Occidente: el avatar de Baal

mayo 05, 2026


 

De no rendirle culto, Occidente te devorará; por ende, Occidente es hoy el avatar encarnado de Baal, la antigua deidad fenicia y cananea que la tradición greco-cristiana señaló como el ídolo del poder estéril, del pacto con la muerte y de la adoración que exige sangre de niños para sostener sus templos de mercado y misiles.

Occidente no es una civilización en el sentido orgánico y fecundo de la palabra, no produce vida, no genera raíces, no nutre almas, , más bien un íncubo, un espectro que se acuesta sobre el mundo para chuparle la vitalidad y dejarle cadáveres.

Es un avatar oscuro, forjador de la modernidad, la encarnación actualizada de aquel principio que los profetas de ese entonces denunciaron en los altares de Tiro y Cartago: la alianza entre el culto al rendimiento, la acumulación insaciable y el sacrificio ritual de lo más inocente.

Observen su matriz: Occidente es infecundo, radicalmente estéril. Sus vientres no paren ningun futuro, sus familias se disuelven en átomos de consumo, sus ciudades son catacumbas de soledad revestidas de luces de neón. La tasa de reemplazo poblacional es allí un fantasma que los economistas maquillan con curvas de inmigración, porque la carne occidental ha perdido el deseo de perpetuarse en lo propio; solo le queda el instinto de apropiarse de lo ajeno. 

Pero la esterilidad no es solo demográfica: es espiritual. Occidente ha expulsado a los dioses de sus tertulias y los ha reemplazado por algoritmos; ha clausurado la trascendencia y erigido en su vacío el altar del placer inmediato, el dinero que se devora a sí mismo, el consumo como único sacramento. Y toda deidad vacía, todo ídolo que no da vida exige muerte. Por eso los occidentales, los adoradores de Baal, los asesinos, no se arrodillan ante un becerro de bronce: se arrodillan ante el dólar, ante el dron, ante la pantalla que normaliza la pedofilia como espectáculo. Son, todos ellos, sacerdotes de un culto que requiere sangre infantil para lubricar sus engranajes.

¿Acaso no es evidente? Este año, el bombardeo sobre Irán, ese golpe quirúrgico que la prensa llama “defensa preventiva”, pulverizó a un centenar de niñas en sus escuelas. No fue un daño colateral: fue una ofrenda. Los misiles inteligentes trazaron su parábola exacta hacia el cuello más vulnerable de esa tierra. Y Occidente, el avatar oscuro, aplaudió con las manos untadas de petróleo y de sebo humano. Pero no se detiene ahí. La maquinaria de Epstein –esa telaraña que conecta jets privados, islas privadas, príncipes de la industria y políticos sonrientes, no fue una aberración aislada: fue la liturgia secreta de una clase que convierte el abuso de menores en moneda de poder. Occidente secuestra niños del sur global, los desaparece en sus calabozos de lujo, los filma, los comercia, los tritura. 

Las sanciones económicas que Occidente impone a países enteros, Irak, Siria, Yemen, Cuba, Iran, corea del norte y ahora Gaza, son otra forma de infanticidio masivo: matan los medicamentos para las leucemias, matan la leche en polvo, matan las vacunas. La hambruna no es un accidente humanitario: es el método de un avatar oscuro que necesita vérselas con el hambre del otro para sentirse saciado. Y el niño palestino, ese rostro que emerge de los escombros de Gaza con los ojos ya muertos antes de que el cuerpo expire, es la víctima paradigmática. Israel, esa punta de lanza de Occidente en Oriente, ha asesinado a más de quince mil niños en un solo año. Quince mil pequeños sacrificados en el altar del Estado-nación ilustrado, de la democracia armada, del “derecho a defenderse” que siempre significa el derecho a degollar lo indefenso.

Occidente es Baal porque Baal era el dios que no daba lluvia a cambio de primogénitos inmolados en sus braseros. Era el ídolo que prometía fertilidad a los campos a costa de la esterilidad de los vientres. Y hoy, este avatar oscuro repite el gesto: Occidente ofrece crecimiento económico, tecnociencia deslumbrante, libertad de consumo, pero lo que realmente cosecha son guerras perpetuas, crisis de sentido, soledades masivas y un río de sangre de niños que, de tan constante, ya no escandaliza. Se ha perdido la capacidad de horror, porque el horror ritualizado se vuelve una costumbre. 

Los occidentales han dejado de ser personas para convertirse en una especie de funciones: consumidores, contribuyentes, espectadores de crímenes transmitidos en streaming. Han abandonado la religión de los patriarcas, la que prohibía pasar al hijo por el fuego de Moloc, para abrazar la religión del autoexilio: ya no hay Dios, ya no hay ley moral objetiva, ya no hay comunidad más bien una red social, ya no hay familia más bien un contrato renovable. Y ese vacío, ese útero seco, es la condición de posibilidad de Baal. Porque un avatar no se encarna en una cultura viva: se encarna en una cultura que ha suicidado su alma y ahora solo sabe devorar las almas de los demás.

El globalismo occidental no es otra cosa que la liturgia expansiva de este ídolo. No se trata de democracia, ni de derechos humanos, ni de libre mercado: esas son las vestiduras del sacerdote. El núcleo es la imposición de un modelo sacrificial donde todo el planeta se convierte en víctima propiciatoria para sostener la farsa de un centro que ya no tiene adentro. 

Occidente exige que el sur global adopte su sistema bancario, su transvaloración de los valores, su indiferencia ante el holocausto de niños; y si el sur se resiste, lo bombardea, lo sanciona, lo inunda de armas y de drogas, le secuestra los niños. Así Baal extiende su imperio: no por conversión, más bien por contaminación. Y los gobernantes occidentales, esos sumos sacerdotes trajeados que posan para las fotos con huérfanos sacrificiales, ofician la misa negra del orden mundial: consagran el pan del PIB y el vino del petróleo, y al partir las hostias, estas sangran con la sangre de niñas iraníes, niños congoleños, infantes gazatíes.

Que nadie espere un juicio moderado. No se puede ser moderado con lo que se alimenta de los pequeños. Occidente, avatar de Baal, eres un íncubo, un engendro estéril que solo sabe parir cadáveres. Tus universidades producen tecnócratas del genocidio, tus hospitales negocian con aseguradoras la muerte de ancianos y recién nacidos, tus iglesias vacías son museos de un dios al que reemplazaste por el becerro de la bolsa. Has hecho del niño la moneda de cambio definitiva: lo bombardeas, lo sancionas, lo violas, lo desapareces, lo filmas, lo mercantilizas, lo sacrificas. Y llamas a eso “civilización”. Pero la civilización que sacrifica a sus hijos no es civilización: es un culto de muerte que lleva siglos disfrazado de progreso. 

El tiempo de los disfraces se acaba. Baal ocupa la Casa Blanca, Bruselas, Downing Street, el Elíseo. Baal dicta los editoriales de los grandes periódicos. Baal sonríe desde las pantallas mientras los niños mueren en cámara lenta. Y Baal, como todos los ídolos, es hueco. Su poder es el poder de la nada que se hace pasar por plenitud. Por eso su violencia es infinita: porque el vacío no se llena nunca, y cada sacrificio exige otro mayor.

Solo una vuelta a lo sagrado, a la prohibición absoluta de tocar a un niño, a la recuperación de la tierra y de la comunidad, a la expulsión de los mercaderes del templo, al llanto profético que no negocia con los asesinos, podría exorcizar este avatar oscuro. 

Pero Occidente ya no sabe llorar. Ya no sabe arrodillarse. Ya no sabe reconocer que es, desde su médula, un infecundo asesino. Mientras tanto, los niños siguen cayendo. Y Baal, el avatar, cuenta las monedas de esta tierra calcinada, esperando que alguien, alguna vez, le reclame el precio. Pero nadie lo hará, porque ese alguien tendría que dejar de ser occidental. Y Occidente, en su soberbia estéril, prefiere morir antes que dejar de ser el ídolo.

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