Sobre el terrorismo Sionista

abril 09, 2026

 


En el momento de redactar estas palabras, algo tengo claro: Israel va a seguir incrementando su lista de atentados, su repertorio de terrorismo y sus baños de sangre. No me ajustaría la cantidad de páginas y tinta digital para describir esta entidad que, en su manifestación más extrema, roza lo demoníaco. Más de setenta años de terror continuo son una cifra que, si uno se detiene a pensarlo bien, debería helar la sangre de cualquiera. Aprendieron bien de sus maestros anglosajones, aquellos que les legaron las técnicas del colonialismo de asentamiento, la táctica de la tierra arrasada y el ideario del terror como herramienta de ingeniería social. Lo que comenzó como una réplica se convirtió en una siniestra obra original, una sinfonía de violencia que se ha interpretado, sin pausa, desde las colinas de Palestina hasta los rincones más insospechados del mundo.

No se trata únicamente de la violencia estatal orquestada desde los ministerios y las bases militares. El terrorismo sionista es un fenómeno bicéfalo: una cabeza es el Estado, con su maquinaria burocrática y su ejército; la otra cabeza es la calle, el colono radicalizado, el joven mesiánico que cree hablar directamente con la voluntad divina. Ambas cabezas atacan al mismo organismo, el del pueblo palestino y de toda población no judía que ose respirar en el espacio que el sionismo considera suyo. Da igual que seas cristiano católico u ortodoxo, musulmán o ateo; da igual que tus raíces en esa tierra sean milenarias. Bajo la bota del apartheid, todos los no judíos son sospechosos, todos son prescindibles. Pero son los palestinos, claro está, quienes llevan el peso más cruel de esta segregación, quienes son desposeídos, encarcelados y asesinados con una regularidad que la comunidad internacional ha aprendido a observar con una indiferencia cínica y cómplice.

Para entender la magnitud de esta barbarie, es obligatorio remontarse a la génesis del Estado. Antes incluso de que David Ben-Gurion pronunciara su declaración de independencia, las semillas del terror ya habían sido sembradas por las tres grandes organizaciones paramilitares judías: la Haganá, el Irgún y el Lehi. La Haganá, que luego se transformaría en el núcleo de las Fuerzas de Defensa de Israel, participó en la limpieza étnica metódica de cientos de pueblos palestinos. Los bombardeos de puentes y ferrocarriles, los ataques a convoyes y aldeas, fueron el preludio de la catástrofe. Pero fueron el Irgún y el Lehi quienes perfeccionaron el arte del terror como espectáculo. La masacre de Deir Yassin, el 9 de abril de 1948, es el arquetipo. Ciento siete palestinos, la mayoría ancianos, mujeres y niños, fueron asesinados a sangre fría en una orgía de violencia que los comandantes de Irgún y Lehi orquestaron no solo para ocupar una posición clave, con el fin de sembrar el pánico y provocar un éxodo masivo. Los cadáveres fueron mutilados, desfilados por las calles de Jerusalén, y la noticia de la masacre se propagó como pólvora, provocando que cientos de miles de palestinos huyeran presas del terror. Fue una estrategia genocida. El Lehi, también conocido como la Banda Stern, no solo se ensañó con los árabes; llevó su campaña de asesinatos contra los británicos, asesinando al ministro Lord Moyne en El Cairo y al mediador de la ONU, Folke Bernadotte, cuyo único crimen fue sugerir el regreso de los refugiados a sus hogares.

El nacimiento oficial de Israel en 1948 no significó el fin del terrorismo judío; en cambio, significó su institucionalización y su metamorfosis. Tras un breve paréntesis durante las décadas de 1950 y 1960, cuando la violencia interna se dirigió hacia objetivos judíos seculares, la Guerra de los Seis Días de 1967 reavivó el fuego mesiánico. La ocupación de Cisjordania, Gaza y Jerusalén es la gasolina que los extremistas necesitaban. Los asentamientos comenzaron a brotar como hongos tóxicos en territorio ocupado, y con ellos, una nueva generación de sionismo terrorista: los colonos. En la década de 1980 surgió la “Makhteret” (el “Jewish Underground”), un grupo formado por prominentes miembros del movimiento Gush Emunim. Estos no eran delincuentes callejeros; eran rabinos, oficiales del ejército, pilotos de combate y periodistas. Su objetivo era sabotear el proceso de paz mediante el terror. Plantaron bombas en los coches de los alcaldes palestinos de Ramala y Nablus, mutilándolos de por vida; asesinaron a tres estudiantes en la Universidad Islámica de Hebrón a tiros; y, lo que es más aterrador, planearon volar la Cúpula de la Roca, un acto que habría incendiado todo Oriente Medio. Fueron capturados, juzgados y, en una muestra de la impunidad generalizada, la mayoría cumplió condenas ridículas y fueron liberados en cuestión de años.

El momento en que esta violencia alcanzó su punto más álgido, antes del estallido de la Segunda Intifada, fue la masacre de Baruch Goldstein en 1994. Un médico estadounidense-israelí, seguidor del rabino racista Meir Kahane, entró en la Mezquita Ibrahimi de Hebrón durante el Ramadán y masacró a 29 fieles desarmados que rezaban, hiriendo a otros 125. Goldstein no era un lunático solitario. Era el producto más depurado del kahanismo, una ideología que aboga por la expulsión de todos los árabes y el establecimiento de un estado teocrático judío. Kach y Kahane Chai, los partidos que representaban esta basura ideológica, fueron finalmente declarados organizaciones terroristas por Israel, Estados Unidos y la Unión Europea. Pero la semilla estaba plantada. Un año después, el razonamiento asesino de Goldstein encontró su continuación en Yigal Amir, otro extremista que asesinó al primer ministro Yitzhak Rabin en 1995. ¿El motivo? Rabin se atrevió a negociar la paz y a devolver territorios. Para la mente enferma del supremacista, ceder tierra a los “infieles” es un pecado capital que merece la muerte.

Si los años 80 y 90 fueron la era de las conspiraciones de élite, el siglo XXI ha sido la era de la “guerrilla callejera”. Alrededor de 2008 surgió la política del “Tag Mehir” (Precio). La premisa es siniestramente simple: cada vez que el gobierno israelí toma medidas contra los asentamientos ilegales (por mínimas que sean) o cada vez que los palestinos cometen un ataque, los colonos responden “cobrando un precio” sobre la población civil palestina más vulnerable. La lista de ataques es interminable y se ha convertido en una sangrienta rutina diaria. Quema de mezquitas, destrucción de cosechas de olivos centenarios, apedreamientos masivos, asesinatos a sangre fría. Las Naciones Unidas documentó 1,423 ataques de colonos solo entre octubre de 2023 y septiembre de 2024. Organizaciones como los “Hilltop Youth” (Jóvenes de las Colinas), que Estados Unidos ha sancionado como grupo terrorista, llevan un registro burocrático de sus propias fechorías, contabilizando cuántas aldeas han atacado, cuántas mezquitas han incendiado y cuántos neumáticos han pinchado, como si se tratara de una empresa de logística. El “pogromo” de Huwara en febrero de 2023, donde cientos de colonos armados arrasaron la ciudad palestina, fue tan feroz que el propio comandante militar israelí en Cisjordania lo calificó con ese término, cargado de la memoria del antisemitismo europeo.

Y luego está la otra cara del monstruo: el terrorismo de Estado. El Mossad, la agencia de inteligencia, ha tejido una red de asesinatos selectivos que atraviesa décadas y continentes. Desde la “Operación Cólera de Dios” tras la masacre de Múnich de 1972, en la que cazaron y ejecutaron a atletas y agentes palestinos en las calles de Europa, hasta el asesinato de científicos nucleares iraníes en las calles de Teherán, Israel ha perfeccionado el asesinato como herramienta de política exterior. Bombas de libro, teléfonos explosivos, venenos en pasta de dientes y ametralladoras robotizadas son el menú de acciones de un Estado que no reconoce fronteras legales o morales. El asesinato en 2020 del científico iraní Mohsen Fakhrizadeh mediante una ametralladora remota controlada por satélite es la quintaesencia de esta guerra asimétrica, un acto que viola todo el derecho internacional pero que se ejecuta con la impunidad que otorga el respaldo militar de las potencias occidentales.

No se puede separar el terrorismo de los colonos del terrorismo de Estado, porque son parte del mismo ecosistema. El gobierno israelí, en sus diferentes iteraciones, ha tolerado, financiado y armado a estos colonos. Tras el ataque del 7 de octubre de 2023, el ministro de seguridad nacional, Itamar Ben-Gvir, un discípulo declarado de Meir Kahane, distribuyó miles de rifles de asalto a los colonos, convirtiendo efectivamente a las milicias privadas en una extensión extraoficial del ejército. El resultado fue un aumento exponencial de la violencia en Cisjordania, con una media de cuatro ataques diarios de colonos en 2024. Más de 1.500 palestinos han sido desplazados solo en los primeros meses de 2026, y miles han sido detenidos en una espiral de represión que no tiene fin.

Así pues, el historial criminal del sionismo no es una colección de “excesos desafortunados” o “actos de extremistas aislados”. Es un hilo conductor que va desde la dinamita del Irgún hasta las excavadoras de los colonos, pasando por los francotiradores del Mossad. Es el razonamiento del supremacista que, al sentirse elegido, se siente con derecho a aniquilar al otro. Mientras la comunidad internacional aplauda o mire hacia otro lado, mientras la coartada del “derecho a defenderse” sirva para justificar masacres, esta entidad demoníaca seguirá escribiendo sus crónicas con sangre. La lista crece mientras redacto estas líneas, y crecerá mientras el mundo siga prefiriendo la comodidad de la hipocresía al vértigo de la justicia.

 Fuente:

  • “Deir Yassin massacre”, Wikipedia.
  • “Jewish Terrorists Try To Kill Three Mayors Of Palestinian Cities”, Washington Report on Middle East Affairs.
  • “Jewish Underground”, Wikipedia.
  • “June 1980 West Bank bombings”, Wikipedia.
  • “Jewish Underground Bombs Palestinian Officials”, Center for Israel Education.
  • “Cave of the Patriarchs massacre”, Wikipedia.
  • “Cave of the Patriarchs massacre”, Simple English Wikipedia.
  • Sobre el asesinato de Yitzhak Rabin (1995):
  • “Assassination of Yitzhak Rabin”, Britannica.
  • “Yigal Amir”, Wikipedia.
  • “Huwara rampage”, Wikipedia.
  • “Mossad assassinations following the Munich massacre”, Wikipedia.
  • Sobre la violencia de colonos y ataques "Tag Mehir":
  • “West Bank: Israel Responsible for Rising Settler Violence”, Human Rights Watch.
  • “While attention is on Gaza, Israeli settler attacks are intensifying...”, Rosa Luxemburg Foundation.
  • “Tag Mechir (Price Tag)”, New Israel Fund.
  • “Remembering the Dawabsheh family and the systemic violence against Palestinians”, Interpal.
  • Sobre el asesinato del científico nuclear iraní Mohsen Fakhrizadeh (2020):
  • “Mossad was behind 2020 killing of top Iranian scientist, report claims”, Euronews.
  • Sobre la designación de Kach y Kahane Chai como organizaciones terroristas:
  • “Country Report on Terrorism 2021 - Chapter 5 - Kahane Chai (KC)”, ECOI.net.
  • “Kach and Kahane Chai”, Wikipedia.

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