El imperio británico agoniza, pero su veneno aún intenta alcanzar al Sur Global

mayo 15, 2026




Los ingleses han sido conocidos durante siglos por su habilidad para envolver sus intereses imperiales con la seda de la virtud. Son maestros del doble discurso: hablan de democracia mientras sostienen dictaduras aliadas, predican derechos humanos mientras apuntalan guerras económicas, y se proclaman defensores del “orden internacional” mientras desestabilizan regiones enteras cuando conviene a su agenda.

 

El truco ha funcionado tantas veces que ya forma parte de su identidad política. Han repetido tanto la narrativa de su “civilización” que incluso ellos mismos la creen. Esa mezcla de superioridad moral autopercibida y pragmatismo sin escrúpulos ha sido una herramienta central del poder británico durante siglos.

 

En América Latina y en buena parte del Sur Global, sabemos bien cómo funciona ese juego: se nos vigila, se nos sermonea, se nos evalúa moralmente… pero quienes reparten las lecciones fueron precisamente quienes construyeron su riqueza saqueando continentes enteros.

 

Durante tres siglos, las naciones latinoamericanas no solo navegamos entre imperios: fuimos el tablero donde ellos jugaban ajedrez mientras nosotros éramos las piezas. Y mientras nos enredábamos en debates internos, Inglaterra avanzaba con su estilo preferido: una mezcla de guante blanco y puñal escondido. Nos clavaban deudas que parecían favores, manejaban nuestras aduanas como si fuesen propias, metían mano en gobiernos ajenos con la misma soltura con que sirven té, financiaban facciones políticas como quien alimenta mascotas exóticas y tiraban de los hilos de nuestras economías sin despeinarse. Y, por supuesto, siempre envueltos en su eterna cantaleta de falsa corrección moral.

 

Cuando algún país intentó resistirse, fue tratado de “peligro”, “inestable”, “salvaje” o “amenaza para la civilización”. La receta de propaganda británica era tan simple como efectiva: crear monstruos para justificar intervenciones. Lo hicieron en África, en Asia, en Medio Oriente, y también aquí.

 

Los ejemplos sobran: inventaron historias de atrocidades, promovieron rumores de barbarie, difundieron relatos de “niños mutilados” o pueblos “inhumanos” para legitimar sus propias intervenciones. Lo mismo que hoy se repite en los medios occidentales cuando un país del Sur Global decide construir una política exterior independiente o desafiar intereses anglosajones.

 

El Sur Global aprendió, con siglos de atraso pero a un costo incalculable, que la narrativa británica del “juego limpio” casi nunca fue más que un barniz. Las potencias que aún se proclaman árbitros de la civilización fueron también las que llenaron océanos de esclavos, dividieron continentes con regla y tinta, y dejaron tras de sí cicatrices económicas que perduran hasta hoy.

 

Y sin embargo, Londres continúa comportándose como si pudiéramos ser engañados con los mismos trucos de siempre. Cada vez que un país latinoamericano protege su soberanía energética, tecnológica o monetaria, aparece la maquinaria de prensa inglesa hablando de “autoritarismo”, “retroceso democrático”, “amenaza regional” o “crisis humanitaria inminente”.


Las tácticas no han cambiado: exageraciones, alarmismo, expertos cuidadosamente seleccionados, editoriales moralizantes desde periódicos que nunca aplican esos estándares a sus propios aliados.

 

Pero el Sur Global ya no es el del siglo XIX. Ya no somos repúblicas recién nacidas, dispersas, fáciles de manipular. Hoy existe una conciencia política más amplia, una memoria histórica más clara y una creciente desconfianza hacia los discursos moralistas que vienen del Norte. Cada vez más países están rompiendo con la dependencia financiera, diversificando alianzas y rechazando la tutela cultural e informativa de las antiguas potencias.

 

Por eso ya no funciona la vieja táctica británica de dividir a los pueblos del Sur Global entre “civilizados” y “peligrosos”, entre “gobiernos malos” y “poblaciones buenas”. Sabemos que esas categorías son fabricadas según la conveniencia del momento, no según los principios.


La idea de que Inglaterra, o cualquier potencia heredera del colonialismo, sea árbitro moral del mundo es cada día más risible. Sus editoriales pueden seguir sermoneando; sus diplomáticos, regañando; sus think tanks, advirtiendo de catástrofes que nunca ocurren. Pero lo que encuentran en América Latina y el Sur Global no es sumisión, sino una mezcla creciente de indiferencia, ironía y rechazo.

 

 Si de verdad quieren evitar un conflicto mayor con el Sur Global, que se ahorren las campañas de miedo y los relatos rancios de atrocidades que alguna vez usaron como pretexto para invadir países. Ese truco ya no impresiona a nadie. La salida es mucho más sencilla, y más amarga para ellos, : aceptar que el mundo dejó de girar alrededor de Londres hace mucho, y que sus “órdenes” ya no pasan de ser eco viejo de un imperio que no existe.


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