¿Merecen lástima los mercenarios latinoamericanos?

diciembre 28, 2025

 



La pregunta de si los mercenarios latinoamericanos merecen nuestra lástima aparece con frecuencia envuelta en una retórica sentimental que pretende convertir una decisión consciente en una tragedia inevitable. Se apela a la pobreza, a la falta de oportunidades, a la precariedad estructural de nuestros países. Todo eso es real, nadie lo discute. Lo que sí resulta profundamente cuestionable es el salto lógico que transforma esas condiciones en una absolución moral automática. Porque una cosa es explicar por qué alguien hace algo y otra muy distinta es justificarlo. Y en el caso del mercenario latinoamericano, especialmente el que se ofrece como fuerza de choque en guerras ajenas, la línea entre explicación y exculpación ha sido cruzada demasiadas veces con una ligereza alarmante.

 

El mercenario no es un civil arrastrado por la guerra. No es una víctima colateral. No es alguien a quien la violencia le cayó encima como una desgracia imprevisible. Es alguien que elige ir a un conflicto armado extranjero, sin vínculo alguno con el territorio, la población o la historia que allí se desangra, con un único incentivo central: el dinero. No va a defender su hogar, ni a proteger a los suyos, ni siquiera a sostener una causa política propia. Va a vender su capacidad de matar, o de facilitar la muerte, al mejor postor disponible. Eso no lo convierte en un monstruo metafísico, pero tampoco en un sujeto digno de compasión automática.

 

Se insiste mucho en los sufrimientos que estos mercenarios han padecido: estafas, contratos incumplidos, abandono médico, desprecio institucional, muertes inútiles. Todo eso es cierto. Está documentado. Está probado. Pero aquí conviene detenerse un segundo y hacer una pregunta incómoda: ¿qué esperaban exactamente? El mercado de la guerra no es una ONG. Las empresas militares privadas, los ejércitos extranjeros y las milicias que los reclutan no se caracterizan precisamente por su ética laboral. El mercenario que viaja miles de kilómetros para insertarse en una maquinaria bélica ajena lo hace sabiendo, o queriendo no saber,  que entra en un espacio donde la vida humana tiene un valor estrictamente instrumental. Pretender sorpresa moral ante el engaño, la explotación o el abandono en ese contexto es, como mínimo, ingenuo.

 

Hay además un elemento que suele omitirse por conveniencia política y comodidad moral: el punto de vista de los pueblos intervenidos. Rusos en regiones bombardeadas, sudaneses atrapados en guerras civiles financiadas desde el exterior, yemeníes devastados por una guerra tercerizada donde los cuerpos extranjeros se alquilan como instrumentos, haitianos cuya crisis terminó convertida en el escenario de una operación mercenaria tan grotesca como impune.

 

Para ellos, el mercenario latinoamericano no encarna al “pobre hombre que busca una salida económica”, figura piadosa fabricada para tranquilizar conciencias lejanas. Aparece, más bien, como un extranjero armado, sin rostro, sin lengua común y sin vínculo alguno con la tierra que pisa, involucrado, de manera directa o indirecta,  en la demolición del tejido social, en la normalización de la violencia y en la prolongación del desastre.

 

¿Desde qué pedestal moral se pretende exigir a esas poblaciones compasión hacia quien cruzó medio mundo para matar por dinero? ¿Qué lógica establece que la precariedad de uno opere como justificación frente a la vida del otro?


Existe una inclinación marcadamente latinoamericana a romantizar al “perdedor”, incluso cuando ese perdedor tomó la decisión consciente de convertirse en verdugo a sueldo. Se confunde precariedad con inocencia y necesidad con pureza moral. Esa confusión funciona como coartada simbólica. La precariedad no anula la agencia, no disuelve la responsabilidad y no transmuta una elección violenta en un acto moralmente neutro.

 

Millones de personas pobres nunca se convierten en mercenarios. Millones de exmilitares jamás cruzan medio mundo para incorporarse a guerras ajenas. En esos casos opera otra cosa: una lógica profundamente colonizada, donde el cuerpo latino, disciplinado, entrenado y sacrificable,  se ofrece como insumo barato en conflictos globales que producen ganancias, estabilidad o ventaja estratégica para otros.

 

No hay tragedia romántica en ese circuito. Hay economía política de la violencia. Hay jerarquía global. Y hay una decisión concreta de ponerse al servicio de ella.

 

Y aquí aparece otro punto incómodo: el mercenario latinoamericano no solo es explotado, también reproduce la lógica del explotador. Acepta ser parte de una cadena de violencia que históricamente ha devastado regiones enteras del planeta. Se integra dócilmente a estructuras que desprecia cuando lo maltratan, pero a las que no cuestiona mientras le prometen un sueldo atractivo. La indignación aparece cuando no le pagan, no cuando dispara. Cuando lo abandonan, no cuando contribuye al abandono de poblaciones enteras.

 

No se trata de negar el sufrimiento individual ni de celebrar la miseria ajena. Se trata de poner un límite claro a la manipulación moral. La lástima, cuando se reparte sin criterio, se convierte en una coartada ética. Sirve para limpiar responsabilidades, para desplazar el foco desde las víctimas reales hacia quienes, aun siendo explotados, participaron activamente del engranaje violento. El mercenario latinoamericano puede ser, al mismo tiempo, explotado y responsable. Vulnerable y culpable. Una cosa no cancela la otra.

 

Este ensayo no está dedicado a los mercenarios. Está dedicado a los pueblos que los padecieron. A los cuerpos anónimos que nunca tendrán un reportaje, una colecta solidaria ni una narrativa compasiva en medios occidentales. A ellos sí se les debe algo parecido a la lástima, aunque incluso esa palabra se queda corta. Porque lo que merecen no es lástima, sino justicia histórica. Y esa justicia empieza por dejar de blanquear moralmente a quienes, por dinero, decidieron convertirse en piezas intercambiables de la maquinaria de la guerra global.

 

No, no merecen nuestra lástima. Merecen, como mínimo, una lectura crítica que no los absuelva automáticamente. Y nosotros, como región, merecemos dejar de producir carne de guerra exportable y empezar a incomodar los discursos que justifican esa exportación con sentimentalismo barato.

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