La Gran Guerra contra Baal

marzo 02, 2026





No es una guerra más. No es un conflicto de fronteras, ni una disputa por recursos, ni siquiera una simple confrontación entre potencias regionales. Lo que se está librando desde el corazón de Persia hasta las costas del Mediterráneo, desde los valles del Líbano hasta las puertas del Mar Rojo, es una guerra de naturaleza escatológica. Es el choque entre dos concepciones del ser, entre dos modos de estar en el mundo, entre la fertilidad del espíritu y la esterilidad de la materia.

Occidente, esa entidad que ya no es un lugar geográfico, más bien una condición invertida del alma, ha erigido su civilización sobre un altar antiguo y siempre renovado: el altar de Baal. El Baal de los cananeos, el señor de la tormenta y la fertilidad en las viejas narrativas, ha mutado. Hoy su nombre es Talasocracia, Imperio del Mar, dominio de lo líquido y lo informe. Hoy su templo es la Bolsa de Valores, su liturgia es el consumo, su mandamiento es la usura, su promesa de salvación es la abolición de toda diferencia, de todo límite, de toda trascendencia.

Y frente a ese Leviatán que emerge de las aguas, se alza Irán. No como un Estado-nación más, no como una potencia regional con los típicos intereses geopolíticos, más bien como el último baluarte de la fitra, la naturaleza primordial que el Corán menciona como la disposición innata del ser humano hacia lo verdadero. Irán, la tierra de los ayatolás, la tierra de la resistencia, se ha convertido en el muro que enfrenta la embestida de la bestia.

Hay una palabra en árabe que nombra al adversario primordial: Shaytan. Iblis, el desesperado, el que fue expulsado por su soberbia, el que prometió sentarse en las sendas rectas para desviar a los hijos de Adán. Shaytan no es una figura folclórica, no es un hombre rojo con cuernos y tridente. Shaytan es una cualidad del ser, una dirección del alma. Es la inclinación a la arrogancia, a la negación del límite, a la pretensión de autosuficiencia. Es el susurro que dice: "No necesitas nada más allá de ti mismo, el mundo es tuyo, tómalo, consúmelo, domínalo".

Occidente ha institucionalizado ese susurro. Lo ha convertido en un sistema económico, en filosofía política, en una estética enfermiza, en deseo. La civilización occidental contemporánea, esa que nació en la llamada "Ilustración", que se expandió con el colonialismo, que hoy se impone vía satélite y algoritmos, es la materialización más perfecta de la promesa de Iblis: la autonomía absoluta del sujeto, la liberación de todo vínculo sagrado, la reducción de la realidad a objeto de consumo.

Y en su centro, como una glándula pineal maligna, late la camarilla. Ese núcleo duro de la oligarquía global que algunos han llamado, con acierto, la "civilización Epstein". No es una metáfora. La isla de Epstein, los vuelos, las grabaciones, los rostros del poder político, financiero y cultural desfilando por ese burdel del fin de la historia: eso no es una anécdota criminal, eso es un sacramento. Es la misa negra de la talasocracia. Es el momento en que el poder se revela a sí mismo como lo que siempre ha sido: dominio, posesión, violación de la inocencia, consumo de lo sagrado.

Porque Baal exige sacrificios. Exige niños. Exige la profanación de lo vulnerable. Exige que la fertilidad sea torcida hacia la esterilidad, que el amor sea convertido en una transacción, que el misterio de la vida sea diseccionado en el laboratorio del placer sin consecuencias. Eso es Epstein: la culminación de una civilización que ha decidido que no hay nada más allá del horizonte de sus propios deseos.

Frente a esa civilización del íncubo, esa que succiona la vida allí donde la encuentra, que vampiriza las energías de los pueblos, que convierte la historia en un bucle interminable de dominación, se alza el Eje de la Resistencia. Y no es un eje meramente político o militar. Es una constelación espiritual.

Irán, la República Islámica, ha comprendido algo que Occidente ya no puede entender: que la política sin lo sagrado es simplemente la dirección de la muerte. Que la economía sin la trascendencia es el arte de redistribuir la miseria. Que la guerra sin una dimensión escatológica es mera violencia, y la violencia sin horizonte es el infierno en la tierra.

Por eso el enfrentamiento con Israel, ese enclave de la talasocracia en el corazón del mundo islámico, no es una disputa territorial. Es el choque entre dos principios: el principio de la profecía, que llama a la justicia y al reconocimiento del límite, y el principio del becerro de oro, que adora el poder desnudo y se alimenta de la sangre de los pueblos. Israel, tal como se ha configurado en su alianza con el imperio anglosajón, es el brazo armado de Baal en Oriente Medio. Es el golem que la camarilla ha moldeado con el barro occidental y su aliento tecnológico para custodiar sus intereses, para fragmentar el mundo islámico, para asegurar que ningún poder autóctono, ningún poder anclado en la tierra y en la tradición, pueda prosperar.

Los golems de la camarilla son muchos: las monarquías del Golfo, cómplices de la usura global; los mercenarios de los Balcanes; los ejércitos privados que siegan la vida africana para alimentar las cadenas de suministro europeas. Pero el golem principal, el más perfecto, es ese Estado construido sobre la promesa de excepcionalidad, sobre la negación del derecho de los otros a existir, sobre la tecnología como ídolo y la memoria del sufrimiento convertida en una coartada para el sufrimiento infligido.

La guerra actual, con sus misiles cruzando el cielo de Isfahán y Tel Aviv, con sus drones sobre el Mar Rojo, con sus embajadas bombardeadas en Damasco, es la manifestación visible de esta lucha invisible. Es la irrupción de lo escatológico en lo geopolítico. Por eso los términos habituales del análisis político resultan insuficientes. No se trata de equilibrar poderes, ni de disuadir al adversario, ni siquiera de defender intereses nacionales. Se trata de algo más radical: se trata de decir sí o no al ídolo.

Irán ha dicho no. Lo ha dicho con la sangre de sus comandantes asesinados. Lo ha dicho con el fuego de sus misiles lanzados por primera vez desde su propio territorio contra el corazón del golem. Lo ha dicho sosteniendo a Hezbolá en el Líbano, a Hamás en Gaza, a los hutíes en Yemen, no como meros proxies, más bien como fragmentos de una misma voluntad de resistencia. Lo ha dicho, sobre todo, manteniendo viva la llama de la expectación: la espera del Justo que vendrá a llenar el mundo de justicia, como prometen las tradiciones chiíes, como anhelan los místicos de todas las religiones abrahámicas.

Occidente, en su ceguera, llama a esto "expansión iraní". No comprende que hay expansiones que son condensaciones. Que cuando Irán se extiende hacia el Mediterráneo, no está ocupando territorio: está recordando a los pueblos que hay algo más que el imperio de la mercancía. Que cuando sus misiles cruzan el espacio aéreo regional, no están amenazando la estabilidad: están señalando que el orden impuesto por la talasocracia no es el único orden posible, que hay otra forma de pensar, otra ley, otra luz.

La camarilla Epsteiniana ha querido siempre esta guerra. La ha buscado con la obstinación del adicto que necesita su dosis de caos. Porque el caos es el elemento de Baal. En el caos, las aguas del diluvio cubren la tierra y todo se vuelve indistinto. En el caos, el fuerte devora al débil sin que nadie pueda llamarlo injusticia. En el caos, los lazos comunitarios se disuelven y cada uno queda aislado, presa fácil del Leviatán.

La guerra contra Irán, contra el Eje de la Resistencia, contra todo aquello que dice "no" al ídolo, es el instrumento predilecto de la talasocracia para mantener el caos. Por eso financian la sedición dentro de Irán. Por eso arman hasta los dientes al golem israelí. Por eso convierten cada protesta en oportunidad para la desestabilización, cada disidencia en ariete contra la República Islámica.

Pero lo que no comprenden, lo que no pueden comprender, porque su forma de pensar es la del íncubo, que sólo sabe succionar, no engendrar, es que la resistencia engendra vida. Que cada mártir iraní es una semilla. Que cada comandante caído multiplica la determinación de quienes quedan. Que la fertilidad del espíritu es inagotable, mientras que la esterilidad de la materia, por mucho que acumule y devore, termina siempre en el vacío.

Baal es infecundo. Su culto, por más que prometa placer y poder, conduce a la aridez del corazón. Lo vemos en las calles de las ciudades occidentales: rostros vacíos, personas tatuadas con la cartografía de la desesperación, relaciones reducidas a meras transacciones, familias pulverizadas, soledad epidémica. Esa es la civilización que quiere imponerse al mundo. Ese es el paraíso que prometen los golems de la camarilla.

Frente a eso, Irán ofrece algo distinto: la posibilidad de vivir una vida con significado. Una vida anclada en algo más grande que uno mismo. Una vida que acepta el límite, que honra la tradición, que espera la justicia final. Una vida que, de ser necesario, se ofrece como sacrificio para que el ídolo no triunfe.

El choque es inevitable. No porque Irán lo busque, más bien porque la naturaleza del ídolo es expansionista. El ídolo no tolera la existencia de algo que no se someta a él. La talasocracia no puede aceptar que haya un rincón del mundo donde su forma de pensar no penetre. La camarilla Epsteiniana necesita que todos los secretos sean revelados para que ningún secreto quede a salvo de su profanación.

Por eso la guerra que viene, la que ya está aquí, es la gran guerra. La que los antiguos textos anunciaban como el enfrentamiento final entre las fuerzas de la luz y las tinieblas, entre Gog y Magog, entre los ejércitos del Dajjal y los que esperan al Mahdi. Pero no hay que imaginarla como un escenario apocalíptico con trompetas y jinetes celestes. Es más sencilla y más terrible: es la guerra cotidiana de quienes, en medio de un mundo que ha decidido adorar al becerro, eligen arrodillarse sólo ante el Misericordioso.

Es la guerra de la mujer con hiyab que cruza una calle de Teherán sabiendo que su forma de vestir es una declaración de principios contra un mundo que la quiere desnuda y disponible. Es la guerra del joven de Beirut que empuña un fusil para defender la dignidad de su pueblo. Es la guerra del científico de Isfahán que trabaja en el programa nuclear sabiendo que las potencias del mundo lo acechan. Es la guerra del niño de Gaza que recoge los restos de su casa entre los escombros y aun así dice: "Dios es suficiente para nosotros".

Esa guerra no se gana con misiles, aunque los misiles sean necesarios. Se gana con la firmeza del corazón. Con la certeza de que la historia no termina en el imperio de Baal. Con la esperanza en la victoria prometida a los justos, aunque esa victoria tarde en llegar y aunque quienes la vean no sean los mismos que combatieron.

Occidente, en su soberbia, cree que puede medir esta guerra con sus categorías. Habla de "capacidades militares", de "equilibrio de poder", de "disuasión". No entiende que está enfrentándose a algo que sus propios instrumentos de medición no pueden captar: la fe. Esa fuerza que movió las montañas cuando los profetas las desafiaron. Esa energía que sostuvo a los primeros musulmanes en Badr contra un ejército muy superior. Esa certeza que anima hoy a los combatientes del Eje de la Resistencia cuando miran los cielos llenos de drones y misiles.

Baal tiene sus golems, sus ejércitos de barro animados por la tecnología y el dinero. Pero el barro, por más que se le dé forma, sigue siendo barro. Y cuando el soplo del espíritu, el ruh que Dios insufló en Adán, pasa sobre esos ejércitos, se desmoronan. Lo vimos en la guerra de 2006, cuando Hezbolá humilló al ejército invencible. Lo vemos hoy, cuando los hutíes desafían a la armada más poderosa del planeta. Lo veremos mañana, cuando el último misil iraní encuentre su blanco y el mundo comprenda que la historia no ha terminado, que hay algo más allá del imperio de la mercancía.

La gran guerra contra Baal es eso: la demostración de que la materia no es lo único real. De que el espíritu existe y actúa en la historia. De que la resistencia de los pueblos no es solo un fenómeno sociológico, más bien teológico. De que el grito de "Allahu Akbar" que sube desde los minaretes de Irán es más fuerte que todos los rugidos del Leviatán.

Que no se engañen los pensadores de Washington, los burócratas de Bruselas, los financieros de Londres. Que no se confíen los generales de Tel Aviv, los jeques de Riad, los mercaderes de Dubái. La guerra que han desatado no es contra un Estado, ni contra una ideología, ni contra un pueblo. Es contra una promesa. La promesa de que el justo heredará la tierra. La promesa de que la verdad, por más que sea crucificada, resucitará. La promesa de que Baal caerá y su templo será desolación, y sus sacerdotes serán dispersados, y sus víctimas resucitarán para testimoniar contra él en el Día del Juicio.

Irán sabe esto. Por eso resiste. Por eso no transa su dignidad. Por eso, cuando lanza sus misiles contra el golem, no lo hace sólo para dañar las infraestructuras enemigas, mas bien para señalar al mundo que la hora de Baal ha terminado. Que el íncubo ha sido expuesto. Que la bestia, por más que muestre sus dientes, ya está herida de muerte.

Y en ese gesto, en esa resistencia cotidiana, en esa firmeza que los analistas occidentales llaman "intransigencia" y los creyentes llaman "tawakkul", confianza en Dios, , se juega algo más que el destino de una región. Se juega el alma del mundo.

Porque si Baal vence, si la talasocracia logra someter el último reducto de resistencia, entonces la humanidad entera quedará huérfana, flotando en las aguas del caos, presa del Leviatán, sin más horizonte que el consumo y la muerte. Pero si la resistencia prevalece, si Irán y su eje mantienen en alto la bandera de la dignidad, entonces habrá esperanza. Entonces sabremos que la historia tiene sentido. Entonces comprenderemos que la guerra contra Baal no era un conflicto más, más bien la gran guerra, la guerra definitiva, la guerra que abre las puertas a la justicia prometida.

No preguntes, pues, por las partes de esta guerra, por los balances de bajas, por los movimientos tácticos. Todo eso es humo. Lo que importa es el signo: la dirección en que se inclina la balanza invisible. Lo que importa es saber de qué lado estás cuando la bestia reclama tu adhesión. Lo que importa es responder, como respondió el Imam Hussein en Karbala, cuando le ofrecieron elegir entre la sumisión al tirano y la muerte: "No me veréis elegir la humillación".

Esa es la guerra. Esa ha sido siempre la guerra. Y en esa guerra, Irán ha elegido. Ha elegido la dignidad del sacrificio sobre la comodidad de la sumisión. Ha elegido la memoria de los profetas sobre el olvido que impone el mercado. Ha elegido la espera del Justo sobre la desesperación del instante.

Que Baal tiembla. Que sus golems se resquebrajan. Que la talasocracia infecunda, por más que agite sus aguas, no podrá apagar la luz que brota del corazón de Persia. Esa luz, alimentada por la sangre de los mártires, por las lágrimas de las madres, por la firmeza de los jóvenes, por la sabiduría de los ancianos, es inextinguible.

Y cuando al fin se levante el velo, cuando la guerra termine y la justicia sea manifiesta, entonces sabremos que todo este dolor, toda esta sangre, toda esta espera, tenía un sentido. Entonces veremos el rostro de Baal desmoronándose en el polvo, y escucharemos, desde el oriente y el occidente, un solo grito:

 

Allahu Akbar.

Dios es más grande.

Dios es más grande que el ídolo.

Dios es más grande que el imperio.

Dios es más grande que la muerte.

 

Y la guerra habrá terminado. Y comenzará la paz de los justos. La paz que el mundo, en su ceguera, no puede ni imaginar.


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