El Congreso misionero de Panamá de 1916: El comienzo de la ingeniería social protestante sobre América Latina
marzo 31, 2026
Resulta curioso que, en plena carnicería europea de 1916, mientras los soldados se desangraban en Verdún por unos metros de barro, cientos de señores bien vestidos se reunieran en un hotel de lujo en Panamá para discutir cómo salvar nuestras almas. Más curioso aún que lo hicieran en territorio estadounidense, porque el arzobispo local, con bastante más sentido de la responsabilidad de lo que sus detractores admitirían, había tenido el descaro de prohibirles la entrada y de amenazar con la excomunión a quienes participaran en aquella empresa.
Imaginen la escena: los autoproclamados salvadores del mundo cristiano, estos «anglosajones que se veían a sí mismos como revolucionarios», como iluminadores llamados a sacarnos de una supuesta oscuridad, (en su mente, así era; en la realidad, no tanto) obligados a refugiarse en la Zona del Canal como quienes buscan inmunidad diplomática tras cometer un crimen de lesa cultura.
El Congress on Christian Work in Latin America, sí, sé que suena al típico nombre tan pomposo, como un comité de vecinos celestial, fue en realidad una operación de ingeniería social disfrazada de piedad. Se celebró del diez al veinte de febrero de 1916 en el Hotel Tívoli de Ancón, que casualmente quedaba dentro de la jurisdicción estadounidense y fuera del alcance de las leyes panameñas. Una coincidencia, sin duda, como todo en la historia del expansionismo norteamericano.
Robert E. Speer, secretario de la Junta de Misiones Extranjeras de la Iglesia Presbiteriana, y su ayudante Samuel Guy Inman, habían fundado tres años antes el Comité de Cooperación para América Latina. Cooperación, si bien suena muy conmovedora la palabra, cuando en realidad se trataba de coordinar la invasión religiosa de un continente que, según ellos, sufría la terrible enfermedad de ser católico.
El plan era sencillo: usar el protestantismo como llave maestra para abrir las puertas de la vida política, industrial y comercial de América Latina y luego purificarlas según los estándares de probidad estadounidense. Porque, si hay algo que el siglo XX nos enseñó, es que nadie defrauda como el político norteamericano, nadie explota como el industrial norteamericano y nadie miente como el comerciante estadounidense. Pero ellos venían a enseñarnos honestidad, claro está.
La génesis de esta operación viene de lejos. En 1908, cuando los británicos y europeos se reunieron en Oxford para planificar la Conferencia Misionera Mundial de Edimburgo 1910, excluyeron a América Latina de la agenda. Consideraban que el continente ya estaba evangelizado por la Iglesia Católica Romana, y que cualquier esfuerzo misionero aquí sería anticatólico. Los norteamericanos protestaron, pero fueron derrotados. Entonces entró en escena Robert E. Speer, convencido de que debía asumir el liderazgo para establecer la “legitimidad” de las misiones protestantes en América Latina. En 1909 realizó un viaje de seis meses por siete países sudamericanos, y quedó horrorizado, según sus propias palabras, por la “hegemonía de la Iglesia Católica Romana sobre la cultura”. Escribió un libro titulado Missions in South America donde describía al catolicismo como un sistema “condenado y ya una reliquia”, opuesto a la libertad política y las instituciones democráticas, que escondía la Biblia del pueblo. Su conclusión paternalista/impositiva es: si la religión no tiene nada que ver con la moralidad, entonces todo está bien, podemos salir de América del Sur. Pero si creemos que la religión no es más que una moral viva... no seremos cristianos a menos que llevemos esa religión a América del Sur. Es decir: o le imponemos a los sudamericanos nuestra visión del mundo, o dejamos de ser cristianos segun quien... Una notoria argumentación anglo-imperialista disfrazada de teología.
En marzo de 1913, Speer y sus compañeros se reunieron en Nueva York para crear formalmente el Comité de Cooperación para Latinoamérica. La “Resolución Caldwell” de junio de 1915, redactada en Caldwell, Nueva Jersey, porque ni siquiera la planificación se hacía en territorio latinoamericano, estableció que el congreso debería reconocer “todos los elementos de bien y verdad en cualquier forma de la fe religiosa”, y que el enfoque no debía ser “crítico ni antagónico”. Una declaración de intenciones hipócrita, porque al mismo tiempo Speer escribía que el catolicismo romano necesitaba el movimiento misionero protestante como “poderosa educación y propaganda moral”. La contradicción era el pan de cada día: hablar de cooperación mientras se despreciaba al otro, predicar tolerancia mientras se diseñaba la conquista.
La elección de Panamá como sede no podía ser más curiosa. Trece años antes, Estados Unidos había inventado este país en un laboratorio geopolítico, separándolo de Colombia con la misma delicadeza con la que un cirujano extirpa un tumor, es decir, con mucha sangre y poca anestesia para el paciente. Theodore Roosevelt, ese progresista de bigote inmaculado, había declarado sin rubor: “Yo tomé la Zona del Canal”. Tomé, como quien toma un café o toma posesión de lo ajeno. La franja de diez millas era territorio estadounidense en pleno corazón de una república supuestamente soberana, gobernada por funcionarios designados desde Washington y poblada por una sociedad segregada racialmente que los reformadores sociales de la época contemplaban con deleite, un modelo de orden perfecto, decían, para replicar en otros lugares.
Cuando el arzobispo de Panamá prohibió el congreso en la ciudad, los organizadores no dudaron: trasladaron la operación al Hotel Tívoli de Ancón, dentro de la Zona del Canal, donde la soberanía panameña no llegaba, pero sí llegaban las bayonetas estadounidenses. Así se hace la democracia religiosa: si el país anfitrión no quiere tu congreso, simplemente te mudas a la base militar más cercana y sigues adelante. El evento se desarrolló en inglés, naturalmente, porque que jocoso es hablar de libertades, tolerancia y valores anglosajones incluyentes en respeto por América Latina como obligar a los participantes locales a hablar en la lengua del usurpador del siglo XX.
Los temas tratados eran de una ambición deliciosa: cómo evangelizar, cómo educar, cómo organizar el trabajo femenino, cómo producir literatura religiosa, cómo cooperar entre denominaciones. Cooperar, repito, como si los metodistas, bautistas y presbiterianos fueran a repartirse el botín misionero en una reunión de accionistas. Y todo ello bajo la mirada complaciente de la Unión Panamericana de Washington, cuyo director John Barrett brindó su respaldo oficial, y del secretario de Estado William Jennings Bryan. El pan-americanismo político y el pan-protestantismo religioso se daban la mano mientras América Latina miraba desde fuera, invitada a participar en su propia conversión forzosa.
El informe oficial del congreso es una joya de sinceridad anglo-imperial. Allí se lee que el cristianismo social debía purificar la vida política del fraude, la vida industrial de la crueldad y la vida comercial de la deshonestidad. Léanlo de nuevo: estadounidenses proponiendo purificar la política, la industria y el comercio de otros países. La ironía es tan espesa que podría cortarse con un cuchillo.
Estos señores venían de una nación donde el Congreso era propiedad de barones ladrones, magnates del acero y del petróleo, donde los sindicatos eran aplastados a tiros y donde el comercio internacional funcionaba como extorsión armada. Pero venían a enseñarnos moralidad.
Lo que hace especialmente sospechoso a este congreso es su invisibilidad histórica. No hay entrada en Wikipedia, no hay estudios monográficos, no hay reconocimiento comparable al que disfruta la Conferencia de Edimburgo de 1910. Los tres volúmenes oficiales publicados en 1917 duermen en bibliotecas especializadas, ignorados por la historiografía mainstream. ¿Por qué? Porque documentar este evento implicaría admitir que el expansionismo estadounidense viene acompañado de una dimensión explícitamente religiosa, que la injerencia en asuntos internos de países soberanos se hizo con el visto bueno de iglesias protestantes, y que la frontera entre misión y dominación colonial fue cruzada deliberadamente por hombres que se creían con derecho divino a redimir continentes ajenos.
Pero el congreso de 1916 no fue un capricho aislado. Panamá funcionó durante décadas como el laboratorio favorito de Washington para experimentar con América Latina. La Escuela de las Américas, establecida en la Zona del Canal en 1946, entrenó a torturadores y golpistas durante medio siglo antes de que los panameños lograran expulsarlos en 1984. multitud de bases militares durante la Segunda Guerra Mundial convirtieron el istmo en plataforma de invasión del continente. La United Fruit Company operaba como estado dentro del estado, con su propia red de comunicaciones y su propio ejército de esquiroles. El sistema de salud de Gorgas, ese héroe de la fiebre amarilla, servía simultáneamente para salvar vidas y para extender la presencia estatal estadounidense por toda la región. Las escuelas, las YMCAs, los suburbios modelo de la Zona del Canal, todo formaba parte de un mismo proyecto de anglo-americanización forzosa, de ingeniería social aplicada desde el poder colonial.
El patrón es clarísimo: Panamá como laboratorio, América Latina como campo de pruebas. Primero se experimenta en el territorio controlado; luego, se exporta el modelo al resto del continente. El congreso misionero de 1916 estableció, según sus propios criterios, lo siguiente: los estadounidenses definen el problema, somos católicos, pobres de nosotros; los estadounidenses diseñan la solución, seremos protestantes, aunque no lo sepamos; y los estadounidenses evalúan los resultados, ¿hemos purificado suficientemente a estos indígenas urbanizados?
Lo que encontramos aqui confirma que estamos ante la versión religiosa del Corolario de Roosevelt. Si el político del bigote se arrogaba el derecho de intervenir militarmente para civilizar, el misionero de corbata se arrogaba el derecho de intervenir espiritualmente para salvar. Ambos partían del mismo supuesto: que América Latina era un territorio en blanco, despoblado de cultura válida, esperando ser escrito por manos norteamericanas. Ambos usaban a Panamá como base de operaciones. Ambos consideraban su proyecto moralmente superior a cualquier ley local o resistencia nativa.
La escasa documentación sobre el Congreso de 1916 no es ninguna negligencia historiográfica. Es una auto-censura cómoda. Reconocer este evento implicaría admitir que la política exterior estadounidense ha tenido desde siempre una dimensión explícitamente religiosa, que el protestantismo fue instrumentalizado como herramienta de dominación cultural, y que la frontera entre evangelización y expansionismo fue borrada por quienes se creían con la misión histórica de redimir al hemisferio occidental según sus propios estándares. El congreso se mantiene en el olvido porque su memoria es incómoda, porque evidencia con demasiada crudeza que el anglo-imperio no solo conquistaba a la fuerza estos territorios: también venía a robarse sus almas, y lo hacía con la misma arrogancia con la que Theodore Roosevelt tomaba la Zona del Canal, sin ninguna autorización, sin ofrecer disculpas, convencido de que su causa era la causa de la civilización misma.
Así que ahí lo tienen: cientos de
señores en un hotel de lujo, hablando en inglés sobre cómo salvar América
Latina, protegidos por bayonetas estadounidenses contra la molesta
interferencia de los locales. Una imagen que resume perfectamente el siglo de relaciones
interamericanas que vendría después. La salvación, como siempre, llegaba de
fuera, venía en barco de guerra, y exigía que agradeciéramos la invasión.
Fuente:
- Reimaginando el contexto socio-histórico, político y religioso del congreso misionero de Panamá de 1916 — Revista Investigaciones Teológicas (Universidad Evangélica de El Salvador)
- Christian Work in Latin America — Missionary Education Movement (New York)
- Renaissant Latin America — Missionary Education Movement (New York)
- Missions in South America — Board of Foreign Missions (New York)
- The Dawn of Ecumenism in Latin America: Robert E. Speer, Presbyterians and the Panama Congress of 1916 — The Journal of Presbyterians History
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