El ataque a Venezuela y la urgencia de armas nucleares en América Latina
enero 03, 2026Este texto no pide permiso ni
busca quedar bien. Nace del hartazgo. Del hartazgo de ver cómo se repite la
misma escena una y otra vez: países sometidos, castigados, bombardeados o
amenazados mientras se nos exige paciencia, moderación y fe en tratados que
solo sirven cuando convienen al más fuerte. Al Anglo eterno no le interesa tu
ética, ni tu cultura, ni tu sufrimiento. No dialoga contigo: te mide. Y si te
ve débil, te aplasta sin remordimiento.
Durante décadas se nos educó para
creer que la buena conducta nos protegería. Que hablar bonito, condenar con
comunicados y bajar la cabeza evitaría la violencia. No funcionó. Nunca
funcionó. Gaza no fue un error ni un exceso: fue una advertencia. Un ensayo
brutal para mostrar hasta dónde están dispuestos a llegar cuando nadie puede
detenerlos. Lo que pasó ahí no es ajeno ni lejano; es un aviso para todos los
que no tienen con qué responder.
Aquí la pregunta no es si las
armas nucleares gustan o no. Eso es irrelevante. La pregunta es cuántas veces
más vamos a ver a nuestros países humillados antes de entender que sin poder
verdadero no hay freno posible para la maquinaria bélica asesina del sionismo
anglosajón. ¿Cuánto más vamos a esperar? ¿Hasta que nos toque directamente? Esa
es la pregunta que le hago a la comunidad latinoamericana.
Yo ya no quiero seguir viendo
imágenes de países violados, de pueblos convertidos en campo de prueba, de
naciones tratadas como descartables. No voy a fingir neutralidad ni tibieza. En
esencia, soy partidario de las armas nucleares. Sin rodeos. Sin maquillaje. Yo
solo creo en tres cosas: misiles hipersónicos, armas nucleares y Jesucristo.
Hoy en día vuelve a hablarse de
armas nucleares por una razón muy clara: los ataques recientes de Estados
Unidos, primero contra Irán y ahora contra Venezuela, dejaron en evidencia algo
que muchos prefieren ignorar. En el mundo real, los países que no pueden
responder con fuerza extrema son atacables. Así de simple.
Vale la pena mencionar que
Venezuela no fue golpeada por hacer algo nuevo o excepcional. El golpe ocurre
porque resulta vulnerable. Carece de un poder capaz de obligar al agresor a
pensarlo dos veces. Cuando no existe un límite que infunda temor, las potencias
actúan con comodidad. No hay castigo real ni riesgo existencial que funcione
como freno.
Es importante entender por qué el
tema nuclear vuelve a aparecer en conversaciones comunes, redes sociales y
debates públicos. Mucha gente está diciendo lo mismo, aunque con palabras
distintas: los países con armas nucleares no son invadidos directamente. Corea
del Norte no es atacada porque el precio sería demasiado alto. Rusia no es
tocada de forma directa por la misma razón. No es moralidad, es miedo.
En este escenario, mucha gente
destaca una verdad incómoda: Irán fue atacado mientras aún carecía de un arma
nuclear operativa. La posesión de esa capacidad habría bloqueado cualquier
ataque. Las consecuencias habrían resultado incontrolables para Estados Unidos.
Hoy la discusión no se centra en
emplear armas nucleares, gira alrededor de tenerlas como mecanismo de
contención. Mucha gente lo afirma sin rodeos: esas armas cumplen una función
disuasoria. Su razón de existir reside en impedir que otros se atrevan a atacar.
Se trata de un seguro brutal, y aun así demuestra eficacia.
Vale la pena mencionar que
América Latina vive en una fantasía peligrosa. Cree que ser una “zona de paz”
la protege. Pero en la práctica eso solo significa que no tiene con qué
defenderse de verdad. El desarme no ha evitado golpes, sanciones, bloqueos ni
ataques. Solo ha facilitado que ocurran sin costo alto para el agresor.
Es importante entender que
quienes más critican la proliferación nuclear son, casi siempre, quienes ya
tienen esas armas. A los demás se les pide paciencia, diálogo y buena conducta.
Pero la historia reciente muestra que portarse bien no salva a nadie.
En esta situación, muchas
personas están llegando a una conclusión básica: sin disuasión real, la
soberanía es frágil. No basta con discursos, tratados o condenas
internacionales. Si no puedes hacer que el otro tema perderlo todo, no te
respeta.
Hoy en día el miedo a la guerra
nuclear permanece. Ha regresado al centro del debate. No surge del deseo de un
fin del mundo, nace de la comprensión de que el mundo ya es violento y de que
los conflictos solo se contienen cuando el costo resulta demasiado alto.
Vale la pena decirlo sin vueltas:
los países sin poder extremo son terreno disponible. Venezuela lo demuestra.
Irán lo confirma. Y mientras América Latina siga creyendo que la debilidad es
una virtud, seguirá siendo tratada como un espacio que puede ser golpeado sin
consecuencias graves.
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