Honduras no está secuestrada por diez familias: está capturada por una red oligárquica mucho más amplia

diciembre 30, 2025

 



Miren, siéntense, que esto va para largo y conviene tener el vaso lleno.

 

Existe en Honduras una postal. Una de esas imágenes cómodas que se cuelgan en la pared del imaginario nacional y ya nadie se molesta en descolgar. La postal dice así: hay diez señores, diez apellidos pesados, diez magnates con puro y helicóptero que se lo comen todo. Fin de la historia. Villanos de caricatura, casi con capa y bigote retorcido, como el Lex Luthor de turno frente a un Superman que, ay, nunca aterriza.

 

Y la postal funciona. Vaya si funciona. Porque nombra un dolor verdadero: la riqueza obscena en un país donde la gente hace fila para irse. Eso no me lo discute nadie. La indignación es legítima, es sana, es hasta bíblica. “Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja”, ya saben cómo sigue. El problema no es la rabia. El problema es la puntería.

 

Porque a un enemigo mal contado se le combate peor.

 

Pues bien. Déjenme contarles el secreto a voces, ese que todos intuyen pero pocos dicen en la sobremesa.

 

¿Ustedes de verdad creen que el poder en este país cabe en una lista de diez nombres? ¿En serio? ¿Acaso alguien piensa que semejante maquinaria de siglos se gobierna desde diez oficinas con vista al mar?

 

Permítanme la carcajada.

 

El poder hondureño no es un monstruo con diez cabezas al que le cortas las cabezas y ¡zas!, se acabó el circo. No, señores. El poder hondureño es una hidra. Y para el que faltó a clase de mitología: la hidra era aquel bicho de Lerna al que Hércules le cortaba una cabeza y le brotaban dos. Cada linaje, un cuello. Cada apellido, un colmillo. Le tumbas al magnate famoso, el de la revista, el del ranking, y del muñón te salen quince primos, tres cuñados y un compadre que ya era alcalde antes de que tú aprendieras a caminar.

 

Eso es lo que la postalita de los diez villanos no te cuenta. Y no te lo cuenta porque no le conviene.

 

Vamos por partes, que dijo Jack el Destripador.

 

Aquí hay estudios serios, el del ERIC-SJ, el del CEDOH, que no hablan de diez señores. Hablan de algo mucho más incómodo: de alrededor de un centenar de familias. No es un censo notariado, ojo, no vayan a pedirme la lista con cédula y fotografía. Es una estimación estructural, una radiografía. Pero con eso basta para que se les caiga la venda.

 

Un centenar de familias. Un núcleo duro de grandes grupos económicos, sí, esos que todos conocen. Pero rodeados, abrazados, más bien, por una constelación de clanes criollos que operan en cada rincón del Estado como quien opera en la finca del abuelo.

 

Y aquí conviene detenerse en una palabra que a mí me encanta: clan. No dije empresa. No dije corporación. Dije clan. Porque estos señores no funcionan como una junta directiva de Wall Street. Funcionan como los Corleone.

 

¿Recuerdan El Padrino? Aquella escena en que Don Vito, viejo ya, le explica a Michael quién dará la señal de la traición: “El que venga a proponerte la reunión con Barzini... ese es el traidor.” El poder no está en el grito ni en el disparo. Está en el apellido, en la mesa, en quién se sienta dónde en la boda. Michael no hereda una empresa: hereda una red. Padrinos, ahijados, favores que se cobran en la tercera generación.

 

Pues eso, pero en trópico. Con guayabera en vez de esmoquin, y con la mano en la Biblia mientras la otra firma la concesión.

 

El poder no se hereda como una casa. Se hereda como un apellido: sin escritura, pero con testigos.

 

Ustedes saben, lo saben aunque no lo digan, que a estos clanes les importa un rábano salir en Forbes. ¿Para qué? El ranking internacional es para los novatos, para los que necesitan que un gringo les valide la fortuna.

 

El clan criollo se mide de otro modo. Se mide en contratos públicos que llegan puntuales como la Navidad. En licencias otorgadas sin competencia, porque la “competencia” era el sobrino. En juzgados que se ponen sordos cuando conviene y en fiscalías con una vista excelente para lo ajeno y una miopía prodigiosa para lo propio. Se mide en diputaciones eternas, de esas que uno cree que vienen incluidas en la partida de nacimiento, y en la naturalidad pasmosa con la que ocupan lo público como si fuera el patio de su casa.

 

Y digo naturalidad y no me corrijo. Porque ahí está lo genial y lo trágico del asunto: lo hacen sin culpa. Con la conciencia tan tranquila como el que respira.

 

Ahora bien, permítanme fingir por un momento que me creo el cuento oficial.

 

Ah, qué familias tan meritorias. Qué genios empresariales. Qué talento excepcional el de haber nacido con el apellido correcto en la cama correcta. Qué visión la de heredar el juzgado, la notaría y el municipio. Aplaudamos, señores, pónganse de pie, que ante nosotros tenemos a los Einstein de la exoneración fiscal, a los Steve Jobs de la concesión sin licitación.

 

¿Verdad que suena magnífico?

 

Ahora quítenle el sarcasmo y les queda el hueso pelado: en Honduras, el poder no ha sido un premio al mérito. Ha sido un derecho de herencia. Y no hay CV que compita con una partida de nacimiento bien firmada.

 

Miren, se los digo claro: si esto lo oyen en la tele adornado de “espíritu emprendedor” y “familias visionarias que construyeron el país”, cambien de canal o, mejor, apaguen. Timeo Danaos et dona ferentes, desconfía de los griegos aunque traigan regalos, que decía Virgilio. Traducido al barrio: cuando el poderoso te sonríe y te habla de progreso, cuéntate los dedos después del apretón de manos.

 

Y llegamos al meollo, a la pregunta del millón.

 

¿Por qué cambian los presidentes, los colores, los himnos de campaña, y la cosa sigue igualita? ¿Por qué la reforma fiscal se disuelve como aspirina en agua? ¿Por qué la exoneración es más inmortal que Wolverine? Ese sí, el de Marvel, al que le disparas y se regenera mientras te mira con cara de aburrido.

 

La respuesta es simple y es amarga: porque el disfraz cambia, pero el cuerpo debajo es el mismo. Llega el caudillo nuevo, el mesías de turno, el que jura que ahora sí, que él viene a barrer. Y a los seis meses ya está cenando con los de siempre, aprendiendo dónde se sienta cada quién en la boda. La política hondureña gira como una feria: mucho movimiento, mucha musiquita, y siempre volvés al mismo punto de partida.

 

Volviendo a lo nuestro: por eso la obsesión con los diez magnates es tan cómoda para el sistema. Es la coartada perfecta. Mientras la gente apedrea las diez estatuas visibles, las noventa familias invisibles siguen operando el país en pantuflas, sin que nadie las mire.

 

Al ladrón que roba a la vista lo ve todo el mundo; al que roba con firma y sello, nadie lo persigue.

 

Entonces, ¿qué toca? ¿Resignarse? Ni de broma.

 

Toca despertar, pero despertar en serio, no el despertar de consigna y camiseta. Despertar aquí significa una cosa muy concreta y muy incómoda: aprender a leer los apellidos. Rastrear trayectorias. Preguntarse quién ha ocupado qué silla durante cuántas décadas. Quién reaparece en todos los gobiernos como el villano que creíamos muerto al final de la película y sale otra vez en la secuela. Quién financia las campañas de los que se dicen enemigos. Quién controla el medio local que te cuenta las noticias.

 

Es un trabajo de detective, sí. Menos glamoroso que la revolución, lo admito. Aquí no hay barricada épica ni banda sonora. Hay archivo, registro público, memoria terca. La vigilancia ciudadana tiene que volverse más aburrida y más precisa a la vez: menos grito y más lupa.

 

Porque, y con esto cierro, que ya me alargué y el vaso está vacío, el problema hondureño no es un accidente ni una maldición cultural. No es que “así somos” ni que “Dios nos hizo pobres”. La pobreza aquí tiene autores. Tiene apellidos. Tiene una administración larga, paciente y sistemática del saqueo, disfrazada de tradición.

 

La hidra no se mata a machetazos de indignación. Se mata mirándola entera, cuello por cuello, hasta contarle todas las cabezas.

 

Y el día que el hondureño aprenda a contar apellidos como cuenta monedas, ese día empezará a cambiar algo. Antes, no. Antes, seguiremos aplaudiendo diez villanos mientras cien nos vacían la casa.

Fuentes

  • Élites, redes de poder y régimen político en Honduras - Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación (ERIC-SJ), Compañía de Jesús en Honduras.
  • Élites, democracia y política en Honduras - Centro de Documentación de Honduras (CEDOH), análisis de Jorge Illescas Oliva.
  • Cuando la corrupción es el sistema operativo - Sarah Chayes, Carnegie Endowment for International Peace.
  • Honduras: élites, crimen organizado y captura del Estado - InSight Crime.
  • Concentración de poder económico y desigualdad en Honduras - Nelson Ávila, intervenciones y análisis públicos (académico-políticos).
  • Neoliberalismo, concesiones y despojo en Honduras - ERIC-SJ / Oxfam América Latina.

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