El laboratorio ideológico del terror: analizando International Terrorism de Benjamin Netanyahu
marzo 28, 2026
International Terrorism:
Challenge and Response, bajo la coordinación de Benjamin Netanyahu y publicado
en 1981, representa mucho más que las actas de un encuentro celebrado en
Jerusalén en 1979. Constituye el artefacto fundacional de una mentalidad política
que, décadas después, convertiría el asesinato selectivo en un dogma de Estado
y pavimentaría con discurso académico lo que en realidad era la justificación
del terrorismo occidental e israelí contra los movimientos de liberación
nacional. El volumen surge del Instituto Jonathan, un centro de pensamiento
creado en memoria del hermano de Netanyahu, Yonatan, fallecido en la acción de
Entebbe. Ya desde esa génesis debería saltar la alarma: la confusión entre
contraterrorismo y terrorismo de Estado, entre la lucha contra la violencia y
su ejercicio bajo bandera de legitimidad, representa el hilo conductor que
recorre estas páginas como un mantra paranoico.
La organización de la conferencia
constituye una pieza de orfebrería ideológica de la Guerra Fría. Se reúnen los
halcones más destacados de la época: Henry “Scoop” Jackson, Paul Johnson, Hugh
Fraser, Norman Podhoretz, George Will, junto con el primer ministro Menachem
Begin y el propio padre del responsable de la obra, Benzion Netanyahu. El
propósito declarado consiste en “formar una alianza antiterrorista de las
democracias”, pero el objetivo real radica en declararle la guerra al mundo
árabe y a la izquierda europea bajo el disfraz de un análisis profundo sobre
terrorismo internacional. La tesis central, repetida con insistencia por
oradores como Brian Crozier o Ray Cline, sostiene que toda violencia que
desafíe los intereses occidentales resulta fruto de una conspiración soviética
global. Cualquier intento de señalar matices –como hizo el socialista holandés
Joop den Uyl al recordar que el IRA o ETA poseían raíces nacionalistas locales–
queda inmediatamente descalificado como ingenuidad o, peor aún, como complicidad
con el terror. Resulta el planteamiento de doble rasero invertido: todo acto de
resistencia contra el orden establecido constituye barbarie, y todo acto de
violencia de Occidente o de Israel representa legítima defensa.
El corazón de la hipocresía late
con más fuerza en la intervención de Menachem Begin, líder del Irgun –la
organización que en 1946 voló el Hotel King David en Jerusalén causando casi un
centenar de fallecidos– y primer ministro de Israel en el momento de la
conferencia. Begin dedica buena parte de su discurso a distinguir entre
“combatientes por la libertad” y “terroristas”, y presenta como prueba
definitiva una supuesta revelación sobre el aviso telefónico que el Irgun dio
antes del atentado del King David, como si ese detalle técnico pudiera borrar
la masacre. Con la misma vehemencia condena a la OLP por los métodos que él
mismo utilizó para fundar el Estado que ahora se arroga el monopolio legítimo
de la violencia. La escena constituye una joya de autoparodia ideológica: un
exterrorista juramentado dictando cátedra sobre la pureza moral de la lucha
armada mientras señala con el dedo a quienes antes fueron sus reflejos.
Pero en las contribuciones del
padre, Benzion Netanyahu, se asoma la psicología más turbia del proyecto. En su
discurso inaugural, el patriarca traza una línea moral entre los “combatientes
por la libertad” del pasado, Andreas Hofer, Kossuth, Garibaldi, y los
terroristas de su tiempo, que supuestamente carecen de escrúpulos. Lo hace con
una sutil ironía que él mismo no alcanza a ver: su propio hijo, el Benjamin
Netanyahu de entonces, ya estaba aprendiendo que el camino al poder se
pavimenta con la demonización sistemática del adversario y con la negación de
la propia historia violenta. Décadas después, como primer ministro, Netanyahu
implementaría políticas de asesinato selectivo, bombardeos masivos en Gaza y
una retórica que califica de “nazis” a cualquier resistencia palestina,
cumpliendo de este modo el mandato paterno de convertir la hipocresía en
sistema de gobierno.
El libro, en su conjunto,
representa un festival de doble moral. La sección sobre “apoyo estatal al
terrorismo” dedica centenares de páginas a denunciar la ayuda soviética a la
OLP, el entrenamiento de terroristas en campos de Libia y la connivencia de los
países árabes. No aparece ni una línea sobre el apoyo de la CIA a los contras
en Nicaragua, sobre la Operación Gladio que enlazaba a la OTAN con grupos
fascistas europeos, o sobre las decenas de millones de dólares que la
administración Reagan canalizaría hacia guerras sucias en Centroamérica y
Afganistán utilizando exactamente los mismos métodos que aquí se condenan. El
texto rezuma odio visceral hacia las Naciones Unidas, a las que califica de
“impotentes” por atreverse a cuestionar la ocupación de territorios palestinos.
Tres años después de esta conferencia, Israel, con la complicidad de
falangistas libaneses, permitiría las masacres de Sabra y Shatila, demostrando
que el verdadero terrorismo que preocupaba a estos autores no consistía en la
violencia política en sí; se centraba en la violencia que desafiaba el orden
imperial y sionista establecido.
La calidad literaria del volumen
resulta escasa: discursos políticos aburridos, repetitivos, rellenos de tópicos
de la Guerra Fría que hoy suenan tan ridículos como las arengas de la cortina
de hierro. Paul Johnson despliega sus “siete pecados capitales del terrorismo”
sin mencionar jamás el terrorismo de Estado israelí ni el apoyo británico a los
paramilitares leales en Irlanda del Norte. El senador Jackson pontifica sobre
la necesidad de exponer a los patrocinadores del terror mientras vota a favor
de financiar a los mismos grupos que aquí se demonizan. La única virtud de este
tomo radica en que sirve como prueba documental de cómo el estamento israelí y
norteamericano de los setenta construyó el discurso que justificaría décadas de
intervenciones ilegales, masacres de población civil y negación de derechos
humanos bajo la retórica vacía de la “lucha contra el terrorismo”.
Leer esto en pleno siglo XXI se
asemeja a revisar los panfletos de los protestantes anglosajones para entender
por qué quemaban brujas: sirve únicamente si lo que buscas consiste en
comprender los fundamentos ideológicos del autoritarismo occidental disfrazado
de liberalismo. Si se busca un análisis serio sobre terrorismo internacional,
cualquier manual universitario básico de ciencias políticas escrito en los
últimos treinta años posee más rigor y menos sesgo que esta reunión de tribunos
militantes del complejo militar-industrial. La conferencia de Jerusalén de 1979
no fue un ejercicio académico; representó el embrión de una cruzada que ya dura
cuatro décadas y ha dejado millones de fallecidos en su paso por Afganistán,
Irak, Líbano, Libia, Palestina y actualmente Irán.
Pensándolo bien, este libro
constituye el mapa que traza Netanyahu y su grupo para un camino pavimentado
con fallecidos inocentes. Lo único que cultiva resulta el odio paranoico hacia
el otro y la justificación del genocidio bajo el manto de la civilización
occidental contra la denominada barbarie oriental. Representa un texto infame que solo sirve para demostrar que el terrorismo empieza donde se niega la humanidad del otro, y estos señores, desde el joven Benjamin hasta su padre Benzion, pasando por Begin y el cortejo de halcones, no poseían ni pizca de humanidad, solo una ambición demoniaca disfrazada de análisis académico. Una vergüenza para el pensamiento político serio y una prueba irrefutable de que Netanyahu siempre supo que su camino al poder estaría pavimentado con la demonización sistemática de sus enemigos y la negación de su propia historia terrorista.
Fuente:
- International Terrorism: Challenge and Response — Benjamin Netanyahu (1981)
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