El lodazal electoral y la jaula institucional

diciembre 30, 2025

 


El fenómeno que algunos llaman “engaño electoral” no es un error ni algo accidental. Es una jaula institucional que organiza la política hondureña con precisión. Dentro del CNE, el voto deja de ser una expresión del ciudadano y se convierte en un material de negociación. La democracia formal sigue existiendo como ritual, pero en la práctica desaparece detrás de puertas cerradas.

 

El voto mantiene su forma y su valor simbólico, pero pierde fuerza política al entrar en la jaula. Deja de decidir directamente y pasa a alimentar decisiones que dependen de acuerdos internos, presiones y negociaciones de poder. La voluntad del pueblo existe solo en teoría; en la práctica, pesa poco frente a quienes saben mover los hilos dentro del sistema. La soberanía ciudadana se convierte en un simulacro cuidadosamente organizado.

 

El CNE funciona como un espacio para administrar el proceso electoral, integrando las tensiones de los actores más poderosos y definiendo qué resultados se consolidan. Contar votos tiene un carácter formal, mientras que las decisiones que realmente marcan el rumbo político se toman en la certificación. La verdadera competencia se da dentro de la jaula: cada procedimiento y cada acuerdo interno cambian el sentido del voto y reducen la participación ciudadana a un gesto simbólico, aunque legalmente correcto.

 

La fuerza del sistema radica en la apariencia de legalidad. Reglamentos, plazos y procedimientos funcionan como un escudo que oculta cómo se controla realmente el poder. Todo parece técnico y correcto, mientras la política real se hace detrás de puertas cerradas. El fraude no es obvio ni fácil de señalar; se despliega de manera natural y silenciosa.

 

El mensaje para la ciudadanía es claro: votar tiene forma, pero no asegura resultados. La participación depende de la capacidad de los representantes para influir dentro de la jaula. Votar se convierte en un gesto formal; el desencanto se normaliza y la resignación se vuelve parte del día a día. El sistema funciona como fue diseñado, con precisión.

 

La jaula se mantiene porque no depende de personas ni de casualidades. Favorece a quienes pueden intervenir después del conteo y excluye a quienes no tienen acceso, aunque cuenten con apoyo social. La jerarquía no sale de la elección, sale de controlar lo que se puede contar y lo que queda afuera.

 

La democracia hondureña no se rompe con golpes visibles ni con robos evidentes. Se vacía en silencio. La jaula del CNE mantiene la continuidad institucional mientras deja al ciudadano como testigo de un proceso que ya no le pertenece. Los resultados se reconocen, la democracia formal persiste, pero su contenido real desaparece. Votar se vuelve un ritual que legitima todo… menos la decisión del pueblo.

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