Dune y la geopolítica planetaria

enero 02, 2026

 



La política en Dune no se despliega en el plano de los Estados, ni siquiera en el de los imperios. Se articula en una dimensión más profunda y más extensa que cualquier forma política convencional: la del planeta entendido como unidad integral de dominación. Arrakis no funciona como territorio delimitado; opera como una totalidad cerrada, una entidad geopolítica absoluta, un mundo íntegro sometido a una lógica extractiva que excluye toda exterioridad. Desde esta perspectiva, Dune no relata una disputa clásica por el poder, sino una transformación radical del propio poder: el paso de la geopolítica tradicional a una planetocracia extractiva, en la que el dominio se ejerce sobre sistemas ecológicos completos y no sobre comunidades humanas.

 

La soberanía se define por el control directo del planeta. Quien controla la arena controla el tiempo, la forma en que las personas perciben la realidad y la posibilidad de viajar entre estrellas. Ese control influye en la historia de manera profunda y constante.

 

La melange actúa como una sustancia central del poder. Une distintos tipos de dominio, político, económico y simbólico, en una sola fuerza que lo organiza todo. Arrakis, por su carácter absoluto, se sostiene mediante una violencia permanente. Esa violencia atraviesa cada grano de arena, cada cuerpo y cada decisión que ocurre en el planeta.

 

Herbert reemplaza la idea de progreso ilustrado con una lógica más antigua y rigurosa, la del nomos planetario, un orden que se origina en la apropiación integral del espacio total y en la articulación de la totalidad del planeta en un acto fundacional permanente que exige obediencia y elimina la pluralidad, condensando la soberanía en la arena misma, que actúa simultáneamente como frontera, recurso, arma y sacramento.

 

Junto a este teluroplanetarismo absoluto aparece otro poder que se despliega de manera complementaria: el Gremio gobierna flujos y regula movimientos interestelares, ejerciendo autoridad sobre la circulación y las rutas entre planetas. Su influencia resulta decisiva incluso sin ejércitos ni símbolos visibles de ideología, mientras la soberanía planetaria define las condiciones materiales de su poder. La interacción entre estas formas de dominio genera un equilibrio complejo que articula al Imperio, donde el control de planetas, recursos y flujos se vuelve inseparable.

 

La religión se convierte en un tercer elemento capaz de reconfigurar estas estructuras. En Dune, la fe precede al poder y se transforma en infraestructura estratégica. Las Bene Gesserit implantan creencias como semillas de largo plazo, y la profecía opera como planificación milenaria que guía decisiones futuras. La obediencia y la interpretación correcta de estas estructuras simbólicas determinan la extensión del poder, mientras la guerra se desarrolla en el terreno de los sentidos, en un espacio donde las acciones se articulan con los significados que les dan forma.

 

Paul Atreides concentra esta lógica en su figura. Su autoridad no depende de la fuerza, la ley ni la legitimidad tradicional, sino de su capacidad para proyectar futuros posibles y definir inevitabilidades. Su existencia configura un estado donde las alternativas dejan de ser concebibles, y la profecía funciona como motor de acción que mueve ejércitos y pueblos. La fe colectiva reemplaza al individuo como centro del poder, y Paul encarna un monarca profético-total cuya soberanía se fundamenta en la inevitabilidad, mostrando las consecuencias de un poder que se despliega más allá de la voluntad humana, afectando simultáneamente historia y creencia.

 

Desde esta perspectiva, Arrakis puede leerse como núcleo absoluto de un mundo continental, un Heartland llevado al extremo que condiciona al sistema-mundo entero. El Imperio depende de la arena, el Gremio de la melange, mientras el planeta mantiene autonomía frente a cualquier intento de subordinación. La geopolítica clásica se invierte: los imperios se subordinan a la lógica de los recursos y del ecosistema, y los intentos de domesticar el desierto provocan fanatismo en lugar de estabilidad.

 

La ecología se transforma en principio de poder y genera lo que podría denominarse ecoteocracia planetaria, un régimen donde la gestión del ecosistema define la política mediante formas sagradas, donde el agua adquiere valor de sacramento y los cuerpos humanos funcionan como depósitos de soberanía, mientras la política se inscribe en la carne y la ley deja de ser relevante frente a la dinámica del desierto y la fe.

 

La tragedia de Dune emerge de la imposibilidad de escapar a la lógica que la misma historia activa. La visión completa se convierte en carga que acelera los acontecimientos, y la expansión de la violencia justificada por la revelación se manifiesta como proceso inevitable. La obra obliga a contemplar una geopolítica que excede al Estado, al capital y a la ideología, en un cosmos donde el planeta actúa como sujeto político, la religión funciona como infraestructura estratégica y el poder se desencadena en lugar de administrarse.

 

Dune recuerda que ciertos espacios no permiten liberalización ni reformas: exigen orden o exterminio. Cuando el poder se funda en la tierra, la fe y la visión total del futuro, los héroes desaparecen, dejando únicamente administradores de un destino irreversible, responsables de la gestión de un orden que no puede alterarse. La obra muestra que la política puede configurarse como inevitabilidad, y que comprender la historia no detiene su curso; únicamente permite participar en su expansión.


Fuente:

Carl Schmitt – Teoría del Nomos de la Tierra

Mark Koyama – The Political Economy of Dune

Diva Portal – Dune and Political Structures

Lamintang Journal – Ecology and Exploit in Dune

Wikipedia – Cofradía Espacial

Green Left – Dune, Emperor Trouble, Arrakis and Imperialism

Vocal Media – Dune and Oil: The Real World Influence


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