China y el ocaso de Occidente

mayo 08, 2026

 



El mundo atraviesa actualmente una transición tectónica en la distribución global del poder, un proceso mediante el cual el eje histórico atlántico, centrado durante décadas en Washington, Bruselas y Londres, comienza a mostrar síntomas evidentes de desgaste estructural, mientras emergen nuevas potencias continentales y civilizacionales decididas a disputar la arquitectura del orden internacional. En este escenario, Rusia, China, India e incluso actores regionales como Irán adquieren un peso creciente dentro de un sistema internacional cada vez más multipolar, al tiempo que Estados Unidos deja progresivamente de ocupar la posición incontestable de “primer violín” que mantuvo tras la caída de la Unión Soviética.

 

Cuando Xi Jinping habla, conviene escuchar con atención. No porque sea infalible, sino porque representa a una potencia que piensa en términos históricos y estratégicos de largo plazo, algo cada vez más raro dentro de las democracias occidentales contemporáneas, atrapadas en ciclos electorales cortos, propaganda mediática permanente y una creciente fragmentación interna. Lo mismo ocurre con Putin. Ambos operan desde una lógica de Estado civilizacional, no desde la lógica publicitaria de dirigentes convertidos en productos de marketing político. Precisamente por ello, las campañas mediáticas occidentales contra Moscú y Pekín han alcanzado niveles de histeria semejantes, repitiendo patrones propagandísticos casi idénticos a los utilizados durante la Guerra Fría.

 

La cuestión de Taiwán continúa siendo uno de los principales puntos de fricción global. Pekín considera la isla una cuestión estrictamente interna y estratégica, mientras Washington incrementa gradualmente el suministro de armas, asesoramiento militar y apoyo político a Taipéi, siguiendo un esquema que recuerda cada vez más al modelo ucraniano. La diferencia es que China, a pesar de mantener una actitud prudente y cautelosa, ya no es la potencia de hace veinte años. Su modernización naval y misilística ha transformado radicalmente el equilibrio militar en Asia-Pacífico, especialmente mediante sistemas como los DF-21 y DF-26, diseñados para dificultar la proyección de poder estadounidense en la región.

 

Sin embargo, lo verdaderamente decisivo no ocurre únicamente en el plano militar, sino también en el económico y financiero. Desde hace años, el bloque BRICS dejó de ser una simple sigla económica para convertirse en el núcleo de un proyecto geopolítico alternativo que busca reducir la dependencia del sistema financiero dominado por Occidente. A los miembros originales, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, se han sumado oficialmente nuevos actores como Irán, Egipto, Etiopía y Emiratos Árabes Unidos, mientras otros países mantienen solicitudes activas o fórmulas de asociación estratégica.

 

La incorporación de Irán resulta especialmente significativa porque revela hasta qué punto el BRICS ha dejado de ser únicamente una plataforma económica para transformarse también en un espacio de coordinación política entre Estados sancionados, potencias revisionistas y países del llamado “Sur Global” que buscan escapar de la órbita occidental. Irán, sometido durante años a sanciones estadounidenses y europeas, encuentra ahora respaldo diplomático, corredores comerciales alternativos y nuevas vías de integración energética y financiera.

 

Paralelamente, el proceso de desdolarización avanza, aunque de manera más lenta y compleja de lo que muchos entusiastas imaginaban en 2023. El dólar sigue siendo dominante en el comercio y las finanzas globales, pero cada vez más intercambios energéticos y comerciales entre países BRICS se realizan en monedas nacionales. Rusia y China, por ejemplo, ya comercian masivamente en rublos y yuanes, mientras Moscú impulsa mecanismos financieros alternativos al sistema SWIFT.

 

No obstante, el bloque BRICS también enfrenta contradicciones internas importantes. India mantiene tensiones estratégicas con China; Brasil evita convertir el bloque en una alianza abiertamente antioccidental; y países como Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudita continúan conservando vínculos profundos con Washington. Esto significa que el BRICS todavía está lejos de constituir una alianza militar o una estructura cohesionada comparable a la OTAN. Más bien funciona como una plataforma flexible de cooperación entre potencias que comparten el interés de debilitar la hegemonía occidental sin necesariamente coincidir en todos sus objetivos.

 

La guerra de Ucrania aceleró muchos de estos procesos. Las sanciones masivas contra Rusia, lejos de aislarla completamente, incentivaron la construcción de rutas financieras, energéticas y logísticas alternativas entre Moscú, Pekín, Teherán y otros actores euroasiáticos. Al mismo tiempo, el conflicto ha expuesto limitaciones industriales y militares dentro de Occidente, particularmente en Europa, cuyos arsenales y reservas estratégicas han sufrido un desgaste considerable tras años de transferencias constantes hacia Kiev.

 

Mientras tanto, Oriente Medio entra en una nueva fase de inestabilidad. El enfrentamiento indirecto, y cada vez menos indirecto, entre Irán, Israel y Estados Unidos introduce un factor explosivo dentro de la transición multipolar actual. Lo interesante es que China y Rusia han logrado consolidar vínculos simultáneos con Irán, Arabia Saudita y otros actores regionales, presentándose como mediadores y socios pragmáticos allí donde Occidente aparece cada vez más asociado al caos, las sanciones y la confrontación permanente.

 

En conjunto, todo esto apunta a una conclusión evidente: el orden unipolar nacido tras 1991 ya no puede sostenerse con la misma facilidad. El sistema internacional se desplaza gradualmente hacia un escenario multipolar caracterizado por bloques económicos rivales, tensiones tecnológicas, guerras híbridas, competencia energética y conflictos regionales crecientes. Occidente continúa siendo extremadamente poderoso, pero ya no posee el monopolio absoluto del poder económico, industrial, tecnológico y militar que disfrutó durante décadas. El problema para Washington no es únicamente el ascenso de China o Rusia, sino el hecho de que cada vez más países comienzan a actuar bajo la premisa de que el futuro ya no pertenece exclusivamente a Occidente.

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