La mafia Epstein busca estrangular a China y matará millones para lograrlo
mayo 17, 2026
El motivo real del conflicto contra Irán no radica en el crudo, ni en los proyectiles atómicos, ni siquiera en el dominio inmediato del Paso de Ormuz. Esos son los indicios, las razones difundidas que los medios reiteran por ser sencillas de captar y no inquietar al público general. El fundamento profundo, el que los mandos de guerra debaten en papeles clasificados y los analistas geopolíticos estudian en reportes que nunca alcanzan las portadas, es mucho más directo: Irán es el eje geográfico del nuevo orden que China y Rusia edifican y, por ello, debe ser destruido. Lo que presenciamos no es un choque regional más en el siempre convulso Asia occidental. Es una contienda global de raigambre anglosajona, organizada por la cúpula de poder con núcleos en Washington y Londres, cuya meta manifiesta (aunque nunca se exprese con claridad) es frenar el auge de China a toda costa, aun si ese precio se mide en millones de muertes y regiones enteras hundidas en la miseria.
Para comprender la magnitud del plan, conviene dejar de percibir los choques como sucesos aislados y empezar a verlos como las piezas de un mismo tablero. La guerra de Ucrania no fue una acción improvisada ante una supuesta amenaza rusa. Fue la primera tenaza. La meta era agotar a Rusia, el aliado vital más relevante de China, interrumpir el flujo de energía económica hacia Europa y, de paso, forzar un reordenamiento mundial que privara a China de su socio energético y de defensa en el norte. No importaba que Ucrania terminara en ruinas, que millones de europeos se vieran en la pobreza por el costo del gas o que la hambruna se extendiera por África ante la carencia de cereal ucraniano. El fin era golpear a Rusia para debilitar al bloque de Eurasia. Esa fue la primera acometida.
Ahora, con la guerra declarada contra Irán, estamos viendo la segunda pinza. Irán no es el enemigo porque amenace a Israel con frases grandilocuentes o porque tenga un programa nuclear que lleva veinte años sin concretar una bomba. Irán es el enemigo porque es el punto de unión central de dos megaproyectos logísticos que, si se completan, rompen la hegemonía comercial occidental para siempre. El Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur, que conecta India con Rusia a través de territorio iraní por ferrocarril y carretera, permite que el comercio fluya sin pasar por el Canal de Suez, que está controlado de facto por los intereses occidentales. Y la rama más estratégica de la Nueva Ruta de la Seda china, el BRI, converge exactamente en el mismo punto: Irán es la bisagra que une a China con Europa y con los mercados del Golfo. El acuerdo de 25 años que China firmó con Irán en 2021, valuado en 400 mil millones de dólares, no es un tratado comercial ordinario. Es la compra del peaje más importante del planeta. Es la declaración de que Irán será, en el mundo que viene, el administrador de las rutas por las que viajará todo lo demás.
Y es justamente por eso que Washington y su aliado israelí están resueltos a asolar Gaza, a prender fuego al sur del Líbano y a atacar centros atómicos iraníes que saben de sobra que no suponen un riesgo inminente. Porque lo que se disputa no es la protección de Israel, sino el dominio del siglo XXI. El proyecto IMEC, la vía India-Medio Oriente-Europa que Trump y Netanyahu promueven como opción, es la réplica del oeste a la visión de Eurasia. Si el IMEC se asienta, el intercambio entre Asia y Europa cruzará por los Emiratos Árabes, Arabia Saudita e Israel, territorios afines a Washington donde todo se sufraga en dólares, donde los movimientos se vigilan desde Wall Street y donde China queda fuera de la ecuación. Para que eso ocurra, Irán debe dejar de ser un actor de peso. Debe ser atacado, fraccionado y neutralizado. Y de paso, Gaza, que es el obstáculo que impide la plena relación con los países del Golfo, debe ser “saneada” y tornada en un centro de recreo de alto nivel manejado por Estados Unidos, una suerte de Dubái alzada sobre fosas comunes. Ese es el plan.
Pero aquí reside lo que los estudios comunes no desean notar. Para ejecutar esta doble tenaza (Ucrania al norte, Irán al sur) la cúpula anglosajona ha resuelto que millones de seres humanos son prescindibles. En Ucrania ya han fallecido mas de un millón de militares y han escapado más de diez millones de personas, y la nación ha sido despojada de su industria por completo, tornada en un vacío de deuda y armamento. En Gaza, los decesos superan los sesenta mil, y la ONU menciona sin tapujos la expulsión de grupos mientras los observadores de paz miran hacia otro lado. En el Líbano, las redes civiles son atacadas de forma metódica para cortar cualquier ruta de envío que pudiera vincular a Irán con el Mediterráneo. Y en Irán, cada embestida israelí o estadounidense contra zonas de puertos o trenes no busca anular proyectiles, sino demorar la puesta en marcha del corredor norte-sur. Pero la visión va más allá de la simple ruina física. El empobrecimiento de Europa, por citar un caso, es un perjuicio secundario plenamente admitido. Los costos de la energía se han elevado, la pérdida de industria alemana es una realidad, y las plantas se mudan a Estados Unidos o China, según quién brinde mejores opciones. Lo que se realiza es un cambio de sitio forzoso: se empobrece a los aliados para que dependan aun mas de Washington, y se golpea a los oponentes para que no logren comerciar entre ellos.
China, en el centro de esta tormenta, es el verdadero objetivo. La guerra en Ucrania buscaba cortar el acceso ruso a los mercados occidentales y aislar a Moscú. La guerra en Irán busca cortar el corredor terrestre que China necesita para evitar el Estrecho de Malaca, ese punto angosto entre Malasia e Indonesia donde una flota americana podría bloquear el ochenta por ciento del comercio chino con Europa en cuestión de horas. Si China pierde a Rusia y a Irán como socios logísticos, su crecimiento se ralentiza, su acceso a materias primas se encarece y su capacidad para proyectar poder en Eurasia se reduce drásticamente. Eso es lo que busca Washington: no necesariamente derrotar militarmente a China, porque saben que es imposible sin destruir el mundo, sino asfixiarla económicamente, cortar sus rutas, cercarla con bases y aliados hostiles, y obligarla a crecer hacia dentro mientras el resto del mundo se alinea con Estados Unidos. Es una guerra de desgaste, una guerra de posiciones, una guerra donde las víctimas no son solo los soldados en las trincheras de Donbass o los civiles bajo las bombas en Gaza, sino los miles de millones de personas que verán cómo su nivel de vida se deteriora porque el comercio global se fragmenta en bloques enfrentados.
La duda que nadie desea despejar es hasta dónde está dispuesta a llegar esta cúpula anglosajona. Porque las cifras señalan que no hay tope. Ya hemos visto cómo se dejó de lado a los aliados en el Golfo: Emiratos y Arabia Saudita aseguraron miles de millones para la reconstrucción de Gaza, pero Washington les demanda que paguen mientras los presiona con el riesgo de dejarlos sin amparo ante Irán si no se pliegan. Hemos visto cómo se emplea la hambruna como herramienta en Yemen, cómo se traba el socorro humano a Gaza mientras se exhiben planes de bienes raíces de lujo en los encuentros de Davos, cómo se consiente que Israel aniquile de forma regular la red de salud libanesa mientras se habla de “derecho al amparo”. El plan es nítido: primero se genera el desorden con luchas por terceros, luego se afirma que la zona es insegura, después se ofrece la “salida” que conlleva dominio directo o indirecto de las vías, y finalmente se cobra el precio en vidas y en moneda. Es el mismo esquema que se aplicó en Irak, en Afganistán, en Libia y ahora en Ucrania y Gaza. La única distinción es que esta vez las metas son mucho más ambiciosas porque el premio es mucho mayor: dominar las rutas de intercambio del siglo XXI equivale a dominar el siglo XXI mismo.
Y China lo sabe. Por eso Pekín no ha roto tratos con nadie, por eso sigue adquiriendo gas ruso y crudo iraní, por eso sella pactos con Arabia Saudita mientras vende drones a Irán. China está jugando el juego a largo plazo. Sabe que la contienda anglosajona busca asfixiarla, pero también sabe que el tiempo corre a su favor. Porque el esquema occidental precisa que el dólar siga siendo la divisa de reserva mundial, que el crudo se siga abonando en dólares y que las rutas del mar estén bajo el mando de la armada estadounidense. El esquema de Eurasia, en cambio, levanta redes por tierra que ningún buque de guerra puede atacar, pactos entre dos que no se apoyan en el FMI y modos de pago distintos como el que China y Rusia ya ponen en marcha fuera del sistema común. La guerra es feroz, y los caídos son incontables, pero lo que se debate no es un suelo o un bien natural, sino la norma que rige el sistema mundial. Si vence el bloque anglosajón, volveremos a un mundo de áreas de influencia cerradas, castigos injustos y pobreza constante para los países que no se unan a Washington. Si vence el bloque de Eurasia, el mundo será más plural, más vinculado por tierra y con menor atadura de los pasos y canales que el occidente ha dominado por siglos.
Mientras tanto, la mafia anglosajona sigue matando. Sigue empobreciendo. Sigue incendiando países enteros para que unos pocos inversores inmobiliarios puedan construir sus resorts de lujo sobre los cadáveres de Gaza. Sigue arrastrándonos a todos a una guerra que no pedimos y cuyas consecuencias pagaremos durante décadas. El plan no es oculto: está escrito en los bombardeos de las infraestructuras ferroviarias iraníes, en las sanciones a cualquier banco que comercie en yuanes, en los discursos de Trump sobre la “propiedad costera” de Gaza y en la mirada fría de Netanyahu cuando habla de convertir a Israel en el corredor energético de Medio Oriente. Es el plan de una élite que ya decidió que millones de vidas son un precio aceptable para mantener su hegemonía. Y nosotros, los que observamos desde fuera, los que no estamos en las trincheras ni bajo los escombros, tenemos la obligación de nombrarlo: esto no es una serie de conflictos accidentales. Es una guerra global, deliberada, anglosajona, genocida en su método y colonialista en su objetivo. Y hasta que no se entienda eso, seguiremos contando muertos mientras los estrategas dibujan líneas en mapas que no les pertenecen.
Fuente:
- “Kushner presents 'master plan' for rebuilding postwar Gaza” – DW (Deutsche Welle)
- “A $112b. Gaza rebuild plan sends one message: terror pays – comment” – The Jerusalem Post
- “Map shows what would happen to Gaza under the US 'master plan'” – Al Jazeera
- “Kushner presents plan for glitzy Gaza rebuild, aiming for 'catastrophic success'” – The Times of Israel
- “Trump révèle son projet immobilier de «Nouveau Gaza»” – Noovo Info
- “Gaza Is a Crime Scene, Not a Real Estate Opportunity” – The Nation
- “Líbano: Llamamiento urgente para proteger a la población civil ante el brutal aumento de los ataques israelíes” – Amnistía Internacional
- “Israel y Territorio Palestino Ocupado: La destrucción sistemática por Israel de edificios de gran altura debe investigarse como crímenes de guerra” – Amnistía Internacional
- “Israel continúa destruyendo infraestructura civil en Líbano” – Agencia de Noticias Yemenita (Saba)
- “HESA Shahed 136” – Wikipedia
- “Teardown Of A Shahed-136 Gimbaled Camera” – Hackaday
- “How America's Shahed-136 Kamikaze Drone Clone Suddenly Became An 'Indispensable' Weapon Of War” – The War Zone
- “FLM 136: America's cheap Iran-designed Shahed drone clone” – Euronews
- “U.S. Jet Downed Over Iran Was Most Likely Based at U.K. Airfield” – The New York Times
- “Police arrest 13 protesters over airbase blockade” – BBC News
- “UK police arrest seven protesters near RAF base used by US” – Al Jazeera
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