ser central, porque la despolitización, la confusión y el ruido constante producen el mismo efecto.

 

La libertad adquiere entonces una forma superficial. Actos como votar, consumir o expresar opiniones continúan, mientras que las decisiones estructurales, modelos económicos, control de recursos, política exterior y dirección del desarrollo, quedan fuera del alcance real de la sociedad. La pérdida de libertad comienza cuando las palabras dejan de generar consecuencias reales.

 

Uno de los mecanismos más peligrosos de este orden es la adaptación al deterioro. Las sociedades aprenden a vivir peor, a aceptar menos derechos, menores expectativas y un futuro menoscabado. El colapso no se produce de forma abrupta; progresa mediante la normalización del daño. Se arraiga la idea de que aún es posible resistir un poco más. Con el tiempo, la comparación entre el presente, el pasado y las posibilidades frustradas desaparece. Esta adaptación gradual funciona como una derrota silenciosa.

 

Cuando el malestar comienza a manifestarse, el sistema suele anticiparlo. La censura explícita no siempre ocupa un lugar central. La estigmatización, el ridículo y el miedo bastan para expulsar ciertos temas del debate público. Algunos asuntos provocan incomodidad al principio, luego se consideran inaceptables y finalmente desaparecen de la conversación. En este punto, la democracia se reduce a una estructura formal vacía, porque las preguntas fundamentales dejan de circular.

 

Todo esto revela una verdad incómoda: la política está conectada con el futuro. Se trata de quién la diseña y quién se beneficia de ella. Los pueblos que abandonan el pensamiento a largo plazo terminan habitando un mañana construido por otros. Venezuela demuestra el alcance de esta lógica cuando la presión externa se combina con las debilidades internas.

 

Este escenario no puede afrontarse con discursos suaves ni moralismo. Tampoco puede afrontarse con ingenuidad. Requiere organización, conciencia política y una verdadera capacidad colectiva. La falta de redes sociales activas, un proyecto común y una comprensión clara del funcionamiento del poder global expone a cualquier país latinoamericano a un destino similar. El color ideológico de un gobierno es secundario a su margen real de autonomía.

 

El poder dominante ya no necesita ocupar territorios. La fragmentación, el aislamiento, la asfixia y la espera cumplen esa función. Venezuela no encarna el problema; representa la advertencia. América Latina hoy sigue sin estar preparada para una presión que avanza sin pedir permiso y sin ofrecer segundas oportunidades.


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