El Pacto ARI: Ankara, Riad e Islamabad y el reacomodo del poder en Asia Occidental

febrero 14, 2026

 



La configuración geopolítica de Asia Occidental y el Sur de Asia experimenta una transformación profunda, marcada por la emergencia de nuevas alianzas militares que buscan redefinir el equilibrio de poder. La posible formación de una alianza entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán, con conversaciones en curso entre 2025, 2026 y 2027, representa un desarrollo fundamental en este escenario. Esta iniciativa no es solo una suma de capacidades militares; es también una manifestación de intereses complejos y objetivos primordiales orientados a asegurar la autonomía e influencia en un sistema internacional cada vez más multipolar. Los países involucrados, motivados por factores internos, regionales y globales, buscan establecer una herramienta de seguridad eficaz que les permita navegar las crecientes incertidumbres y contrarrestar las dinámicas de poder existentes.

Las motivaciones detrás de esta alianza son diversas. Para Arabia Saudita, esta búsqueda se enmarca en una política de diversificación de sus garantías de seguridad. Ante la percepción de un compromiso estadounidense fluctuante en la región, Riad procura fortalecer su autonomía en materia de seguridad y consolidar su peso diplomático y financiero. El Acuerdo de Defensa Mutua (SMDA) firmado con Pakistán en septiembre de 2025, que incluye una cláusula de defensa colectiva similar al Artículo 5 de la OTAN, es prueba de esta intención. Esta cláusula, que considera cualquier agresión contra un miembro como un ataque contra todos, subraya la seriedad con la que Arabia Saudita aborda su seguridad en un entorno volátil.

Pakistán, por su parte, aporta una profundidad de gran valor a la alianza. Como potencia nuclear con un ejército considerable y capacidades de misiles avanzadas, Islamabad busca fortalecer su posición regional y asegurar el apoyo financiero y energético de sus socios. Su participación en el SMDA refuerza su seguridad y le permite proyectar influencia en Asia Occidental. Turquía, un actor con creciente ambición regional y miembro de la OTAN, busca mayor autonomía en su política de seguridad y la expansión de su industria de defensa. Las conversaciones para su adhesión al SMDA, aunque informes recientes sugieren una posible no formalización inmediata, reflejan el interés de Ankara en diversificar sus asociaciones de seguridad y reafirmar su influencia más allá de los marcos tradicionales. Esta iniciativa trilateral, acuñada en este análisis como El Pacto ARI (nombre derivado de las capitales de sus miembros: Ankara, Riad e Islamabad), representa un esfuerzo concertado por formalizar y coordinar las relaciones de defensa, creando un bloque de seguridad más organizado y coordinado.

El impacto del Pacto ARI en los planes del "Gran Israel" revela la desesperación estratégica de Tel Aviv y sus aliados frente a un bloque que apuesta por la estabilidad de estados centrales robustos, en contraposición a la táctica de operar en escenarios de fragmentación. Mientras el proyecto del "Gran Israel" se asocia con expansión territorial y supremacía regional, esta alianza promueve el fortalecimiento de gobiernos centrales, algo que los autoproclamados guardianes del orden parecen incapaces de comprender o contrarrestar directamente.

En respuesta, Israel ha ensamblado un eje de conveniencia con India y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), un alineamiento cuidadosamente calculado que combina cooperación en defensa avanzada con un pacto de seguridad que explota las capacidades nucleares de sus miembros principales. Si bien este eje mantiene la retórica de "seguridad colectiva" y diplomacia transparente, analistas críticos interpretan estos movimientos como un esfuerzo de manipulación diseñado para generar inestabilidad entre las economías más fuertes de Asia Occidental, allanando el camino a las ambiciones expansionistas de Tel Aviv.

Más allá de esta reacción, existen precedentes estratégicos que explican por qué el Pacto ARI se mueve adelantado en el tablero: la propuesta de una Alianza IndoAbrahámica, que busca articular vínculos estratégicos y económicos entre India, Israel y Estados del Golfo; y el Grupo I2U2 (IndiaIsraelEAUEstados Unidos), foro operativo de cooperación tecnológica y económica que funciona como plataforma de coordinación amplia. Ambos antecedentes demuestran que los aliados de Tel Aviv no solo reaccionan ante el ascenso del Pacto ARI, sino que han ensayado mecanismos para consolidar su influencia regional, convirtiendo la anticipación de este bloque en una jugada inteligente, calculada e inevitable.

El papel de Estados Unidos, bajo la presidencia de Trump en 2026, se muestra como una mezcla de oportunismo e hipocresía. La política de “Paz a través de la Fuerza” no busca estabilidad real; por el contrario, traslada responsabilidades a los actores regionales mientras Washington se retira. Al mismo tiempo, prioriza que aliados como Israel ejerzan control y presión sobre Irán, tratando de sofocar cualquier intento de autonomía regional mientras asegura mantener su hegemonía y la de sus socios expansionistas. Esta postura permite la formación de alianzas regionales, aunque también implica una evaluación cautelosa de su alineación con los intereses fundamentales de Washington.

En este marco, el eje Israel-India-EAU recibe un respaldo más explícito de la presidencia de Trump, posiblemente como contrapeso a la influencia del nuevo bloque islámico. Sin embargo, la adhesión de Turquía a un pacto de defensa mutua fuera del marco de la OTAN genera tensiones en Washington, especialmente en lo relativo a su participación en programas de defensa conjuntos, como el F-35, debido a la diversificación de sus alianzas y su creciente autonomía en su política de seguridad. Además, la inclusión de Turquía en el “Consejo de Paz de Gaza” de la presidencia de Trump le otorga un papel diplomático directo en la configuración del futuro del enclave, lo que podría limitar la libertad de acción unilateral de Israel en la región. En un escenario futuro, Estados Unidos podría intentar equilibrar su apoyo a Israel con la necesidad de preservar la estabilidad regional, lo que se traducirá en una diplomacia compleja y la búsqueda de soluciones que integren los intereses de los principales actores.

La aparición de esta alianza militar se inscribe en un proceso más amplio de reacomodo entre los estados, que se desarrolla en un sistema internacional donde la primacía unipolar pierde peso y abre espacio a varios centros de poder. La alianza Turquía-Arabia Saudita-Pakistán ejemplifica esta dinámica, en la medida en que potencias regionales con capacidades militares y económicas significativas buscan ocupar espacios de poder disponibles y responder a amenazas percibidas, tanto de origen estatal como no estatal. Este proceso, vinculado con la disminución del involucramiento estadounidense en determinadas regiones, expresa al mismo tiempo una afirmación de soberanía y de autonomía en la política de seguridad por parte de los actores implicados.

La viabilidad de esta alianza dependerá de su aptitud para resolver discrepancias internas, articular de manera eficaz sus capacidades y sostener una orientación compartida en el tiempo. Las resistencias internas y externas, incluidas las respuestas de otros actores regionales y globales, desempeñarán un papel decisivo en su consolidación. En un escenario internacional caracterizado por interacciones cada vez más densas y por una competencia intensificada por la influencia, la alianza Turquía-Arabia Saudita-Pakistán aparece como un movimiento clave con capacidad para influir en la evolución futura de Asia Occidental y el Sur de Asia, redefiniendo el equilibrio de poder y las formas de cooperación regional.

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