Mentirse a sí mismo: la estrategia de seguridad de Honduras
abril 12, 2026
Si hay algo que ya no admite discusión en América Latina, o mejor dicho, en todo el continente americano, es que Honduras se ha ganado, con todas las de la ley, el título de país más violento del continente. Sus dos principales ciudades, San Pedro Sula y Tegucigalpa, compiten sin despeinarse con lugares como Damasco, en Siria. Así de penosa es la posición de Honduras en el mapa mundial de la violencia.
Y, sin embargo, nuestros “intelectualoides” locales, esos especímenes paupérrimos con el ego hinchado, se dedican a contorsionarse mentalmente, haciendo malabares, acrobacias y piruetas conceptuales para no enfrentar esta cruda realidad. Crean sus propios mundos de autoengaño, se convencen de que pueden tapar el éxito salvadoreño y se alimentan de ilusiones dentro de sus burbujas académicas. La consecuencia: hoy día no hay voluntad real de enfrentar al crimen en Honduras. Mientras las pandillas, el crimen organizado y todo aquel que se sienta dueño de la calle siga operando a sus anchas, no habrá prosperidad ni estabilidad para el ciudadano promedio, ese que trabaja y paga impuestos mientras observa impotente cómo su país se desmorona.
Y, mientras tanto, nuestro pseudo-academicismo, pretencioso, fatuo y lleno de ínfulas, cree que con hechizos, conjuros y retórica elegante puede engañarnos. Tal vez se engañen a sí mismos, tal vez crean que logran tapar la realidad, pero, fuera de sus pasillos cerrados, la verdad sigue siendo cruel y clara: Honduras es un desastre que nadie quiere enfrentar.
Se han escrito todo tipo de análisis vacíos en Honduras por supuestos intelectuales y analistas, una cuestión que solo puede producirse en la burbuja aséptica de quien nunca ha tenido que pagar extorsión para que no maten a su hijo, de quien nunca ha visto cómo el asesino de su familiar camina libre porque el fiscal estaba comprado, de quien puede permitirse el lujo de contemplar la seguridad pública como ejercicio académico de psicología social en lugar de una supervivencia cotidiana. Los textos en cuestión terminan siendo una clase magistral en cómo usar cincuenta párrafos para decir absolutamente nada útil, cómo disfrazar la cobardía intelectual con citas a teorías de la frustración mientras se omite la única verdad que importa: que en Honduras no se puede implementar ningún modelo de seguridad, ni el de Bukele ni ningún otro, porque las instituciones encargadas de ejecutarlo están podridas desde dentro y nadie con poder real quiere limpiarlas.
La omisión más escandalosa, la que convierte todo ese examen en papel de desecho académico, es su silencio total sobre el saneamiento institucional. Se habla de logística, de geografía, de densidad policial, de capacidad carcelaria, de polarización política, pero no se dedica ni una sola línea a lo que Bukele hizo primero, antes de cualquier régimen de excepción, antes de cualquier operación masiva: reestructuró la policía y el ejército, reemplazando mandos clave y estableciendo mecanismos de supervisión interna funcionales para garantizar que las fuerzas de seguridad fueran mínimamente confiables. Se ignora que en El Salvador se reorganizó la inteligencia policial, que se crearon sistemas de control interno y se removieron oficiales comprometidos con la corrupción o con las pandillas. Sin esto, cualquier plan se filtra al narcotráfico antes de amanecer. Y se oculta porque reconocerlo implicaría admitir que el problema de Honduras no es técnico ni logístico, es más de una voluntad política para enfrentar a las mafias que han capturado al Estado. Implicaría señalar a los políticos, empresarios y operadores de justicia que viven del estado de cosas criminal, algo que los analistas de salón nunca harán porque su mundo social depende de mantener buenas relaciones con esos mismos sectores.
En su lugar, se sirve la excusa geográfica, esa mentira cómoda que asume que el lector hondureño es demasiado ignorante para conocer el mapamundi. Se quiere hacer creer que Honduras no puede ser segura porque es cinco veces más grande que El Salvador, porque tiene montañas y fronteras porosas. Esta es la clase de argumento que solo puede prosperar en mentes que nunca han salido de la universidad o que asumen que el pueblo es estúpido. Australia es un continente entero, con desiertos inmensos, costas interminables, fronteras imposibles de vigilar completamente, y sin embargo se camina seguro por sus ciudades a cualquier hora. Rusia abarca once zonas horarias, tiene fronteras con medio mundo, climas extremos que dificultan cualquier operación, y sin embargo no vive sometida por grupos criminales que controlan territorios enteros. Canadá, Mongolia, Kazajistán, todos territorios masivos con desafíos geográficos enormes, todos infinitamente más seguros que Honduras. La extensión territorial no determina la seguridad; la capacidad institucional sí, y los analistas lo saben, pero prefieren insultar la inteligencia colectiva con excusas de atlas escolar antes de admitir que el problema es que las instituciones son una extensión del crimen organizado.
Peor aún es cómo manosean la demografía, como si hablaran de Marte y no de Honduras. Resulta que el país tiene una distribución bastante clara, una especie de “T” entre la costa norte y Tegucigalpa, con enormes extensiones poco pobladas. Es un dato básico, casi escolar. Pero no: prefieren fingir que Honduras es una lata de sardinas de frontera a frontera, un caos demográfico uniforme donde todo es incontrolable por definición. Y aquí viene la pirueta mental: en vez de reconocer que tener ya esta población concentrada puede facilitar el control territorial, porque es más sencillo vigilar corredores definidos y ciudades densas que patrullar selva infinita, omiten el detalle y venden la idea de un país ingobernable por una especie de saturación. Es el razonamiento invertido del derrotismo profesional: primero se decide que nada funciona y luego se seleccionan los “datos” que lo confirmen.
La concentración urbana podría ser una ventaja táctica. Permitiría focalizar recursos, desplegar inteligencia criminal donde realmente vive la gente, construir presencia estatal visible en puntos estratégicos. Pero claro, eso implicaría algo incómodo: policías que no filtren información a los narcos, fiscales que no archiven expedientes con olor a soborno y jueces que no obedezcan llamadas “de arriba”. Ahí está el elefante en la sala que los analistas de cafetería prefieren no mirar: el problema no es la geografía ni la densidad poblacional. Es el saneamiento de las fuerzas. Y eso ya no se arregla con gráficas alarmistas ni con columnas bien redactadas; eso exige tocar intereses. Y tocar intereses, al parecer, no es tan cómodo como declarar que todo está perdido.
El examen carcelario es igualmente cínico. Calculan con alarma que replicar las tasas de encarcelamiento salvadoreñas implicaría hasta cien mil reclusos, frente a los veintiún mil que el sistema actual apenas sostiene. Lo que no dicen, lo que se omite convenientemente porque desmontaría su argumento de imposibilidad, es que el sistema penitenciario hondureño es una vergüenza no por causas de falta de capacidad física, es más por el diseño intencional de las mismas. Las cárceles son universidades del crimen porque hay ciertos intereses económicos y políticos en que lo sean, porque la corrupción penitenciaria es una industria rentable para funcionarios y operadores del sistema hondureño. Bukele construyó prisiones masivas porque decidió que la seguridad era una prioridad absoluta, porque destinó recursos que otros gobiernos prefieren gastar en clientelismo político y obras de campaña. Se asume que Honduras está condenada a su mediocridad presupuestaria, que no puede construir infraestructura, que debe resignarse a tener cárceles que son oficinas de los grupos delictivos. Esta es la mentalidad de quienes han normalizado la incompetencia como destino nacional, de quienes prefieren manejar el fracaso antes que aspirar a la eficacia.
Y cuando se queda sin argumentos técnicos, se recurre al último refugio de los analistas de pasillos sin sustancia: la polarización política. Se afirma que el sesenta por ciento del electorado que no votó por el oficialismo impide el acuerdo necesario para medidas drásticas, como si la seguridad pública requiriera unanimidad, como si Bukele hubiera esperado a que todos los salvadoreños estuvieran de acuerdo para actuar. Es una lectura profundamente antidemocrática de la democracia, donde la necesidad de acuerdo absoluto se convierte en una excusa para la parálisis total. La población no apoya dichas medidas de excepción porque hubo algún acuerdo previo; las apoya porque deja de ver cadáveres en las calles, porque puede abrir negocios sin pagar ninguna extorsión, porque sus hijos no son reclutados forzosamente. Los resultados generan el apoyo, no al revés. Pero claro, reconocer esto implicaría admitir que el problema es de liderazgo político decidido, de ejecutivos que prioricen la seguridad sobre la popularidad inmediata, y eso es algo que los gobiernos hondureños nunca han tenido.
Todos esos textos del academicismo hondureño son un ejercicio en evasión torpe fingiendo ser sofisticada. Hablan de hipótesis de frustración-agresión, de psicología social, de equilibrio entre firmeza e inversión social, mientras evitan la única pregunta que importa: ¿por qué se asume que Honduras no puede sanear sus instituciones como lo hizo El Salvador? La respuesta es incómoda y por eso se evita: porque implicaría señalar que la clase política hondureña, los sectores empresariales que financian campañas, los operadores de justicia que circulan en los mismos círculos sociales que los analistas de salón, están demasiado comprometidos con el crimen organizado como para permitir una limpieza real. Es más fácil, más seguro para la carrera académica y las invitaciones a foros, hablar de viabilidad técnica y frustración colectiva que de complicidad criminal de la élite.
El final de esos textos es particularmente repugnante en su condescendencia. Concluyen siempre que la verdadera misión de Honduras es encontrar un modelo propio que equilibre firmeza con inversión social y respeto a la humanidad, como si esto fuera una revelación profunda, como si no fueran exactamente las mismas frases vacías que se han repetido durante décadas mientras el país se desangra. Es el tipo de conclusión que permite dormir tranquilo a los seudo-analistas que nunca han tenido que identificar un cadáver en la morgue, que pueden permitirse el lujo de contemplar la seguridad como un equilibrio teórico entre valores abstractos mientras la población real vive el terror concreto de la extorsión, el sicariato y la desaparición.
Honduras no necesita más análisis que encuentren razones para no actuar. No necesita estos seudo-intelectuales que asuman la inferioridad nacional como un destino geográfico, demográfico o político. Se necesitan liderazgos que comiencen por donde debe comenzarse: reestructurando y controlando las fuerzas de seguridad, investigando y encarcelando a los policías corruptos, los militares cómplices, los políticos financiados por el narco. Necesitan dejar de escuchar a quienes tratan al país como torpe mientras construyen reputaciones académicas sobre su sangre. Necesitamos, sobre todo, reconocer que el modelo Bukele no es magia ni espejismo: es simplemente voluntad política ejercida sobre instituciones previamente saneadas funcionalmente, y que cualquier examen que omite este primer paso no es un análisis, es propaganda de la impunidad disfrazada de un seudo-rigor académico mediocre.
Esos discursos son un monumento a la cobardía intelectual de la clase analítica hondureña, a su preferencia por las teorías abstractas sobre las realidades incómodas, a su complicidad silenciosa con el estado de las cosas criminal mediante la producción de excusas seudo-sofisticadas para la inacción. Este es el tipo de seudo-análisis que se lee bien en conferencias, que suena razonable en debates televisivos, que no ofende a los poderosos porque nunca los nombra. Y mientras tanto, mientras los seudo-analistas siguen descubriendo por qué todo es imposible, los grupos criminales siguen gobernando territorios, los extorsionadores siguen cobrando, los asesinos siguen caminando libres, y el pueblo hondureño sigue preguntándose cuántos análisis paupérrimos más tendrá que soportar antes de que alguien, finalmente, haga algo.
Fuente:- "Honduras NarcoEstado" - Consejo Nacional Anticorrupción (CNA)
- "Raíces del narcotráfico en la Policía Nacional de Honduras" - Danielle Marie Mackey, InSight Crime
- "Corrupción Política y Captura del Estado por el Crimen Organizado" - Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH)
- "Perfil Honduras 2023" - Índice de Capacidad para el Combate a la Corrupción (OC Index)
- "Medidas implementadas por el gobierno de Nayib Bukele" - Biblioteca del Congreso Nacional de Chile
- "Plan Control Territorial" - Wikipedia
- "Evaluación del Plan Control Territorial" - Revista Con-Secuencias
- "Maras y pandillas en Honduras" - InSight Crime
- "Country policy and information note: gangs, Honduras" - UK Government
- "El impuesto de guerra" - El País
- "Extorsión crece bajo un estado de excepción" - Contra Corriente
- "El Salvador vs Honduras size comparison" - GeoRank.org
- "Honduras vs. El Salvador geography comparison" - IndexMundi
- "Evolución y violencia del sistema penitenciario hondureño" - Carlos Fernando Figueroa, Universidad Nacional Autónoma de Honduras
- "Aumenta la militarización de la seguridad pública en Honduras" - Naciones Unidas
- "Pobreza y corrupción policial alimentan las extorsiones" - Expediente Público
- "El modelo Bukele y los desafíos latinoamericanos" - Nueva Sociedad
- "La receta de Bukele no funciona en Honduras" - Global Affairs, Universidad de Navarra
- "Augura Bukele que miles de personas en Honduras morirán" - Prensa Latina
- "¿En qué consiste el modelo Bukele?" - Voz de América
- "Régimen de excepción de El Salvador y las pandillas" - InSight Crime
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