¿Leer la Biblia en las escuelas? La ideología MAGA y el nuevo moralismo en Honduras

febrero 04, 2026

 



Como siempre en Honduras, las modas llegan tarde, mal y copiadas. Lo que en otros lugares ya empieza a agotarse aquí apenas se presenta como novedad. Pasó con el progresismo importado, con la estética woke y ahora ocurre lo mismo con su supuesto antagonista. Cuando en el Norte global el ciclo ya muestra signos de desgaste, en Honduras aparece, como eco retardado, una derecha que de pronto se descubre a sí misma conservadora. No es un conservadurismo hondureño, ni centroamericano, ni siquiera latinoamericano; es, más bien, un conservadurismo anglosajón, empaquetado, con sello made in USA, listo para el consumo político local. Una derecha hondureña sionista, o, mejor dicho, una derecha hondureña que se sube disciplinadamente al carro ideológico que viene del exterior, como tantas otras veces en nuestra historia.

 

Después de elecciones dudosas, como casi todo en este país, se empieza a gestar un giro discursivo que pretende vender moralidad, orden y valores. Ahora resulta que la prioridad nacional es la lectura de la Biblia en las escuelas, obligatoria, pseudo obligatoria o cuasi obligatoria, con matices para no decirlo de frente. La pregunta no es si la Biblia tiene valor espiritual o cultural, la pregunta es por qué ahora. ¿Por qué en 2026 a la élite hondureña le preocupa súbitamente que el pueblo lea la Biblia? ¿Qué clase de conversión milagrosa ocurrió en una clase dirigente que durante décadas ha sido ejemplo de corrupción, cinismo y decadencia moral? Una élite gerontocrática, enquistada en el poder desde hace generaciones, que jamás ha vivido como predica y que ahora pretende erigirse en guía moral de una sociedad agotada.

 

Mientras tanto, los problemas reales siguen intactos. La pobreza de base, la violencia cotidiana, la migración forzada, la desaparición de niños, con Honduras encabezando estadísticas infames en Centroamérica, quedan relegados. No, eso no es urgente. Lo urgente es importar la ideología MAGA, porque el Partido Republicano estadounidense, hoy convertido en un partido abiertamente ultracristiano, necesita exportar su narrativa. Y Honduras, como tantas veces, obedece. No es una coincidencia: es una importación ideológica. Conservadurismo anglo disfrazado de valores universales, presentado como salvación moral para un país que nunca fue escuchado cuando pidió justicia social, dignidad o soberanía.

 

Esta derecha no descubrió a Cristo ayer. Siempre convivió con símbolos religiosos, pero ahora la religión se convierte en marca política, en herramienta de legitimación. Antes se dejaban embelesar por el liberalismo anglosajón en su versión económica; hoy adoptan su versión moralizante. Al final del día, no hay ruptura real: todos siguen siendo globalistas, solo que con otra máscara. El conservadurismo estadounidense aparece, así como una nueva forma de colonialismo cultural, una sustitución de símbolos que no toca la configuración de poder ni cuestiona la subordinación.

 

Es cierto que entre los jóvenes se percibe un cansancio con el vacío liberal, con el nihilismo posmoderno y el consumismo sin sentido. Ese giro hacia valores, identidad y raíces no es en sí negativo; puede ser una reacción sana frente a la disolución total. Pero el peligro está en confundir tradición con mercancía ideológica importada. Un conservadurismo diseñado en estudios de televisión, repetido por influencers políticos y empaquetado para exportación no libera a nadie. No es tradición, es una pantomima más, fabricada para mantener la hegemonía bajo otro discurso.

 

Y aquí hay un silencio revelador. En Honduras nunca se habla del conservadurismo africano. La gente que se autodenomina de derecha, conservadora y cristiana jamás menciona cómo viven y practican el cristianismo millones de personas en África, con comunidades profundamente religiosas, orgánicas, muchas veces comunitarias, alejadas del individualismo occidental. No se habla del conservadurismo asiático, ni de cómo se articulan valores, jerarquías y espiritualidad en sociedades que no pasaron por la misma historia liberal europea.

 

Tampoco se menciona el conservadurismo de los países de oriente medio, como si esos pueblos simplemente no existieran o fueran irrelevantes para pensar alternativas civilizatorias. Del otro lado ocurre lo mismo: la izquierda hondureña o el progresismo criollo nunca habla de cómo funcionan las izquierdas en la India, en el sudeste asiático o en África; no se pregunta cómo piensan, cómo filosofan, cómo abordan los problemas materiales desde el Sur Global, con realidades completamente distintas a las de Europa o Estados Unidos. Nada de nada. Ambas orillas políticas copian modelos ajenos: o el liberalismo progresista europeo-anglosajón calcado del Partido Demócrata, o el conservadurismo anglosionista calcado del Partido Republicano y sus apendices en israel. El resultado es el mismo: una élite y una intelectualidad atrapadas en una retórica importada que no conduce a ninguna parte, girando en círculos dentro de la misma hegemonía unipolar estadounidense.

 

La multipolaridad que se configura hoy no es un simple reordenamiento de potencias; más bien, constituye una condición necesaria para comprender cómo funcionan sociedades que nunca encajaron del todo en el molde occidental. Fuera del eje atlántico, la política, la cultura y lo sagrado no operan como mercancías ideológicas exportables; son, en cambio, expresiones históricas propias. En ese marco, la verdadera multipolaridad no necesita conservadurismo de Fox News ni catecismos políticos reciclados. Precisa de pueblos que regeneren sus propias formas, que miren su herencia sin intermediarios, libres tanto del progresismo globalista como del conservadurismo neoliberal. Un conservadurismo auténtico no está ligado al mercado ni a la geopolítica de Washington; su vínculo es con lo sagrado entendido desde la propia historia. Y, aun así, la tradición no puede ser un museo muerto. En un sistema contaminado por el liberalismo, también hace falta ruptura, disidencia, una fuerza capaz de destruir lo falso para que emerja lo auténtico.

 

La juventud hondureña debe entender que repetir consignas importadas no es tener identidad. Disfrazar de patriotismo fórmulas ajenas es solo otra forma de subordinación cultural. De no forjarse una voz propia, lo que surgirá será una imitación burda: una internacional conservadora que, lejos de oponerse al globalismo, lo reproduce con otros colores. No habría diferencia real entre banderas supuestamente opuestas si ambas responden al mismo razonamiento anglo-occidental.

 

Todo depende de la raíz. Si el conservadurismo que se adopta es el estadounidense, la colonización continúa. Si, por el contrario, surge de la historia, los mitos, la memoria y la espiritualidad propias, entonces puede convertirse en una fuerza de resistencia real, compatible con un mundo multipolar y verdaderamente plural. Solo así la defensa de la tradición deja de ser una pose y se transforma en una causa lo suficientemente limpia como para dedicarle una vida entera.

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