Honduras no está secuestrada por diez familias: está capturada por una red oligárquica mucho más amplia
diciembre 30, 2025
En Honduras circula desde hace
décadas una imagen cómoda, casi didáctica, del poder económico: un pequeño
grupo de grandes fortunas, un puñado de apellidos omnipresentes, una élite
identificable que concentra riqueza, influencia y privilegios. Esta imagen ha
sido repetida por partidos, movimientos sociales, analistas y ciudadanos
comunes hasta convertirse en un lugar común del discurso político nacional. Su
eficacia radica en la claridad con la que nombra un malestar real: la obscena
acumulación de riqueza en un país empobrecido hasta el límite de la
resignación.
Ese malestar tiene razones
materiales. Honduras es un país atravesado por la miseria estructural, la
precariedad laboral, la migración forzada y la desigualdad extrema. En ese
contexto, la existencia de fortunas descomunales resulta ofensiva, casi obscena,
especialmente cuando esas fortunas crecen al amparo del Estado, de las
exoneraciones fiscales, de las concesiones y del blindaje legal. La indignación
es legítima. El problema aparece cuando esa indignación se canaliza hacia una
imagen incompleta del poder.
La estructura real del dominio en
Honduras es más antigua, más amplia y más densa que cualquier listado breve de
magnates. El país arrastra una historia prolongada de clanes criollos, familias
extensas que han ocupado posiciones centrales en la vida económica, política y
social durante generaciones enteras. No se trata únicamente de empresarios
modernos ni de capitales recientes. Se trata de linajes, de apellidos que se
repiten en registros públicos, alcaldías, diputaciones, cortes, notarías,
empresas, cámaras de comercio, medios de comunicación y fundaciones. Apellidos
que sobreviven a los cambios de régimen, a las crisis, a los golpes de Estado y
a las transiciones políticas.
El documento del ERIC-SJ describe
este proceso con precisión: desde los años ochenta, Honduras experimentó
transformaciones políticas y económicas que prometían institucionalidad y
desarrollo. En la práctica, esas transformaciones consolidaron una captura
progresiva del Estado por redes elitistas. El neoliberalismo profundizó esa
dinámica al convertir lo público en botín concesionable y al normalizar la
transferencia de recursos colectivos hacia manos privadas. Ese proceso no se
concentró en una sola cúspide. Se ramificó.
Aquí aparece un punto central que
Nelson Ávila ha señalado en distintos momentos: el poder hondureño no se
expresa únicamente en la gran empresa transnacional o en el banco de alcance
regional. El poder se expresa también en el control territorial, en la
administración local, en la apropiación silenciosa de instituciones públicas
por familias que operan como clanes criollos. Familias que convierten
municipios y departamentos en espacios heredables, donde el apellido pesa más
que cualquier programa político y donde la alternancia es una ficción
administrativa.
Estos clanes criollos no
necesitan figurar en rankings internacionales. Su poder se mide de otra forma.
Se mide en contratos públicos recurrentes, en licencias otorgadas sin
competencia real, en juzgados complacientes, en fiscalías selectivas, en
policías obedientes, en diputaciones eternas. Se mide en la capacidad de
colocar hijos, primos, cuñados, amantes y socios en posiciones clave del
aparato estatal. Se mide en la naturalidad con la que ocupan el espacio público
como si les perteneciera.
El estudio del CEDOH, citado en
el propio documento del ERIC-SJ, introduce un dato crucial para desmontar la
mitificación: el control efectivo del país se concentra en un grupo reducido
que ronda el centenar de familias. No se trata de una cifra exacta ni de un
censo cerrado. Se trata de una estimación estructural, suficiente para
comprender la escala real del fenómeno. Un núcleo duro de grandes grupos
económicos, rodeado por una constelación amplia de clanes familiares que operan
en distintos niveles del Estado y de la economía.
Esta estructura explica por qué
el poder se reproduce incluso cuando cambian los discursos y los colores
partidarios. Explica por qué la corrupción persiste como práctica cotidiana.
Explica por qué las reformas fiscales se diluyen, por qué las exoneraciones
sobreviven, por qué las concesiones se renuevan, por qué los responsables rara
vez enfrentan consecuencias reales. Explica también por qué la política
hondureña gira una y otra vez en torno a figuras personalistas, caudillos
reciclados y liderazgos mesiánicos que terminan integrándose a la misma lógica
que prometían transformar.
El énfasis exclusivo en un grupo
reducido de magnates desvía la mirada de esta red profunda de clanes criollos.
Produce la ilusión de que el problema tiene un rostro fácilmente identificable
y una solución quirúrgica. Mientras tanto, decenas de familias continúan
operando en silencio, administrando territorios, influyendo en decisiones clave
y asegurando la reproducción de privilegios heredados. El poder se diluye, se
fragmenta, se normaliza.
Aquí es donde el hondureño
necesita despertar. Despertar implica aprender a mirar los apellidos, rastrear
trayectorias familiares, observar quién ha ocupado qué cargos durante décadas,
quién aparece una y otra vez en distintos gobiernos, quién financia campañas,
quién controla medios locales, quién se beneficia sistemáticamente del
presupuesto público. Implica abandonar la idea de que esas posiciones son fruto
del mérito individual o del talento excepcional. En Honduras, el acceso al
poder ha funcionado históricamente como un derecho heredado.
Estos clanes criollos no
representan una élite ilustrada ni un motor de desarrollo nacional. Representan
una forma arcaica de dominación adaptada al lenguaje moderno del mercado y de
la democracia formal. Su permanencia no responde a genialidad empresarial ni a
servicios prestados al país. Responde a la ocupación prolongada de espacios de
decisión, a la captura de instituciones y a la reproducción endogámica del
poder.
Comprender esto cambia el eje del
análisis. El problema hondureño adquiere profundidad histórica y densidad
política. La desigualdad deja de parecer un accidente y se revela como el
resultado lógico de una estructura oligárquica extensa. La pobreza deja de ser
una fatalidad cultural y se muestra como el producto de una administración
sistemática del saqueo.
Mientras la discusión permanezca
atrapada en consignas reducidas, el sistema seguirá intacto. La vigilancia
ciudadana necesita expandirse, volverse más incómoda, más precisa. Necesita
apuntar hacia los clanes criollos, hacia los apellidos que atraviesan generaciones,
hacia las redes familiares que han hecho del Estado una herencia privada.
Ese es el verdadero desafío:
desmontar la mitología, ampliar el campo de visión y reconocer que el poder en
Honduras no es un monstruo de diez cabezas, sino una hidra histórica de
múltiples linajes, cuidadosamente adaptada para sobrevivir a cualquier cambio
superficial.
Fuentes
- Élites, redes de poder y régimen político en Honduras - Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación (ERIC-SJ), Compañía de Jesús en Honduras.
- Élites, democracia y política en Honduras - Centro de Documentación de Honduras (CEDOH), análisis de Jorge Illescas Oliva.
- Cuando la corrupción es el sistema operativo - Sarah Chayes, Carnegie Endowment for International Peace.
- Honduras: élites, crimen organizado y captura del Estado - InSight Crime.
- Concentración de poder económico y desigualdad en Honduras - Nelson Ávila, intervenciones y análisis públicos (académico-políticos).
- Neoliberalismo, concesiones y despojo en Honduras - ERIC-SJ / Oxfam América Latina.
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