Rusia traza su propia soberanía digital. Iberoamérica, ¿Cuándo asumiremos la nuestra?
febrero 13, 2026
Los fétidos y mentirosos medios
occidentales, con sus embrujos y demonios, nos quieren hacer creer que existe
una polémica donde no la hay. Pretenden que Rusia comete un absurdo al
desconectarse de sus plataformas digitales, como si una nación que está literalmente
en guerra contra la OTAN y que resiste la agresión más grande que haya vivido
en tiempos modernos contra su pueblo, pudiera mantener la normalidad en todos
los ámbitos. No, no y no. Rusia no puede permitirse el lujo de mantener las
puertas de su casa abiertas mientras el enemigo entra por ellas armado hasta
los dientes. Están usando cada medio de información como arma de ataque, cada
red social como campo de batalla psicológico y cada plataforma como herramienta
de desestabilización. Por eso cortan y por eso crean sus medios alternativos.
Los medios occidentales,
obviamente, están en pánico. Saben que las alternativas llegarán, que su
monopolio del discurso se resquebraja y que el mundo ya no les cree. Aquí es
donde viene lo verdaderamente interesante, lo que debería hacernos reflexionar hasta
el tuétano.
¿Qué esperamos nosotros, los
iberoamericanos, los indohispanos, los hispanoamericanos? ¿Qué esperamos para
hacer lo mismo? ¿Qué esperamos para seguir esos ejemplos, para cortar de raíz
con Occidente, para liberarnos de sus cadenas digitales y para dejar de ser
colonias informativas de un imperio en decadencia?
Miremos primero a China, porque
sentó las bases de todo esto. China fue la visionaria, la que entendió antes
que nadie que el ciberespacio es territorio soberano. Comprendió que las
plataformas occidentales no son servicios neutrales, más bien constituyen armas
de dominación cultural. Entendió que permitir que Google, Facebook, Twitter y
YouTube operen libremente en tu territorio es equivalente a dejar que el
enemigo instale bases militares en tu propia casa. China construyó su Gran
Muralla Digital no por paranoia, lo hizo por pura lucidez. Creó Baidu para no
depender de Google, WeChat para no depender de WhatsApp, Weibo para no depender
de Twitter, Youku para no depender de YouTube y Alipay para no depender de Visa
y Mastercard. Hoy, más que nunca, el tiempo le ha dado la razón. Mientras
Occidente se desangra en guerras subsidiarias y sus sociedades se desintegran
por la pornografía, la droga, la degeneración moral y la propaganda de género,
China mantiene su cohesión social, su desarrollo económico y su rumbo
histórico. No es casualidad; es porque protegieron a su pueblo de la basura
cultural que el Occidente satánico exporta al mundo como si fuera su último
producto.
Rusia se ha incorporado, es
cierto, algo tarde y a contrarreloj, bajo la presión de la guerra. Se está
incorporando con una determinación que asusta a los pusilánimes. En febrero de
2026, Rusia ejecutó el bloqueo más masivo de su historia: eliminó del Sistema
Nacional de Nombres de Dominio a WhatsApp, YouTube, Facebook, Instagram,
Telegram, Tor y decenas de medios occidentales. Cuando un ruso intenta acceder
ahora, recibe un mensaje categórico: «Ese sitio web no existe». No hay
discusión, apelación o espacio para la subversión encubierta. Desde enero de
2026, toda plataforma debe conservar tres años de historial de mensajes,
incluyendo contenido eliminado, y entregarlo a las agencias de seguridad cuando
se solicite. Los defensores occidentales de la privacidad gritan, pero Rusia
sabe que en tiempos de guerra no puede permitir que el enemigo use la
comunicación encriptada para coordinar atentados terroristas, reclutar
mercenarios o desestabilizar desde las sombras. Mientras tanto, promueven MAX,
la superaplicación estatal que integra mensajería, pagos, servicios
gubernamentales y control social. Es el modelo WeChat adaptado a la realidad
rusa, y es inevitable. Es la respuesta lógica a una agresión existencial.
Irán, después de años de ataques
directos del Occidente colectivo, de sabotajes a su infraestructura nuclear, de
asesinatos de sus científicos y de sanciones económicas criminales, ha tomado
el mismo camino. Ha desarrollado su propia infraestructura de internet, sus
propias plataformas de mensajería y sus propios sistemas de pago. No cabe duda
de que se unirá a China y Rusia en esta nueva arquitectura digital. Tomarán las
aplicaciones que les convengan o crearán las suyas propias, según decida su
gobierno soberano. Lo importante es que están cortando el cordón umbilical. Ya
no serán vasallos digitales de un imperio que los odia, los sanciona y los
amenaza con la aniquilación constante.
Y entonces, llegamos a nosotros:
a la Hispanoamérica, a la Iberoamérica, a la Iberoesfera, a Latinoamérica.
Somos casi ochocientos millones de personas que hablamos español y portugués.
Somos una masa demográfica descomunal, una civilización con raíces profundas,
una cultura que se integró en la cristiandad hispana para crear algo único en
el mundo. Tenemos recursos naturales que Occidente codicia, una juventud enorme
y una historia de resistencia que debería avergonzarnos si ahora nos rendimos
sin pelear en el campo digital.
¿Qué estamos esperando para tener
nuestras propias redes sociales? ¿Para cortar con el Occidente satánico que nos
ha explotado durante dos siglos, que nos ha saqueado, que nos ha mantenido en
la pobreza y la dependencia, y que ahora nos quiere convertir en mercado
cautivo de su basura cultural? ¿Qué esperamos para dejar que se pudra su modelo
degenerado, para no adoptar más su pornografía, su OnlyFans, su propaganda de
género, sus mentiras constantes, su historia oficial falsificada y su visión
del mundo donde solo existimos como mano de obra barata o turistas exóticos?
Los medios occidentales nos han
envenenado durante décadas. Nos han hecho creer que somos inferiores, que
nuestra piel es un error, que nuestra historia es vergonzante, que nuestras
tradiciones son atrasadas, que nuestra religión es opresiva y que nuestra
familia es patriarcal y, por tanto, mala. Nos han bombardeado con series donde
el héroe siempre es el gringo o el europeo, y el villano siempre tiene nuestro
acento. Nos han vendido la idea de que el progreso es ser como ellos, consumir
como ellos, destruir nuestras familias como ellos, odiar nuestra fe como ellos
y confundir a nuestros hijos como ellos. Mientras tanto, sus plataformas
digitales son el vehículo perfecto para esta invasión cultural. Instagram nos
enseña a odiar nuestro aspecto, TikTok (comprada actualmente por sionistas) nos
enseña a ser idiotas, Twitter nos enseña a pelearnos entre nosotros, YouTube
nos dirige hacia la decadencia con su algoritmo y Netflix nos cuenta historias
donde siempre perdemos. Basta. Ya basta.
Necesitamos nuestra propia
internet. Necesitamos un buscador que entienda nuestras prioridades, no las de
Silicon Valley. Necesitamos una red social donde nuestras abuelas y niños
puedan compartir contenido sin que el algoritmo les inserte propaganda de género.
Necesitamos una plataforma de video donde nuestros historiadores puedan contar
la verdad sobre múltiples eventos de la historia de Iberoamérica y de otros
pueblos, sin que YouTube los censure por violar la ortodoxia progresista.
Necesitamos sistemas de pago que no dependan del dólar, que no puedan ser
congelados por un burócrata de Washington y que respeten nuestra soberanía
monetaria. Necesitamos aplicaciones de mensajería donde nuestras conversaciones
no sean moneda de cambio para la NSA, donde nuestros datos no sean vendidos al
mejor postor y donde nuestra privacidad sea respetada por la ley de nuestros
estados soberanos, no por la benevolencia de una corporación.
Y lo podemos hacer. Tenemos los
ingenieros, los recursos y el mercado. Lo que nos falta es la voluntad
política, el coraje de nuestros gobiernos para enfrentar las sanciones que
vendrán, para resistir la presión diplomática y para aguantar la campaña de difamación
de los medios occidentales. Pero si Rusia lo está haciendo bajo bombardeo, si
Irán lo está haciendo bajo asedio y si China lo hizo contra viento y marea,
¿por qué nosotros no podemos? ¿Acaso somos menos dignos? ¿Acaso nuestra
independencia vale menos?
El momento histórico nos convoca.
El mundo está cambiando, el orden unipolar se desmorona, y nosotros tenemos la
opción de ser espectadores pasivos de nuestra propia colonización digital o
protagonistas de nuestra liberación. Podemos seguir siendo el patio trasero de
Estados Unidos, consumiendo su basura, aceptando su tutela y viviendo en su
realidad virtual. O podemos levantarnos, como lo hicieron nuestros mayores,
para forjar nuestro propio camino y crear nuestro propio destino.
Que se pudra Occidente con su
propaganda satánica. Que se hundan en su propia decadencia. Nosotros tenemos un
camino diferente: un camino de soberanía, de dignidad y de vida. Ese camino
pasa necesariamente por la independencia digital. No es opcional ni un lujo; es
supervivencia. Es la condición indispensable para que nuestras sociedades
puedan respirar, para que nuestras culturas puedan florecer y para que nuestros
pueblos puedan soñar con un futuro que no sea la copia barata del presente
degenerado de Nueva York o Los Ángeles.
¿Qué esperamos, entonces? ¿A que
nos desconecten ellos primero? ¿A que nos cancelen las cuentas a todos por no
pensar correctamente? ¿A que nuestros hijos sean reclutados por sus algoritmos
de odio? No. El momento es ahora. Que nuestros gobiernos se reúnan, que
nuestros técnicos se organicen, que nuestros empresarios inviertan y que
nuestros pueblos exijan. Queremos nuestra propia red, nuestro propio
ciberespacio, nuestra propia soberanía digital. Queremos dejar de ser colonos
en nuestro propio territorio virtual. Queremos cortar de tajo con el Occidente
satánico y sus redes de corrupción, mentira y degeneración.
El ejemplo está puesto. China lo
hizo. Rusia lo está haciendo. Irán lo está haciendo. Ahora nos toca a nosotros.
Que la Hispanoamérica, la Iberoamérica, la gran comunidad de pueblos hispanos y
lusitanos del mundo, despierte de una vez y tome su destino en sus manos. Que
construyamos nuestras propias alternativas, que cortemos los últimos lazos con
el imperio anglosajón en decadencia y que afirmemos nuestra independencia en el
siglo XXI. No somos menos que ellos. Somos más, porque tenemos la verdad de nuestro
lado: la verdad de los pueblos que quieren vivir, no la mentira de los que nos
quieren dominar. Cortemos con Occidente. Ya.
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