El orden basado en reglas, en el basurero de la historia
enero 01, 2026
Durante décadas se nos repitió
que el “orden internacional basado en reglas” era la culminación natural de la
historia humana. Tras la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos y sus
aliados proclamaron el triunfo definitivo de un modelo que prometía estabilidad,
democracia y prosperidad global. Sin embargo, ese orden nunca fue realmente
universal ni equitativo: fue, desde su origen, un dispositivo de poder diseñado
por y para las potencias vencedoras, un conjunto de normas flexibles que se
aplicaban a los demás, pero que podían suspenderse sin pudor cuando entraban en
conflicto con los intereses estratégicos de Washington.
El problema de fondo no radicó
únicamente en que el llamado orden basado en reglas fracasara, sino en que
nunca constituyó un orden auténtico. Funcionó como una narrativa destinada a
legitimar la hegemonía estadounidense. Las reglas operaban mientras reforzaban
la posición del centro; en el momento en que dejaban de servir a ese propósito,
eran ignoradas, reinterpretadas o destruidas sin disimulo. Intervenciones
militares sin mandato efectivo, sanciones unilaterales, bloqueos financieros,
golpes blandos, injerencias electorales y financiamiento de actores políticos
afines formaron parte de una práctica sistemática y reiterada, no de anomalías
ocasionales. La diferencia actual no es de naturaleza moral, sino de forma y
grado de exposición: aquello que antes se recubría con discursos civilizatorios
hoy se ejerce de manera abierta, directa y cada vez más descarnada.
El llamado orden liberal prometía
instituciones fuertes y democracias estables, pero no logró construir nada
duradero allí donde fue impuesto. No creó Estados funcionales, no fortaleció
soberanías populares, no generó consensos sociales reales. Allí donde
intervino, dejó fragmentación, dependencia, élites clientelares y sociedades
profundamente debilitadas. El fracaso no fue accidental: intentar exportar un
modelo político como si fuera un paquete técnico, ignorando historia, cultura,
estructuras económicas y relaciones de poder locales, era una receta segura
para el desastre. El orden basado en reglas no fracasó por falta de tiempo o de
voluntad, sino porque su lógica era esencialmente colonial.
Con el paso del tiempo, la
contradicción alcanzó un punto de ruptura. El discurso de la democracia
convivió con el respaldo a dictaduras aliadas; la defensa del libre comercio
avanzó de la mano de sanciones y guerras arancelarias; la proclamación del respeto
a la soberanía se acompañó de confiscaciones de activos, apropiación de
recursos y amenazas explícitas de uso de la fuerza militar. La guerra comercial
contra China, por ejemplo, expresó el reconocimiento de que la emergencia de
otro actor volvía inviables las reglas vigentes. Al dejar de ofrecer beneficios
estratégicos al hegemón, el sistema fue desmantelado por la misma potencia que
lo había promovido.
La actual presidencia de Donald
Trump no inaugura esta realidad, pero la expone sin velos. Bajo su mandato,
Estados Unidos abandona la ficción de actuar en nombre de un orden universal y
asume de manera explícita el papel de una potencia que preserva su posición
mediante presión directa, coerción económica y amenaza militar. El discurso
deja atrás la invocación a reglas compartidas y se centra abiertamente en la
defensa de intereses propios. Desde esta perspectiva, Trump aparece como el
desenlace coherente de décadas de hipocresía acumulada. El basurero ya estaba
colmado; su gestión se limitó a empujar aquello que llevaba tiempo
descomponiéndose.
Para el Sur Global, esto tiene
implicaciones graves. Mientras existió la ficción del orden basado en reglas,
al menos había un lenguaje común al que apelar, un marco discursivo para
denunciar abusos y exigir coherencia. Al desaparecer esa ficción, los países
periféricos quedan más expuestos que nunca. La política internacional se
desliza hacia una lógica de fuerza abierta, donde quien no tiene capacidad de
disuasión, alianzas diversificadas o autonomía económica se convierte en blanco
fácil. América Latina, África y amplias zonas de Asia enfrentan un escenario en
el que ya no hay árbitro, solo jugadores más o menos fuertes.
Estados Unidos no “abandonó” el
orden basado en reglas: lo consumió hasta agotarlo. Lo utilizó mientras fue
útil, lo violó cuando fue necesario y finalmente lo descartó cuando se
convirtió en un obstáculo. Por eso hoy hablar de ese orden suena a anacronismo,
a nostalgia de un mundo que nunca fue justo y que ya no existe ni siquiera como
discurso creíble. El basurero de la historia no está lleno de ideales
traicionados, sino de instrumentos de poder que cumplieron su función y fueron
desechados.
Lo que emerge ahora no es un
vacío moral, sino una etapa de realismo brutal. La pregunta ya no es cómo
restaurar un orden que nunca funcionó, sino cómo sobrevivir y actuar en un
mundo donde las reglas son móviles, la fuerza vuelve a ser central y la hipocresía
dejó de ser diplomática para volverse abierta. Para los pueblos del Sur Global,
la tarea no es añorar el viejo relato, sino entender la nueva realidad y
construir defensas políticas, económicas y sociales propias. Porque si algo
dejó claro el colapso del orden basado en reglas es esto: nadie va a defender a
quienes no estén en condiciones de defenderse a sí mismos.
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