La democracia liberal: la estafa más exitosa de la historia
mayo 08, 2026
Vamos al grano, aunque no se
necesite ser muy listo para darse cuenta de que todos nuestros sistemas
pseudodemocráticos parten de una premisa tan ridícula como falsa: esa según la
cual la mayoría numérica tiene derecho a imponer la ley, como si el hecho de
ser más significara automáticamente estar en lo cierto. La observación más
elemental, esa que cualquier persona con dos dedos de frente puede hacer, nos
muestra que los hombres no son iguales ni de lejos, ya que cada uno es una
mezcla distinta de inteligencia, carácter, salud, cultura y, sobre todo, de
estupidez. Por lo tanto, sostener que el voto de un analfabeto funcional vale
lo mismo que el de un académico, es decir, equiparar al que no sabe leer con el
que ha dedicado veinte años a estudiar, no es otra cosa que una ficción
contable, por no decir una mentira piadosa que solo los hipócritas defienden.
Y lo mejor de todo: pocos
hombres, como es obvio, tienen una opinión genuinamente propia, ya que la
mayoría son esponjas condicionadas desde la infancia por la televisión, redes
sociales o el periódico de turno y las tonterías que sueltan sus familiares o
amigos en las reuniones sociales. Reciben un pensamiento ya prefabricado, el
cual además confunden con su “personalidad” (como si tuvieran una), y luego lo
vomitan en las urnas creyendo que están ejerciendo su libertad. La democracia
aritmética, esa farsa que tanto nos venden, lo que hace es sumar ecos de loro y
llamarlos opiniones, con lo que el poder se convierte en un concurso de quién
tiene más altavoces, no de quién tiene más razón. Cuando el condicionamiento
falla, cosa que ocurre, ay, más seguido de lo que a los demócratas les
gustaría, se recurre al fraude descarado: se manipulan municipios, se invalidan
elecciones incómodas o se inventan problemas falsos, todo ello para que la
gente no mire hacia los verdaderos problemas.
La historia, por cierto, se ríe
de la mayoría. Copérnico estaba solo contra todos, Pasteur fue el hazmerreír de
sus colegas, y Semmelweiss terminó en un manicomio por decir la verdad. ¿Qué
hizo la mayoría mientras tanto? Seguir creyendo que el Sol giraba alrededor de
la Tierra y que a las brujas había que quemarlas. Si hubiéramos hecho caso a la
mayoría, como los buenos demócratas nos exigen, todavía estaríamos viviendo en
cuevas. El progreso, por si alguien no lo había notado, siempre se ha hecho
contra la mayoría, nunca gracias a ella.
El sistema parlamentario, luego,
es el colmo. El pueblo participa una vez cada cuatro años, después de una
campaña de lavado de cerebro intensivo, y luego, durante los otros tres años y
once meses, unos mediocres profesionales de la política se dedican a negociar
suculentos intercambios: “yo te permito saquear este ministerio si tú me dejas
saquear aquel”. El poder real, como no podía ser de otra forma, termina en
manos de una administración anónima e incontrolable. Eso no es democracia, es
una oligarquía de la mediocridad, es decir, el reino de los ineptos organizado
para que los ineptos se perpetúen. Patético, ¿verdad?
Frente a este absurdo, propongo
algo tan escandaloso como sensato: un gobierno comunitario basado en la
competencia y la responsabilidad. En cada oficio, aunque a los igualitaristas
les arda, surge una aristocracia natural de los más capaces; un régimen digno
de ese nombre debería escuchar a esa gente, no aplastarla bajo el peso de la
mayoría imbécil. Las decisiones, por razones que cualquier psicólogo sabe,
deben tomarlas grupos de no más de diez personas, pues por encima de ese número
la eficacia se desploma. ¿Y qué hacen nuestras “democracias”? Reunir a
quinientos incompetentes en un hemiciclo para que aplaudan o silben como focas
amaestradas. Brillante.
Para no alargar esta catarata de
evidencias, lo que llamamos democracia parlamentaria no es más que una
plutocracia disfrazada, un sistema donde los mediocres se perpetúan mediante el
condicionamiento de las masas y el fraude electoral. No hace falta odiarla,
aunque sería comprensible; basta con despreciarla en silencio y, de paso, dejar
de llamarla democracia. Porque, seamos sinceros, de democrático no tiene nada:
tiene de farsa, de negocio y de circo. Y el público, como siempre, aplaude sin
saber lo que hace.
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