Orden nacional contra disolución liberal
marzo 29, 2026Hay una confusión generalizada
sobre qué constituye realmente el orden. Se nos ha hecho creer que la
estabilidad proviene del comercio, de la suma aritmética de intereses privados,
de la administración contable de los bienes materiales. Pero observamos a
nuestro alrededor que donde reina este cálculo frío, donde el espíritu
mercantil se erige como un soberano, allí precisamente se disuelven los lazos
verdaderos, se corrompe la autoridad y se pudre el tejido moral de la
comunidad. El burgués ha cometido el error fundamental de confundir su función
legítima, que es grande cuando se limita a conservar, administrar y multiplicar
la riqueza bajo una dirección superior, con el derecho al mando político.
Cuando el administrador de bienes pretende convertirse en arquitecto del
Estado, cuando el hombre de la contabilidad quiere gobernar el alma de la
nación, no solo fracasa: arrastra consigo a la colectividad hacia la
disolución.
La vida social no admite la
aritmética simple. En los negocios privados, dos y tres hacen cinco; se suman
capitales, se restan pérdidas, se proyectan ganancias dentro del trimestre
venidero. Pero en la vida del Estado, en la construcción de la grandeza colectiva,
dos y tres deben hacer seis, porque aquí operan los imponderables. El espíritu
heroico multiplica lo que el espíritu mercantil solo sabe sumar. El primero
calcula con valores invisibles, el honor, el sacrificio, la voluntad de
trascendencia, que son el único capital verdadero de un pueblo. El segundo,
encerrado en su función legítima pero estrecha, solo ve lo que se pesa, se mide
y se cambia por dinero. No es que el trabajo de conservación y acumulación sea
despreciable; es indispensable. Pero debe permanecer en su lugar, subordinado a
una visión superior que trascienda el balance trimestral.
El mal profundo de nuestra época
es la usurpación. El burgués, desde que logró colocar a sus delegados en los
sillones del poder político, ha intentado organizar el Estado entero como si
fuera una gran compañía comercial, una república ampliada de mercaderes. Ha
querido aplicar a la justicia, a la defensa, a la educación, los mismos
criterios que rigen su contabilidad doméstica. El resultado es la mediocridad
generalizada, el gobierno de los empaquetadores de intereses inmediatos, la
imposibilidad de los grandes diseños. El burgués, en su esencia, defiende la
propiedad individual como fin último; pero la propiedad, aislada de sus
obligaciones hacia la comunidad, se convierte en un ídolo estéril que desgarra
el cuerpo social. Cuando el Estado se reduce a garantizar esta propiedad
desnuda, sin exigirle a cambio servicio a la nación, cuando tolera toda
licencia moral e intelectual con tal de que no se toquen los bienes materiales,
entonces ese Estado ya no es la cabeza de la comunidad, sino su mayordomo corrupto.
Necesitamos reconocer que la
nación no es una yuxtaposición de individuos atomizados, ni una asamblea de
consumidores buscando el mejor precio. Es una organización de familias, de
cuerpos profesionales, de funciones articuladas que requieren dirección. El
liberalismo político ha creado instituciones diseñadas para impedir
precisamente el surgimiento de la grandeza: el parlamentarismo electoral es, en
su esencia, la coalición organizada de los mediocres contra los verdaderos
jefes. Donde la elección popular se convierte en el único mecanismo de
selección, el dinero compra la apariencia del mérito y el talento genuino queda
excluido o prostituido. El resultado es un Estado que no puede ver más allá de
la próxima fecha electoral, que negocia con el porvenir de la nación como si
fuera una deuda a refinanciar, que cede parcelas del patrimonio colectivo con
tal de mantener tranquila la bolsa de valores.
La revolución que necesitamos no
es un cambio de administración, sino un cambio de naturaleza. Debemos sustituir
el Estado liberal, mercantil y desintegrado por el Estado nacional, que no es
la suma de intereses privados sino la encarnación de la voluntad colectiva
dirigida hacia la grandeza. Este Estado descansa sobre valores heroicos, no
porque busque la guerra, sino porque entiende que la paz misma es un bien
conquistado por el sacrificio y defendido por la fuerza moral, no un contrato
comercial entre calculadoras. En este orden nuevo, el burgués recupera su
dignidad precisamente al perder su pretensión de mando político. Vuelve a ser
lo que debe ser: un gran servidor del Tesoro nacional, un administrador probo
que acumula riqueza no para el lujo egoísta sino como medio para las obras
colectivas. Pero el mando supremo debe estar en manos de quienes representan la
síntesis de todas las funciones, en quienes se encarna el interés total de la
comunidad, por encima de las clases y los partidos.
La economía requiere una
reorganización asentada en bases corporativas, entendidas como un orden de
responsabilidades compartidas que, al reconocer la propiedad como uno de los
pilares de la estabilidad familiar y de la acumulación de riqueza, la redefine
como una tenencia cargada de deberes, en la medida en que quien posee, lejos de
ejercer un dominio absoluto, asume compromisos concretos tanto con quienes
participan en el trabajo como con la continuidad histórica de la nación y con
la calidad de aquello que se produce. Las asociaciones profesionales, en tanto
espacios de convergencia entre empleadores y trabajadores, operan bajo una
disciplina común que orienta la producción hacia las necesidades nacionales,
desplazando la primacía de la especulación y subordinando el interés particular
a una finalidad colectiva más amplia. El Estado, al trazar las líneas generales
y resguardar la equidad en los intercambios, asegura que la cultura, la ciencia
y el arte dispongan de una independencia real, sostenida por la comunidad como
proyecto compartido, liberándolas de la subordinación al mercado y de la
dependencia de la beneficencia particular.
La grandeza de un pueblo se
expresa a través de una medida distinta del consumo y del intercambio
comercial, en la medida en que se manifiesta en la capacidad colectiva de
superación, en la amplitud de los gestos compartidos y en la potencia de las
obras que, al trascender a las generaciones presentes, inscriben una
continuidad histórica. Cuando la vida común queda absorbida por la ganancia
inmediata y el individuo se reduce al cálculo cuantitativo, con la consiguiente
erosión del sacrificio y de la entrega, la nación inicia un proceso de
decadencia que afecta su sentido profundo. De ahí la necesidad de restablecer
una jerarquía auténtica, en la cual el impulso heroico, creador de valores no
visibles pero decisivos, ocupa el rango principal, mientras que el impulso
orientado a la conservación y al trabajo sostiene un segundo plano
indispensable. A partir de esta disposición se hace posible la construcción de
una civilización en la que el hombre ejerce dominio sobre su destino compartido
y afirma su primacía frente a la posesión material.
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